Registrate y eliminá la publicidad! Bueno, este es el segundo cuento que me animo a postear, y en realidad es algo que escribí hace un poco más de dos años, y que ahora no escribiría ni en pedo conociendo todo lo que aprendí sobre la psique femenina (obviamente me falta muchísimo por aprender), pero que me enorgullece un poco el sentimiento y la estética que creo que alcanzó. Por ello, decido hoy compartirlo con ustedes... Espero que les guste, y me digan qué les parece. Mendrugos de vida “No partirán en un momento de angustia, no huirán con resolución repentina y azorada, de una patria devastada por el hambre, la guerra o la peste. No, el destierro es detenidamente meditado, y la hora pacientemente aguardada. Si la colmena está pobre, desolada por las desgracias de la familia real, las intemperies, el saqueo, las abejas no la abandonan. No la dejan sino en el apogeo de su felicidad...” Maurice Maeterlinck La mañana prometía nuevas oportunidades y la ducha era fresca. Las gotas de agua resbalaban por la albura de la piel, recorriendo sus pequeños pechos y los puentes que eran su largo cuello, a sus marcados y angostos hombros, y su fina cintura, a las anchas caderas; no tardaban en llegar al piso de cerámica barata ya que su estatura no era la que ella hubiese querido que acompañe a ese profundo negro de su pelo y a esas delicadas curvas que redondeaban su rostro, dejando apenas ver que algunos de sus antepasados fueron arábigos. No hubo necesidad de limpiar el vapor condensado del espejo porque era verano y la temperatura del agua natural siempre hacía que se sintiera renovada para empezar los proyectos nuevos, a diferencia del agua del calefón que le solía dejar una especie de modorra. Era su primer día en la oficina. No encontrar las oficinas en los edificios de muchos pisos cuando hacía trámites siempre la ponía ansiosa, y ahora más aún que se trataba de la oficina donde trabajaría durante el siguiente año. Por lo menos ya sabía que se encontraba en el piso adecuado, pero la pobre señalización de la ubicación de los departamentos y jefaturas de aquel vetusto edificio hacía que se siguiera retrasando en llegar a su nuevo escritorio. Ya llevaba 5 minutos de retraso y siempre se había caracterizado por ser muy puntual. Interpretando las pequeñas letras en un papel pegado a una puerta que hacía las veces de letrero de identificación sintió que alguien desde atrás le preguntaba: – ¿Te puedo ayudar? –, en el momento justo en el que leyó, en aquel improvisado cartel, las palabras que estaba buscando hace un largo rato ya, y respondía: – No gracias, ya encontré lo que buscaba – mientras volteaba y veía el rostro de un hombre alto y delgado, de su misma edad, al que se le iluminaba una sonrisa a medida que ella giraba la cabeza. No tardó en volver la mirada, abrir la puerta e ingresar a su nueva oficina, casi evadiendo a aquella silueta que acababa de ofrecerle ayuda. En efecto, no sintió que el apuro que llevaba le permitiera quedarse a agradecer con toda la cordialidad con la que acostumbraba a hacerlo, y de una u otra forma aquella clase de sonrisa le llegó a despertar con el tiempo cierta actitud defensiva, casi refleja e involuntaria, para con los hombres que se la daban. Ya tenía alguna experiencia con ellos y las formas con que se le acercaban le eran familiares, como también las decepciones que acostumbró a tener del fruto de estos acercamientos. Al entrar al despacho, inmediatamente reconoció a la mujer que la había contratado, su nueva jefa, una mujer robusta y de baja estatura con esa expresión infantil que le dan a las personas con sobrepeso los cachetes rechonchos y la papada abultada, el pelo lo llevaba teñido ya varias veces y bastante claro, estaba muy cargada de joyería y todos estos detalles le hicieron sospechar, ya desde el día en que la había contratado, que se trataba de una de esas personas amigables, extrovertidas y atolondradas. Efectivamente, no parecía importarle que haya llegado tarde y ahora se le acercaba con mucha empatía y le dirigía: – Ana, ya te vas a acostumbrar a este viejo edificio... – aquellas palabras le daban un profundo alivio, y esto le permitía estar un poco más perceptiva a su entorno. Atisbó a otras dos personas que parecían acabar de llegar al igual que ella, ya que estaban descargando objetos de sus bolsos sobre el escritorio. La persona de la derecha era una mujer delgada, de pelo corto y marcados rasgos aguileños, y por el orden que observó en su vestir y su escritorio pensó en tono irónico: “¿No debería ser esta la jefa?”