InicioCiencia EducacionEl razonamiento de uno, vale más que la autoridad de mil.
¿Qué pasa cuando la razón está separada del poder?, ¿quién triunfa? La historia ha demostrado ampliamente que la verdad sin la fuerza, es pura impotencia. Una aproximación desde Nietzsche al conocido caso de Galileo Galilei. And you never ask questions When God’s on your side. – Bob Dylan, “With God on Our Side”. Hace muchísimo tiempo, un 22 de Junio de 1633, en el convento de Santa María (Roma), Galileo Galilei renunciaba a la visión heliocéntrica ante el tribunal de la Santa Inquisición. Cuenta la leyenda que tras escuchar la condena a prisión de por vida, el maestro florentino murmuró entre dientes unas pocas palabras: “eppur si muove” (que podría traducirse como “y sin embargo se mueve”). Fue uno de los momentos más soberbios en la historia de la humanidad. Galileo consideraba que su postura era asistida por la razón. De hecho, no eran pocos los que sostenían la teoría elaborada por Copérnico en “Sobre las revoluciones de las esferas celestes”. Con esa frase (si la dijo o no, no importa: de eso se tratan las leyendas), Galileo le estaba diciendo a la Iglesia que no cambiaba nada el hecho de que lo condenaran y lo hicieran abjurar, porque ese fallo no podía evitar que la tierra gire alrededor del sol, al igual que el resto de los planetas que componen el sistema solar. Galileo decía la verdad, pero no tenía el poder para hacerla triunfar. Es válido suponer, entonces, que si algún miembro del tribunal inquisitorio hubiese escuchado esa pequeña e insolente frase, podría haberle respondido de la siguiente manera: “y sin embargo, por más que la tierra gire alrededor del sol, podemos condenarte a la hoguera porque tenemos el poder para hacerlo”. Razón no le hubiera faltado. También habría estado asistido por una verdad irrefutable: durante siglos, la Iglesia dispuso del poder de condenar a muerte a quien, según su propio juicio, considerara merecedor de tal castigo. Galileo creía estar burlándose de sus verdugos, porque consideraba que la verdad tenía la capacidad de triunfar por sí sola. Se equivocaba. Porque la verdad necesita del poder. Friedrich W. Nietzsche lo entendió y lo postuló mejor que nadie en “Aurora. Reflexiones sobre los prejuicios morales” (1881). En esta obra, el filósofo alemán sostiene que “en sí misma, la verdad no es una potencia, pese a lo que digan los retóricos del racionalismo. Por el contrario, necesita que la fuerza se ponga de su parte o ponerse ella de parte de la fuerza, ya que de lo contrario perecerá siempre. Esto ha quedado demostrado hasta la saciedad”. De hecho, la Iglesia ha demostrado ampliamente cómo el poder puede ser más determinante que la razón. Por lo tanto, cuando alguien asegura que Dios (o la razón) está de su lado, no está haciendo otra cosa más que buscar, a través del discurso, un poder que le de sustento a su acción; que la justifique. Durante el Renacimiento ese poder lo confería Dios, por supuesto, por medio de la Iglesia; y faltaban varios siglos para que la razón (tras adoptar el disfraz de ese viejo Dios un tanto moribundo) lo sustituyera. En ese entonces, sólo la Iglesia poseía la facultad de establecer “la verdad”. Este principio también se expresa en la sabiduría popular de la siguiente manera: la historia la escriben los que ganan. Esto se debe a que los vencedores son quienes acceden al derecho de justificar su fuerza. De nada sirve asumir una postura moral ante esta situación. Justamente porque la moral, desde la perspectiva de Nietzsche, se caracteriza por transformar un “no puedo” en un “no quiero”; dicho de otro modo, en interiorizar una imposibilidad material. Toda postura moral se jacta de actuar bajo el influjo de una razón superior (una teoría ética) separada de la fuerza. Por último, sí, es cierto que la teoría heliocéntrica ya había comenzado a ser difundida en el continente europeo y, por lo tanto, ya había empezado a cambiar la concepción del universo al desplazar su centro. Pero “la verdad” de Galileo Galilei tardaría más de un siglo en triunfar definitivamente. Claro, fue cuando el papa Benedicto XIV autorizó la impresión de las obras completas del astrónomo y las quitó del listado de libros prohibidos. Es decir, cuando la fuerza se puso del lado de la verdad. De esta manera, la obra de Galileo pasó a ser honrada por la institución que antes la condenara por impía. Tal vez algún día le llegue el turno a Charles Darwin. Sólo basta que el poder se ponga de su lado para triunfar definitivamente.
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