Fin de un traidor Después de reunido este pequeño ejército, se resolvió dejar la región de El Lomón y dirigirse a otras nuevas; mientras tanto, íbamos haciendo contactos con campesinos de la zona y estableciendo las bases necesarias para nuestra subsistencia. Al mismo tiempo, nos separábamos de la Sierra Maestra y fuimos caminando hacia la zona del llano, hacia lugares donde teníamos que ver a la gente de la organización de las ciudades. Pasamos por un poblado llamado La Montería y después acampamos en un pequeño cayo de monte en las cercanías de un arroyo, finca perteneciente a un señor llamado Epifanio Díaz, cuyos hijos militaban en la Revolución. Nos acercábamos para poder establecer contacto más estrecho con el Movimiento, pues nuestra vida nómada y clandestina hacía imposible un intercambio entre las dos partes del Movimiento 26 de Julio. Prácticamente, eran dos grupos separados, con tácticas y estrategia diferentes. Todavía no se habían producido las hondas divisiones que meses más tarde pondrían en peligro la unidad del Movimiento, pero ya se veía que los conceptos eran diferentes. En esa misma finca vimos a las figuras más importantes del Movimiento en la ciudad; entre ellas, tres mujeres conocidas hoy por todo el pueblo de Cuba: Vilma Espín, hoy Presidente de la Federación de Mujeres y compañera de Raúl; Haydée Santamaría, Presidenta de la Casa de las Américas y compañera de Armando Hart y Celia Sánchez, nuestra querida compañera de todos los momentos de la lucha que, un tiempo después, se incorporara definitivamente a las guerrillas para no dejarnos más. Otra figura llegada era Faustino Pérez, un viejo conocido nuestro, compañero del Granma, que había ido a cumplir algunas misiones en la ciudad y retornaba a informar, para seguir en su misión urbana. (Poco después caería preso.) Además conocimos a Armando Hart y para mí fue la única oportunidad de tener contacto con el gran dirigente de Santiago, Frank País. Frank País era uno de esos hombres que se imponen en la primera entrevista; su semblante era más o menos parecido al que muestran las fotos actuales, pero tenía unos ojos de una profundidad extraordinaria. Difícil es hoy referirse a un compañero muerto, que se conoció una sola vez y cuya historia está en manos del pueblo. Yo sólo podría precisar en estos momentos que sus ojos mostraban enseguida al hombre poseído por una causa, con fe en la misma y además, que ese hombre era un ser superior. Hoy se le llama «el inolvidable Frank País»; para mí que lo vi una vez, es así. Frank es otro de los tantos compañeros cuya vida tronchada en flor hoy hubiera estado dedicada a la tarea común de la Revolución socialista; es parte del duro precio que pagó el pueblo para lograr su libertad. Nos dio una callada lección de orden y disciplina, limpiando nuestros fusiles sucios, contando las balas y ordenándolas para que no se perdieran. Desde ese día, me hice el propósito de cuidar más mi arma (y lo cumplí, aunque no puedo decir que fuera un modelo de meticulosidad tampoco). Pero también fue escenario de otros acontecimientos ese pequeño cayo de monte. Por primera vez nos iba a visitar un periodista y ese periodista era extranjero; se trataba del famoso Matthews, que solamente llevó a la conversación una pequeña camarita de cajón, con la que sacó las fotos tan difundidas luego y controvertidas por las manifestaciones estúpidas de un ministro de Batista. El traductor fue en aquella época Javier Pazos, que luego se incorporaría también a las guerrillas, donde permaneció algún tiempo. Matthews, según me contara Fidel, porque yo no fui testigo presencial de esa entrevista, hizo preguntas concretas y ninguna capciosa, se mostró como un simpatizante de la Revolución. Recuerdo los comentarios de Fidel, cómo él le había contestado afirmativamente la pregunta de si