. A la izquierda había un hombre de gruesa y desprolija apariencia que lo único que parecía cuidar era el bigote que llevaba sobre la boca, ya que desde las arrugas de su ropa hasta los papeles de envoltorios de comida sobre su escritorio le hacían confirmar esto. Los saludó con sus mejores modales y le respondieron con la misma amabilidad e hicieron que se aflojara aún más, lo que agudizó su percepción del lugar y le permitió fijarse en más detalles, y particularmente en uno: aquella presencia a sus espaldas no se había ido, al contrario, parecía haber permanecido allí durante todo ese tiempo. Ahora le pasaba a un costado, y ella podía identificar que el mismo rostro que la estaba observando y sonriendo hace un momento, lo seguía haciendo ahora. Rápidamente calculó que aquel hombre también trabajaba en ese lugar y en una acción, que parecía tan automática como la anterior de haberlo evadido, pero ahora más instintiva, lo saludaba devolviéndole la sonrisa. No obtuvo respuesta verbal, pero la intensidad de aquella mirada no menguó en ningún instante y la hizo perderse de casi todos los demás rasgos del resto de su presencia y condicionar sus futuras miradas para con ese personaje a lo estrictamente necesario. El ambiente, ya distendido, fue propicio para que su jefa pudiera hacerle conocer la oficina y los lugares de las herramientas con que trabajaría, las normas del lugar y, obviamente, a sus nuevos compañeros de trabajo: esas mismas tres personas que estuvieron durante su llegada y que ahora parecían inmersos en el trabajo. A Estefanía y Aníbal se les daba fácilmente varios años de estar en aquella oficina, al igual que a la jefa, a pesar de sus apariencias de juventud. Eran personas de trato cortés con las que uno fácilmente establece una relación armónica sin necesidad de profundizar demasiado en ella. Diego, aquel hombre de la sonrisa sospechosa y la mirada enigmática, era de esa gente huraña y silenciosa con la que uno difícilmente pudiera acercarse a compartir los ratos libres entre mandado y mandado, e inclusive apenas hablaba éste con los otros. Cerca del mediodía decidieron con Estefanía y Aníbal ir almorzar a la cantina del edificio, y temas de conversación no les faltaban. Le preguntaban dónde vivía, dónde había trabajado antes e incluso descubrieron que tenían amigos y conocidos en común. Cuando iban camino a la cantina, se percató que Diego no se dirigía allí y lo siguió con la mirada. – No te preocupes, él almuerza en la terraza. Es raro pero es buena gente. – Aníbal la había sorprendido. – Ah! Mirá vos... Che, y... ¿Hace cuánto no ves a Jorge?... – Sin darle más importancia al tema, continuó con la bienvenida que había resultado ser aquel primer día. Las carpetas ya llevaban retraso y para ser media mañana el día tenía demasiadas complicaciones. Hacía un mes que trabajaba en la oficina, pero todavía era difícil acostumbrarse al ritmo. No estaba nadie en la oficina a excepción de ella y Diego. De un vistazo, y mientras él le daba la espalda, observó que no tenía tanto trabajo como ella, y pensó en pedirle una mano, pero inmediatamente rechazó la idea. Faltaban todavía 14 carpetas y sólo media hora para terminarlas antes de que vengan a recogerlas. Veía el reloj, el montón de carpetas y de vuelta a Diego, pero esta vez él la estaba mirando fijamente, por lo que desvió los ojos y volvió a la computadora. Después de unos segundos y sin darse cuenta, Diego estaba a su lado y ordenaba los papeles de las carpetas. – No hace falta, gracias. En serio. Vos tenés que terminar el documento y llevárselo al Licenciado Fuertes para dentro de un rato. – no sabía exactamente, si era su orgullo