InicioApuntes Y MonografiasProvincianos versus porteños. Primer round
Con Motivo de la victoria de Suipacha, en la que compañías de Patricios tuvieron una actuación destacada, los jefes y oficiales de dicho cuerpo organizaron un banquete en el cuartel del mismo, siendo invitado de honor el jefe del cuerpo y presidente de la Junta, con su esposa. Dos sucesos dieron particular trascendencia al acto. Sin estar invitado, Moreno se presentó en el cuartel donde se realizaba la comida, con ánimo de asistir a ella, pero los centinelas de guardia no le dejaron entrar. Al final del banquete, un capitán llamado Atanasio Duarte, en estado de embriaguez, tomó una corona de dulce que adornaba un postre y se la entregó a Saavedra, quien la pasó a su esposa. Con esta acción Duarte quiso significar que coronaba al emperador de América.
Nadie dio trascendencia a la escena por estimarla acto propio de una persona en estado anormal; pero un escribiente de la secretaría de gobierno informó a Moreno de lo ocurrido. Una rápida e inmediata reunión con sus amigos bastó para convencer al grupo que habían encontrado el medio de terminar con Saavedra. Se trazó el plan consiguiente, contando con el apoyo del regimiento mandado por French y por Beruti, y Moreno puso febrilmente manos a la obra.

Decreto del 6 de diciembre sobre honores a la Junta.

Dice Justo Díaz de Vivar que Moreno era de aquellos que “cuando su doctrina y su interés se oponían recíprocamente, sacrificaba invariablemente a la primera”. Más que a su interés, diríamos que a sus pasiones; tan intensas cuando entraban en juego a causa de su ardiente temperamento. En aquella oportunidad no era ya un secreto que los diputados del interior, a la sazón en la capital, opinaban que de no convocarse inmediatamente la reunión del Congreso General para que habían sido elegidos, correspondía que fueran incorporados a la Junta, puesto que el antiguo virreinato no podía seguir bajo el gobierno de una Junta local. Aplicaba al caso la doctrina que Buenos Aires sostenía con respecto de los gobiernos instalados en la Metrópoli, o sea que no representaban sus miembros la opinión de toda la monarquía. Tampoco se ignoraba que los jefes militares miraban con agrado esa incorporación, qué daría carácter nacional al gobierno local. Buenos Aires ni siquiera había elegido sus diputados para el congreso, ni el gobierno expresado propósitos concretos de reunirlos de inmediato. Es evidente que Moreno miró con desconfianza que ello ocurriera, y es notorio que la incorporación de los diputados a la Junta contó con su más decidida oposición. Y es que ella era un peligro, en cuanto podía comprometer la posición que él había logrado alcanzar, sin contar que a su porteñismo y el de sus amigos resultaba ofensiva tal incorporación. La eliminación de Saavedra, que, por otra parte, era provinciano, se planteó como una exigencia ineludible, y para lograrlo pareció hecho a la medida lo sucedido en el cuartel de Patricios. En la misma noche Moreno redactó un proyecto de decreto que llevó al seno del gobierno al día siguiente, 6 de diciembre, por el que se suprimían los honores establecidos para el presidente de la Junta, por cierto que por un decreto firmado por el mismo que proponía el que los quitaba.

Los hechos del pasado deben juzgarse teniendo en cuenta las ideas del momento en que se produjeron. Suprimir honores a los gobernantes puede ser una actitud adecuada a la hora en que vivimos, de predominio de las masas y de auge de la politiquería propincua a la conquista demagógica de las mismas. A las masas les desagradan las jerarquías aunque sean propincuas a someterse a los amos. Pero en sociedades jerarquizadas, como la de 1810, el decreto de Moreno no podía ser considerado sino como lo fue, es decir, expresión de un sentimiento de aversión o de rencor contra Saavedra. Los honores que se le atribuían no eran a la persona sino al cargo., y habían sido establecidos por la propia Junta y con la anuencia de Moreno. En síntesis, las disposiciones del nuevo decreto de honores se limitaban a las siguientes. : 1° Se revocaba el decreto de honores de 28 de mayo; 2° Se establecía la absoluta igualdad entre el presidente y los vocales, sin más diferencia que el orden númérico y gradual de los asientos; 3° Solamente los miembros de la Junta, en actos de etiqueta, tendrían los honores militares y escolta o aparato que los distinguiera de los demás ciudadanos; 4° Ni el presidente ni los vocales revestirían carácter público, no podrían tener escolta, comitiva o aparato que los distinguiera; 5° Todo oficio, decreto u orden de la Junta debería ir firmado por ella, debiendo concurrir por lo menos cuatro firmas, con la del respectivo secretario; 6° Todo empleado que cumpliere órdenes sin este requisito sería responsable ante el gobierno; 7° Se retiraban todos los centinelas del Fuerte, dejando sólo los de la puerta y los bastiones; 8° Se prohibía todo brindis que no fuera por la Patria, por sus derechos, por la gloria de sus armas y por la felicidad común; 10° Habiendo Atanasio Duarte hecho un brindis que ofendió la probidad del señor presidente y atacado los derechos de la Patria, debía perecer en un cadalso; y aunque por su estado de ebriedad se le perdonaba la vida, se le desterraba perpetuamente de Buenos Aires, porque jamás un habitante de ella, “ni ebrio, ni dormido debe tener impresiones contra la libertad de su país”. 12°, No debiendo confundirse la milicia con tropas mercenarias, “se prohíbe que ningún centinela impida la libre entrada en toda función o concurrencia publica a los ciudadanos DECENTES que la pretendan”; 13° Las esposas de los funcionarios no disfrutarían de los honores debidos a sus esposos; 14° En los espectáculos de toros, ópera, comedia y demás diversiones la Junta no tendría palco ni lugar determinado; aquellos miembros que desearan concurrir, comprarían su plaza como cualquier ciudadano; 15° Se ponía fin a toda ceremonia en la Iglesia con respecto a las autoridades civiles, salvo el recibimiento en la puerta por los canónigos y dignidades en la forma acostumbrada.