era antimperialista y cómo había objetado la entrega de armas a Batista demostrándole que esas armas no serían para la defensa intercontinental, sino solamente para oprimir al pueblo. La visita de Matthews, naturalmente, fue muy fugaz. Inmediatamente quedamos solos; estábamos listos para marcharnos. Sin embargo nos avisaron que redobláramos la vigilancia, pues Eutimio estaba en los alrededores; rápidamente se le ordenó a Almeida que fuera a tomarlo preso. La patrulla estaba integrada, además, por Julito Díaz, Ciro Frías, Camilo Cienfuegos y Efigenio Ameijeiras. Ciro Frías fue el encargado de dominarlo, tarea muy sencilla, y fue traído a presencia nuestra donde se le encontró una pistola 45, 3 granadas y un salvoconducto de Casillas. Naturalmente, después de verse preso y de habérsele encontrado esas pertenencias, ya no le cupo duda de su suerte. Cayó de rodillas ante Fidel, y simplemente pidió que lo mataran. Dijo que sabía que merecía la muerte. En aquel momento parecía haber envejecido, en sus sienes se veía un buen número de canas, cosa que nunca había notado antes. Este momento era de una tensión extraordinaria. Fidel le increpó duramente su traición y Eutimio quería solamente que lo mataran, reconociendo su falta. Para todos los que lo vivimos es inolvidable aquel momento en que Ciro Frías, compadre suyo, empezó a hablarle; cuando le recordó todo lo que había hecho por él, pequeños favores que él y su hermano hicieron por la familia de Eutimio, y cómo éste había traicionado, primero haciendo matar al hermano de Frías —denunciado por Eutimio y asesinado por los guardias unos días antes— y luego tratando de exterminar a todo el grupo. Fue una larga y patética declamación que Eutimio escuchó en silencio con la cabeza gacha: Se le preguntó si quería algo, y él contestó que sí, que quería que la Revolución, o, mejor dicho, que nosotros nos ocupáramos de sus hijos. La Revolución cumplió. El de Eutimio Guerra es un nombre que ahora resurge al recuerdo de estas notas, pero que ya ha sido olvidado quizás hasta por sus hijos; éstos van con otro nombre a una de las tantas escuelas y reciben el tratamiento de todos los hijos del pueblo, preparándose para una vida mejor, pero algún día tendrán que saber que su padre fue ajusticiado por el poder revolucionario debido a su traición. También es de justicia que sepan que aquel campesino que se dejó tentar por la corrupción e intentó cometer una felonía impulsado por el afán de gloria y dinero, además de reconocer su falta, de no pedir ni por asomo una clemencia que sabía no merecía, se acordó en el último minuto de sus hijos y para ellos pidió un trato benevolente y la preocupación de nuestro jefe. En esos minutos se desató una tormenta muy fuerte y oscureció totalmente: en medio de un aguacero descomunal, cruzado el cielo por relámpagos y por el ruido de los truenos, al estallar uno de estos rayos con su trueno consiguiente en la cercanía, acabó la vida de Eutimio Guerra sin que ni los compañeros cercanos pudieran oír el ruido del disparo. Al día siguiente, lo enterramos allí mismo y hubo un pequeño incidente que recuerdo. Manuel Fajardo quiso ponerle una cruz y yo me negué porque era muy peligroso para los dueños de la hacienda que quedara ese testimonio del ajusticiamiento. Entonces grabó sobre uno de los árboles cercanos una pequeña cruz. Y esa es la señal que indica dónde están enterrados los restos del traidor. El gallego A. Morán se separó de nosotros en esos momentos, él sabía lo poco que lo apreciábamos ya, y todos lo considerábamos un desertor en potencia (había desaparecido dos o tres días con el pretexto que había corrido tras las huellas de Eutimio y se perdiera en el monte). En el momento que nos aprestábamos a partir sonó un disparo y encontramos a Morán con la pierna atravesada por una bala. Los