o la evasión a la cercanía que trató de mantener con Diego, lo que la hizo decir eso. – No te preocupes, ya terminé. Era la decimocuarta carpeta y el ordenanza ya estaba esperando hacía un rato. – Ya está, acá tenés. – la cara con que recibió las carpetas el joven no era muy afable, pero el encargo estaba terminado. – Gracias Diego, te debo una. – no lo decía con sincero agradecimiento, y era porque mientras estuvieron cerca la puso muy nerviosa que él esté mirándola todo el tiempo, e incluso le pareció varias veces que se acercaba más para olerla. – Cuando quieras. – ella no pudo evitar pensar en el comentario sarcástico: “Cuando quiera que me huelan...”. Él fue al baño y ella a la máquina de café, necesitaba desesperadamente uno. Se sirvió uno bien azucarado, era así como lo tomaba siempre, y en el camino de venida de la máquina, pasó frente a la computadora de Diego. Vio que había en la pantalla un escrito con el membrete de la oficina, que parecía no estar terminado. Se acercó un poco más, y pudo observar que, ciertamente, no estaba terminado y era un documento que estaba dirigido al Licenciado Fuertes. Había estado enferma y volvía a trabajar después de tres días de ausencia. En cuanto entró a la oficina se encontró con Estefanía: – Ya hacías falta acá, y es síntoma de que te estás institucionalizando. – una mirada cómplice atenuó la seriedad de la afirmación, y luego un cruce de sonrisas se transformó en hilaridad. – ¿Cómo estás? ¿Ya te estás recuperando? – Sí, ya me estaba volviendo loca en casa, lo único que hay en la televisión son programas de cholulos. – en eso llega Diego, y Estefanía le dice: – Ahí viene el otro convaleciente. Che... ¿Ustedes se ponen de acuerdo para enfermarse?. – y mientras Diego se dirigía a su escritorio largando una media sonrisa de compromiso y haciendo como que no le daba importancia al tema, Ana continuaba preguntándole: – ¿Qué... vos también te enfermaste? – Sí, estuve con gripe. – y como si fuera insuficiente la explicación al respecto, Estefanía agregó: – El día siguiente al primero que vos faltaste, éste ya llamó para avisar que no venía tampoco, hasta hoy.– la mirada con la que cerró el tema Diego fue más que interpretada, así que Estefanía y Ana se alejaron y continuaron la conversación que ahora más bien era un cuchicheo: – ¿Qué estabas insinuando con lo que dijiste? – le replicó Ana con una mirada que completaba las palabras con un: “Dejate de joder con eso”. – Ay! No te hagas la tonta. Sabés bien que el pibe está loco con vos, y no te puede sacar los ojos de encima. – Y... ¿A mí que? Yo no quiero saber nada de eso. – No está tan feo... En realidad a mí me parece que está bastante rico. Por lo menos sacale un buen polvo. – y las carcajadas de ambas fueron instantáneas. – No seas ordinaria... – Encima dicen que los tímidos, así como éste, son los más fogosos en la cama... – continuaron con otra serie de risas. Las tardes de los viernes solían ser escasas en trabajo y abundantes en hastío y ocio, y ésta no era la excepción. Estefanía y Aníbal progamaban el after office y les insistían a Ana y Diego a que los acompañasen. Éste sólo les decía: – No gracias, tengo otras cosas que hacer... – mientras se volvía a ensimismar en aquellos escritos que siempre se abocaba a redactar en sus tiempos libres, y que para todos era un misterio. Ana tenía una película en casa, y como todos los viernes que rechazaba la oferta, se limitaba a sonreírles. Volvió la vista sobre Diego, ya que lo estaba mirando hacía un rato. Le intrigaba, desde hacía mucho tiempo ya, lo que escribía. Vio, durante todo el año que estuvo trabajando allí, como Diego sufría una paulatina metamorfosis cuando empezaba a escribir en sus ratos libres y terminaba totalmente absorto, incluso fue testigo de ocasiones en las que le hablaban luego de un rato de haber empezado a escribir y él no escuchaba absolutamente nada. Sintió una duda al principio pero luego se decidió, y sin sacarle los ojos de encima, le preguntó: – Diego. ¿Qué es lo es que escribís? – el silencio que hicieron Estefanía y Aníbal le dio a la situación cierto