Y que se dice, cuando uno se para en el umbral del adiós. Las risas, los abrazos del ayer -recuerdos de papel transparente- se guardan suaves en la parte obscura de esa única ilusión. Con los brazos abiertos, en esa delgada línea, miro hacia arriba. Siento a los cielos llover dentro mío. La furia, que luego será arrepentimiento, mueve mis manos y las introduce en mi pecho. No controlo, no me controlo. Revuelvo, manoseo, empujo, raspo. Lo que produce dolor –aquello que incluso no se ve- lo toma, lo tomo, sin mi consentimiento. Todo se vuelve más lento. Sé que estoy atrapado, pero no me puedo despertar. Los vientos vociferan y las nubes cantan truenos rabiosos. Reacciono con ojos pesados. Deseo que los poetas de ayer se despierten, para poder sumergirme en su sal. No lo hacen, y mis venas están dispuestas a estallar. Venas que me hacen padecer músculos. Músculos que no toleran huesos. Huesos de hielo. Muevo las manos –ahora mías y no de su sentir-, que siguen ocupadas con vacíos despojos. Miro. Encuentro al presente extinto, ese que abrió, en apariencia la puerta maldecida. Quiero, exijo, pero el cielo se enojo por tanto inferno terrenal –teatral- y retumbo en el suelo un trueno único que atravesó mi pecho. Sentí colapsar todos mis dolores. Ancle mis rodillas en el umbral que separa y une. El humo salía de mis entrañas, cicatrizando con delicadeza todo a su paso. Estático, deje fluir mi sangre impura, espesa y maloliente. Ahí vi, me vi, entendí. Me Resultaba demasiado fácil, someterme al yugo de un destino impuesto por desconocidos. Sencillo es dejarme volar, sin siquiera haberme lastimado los pies. Los ojos no me pesaban. Podía respirar. Sentir el aire fluir en mis pulmones. Mi corazón palpitaba calmo y el alma había recuperado su peso. Me levante, limpie mis ropajes. La lluvia ceso. Claro, alguien una vez me dijo que no puede llover todo el tiempo. Miré. Miré. Había un paisaje, un valle heleno, ríos, montañas, océanos. Una infinidad de tierras que desconocía, todo por mantenerme en el umbral de la duda. Iba a mirar atrás, necesitaba hacerlo. Cerré los puños, y grite de bronca. No pude. Estaba el riesgo latente de volver a dar con su mirada –daga cruel que no sabe de piedad-. Hay ángeles que engañan y marcan más de lo que piensan. Entonces el coraje, complaciendo mis ruegos tomo mi cuerpo y me empujo, hacia el terreno de la esperanza.
Y que se dice, cuando uno se para en el umbral del adiós. Las risas, los abrazos del ayer -recuerdos de papel transparente- se guardan suaves en la parte obscura de esa única ilusión. Con los brazos abiertos, en esa delgada línea, miro hacia arriba. Siento a los cielos llover dentro mío. La furia, que luego será arrepentimiento, mueve mis manos y las introduce en mi pecho. No controlo, no me controlo. Revuelvo, manoseo, empujo, raspo. Lo que produce dolor –aquello que incluso no se ve- lo toma, lo tomo, sin mi consentimiento. Todo se vuelve más lento. Sé que estoy atrapado, pero no me puedo despertar. Los vientos vociferan y las nubes cantan truenos rabiosos. Reacciono con ojos pesados. Deseo que los poetas de ayer se despierten, para poder sumergirme en su sal. No lo hacen, y mis venas están dispuestas a estallar. Venas que me hacen padecer músculos. Músculos que no toleran huesos. Huesos de hielo. Muevo las manos –ahora mías y no de su sentir-, que siguen ocupadas con vacíos despojos. Miro. Encuentro al presente extinto, ese que abrió, en apariencia la puerta maldecida. Quiero, exijo, pero el cielo se enojo por tanto inferno terrenal –teatral- y retumbo en el suelo un trueno único que atravesó mi pecho. Sentí colapsar todos mis dolores. Ancle mis rodillas en el umbral que separa y une. El humo salía de mis entrañas, cicatrizando con delicadeza todo a su paso. Estático, deje fluir mi sangre impura, espesa y maloliente. Ahí vi, me vi, entendí. Me Resultaba demasiado fácil, someterme al yugo de un destino impuesto por desconocidos. Sencillo es dejarme volar, sin siquiera haberme lastimado los pies. Los ojos no me pesaban. Podía respirar. Sentir el aire fluir en mis pulmones. Mi corazón palpitaba calmo y el alma había recuperado su peso. Me levante, limpie mis ropajes. La lluvia ceso. Claro, alguien una vez me dijo que no puede llover todo el tiempo. Miré. Miré. Había un paisaje, un valle heleno, ríos, montañas, océanos. Una infinidad de tierras que desconocía, todo por mantenerme en el umbral de la duda. Iba a mirar atrás, necesitaba hacerlo. Cerré los puños, y grite de bronca. No pude. Estaba el riesgo latente de volver a dar con su mirada –daga cruel que no sabe de piedad-. Hay ángeles que engañan y marcan más de lo que piensan. Entonces el coraje, complaciendo mis ruegos tomo mi cuerpo y me empujo, hacia el terreno de la esperanza.
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archivadoLa Pipetuá,clown del buenomarcosan
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archivadodiario de un vaquero(por mi)dia 4macktownsix97
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Del Taringa! originalMuy bueno, +10
...mmm.. me lleve tres años matemática..tampoco sirvo para eso...
un poco demasiado visceral para mi gusto pero igual esta bueno, seguí así. +5
Yo que vos estudio pa´ escribano o contador...