compañeros que estaban cerca sostuvieron, en esos días, enconadas discusiones, pues unos decían que el tiro fue casual y otros que se lo dio para no seguir. La historia posterior de Morán, con su traición y su muerte a manos de los revolucionarios en Guantánamo, indica que muy probablemente se dio el tiro intencionalmente. Al salir, quedó Frank País en mandar un grupo de hombres para los primeros días del mes de marzo siguiente; el punto de reunión sería la casa de Epifanio Díaz en las cercanías del Jíbaro. Días amargos Los días siguientes a nuestra salida de la casa de Epifanio Díaz marcan para mí, personalmente, la etapa más penosa de la guerra. Estas notas tratan de dar una idea de lo que fue para el total de los combatientes la primera parte de nuestra lucha revolucionaria; si en este pasaje de los recuerdos tengo que referirme, más que en el resto, a mi participación personal, es porque tiene conexión con los siguientes episodios y no era posible desligarlos sin que se perdiera unidad en el relato. Después de la salida de la casa de Epifanio, nuestro grupo revolucionario se componía de 17 hombres del ejército primigenio y tres nuevos compañeros incorporados: Gil, Sotolongo y Raúl Díaz. Estos tres compañeros llegaron en el Granma; habían estado escondidos durante cierto tiempo en las cercanías de Manzanillo y, al conocer de nuestra existencia, decidieron incorporarse al grupo. Su historia era la misma de todos nosotros; habían podido evadir la persecución de los guardias, refugiarse en la casa de un campesino, después en la de otro, llegar a Manzanillo y ocultarse. Ahora unían su suerte a la de toda la columna. En esta época, como se ve, era muy difícil incrementar nuestro ejército; venían algunos hombres nuevos, pero se iban otros; las condiciones físicas de la lucha eran muy duras, pero las condiciones morales lo eran mucho más todavía y se vivía bajo la impresión del continuo asedio. En aquellos momentos caminábamos sin rumbo fijo y a marcha lenta, escondidos en pequeños cayos de monte, en una zona donde ya la ganadería ha avanzado sobre la vegetación y apenas quedan restos pequeños de monte. Una de esas noches, en la pequeña radio de Fidel escuchábamos la noticia de la captura de uno de los compañeros del Granma, que se había retirado con Crescencio Pérez. Nosotros teníamos ya noticias de que había sido apresado, por confesión de Eutimio, pero no se había dado la información oficial; al conocerla pudimos percatarnos de que vivía. No siempre se podía salir con vida del interrogatorio del ejército de Batista. A cada rato se oían, en distintas regiones, disparos de ametralladoras hechos por los guardias contra los cayos de monte donde, por lo general, si bien tiraba abundante parque, no penetraba la tropa enemiga. En mi diario de campaña anotaba, el día 22 de febrero, que tenía los primeros síntomas de lo que podía ser un fuerte ataque de asma, porque me faltaba mi líquido antiasmático. La fecha del nuevo contacto era el día 5 de marzo, de modo que teníamos que esperar unos días. En esta época caminábamos muy lentamente, no teníamos un rumbo fijo y estabámos, simplemente, haciendo tiempo para que llegara la nueva fecha del 5 de marzo, día en que Frank País nos debía enviar el grupo de hombres armados. Se había resuelto ya que primero debía fortificarse nuestro pequeño frente, antes de aumentarlo en número y, por lo tanto, todas las armas disponibles en Santiago debían subir a la Sierra Maestra. Una noche nos tomó el amanecer sobre la margen de un pequeño riachuelo donde casi no había vegetación; pasamos un precario día en aquel lugar, en un valle cercano a Las Mercedes, que creo se llamaba La Majagua (los nombres son ahora un poco imprecisos en mi memoria) y llegamos por la noche a la casa del viejo Emiliano, otro de los tantos campesinos que en aquella