cariz de suspenso. Todos ellos sabían que aquello era una especie de tema sagrado, y el tiempo que Diego se tomó para responder acentuó esto: – No es nada, un poco de esto y aquello... – su evasión a dar repuestas concretas no era algo nuevo en él, y ya todos la esperaban, pero para Ana fue un gran indicio, por lo que siguió: – ¿Es poesía, verdad? – el silencio seguía dominando el ambiente, pero ahora el asombro ante esta réplica complicaba el panorama: – ¿Cómo sabés? – fue en ese mismo momento en el que la jefa lo llamó a Diego, y aquello quedó todo en el aire. Estefanía y Aníbal estaban perplejos ante lo que acababan de presenciar. Diego se levantó y no dejó de observar a Ana ningún instante, mientras ella hacía lo propio. Él salió de la oficina y como si lo hubiesen planeado, Aníbal y Estefanía, apenas sentida la ausencia de Diego, le dijeron en coro a Ana: – ¿Vas a ir a ver? – Claro que no. Es asunto de él. Los otros se miraron y no lo podían creer, esperaron un rato, y contraatacaron: – Si no vas, vamos nosotros. – Están completamente locos. – y Estefanía ya se dirigía hacía el escritorio de Diego. Ana inmediatamente se levantó y le dijo: – Pará, no lo hagás. – no sabía por qué, pero sentía que debía proteger la intimidad de Diego, tal vez porque ella era la responsable de todo el circo, o tal vez porque tenía la sensación de que aquello era algo que sólo les competía a Diego y a ella. – Bueno, vení, hacelo vos entonces. – No lo voy a hacer tampoco. – Entonces... – Estefanía ya estaba sobre el escritorio de Diego y empezaba a bajar la vista hacia el papel. Ana no pudo evitar decidirse a tomar las riendas y le dijo: – Está bien. Está bien. Voy a leerlo yo. Empezó a avanzar, mientras Estefanía se alejaba del escritorio, y una vez que estuvo al lado del papel, les dijo: – ¿Vieron cómo son hijos de puta?. No hay ninguna necesidad de hacer esto. – todavía trataba de resguardar la intimidad de Diego. – Dale, hacelo... Y Ana bajó la cabeza. Vio que aquellas líneas estaban escritas en verso, y continuó. – ¿Es poesía, verdad? ¿Tenías razón? – le decía Aníbal, al mismo tiempo que ella asentía con la cabeza y empezaba a leer: Agua que da la vida a los ojos Con la inamovible pleitesía De los espíritus y sus despojos Ahoga a esta vacua poesía Fría y bella mañana primaveral Arraigada todavía al invierno Cobijo de la luz triste y abismal Adormila al juglar con fuego eterno Melosa y atenuante frescura Para ojos hidratados y sometidos Con soleado mediodía de locura Embriaga con claridad los sentidos Maternal y tierna belleza Violadora que siempre crece De las imaginerías y pereza Se preña, dilata y florece Algarabía del ocaso que olvida Violadora que nunca perece De mendrugos de ternura y vida Se riega, implota y permanece Y lo volvió a leer. A ella, con todos los indicios que recibió durante su estancia en las cercanías de Diego, le parecía que sólo le faltaba la dedicatoria a su nombre. Estaba totalmente obnubilada, nunca tuvo la más ínfima idea de que Diego tuviera eso en su interior. En un instante ya no sabía que pensar ni sentir, todo era un torbellino. Estaba confundida, y se sentía culpable de haber forzado esta situación, pero al mismo tiempo veía la silueta traslúcida de Diego acercándosele y arrebatándole un beso. Quería alejarse de aquel papel pero no podía, sus ojos se habían clavado allí, inclusive después de unos segundos se descubrió a sí misma ponderando la caligrafía. Todo era contradictorio. Sin darse cuenta de cuanto tiempo había transcurrido, por fin se despabiló y escuchó: – Ana! Ana! – Aníbal y Estefanía, querían llamarle la atención. Y cuando levantó la cabeza, vio a Diego en la puerta mirándola. Para Estefanía y Aníbal habría sido difícil discernir cuál de los dos parecía más sorprendido, y después de un considerable silencio, miraron el reloj y dijeron: – Ya es la hora. – y al instante recogieron sus cosas y se fueron. Diego se acercó con lentitud a su escritorio, y cabizbajo también alzó las cosas al bolso, entre ellas el poema, y se retiró con la misma lentitud con que había realizado todo el proceso. Ana observaba