La simple lectura revela que más que de un decreto sobre honores se trata de una recopilación de motivos destinados a ofender a Saavedra y provocar en él una reacción que terminara con su abandono de la Junta Tal la intención de su redactor, quien en la misma noche de lo ocurrido en el cuartel de Patricios, y antes de que fuera aprobado por la Junta, lo pasó a la imprenta de Niños Expósitos para su impresión en momentos que French, Beruti y el alcalde de barrio José Agustín Donado se preparaban para alzarse en cuanto Saavedra se negara a suscribirlo; pero ocurrió lo imprevisto: Saavedra no opuso la menor objeción y el decreto fue aprobado por unanimidad. Possidonio da Costa, en carta (9 de enero de 1811) al conde de Linhares, decía que Moreno, convencido de que el decreto merecía larga notoriedad, ordenó que, sobre ser “dado al público”, fuese ”leído por los curas en la misa conventual de todas las parroquias”, y “así se hizo”.
No se engañó Saavedra al atribuir lo ocurrido a emulación y envidia. Su juicio quedó confirmado por la defensa que Manuel Moreno hizo de la defensa de su hermano, al decir que el vulgo había comenzado a ver en Saavedra la verdadera autoridad. “Poco a poco –añadió- se iba introduciendo la equivocación en materia tan delicada. Muchos había que no veían ya en la Junta sino un consejo puesto para asistir al nuevo mandatario con sus avisos”, y después de esta confesión de parte, agrega, para terminar con el equívoco: “Se abolieron las prerrogativas y honores de un jefe militar QUE HACIA SOMBRA al resto del Senado y que con ellos podía encontrar una ocasión para hacerse tirano”. Tal la verdad: Saavedra “hacia sombra”. Otra verdad: había que terminar con el predominio militar, como no lo ocultó Juan Manuel Beruti, fervoroso morenista y apasionado anti-saavedrista, al decir en su “Diario”:
“Con tal motivo del brindis en el cuartel de Patricios se le hizo por Duarte… al presidente Saavedra, quedó la Junta celosa; y sin embargo de habérsele quitado con política los honores que disfrutaba, y quedó sin ellos como los demás Vocales, siempre fueron siguiendo sus recelos, mayormente viendo era comandante y coronel del Regimiento de Patricios, y que como Comandante que era de las armas podía tener algún partido a su favor en las tropas, y mayormente en el cuerpo de su mando, y con el tiempo oprimir a la Junta… y mandar absoluto, perpetuándose en la Presidencia o seguir otras ideas que pudiera tener.”


Domingo Matheu confirma la posición de Moreno y sus adeptos, entre los cuales el mismo se encontraba, y dice:

“A los pocos meses de la instalación de la Junta, todos los individuos de ella conocíamos el error que cometimos en dar tantos honores al Presidente, de manera que en cuanto al público, todos éramos unos criados de él… Y viendo nosotros con el despotismo que él sólo mandaba por tener las tropas de su facción, temimos que cuando menos pensábamos nos haría levantar a todos… para gobernar él solo, y por lo mismo tratamos de unirnos…”