época recibían un enorme susto al vernos en cada oportunidad, pero se jugaban la vida por nosotros, valientemente, y contribuían con su trabajo al desarrollo de nuestra Revolución. Era época de lluvia en la Sierra y todas las noches nos empapábamos por lo que llegábamos a las casas campesinas, a pesar del peligro, pues la zona estaba infectada de guardias. El asma era tan fuerte que no me dejaba avanzar bien y tuvimos que dormir en un pequeño cayo de café, cercano a una casa campesina donde restablecimos fuerzas. Ese día que estoy narrando, 27 ó 28 de febrero, se había levantado la censura en el país y la radio daba continuamente noticias de todo lo ocurrido durante los meses transcurridos. Se hablaba de los actos terroristas y de la entrevista de Matthews con Fidel: en aquel momento el Ministro de Defensa hizo su famosa afirmación de que la entrevista de Matthews era una patraña y el reto a que se publicara la foto. Hermes era un guajiro hijo del viejo Emiliano y fue el compañero que en aquellos momentos nos ayudaba con comidas y nos indicaba, por lo menos, la ruta que debíamos seguir. Pero por la mañana del día 28 no efectúo su habitual recorrido y Fidel ordenó inmediatamente evacuar el lugar y posesionarnos en otro punto donde dominábamos los caminos de la zona, pues no se sabía lo que pasaría. Como a las 4 de la tarde, Luis Crespo y Universo Sánchez estaban mirando los caminos y este último, por el lugar del camino que viene de Las Vegas vio una numerosa tropa de soldados que venían caminando precisamente para ocupar el firme. Había que correr rápidamente para llegar al borde de la loma y cruzar al otro lado antes de que las tropas nos cortaran el paso; no era una tarea difícil, dado que los habíamos visto con tiempo. Ya empezaban los morteros y las ametralladoras a sonar en dirección a donde estábamos, lo que probaba que había conocimiento por parte del ejército batistiano de nuestra presencia allí. Todos pudieron fácilmente llegar a la cumbre y sobrepasarla; pero para mí fue una tarea tremenda. Pude llegar, pero con un ataque tal de asma que, prácticamente, dar un paso para mí era difícil. En aquellos momentos, recuerdo los trabajos que pasaba para ayudarme a caminar el guajiro Crespo; cuando yo no podía más y pedía que me dejaran, el guajiro, con el léxico especial de nuestras tropas, me decía: «Argentino de... vas a caminar o te llevo a culatazos.» Además de decir esto cargaba con todo su peso, con el de mi propio cuerpo y el de mi mochila para ir caminando en las difíciles condiciones de la loma, con un diluvio sobre nuestras espaldas. Llegamos así a un pequeño bohío, enterándonos de que estábamos en el lugar llamado Purgatorio. Allí Fidel pasó como el comandante González, del ejército de Batista, que estaba buscando a los alzados. El dueño de la casa, fríamente cortés, nos la ofreció y nos atendió; pero había otro habitante, un amigo de un bohío cercano que era de una guataquería extraordinaria. Mi estado físico me impidió gozar el sabrosísimo diálogo de Fidel, en su papel de comandante González, del ejército de Batista, y el guajiro que le daba consejos y hablaba de por qué ese muchacho, Fidel Castro, estaba en la loma tirando tiros. Había que tomar alguna decisión, pues me era imposible seguir. Cuando se fue el indiscreto vecino, Fidel le dijo al dueño de la casa quién era. El hombre lo abrazó inmediatamente, diciéndole que era ortodoxo, que seguía siempre a Chibás y que podía ordenar. En aquel momento había que enviar al campesino a Manzanillo y establecer contacto; por lo menos, comprar las medicinas; y había que dejarme cerca de la casa sin que supiera ni siquiera la mujer de él, que yo estaba allí. El último compañero incorporado a la tropa, un hombre de dudosa moralidad pero muy fuerte, me fue asignado como compañero. Fidel, en un gesto