estupefacta todo esto, y siguió así hasta un rato después de que Diego cruzó la puerta. No sabía qué hacer. Y aquellas emociones de cuando terminó de leer el poema volvieron. La confusión, el asombro, la ternura, la impotencia, la culpa. Lo único que consideró en ese momento era sacarse eso de encima. Corrió detrás de Diego, y mientras lo hacía aquella masa amorfa de sentimientos crecía. Necesitaba respuestas, a pesar de no tener preguntas. Lo alcanzó en el estacionamiento: – Diego, esperá! – él fingía no escuchar. Faltaban todavía 10 metros para alcanzarlo: – Diego, esperá! – él no volteaba. Cuando estuvo al alcance de su mano lo agarró del hombro y le dijo: – Esperá, Diego. Quiero hablar contigo. – ¿De qué? Ya está todo dicho. – Por favor, vení, vamos a sentarnos. Quiero hablar contigo. Es en serio. Fueron al café que quedaba en la esquina, se sentaron, y ella comenzó: – El poema era para mí. ¿Verdad? – Ya sabes que sí. ¿Por qué preguntás? – Me asombró, es sólo eso. – Bueno, si satisfice tu duda, me voy. – mientras se levantaba y se ponía el bolso al hombro. – Pero esperá, quiero saber más. – ella lo agarró de la manga y lo estiró para que se sentara. – Es sólo eso, ya está todo ahí, no te lo puedo explicar. Si querés te lo doy. – Sí, lo quiero. ¿Tenés más? – Sí, hay miles, te los traigo cuando quieras. Te puedo hacer un dibujo que los explique también, si es lo que querés. – Te lo dije en broma, no te enojés. Sentate. – se sentó, y después de un silencio en el que parecía aclarar las ideas, le contestó: – No me siento muy cómodo con el hecho de que lo hayas visto así. – ¿Y me lo pensabas dar alguna vez? – No... no sé... a lo mejor en pedo... no sé – Y... ¿Es en serio?... ¿Es verdad todo lo que dice ahí? – No... son boludeces que se me ocurren nomás... es todo en joda... – Bueno, cortala con el sarcasmo que a mí también se me acaba la paciencia. – Mmm... sí, es cierto, tenés razón. Disculpame, pero es como te dije: me siento incómodo. – ¿Y por qué? – era intuible que aquella pregunta, no recibiera una repuesta, pero luego de un momento de silencio, Diego le respondió con notable determinación: – Por que siento descubierta mi debilidad. Cuando se trata de vos, pierdo todo el control, me siento impotente. Es una mierda, no puedo hacer nada, acaparás toda mi atención, y no lo puedo manejar. – ¿Y hace cuánto es así? – Desde el principio. Me convertí en un idiota. Fantaseo todo el día, hasta me imaginé tener hijos contigo... – ¿Qué?!!! – y brotaron carcajadas de su boca. – ¿Por qué no te vas al carajo? Yo acá desnudando mi alma y vos te me cagás de risa. – No... No me río de vos. Es que es muy raro, nadie dice eso. Y me río porque me doy cuenta de que sos sincero. Es hermoso lo que me decís. – Para vos ha de ser hermoso, que ni te va ni te viene. Sí, ha de ser lindo contemplar desde tu posición que alguien se babosee así con vos. Pero a mí me pianta. – ¿Por qué decís eso? No es que no me va ni me viene... mmm... pero tenés razones para pensar así y te entiendo. Disculpame. Hubo un silencio largo. Las miradas se cruzaron y ella le tomó de la mano. Después de un rato Ana le dijo: – ¿Por qué no me encaraste nunca? – ¿Por qué ya no inventaron la vacuna contra el SIDA? ¿Me estás tomando el pelo? Yo qué sé... – él le evita los ojos, y después vuelve a clavárselos con intensidad – En realidad, me parece que te lo hice saber, y varias veces. Que te haya gustado o no, o que lo hayas entendido o no, ya es otro tema. Otro silencio, más corto, que terminó cuando ella lo miró con los ojos llenos de ternura y le dijo: – ¿Qué vas a hacer ahora? – No sé... iré a casa, y después veremos... – Quiero que me acompañes a casa. Pocas veces le había sucedido despertarse con una sonrisa sincera e instantánea en el rostro, provocada por una sensación plena de tranquilidad y algo que ella siempre creyó una utopía cultural: felicidad. Notaba que los rayos del sol, que contorneaban las formas de las sábanas con mucho contraste, se sumergían más allá de éstas y le daban en los muslos una tibieza tan sutil y tierna que parecían amalgamarse con el algodón y