Los testimonios expuestos, verdaderas confesiones de parte, señalan que la oposición a Saavedra nada tuvo que ver con un sentimiento político civilista, opuesto a una prepotencia militar inexistente. El hecho no pasó de ser un drama de celos. Disimularlo con el temor de una tiranía de Saavedra es infundado, pues si algún hombre había venido actuando con espíritu despótico no era él, sino Moreno. El presidente de la Junta, comprendiendo que con el decreto lo que se buscaba era ofenderlo, dejándolo anta la opinión pública como ambicioso si lo rechazaba, no opuso reparo alguno. Pudo así escribir a Chiclana y decirle: “yo accedí para hacerles ver su ligereza e inicuo modo de pensar”.
Destaca Carlos. A Pueyrredón que el inusitado reglamento provocó, además de enojos, dificultades para su aplicación, pues como comenta, “no era la obra de un hombre de gobierno sensato, sino el producto de su temperamento bilioso y apasionado”. El teniente coronel Marcos Balcarce, sargento mayor de la plaza y por lo tanto encargado del cumplimiento de muchas disposiciones del decreto, elevó una nota a la Junta para aclarar dudas. Entre otras cosas preguntó que debía entender por “ciudadano decente”, a los cuales no se podía negar la entrada a funciones públicas. Un borrador, de fecha 14 de diciembre, encontrado por Roberto Marfany en las carpetas de la secretaría de gobierno, que se guardan en el Archivo General de la Nación, informa sobre la respuesta dada a Balcarce. Dice: “… se reputará decente toda persona blanca que se presente vestida de frac o levita...” Como en la fecha del documento Moreno seguía a cargo de dicha secretaría, la conclusión es obvia: Moreno no era enemigo ni de las distenciones jerárquicas ni de los honores. En el decreto designado a Castelli como jefe de la Expedición Auxiliadora, con la firma de Moreno, se le otorgaron todos los poderes “y honores” que correspondían a la Junta, o sea, los que se quitaron a Saavedra por el decreto de 6 de diciembre. Otro hecho revela que tal resolución no respondió a ideas contrarias a tales honores. Días antes de haber sido aprobado, con la firma de Moreno se autorizó al Cabildo para cubrir las bancas o canapés de sus miembros con “terlices de damasco en todas partes donde tengan que asistir”. Lo que se negaba por un lado se concedía por otro; y es que el decreto del 6 de diciembre fue un acto de guerra, y por lo mismo recibido como un agravio por los militares, en especial por los Patricios. Al referirse a la demostración ofrecida por dicho cuerpo a su jefe, Moreno criticó la conducta de los centinelas que no le habían dejado entrar en el cuartel, y dijo que no debía confundirse “nuestra milicia nacional con la milicia mercenaria de los tiranos”. La ofensa a los Patricios era directa, y sus oficiales la revelaron elevando a Saavedra una protesta. Dice Saavedra en sus memorias:

Los jefes de las tropas se alteraron con esta ocurrencia, y los más de ellos (excepto el coronel del regimiento de la Estrella [Domingo French], que era el único con que contaban las de la operación), me vinieron resueltamente a decir que estaban decididos a no permitir que tuviese efecto tan arbitrario y degradante decreto, y protesto que no me costó poco contrarrestarlos”.


El saldo del episodio fue contrariado al esperado por sus autores; Moreno salió malparado de él, pues la opinión pública no estuvo de su parte.
Tanto Saavedra como Moreno actuaron con fervor en la causa que los había reunido; pero temperamentos opuestos como eran, lo hicieron también opuestamente. Es acertada a nuestro juicio la pintura que de ambos hizo Ricardo Zorraquín Becú al decir:

“Saavedra había alcanzado ya ese grado de madurez y de experiencia que atempera los arrebatos de la juventud y hace pasar las decisiones por el tamiz de la prudencia… Moreno era en cambio fogoso y apasionado. Su escasa experiencia política no le impedía acometer siempre con renovado vigor los problemas más intrincados, resolviendo de un plumazo lo que debió ser materia de largas deliberaciones. Porque la pluma fue el arma que utilizó con mágica destreza en la lucha que significó su tránsito por el poder. Era abogado y polemista. Sus decretos son alegatos y sus escritos no alcanzan a sustraerse de esa tacha de urgente improvisación que caracteriza la obra periodística. Sabía impresionar con la apariencia de una lógica irrefutable y reforzar sus argumentos con frases sonoras, sustituyendo muchas veces las razones con la elocuencia y el estudio con la transcripción… El uno, en posesión de la fuerza, sabía que no era conveniente abusar de ella, sino usarla en el momento oportuno; el otro físicamente débil, buscaba en las medidas violentas la satisfacción su espíritu inquieto y el afianzamiento de la revolución incipiente”.


No chocaron, por consiguiente, dos hombres, ni dos ideas, ni distintas finalidades, sino dos maneras de ver y actuar; dos formas opuestas de comprender la realidad. Alberdi ha dicho: “¿Qué quería Saavedra? Que el gobierno Argentino fuese la obra de todas las provincias de la Nación: ¡A eso llama Mitre CONSERVADOR!... El partido de Saavedra era el partido verdaderamente nacional, pues quería que la Nación toda interviniera en su gobierno…” Moreno era oriundo de Buenos Aires, Saavedra de Potosí, es decir, que además de militar era provinciano; el único provinciano que integró la Junta de Mayo. Circunstancia que explica mucho más que algunos hechos la crisis que a fines de 1810 determinó la falencia del gobierno instalado el 25 de Mayo.
Datos archivados del Taringa! original
0puntos
155visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
0visitas
0comentarios
Dar puntos:

Posts Relacionados

Dejá tu comentario

0/2000

No hay comentarios nuevos todavía

Autor del Post

f
Usuario
Puntos0
Posts19
Ver perfil →
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.