de desprendimiento, me dio un fusil Johnson de repetición, una de las joyas de nuestra guerrilla, para defendernos. Hicimos el amago de salir todos juntos en una dirección y a los pocos pasos este compañero (al que llamábamos El maestro) y yo nos internamos en el monte, en el lugar convenido, esperando los acontecimientos. Las noticias de aquel día fueron que Matthews había hablado por teléfono y había anunciado que se publicarían las famosas fotos. Díaz Tamayo había anunciado que no podía ser, que nadie podía cruzar el cerco de tropas. Armando Hart estaba preso, acusado de ser el segundo jefe del Movimiento. Era el 28 de Febrero. El campesino cumplió el encargo y me proveyó de adrenalina suficiente. De ahí en adelante pasaron diez de los días más amargos de la lucha en la Sierra. Caminando apoyándome de árbol en árbol y en la culata del fusil, acompañado de un soldado amedrentado que temblaba cada vez que se iniciaba un tiroteo y sufría un ataque de nervios cada vez que mi asma me obligaba a toser en algún punto peligroso; fuimos haciendo lo que constituía poco más de una jornada de camino para llegar en diez largos días a casa de Epifanio nuevamente. La fecha convenida para el encuentro era el 5 de marzo, pero fue imposible estar. El cerco de los soldados en la zona y la imposibilidad de los movimientos rápidos, hicieron que solamente el día 11 de marzo apareciéramos en la hospitalaria casa de Epifanio Díaz. Habían pasado algunos acontecimientos conocidos ya por los habitantes de la casa. El grupo de 18 hombres de Fidel se había separado por un error al pensar que iban a ser atacados nuevamente por los guardias, en el lugar llamado Altos de Meriño; doce hombres habían seguido con Fidel y seis con Ciro Frías. Después, Ciro Frías había caído en una emboscada, aunque salieron ilesos todos ellos y se encontraban bien en las inmediaciones. Solamente uno, Yayo, que volvía sin su fusil, había pasado por la casa de Epifanio Díaz rumbo a Manzanillo; por él nos enteramos de todo. Además, ya estaba lista la tropa que debía mandar Frank, aunque éste se encontraba preso en Santiago. Tuvimos una entrevista con el jefe de la tropa; se llamaba Jorge Sotús y traía el grado de capitán. No pudo llegar el día 5, pues se había infiltrado la noticia y los caminos estaban completamente custodiados. Establecimos todas las medidas para que se produjera rápidamente la llegada de los hombres cuyo número era alrededor de cincuenta. El refuerzo El día 13 de marzo, mientras esperábamos a la nueva tropa revolucionaria, se dio la noticia por la radio de que se había intentado asesinar a Batista y se daban los nombres de algunos de los muertos. En primer lugar, José Antonio Echeverría, líder de los estudiantes, y después otros, como el de Menelao Mora. También personas ajenas al suceso caerían; al día siguiente se sabía que Pelayo Cuervo Navarro, luchador de la ortodoxia que había mantenido una actitud erecta frente a Batista, era asesinado y su cuerpo arrojado en el aristocrático rincón del Country Club conocido por El Laguito. Es bueno apuntar, como extraña paradoja, que los asesinos de Pelayo Cuervo Navarro y los hijos del muerto, vinieron juntos en la fracasada invasión de Playa Girón para «liberar» a Cuba del «oprobio comunista». En medio de la cortina de la censura se escapaban algunos detalles del fracasado ataque que el pueblo de Cuba recuerda bien. Personalmente, no había conocido al líder estudiantil pero sí a sus compañeros, en México, en ocasión del acuerdo para la acción común a que llegaron el 26 de Julio y el Directorio Estudiantil. Estos compañeros eran: el hoy embajador en la URSS, comandante Faure Chomón, Fructuoso Rodríguez y Joe Westbrook, todos ellos participantes en el ataque. Como se recordará, sólo faltó un poco de impulso para llegar al tercer piso donde estaba