formar una sola sustancia. Al canto de las aves le podía descubrir una armonía casi coherente e ilusoriamente intencional. Entre sus piernas todavía podía sentir la humedad y el hormigueo posteriores a ese montón de sensaciones de la noche anterior que en un pasado más remoto le daban inseguridad al día siguiente y que en esta ocasión le provocaban decir en voz alta sin darse cuenta: “Bello”. Creía sentir el simiente de su compañero abriéndose paso dentro de ella y esto se mezclaba con la ensoñación de ver a algún niño entre sus brazos. Sin embargo, su momento de plenitud duró sólo un instante. Estiró los brazos, aún con los ojos cerrados, buscó a tientas ese cambio de temperatura que produciría en sus manos el cuerpo del que estuvo dentro suyo hace unas horas, y la suavidad de la tela arrugada y vacía le hizo abrir los ojos inmediatamente para darse cuenta que la única allí era ella. No era la primera vez que las sombras se avecinaban tan rápido sobre su alma y dejaban tieso su cuerpo, pero esta vez sentía que el negro líquido que la cubría era más denso y oscuro que antes. No atinó siquiera a proferir “¡Qué hijo de puta!” como otras veces. El frío de aquello borró todos sus pensamientos y emociones, la dejó sentada en la cama, viendo un punto fijo de la habitación sin mirarlo, y desnuda a excepción de las partes de su cuerpo que cubrían las sábanas, que pasaron de ser trazos de “algodón-luz” a rígidos y pesados pliegues de algo que alguna vez tuvo vida, y de zonas de sus pechos que estaban cubiertas por la negritud de los bucles que formaba su cabello. Ni siquiera atinó a pensar cómo había caído, otra vez, víctima de las mentiras, o que esta vez la caída implicaba una altura y un golpe mucho más intensos que las veces anteriores. Sólo sentía el vacío hueco en su espíritu y su conciencia. Su mente estaba completamente en blanco y luego de unos segundos, completamente autómata, estiró las piernas, se movió al borde de la cama y bajó los pies al piso, que paradójicamente a pesar de estar alfombrado le transmitió el frío estertor del ambiente. Fue en el mismo momento en que volvía a sí misma, empezaba a sentir el nudo en la garganta y la inminente llegada de las lágrimas a sus ojos, cuando escuchó aquella voz que decía, entrando a la habitación: – Iba a ser café con leche, pero como se acabó la leche, es cortado... –, y lo que sintió en ese momento, luego le hizo pensar que debía ser igual a lo que siente la gente que es sometida a electrochoques de reanimación. Se levantó y fue corriendo al lado de su hombre, le arrebató la bandeja con las tostadas y el café de las manos, la puso en cualquier lado y le llenó la boca con un gigantesco beso, mientras la risa le nacía involuntariamente y empezaban a emanar las primeras lágrimas de sus ojos. Eran esas mismas lágrimas que hacía un momento plasmarían la naturaleza gris de su condición, y que ahora evidenciaban que el júbilo había vuelto a su alma, y que aquellas sombras habían sido arrasadas por el haz de luz más cálido y poderoso que la había invadido nunca. Desayunaron, volvieron a unirse con intimidad y ternura y tuvieron que separarse llenos de expectativas y anhelos, y con pocas ganas de hacerlo. Ella fue al trabajo y él se tomó el día libre para visitar a su madre. Estefanía, Aníbal y la jefa parecían haber sido contagiados por la epidemia con la que los infectó su ánimo. Ana no decía ni hacía algo sin una sonrisa en los labios. Todo, hasta las nimiedades más vagas e insignificantes, le provocaba risas que sus colegas no entendían, pero a las que se acoplaban sin inquisiciones. Durante toda la mañana sólo podía recordar las palabras de Diego y las emociones del día anterior. Estaba segura que él se sentía igual, se lo imaginaba sonriendo en el colectivo que lo llevaba a casa de su madre y contándole a ésta la manera en que la había encontrado, mientras su madre le cebaba el mate con ojos de orgullo y realización. No la había visto nunca, pero veía su cara, podía ver también la mesa, el mantel, las sillas e incluso los rayos del sol entrando por la ventana, a pesar de que se había