el dictador, pero lo que pudo ser un golpe exitoso se convirtió en una masacre de todo el que no pudo salir a tiempo de la ratonera en que se convirtió el Palacio Presidencial. Para el día 15 estaba anunciado el arribo del refuerzo; esperamos largas horas en el lugar convenido, en el cañón de un arroyo donde el camino se hunde y era fácil trabajar oculto, pero no llegó nadie. Después nos explicaron que hubo algunos inconvenientes. Posteriormente, el día 16, llegaron al amanecer, muy cansados, apenas pudo esta tropa caminar unos pasos y descansar en un cayo del monte para esperar el día. El dueño de los camiones era un arrocero de la zona que, atemorizado por las implicaciones del hecho, se asiló y fue a Costa Rica de donde vino convertido en héroe en el avión que trajera unas armas desde ese país; su nombre: Hubert Matos. Unos cincuenta hombres era el refuerzo, de los cuales solamente una treintena estaba armada; venían dos fusiles ametralladora, un Madzen y un Johnson. En los pocos meses vividos en la Sierra, nos habíamos convertido en veteranos y veíamos en la nueva tropa todos los defectos que tenía la original del Granma: falta de disciplina, falta de acomodo a las dificultades mayores, falta de decisión, incapacidad de adaptarse todavía a esta vida. El grupo de cincuenta estaba dirigido por Jorge Sotús, con el grado de capitán, y dividido en cinco escuadras de diez hombres cada una cuyo jefe era un teniente; estos grados estaban dados por la organización del llano y pendientes de ratificación. Las escuadras eran dirigidas por un compañero de apellido Domínguez, creo, muerto en Pino del Agua poco tiempo después; el compañero René Ramos Latour, muerto heroicamente en combate, en las postrimerías de la ofensiva final de la dictadura, organizador de las milicias en el llano; Pedrín Soto, nuestro viejo compañero del Granma, que al fin se lograba incorporar a nosotros, muerto también en combate y ascendido póstumamente a comandante por Raúl Castro, en el Segundo Frente Oriental «Frank País»; además, el compañero Pena, estudiante santiaguero que alcanzó el grado de comandante y pusiera fin a su vida después de la Revolución y el teniente Hermo, único jefe de grupo que pudo sobrevivir a los casi dos años de la guerra. De todos los problemas que había, uno de los mayores era la falta de capacidad para caminar; el jefe, Jorge Sotús, era uno de los que peor lo hacía y se quedaba constantemente atrás dando un mal ejemplo para la tropa; además, se me había ordenado que me hiciera cargo de esta tropa, pero al hablar de ello con Sotús me manifestó que él tenía órdenes de entregarla a Fidel y que no la podía entregar antes a nadie, que seguía siendo el jefe, &c., &c. En aquella época todavía yo sentía mi complejo de extranjero, y no quise extremar las medidas, aunque se veía un malestar muy grande en la tropa. Después de caminatas muy cortas pero que se hacían larguísimas por el estado deficiente de preparación, llegamos a un lugar en La Derecha donde debíamos esperar a Fidel Castro. Allí estaba el pequeño grupo de compañeros que se había separado de Fidel, anteriormente; Manuel Fajardo, Guillermo García, Juventino, Pesant, tres hermanos Sotomayor, Ciro Frías y yo. En esos días se notaba la diferencia enorme entre los dos grupos: el nuestro, disciplinado, compacto, aguerrido; el de los bisoños, padeciendo todavía las enfermedades de los primeros tiempos; no estaban acostumbrados a hacer una sola comida al día y si no sabía bien la ración no la comían. Traían los bisoños sus mochilas cargadas de cosas inútiles y al pesarles demasiado en las espaldas preferían, por ejemplo, entregar una lata de leche condensada a deshacerse de una toalla (crimen de lesa guerrilla), y allí aprovechábamos para cargar las latas y todos los alimentos que dejaran en el camino. Después de instalados en La Derecha hubo una situación muy tensa provocada por las fricciones constantes entre Jorge Sotús, espíritu autoritario y sin don de gentes, y la tropa en general; tuvimos que tomar precauciones especiales y René Ramos, cuyo nombre de guerra era Daniel, quedó encargado de la escuadra de ametralladora en la salida de nuestro refugio para que existiera una garantía de que no sucedería nada. Tiempo después, Jorge Sotús era enviado en misión especial a Miami. Allí traicionó la Revolución aliándose a Felipe Pazos, cuya desmedida ambición de poder le hizo olvidar sus compromisos, y postularse como presidente provisional en un «cocinado» donde el Departamento de Estado jugó un importante papel. Con el tiempo, el capitán Sotús dio señales de querer rehabilitarse y Raúl Castro le dio la oportunidad que esta Revolución no negó a nadie. Sin embargo, empezó a conspirar contra el Gobierno Revolucionario y fue condenado a veinte años de prisión, pudiendo escapar gracias a la complicidad de uno de sus carceleros que huyó con él a la guarida ideal de los gusanos: Estados Unidos. En aquel momento, sin embargo, tratamos de ayudarlo lo más posible, de limar las asperezas con los nuevos compañeros y de explicarle las necesidades de la disciplina. Guillermo García fue a buscar en la zona de Caracas a Fidel, mientras yo hacía un pequeño recorrido para recoger a Ramiro Valdés, repuesto a medias de su lesión en la pierna. El día 24 de marzo, por la noche, llegó Fidel; fue impresionante su arribo con los doce compañeros que en ese momento se mantenían firmes a su lado. Era notable la diferencia entre la gente barbuda, con sus mochilas hechas de cualquier cosa y atadas como pudieran y los nuevos soldados con sus uniformes todavía limpios, mochilas iguales y pulcras y las caras rasuradas. Expliqué a Fidel los problemas que habíamos afrontado y se estableció un pequeño consejo para decidir la actitud futura. Estaba integrado por el mismo Fidel, Raúl, Almeida, Jorge Sotús, Ciro Frías, Guillermo García, Camilo Cienfuegos, Manuel Fajardo y yo. Allí se criticó por parte de Fidel mi actitud al no imponer la autoridad que me había sido conferida y dejarla en manos del recién llegado Sotús, contra quien no se tenía ninguna animosidad, pero cuya actitud, a juicio de Fidel, no debió haberse permitido en aquel momento. Se formaron también los nuevos pelotones, integrándose toda la tropa para formar tres grupos a cargo de los capitanes Raúl Castro, Juan Almeida y Jorge Sotús; Camilo Cienfuegos mandaría la vanguardia y Efigenio Ameijeiras, la retaguardia; mi cargo era de médico en el Estado Mayor, donde Universo Sánchez trabajaba como jefe de la escuadra del Estado Mayor. Nuestra tropa adquiría una nueva prestancia con esta cantidad de hombres incorporados y, además, teníamos ya dos fusiles ametralladora, aunque de dudosa eficacia por lo viejos y maltratados; sin embargo, ya éramos una fuerza considerable. Se discutió qué podíamos hacer inmediatamente; mi opinión fue atacar el primer puesto de vigilancia para templar en la lucha a los compañeros nuevos. Pero Fidel y todos los demás miembros del consejo estimaron mejor hacerlos marchar durante un tiempo para que se habituaran a los rigores de la vida en la selva y las montañas y a las caminatas entre cerros abruptos. Fue así como se decidió salir en dirección Este y caminar lo más posible buscando la oportunidad de sorprender algún grupo de guardias, después de tener una elemental escuela práctica de guerrillas. La tropa se preparó con gran entusiasmo y salió a cumplir la tarea que le correspondía y cuyo bautizo de sangre sería El Uvero. Fuente: http://www.patriagrande.net/cuba/ernesto.che.guevara/pasajes/index.php
Ernesto Che guevara, Pasajes de la guerra revolucionaria (pa
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