nublado durante la mañana. Tuvo que realizar un inhumano esfuerzo hasta el mediodía para aguantar las ganas que tenía de llamarlo, aquella impaciencia parecía carcomerle las entrañas, pero al fin cedió. Lo llamó al teléfono celular y estaba apagado, supuso que se habría agotado la batería del teléfono y se despreocupó. Continuó la tarde con el mismo ánimo, pero no escuchar su voz y sus palabras la ponía un poco ansiosa, volvió a intentar llamarlo, esta vez a su casa, nadie contestó. Cuando salió del trabajo fue directo a casa de Diego, y tampoco nadie la atendió. De vuelta al celular, apagado. Trataba de no pensar en ello, pero la ansiedad crecía. Estaba preocupada. – ¿Le habrá pasado algo?– pensaba. No tenía manera de ubicarlo y no conocía la casa ni el número de teléfono de su madre. Esperó en la puerta de la casa hasta muy avanzada la noche al mismo tiempo que intentaba otra vez al celular y al teléfono fijo, lo escuchaba sonando del otro lado de la puerta y nadie contestaba. Las ideas y sensaciones de cuando no lo encontró a la mañana volvieron, pero esta vez matizadas con la incertidumbre, la ansiedad y la preocupación. Fue a su casa y trató de no pensar en el tema, pero fue en vano. La noche fue muy larga, y no pudo pegar un ojo, ya estaba desesperada. Maternal y tierna belleza. Fantaseo todo el día. Cobijo de la luz triste y abismal. Pierdo todo el control, acaparás toda mi atención. Se riega, implota y permanece. Hay miles. Con la inamovible pleitesía. Ya sabes que sí. ¿Por qué preguntás? Para ojos hidratados y sometidos. Tener hijos contigo. Mendrugos de ternura y vida. A la mañana fue al trabajo, pero no con intenciones de trabajar y continuar como si nada hubiera pasado, sino con la sólida determinación de encontrarlo. Apenas llegó a la oficina y frenéticamente se puso a buscar el número de teléfono de la madre de Diego, su jefa le preguntaba que pasaba y ella no respondía, parecía un zombi. Sin escuchar nada ni a nadie buscaba en los gabinetes y escritorios. Se encontraba en un túnel, aislada de todas las sensaciones externas, y no sabía donde estaba el final de ese túnel. Luego de haber revuelto toda la oficina y ya con la jefa despojada de su paciencia y gritándole desaforada que le diera una explicación de su conducta, puede ver que en una carpeta se encuentran los datos de Diego y entre ellos el número de teléfono de la casa de su madre. Corre al teléfono y sin darse cuenta ya está dando tono el otro lado de la línea, después de un par, le responde del otro lado una voz cortada y ronca, pero evidentemente femenina: – ¿Hola? – Buenos días. ¿Es esa la casa de la madre de Diego? – Sí, con ella habla. ¿Quién es usted? – parecía haberse levantado recién, por lo embotada de su voz. – Yo soy Ana, llamo para saber... – se detuvo al notar que del otro lado la mujer empezaba a llorar desconsoladamente. – ¿Vos sos Ana? – le decía entre sollozos, que hacían ininteligibles las palabras. – Sí, señora... llamo para saber si usted sabe dónde está él. – la mujer continuaba con el llanto pero con menor intensidad. – Él paso ayer por acá, me habló de vos y me contó lo de ustedes... – parecía haber dejado de llorar, y sus palabras ya se entendían con claridad, y continuó: – Me dijo que sos muy linda... Estaba feliz, verdaderamente feliz... ¿Me entendés?... – Sí, señora, entiendo... Yo también lo quiero mucho... por eso la llamo. Quiero saber dónde está. – Me dijo que sólo quería estar contigo... Nunca lo vi así... Sabés como es él, no dice nada. – el llanto volvió a empezar. – Entiendo señora, y disculpe si la llamo en un mal momento, pero yo sólo quiero saber a dónde fue después de estar en su casa ayer. – No entiendo... Es que estaba tan contento... No tiene sentido. – seguía llorando y parecía no haber escuchado lo que le preguntaba. – Por favor, señora, dígame dónde está, ¿Qué le pasó? – y a ella también comenzaban a brotarle lágrimas de los ojos, sin saber por qué. – ¿No sabés todavía, hija? Sus vecinos lo encontraron esta madrugada en su casa... Se suicidó ayer. Otros Posts:
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