Dicen que para ver el bosque hay que alejarse un poco de él para que los árboles no nos estropeen la vista. También dicen que no hay que generalizar, pero que sin generalizaciones se nos hace muy difícil interpretar el mundo. Partiendo de estos presupuestos y basándome en mi conocimiento de
Argentina
y de los argentinos, tengo la presunción de gozar de un punto de vista privilegiado y por eso quiero dar mi opinión sobre este maravilloso y a la vez inexplicable quilombo que es la sociedad
argentina
.
Aclaro de antemano que cualquier comentario civil será bienvenido, pero que eliminaré sin piedad ni remordimiendo alguno comentarios ofensivos y bardo.
En mi no corta vida visité 8 veces Argentina quedándome en total algo más de un año. Son muy pocas las provincias donde no estuve, conocí a todo tipo de gente, sigo teniendo muchos amigos argentinos, me gustan el rock nacional, los asados con amigos, el café con leche con medialunas de manteca y comprar puchos en un quiosco en la madrugada. Sé reconocer a un chanta, orientarme en Capital y chamuyar en porteño. ¿Todo esto hace de mi un argentino? Obviamente no, pero me da ciertas ventajas a la hora de buscar una explicación para el quilombo argento. Y puestos a buscar explicaciones, creo que primero hay que buscar una respuesta a esta pregunta fundamental:
Es una pregunta que los mismos argentinos se hacen continuamente: ¿Cómo es posible que un país rico en recursos y capital humano tenga una historia que es un transcurrir continuo de una crisis económica a otra, de una dictadura a otra, de un quilombo a otro? Ya sé que hay aproximadamente 43 millones de respuestas a esta pregunta, una para cada argentino; que algunos culparán a los peronistas, otros a los yanquis, otros más a los tanos y unos cuantos a las influencias astrales. Acá intentaré dar mi respuesta personal, que se basa en dos puntos:
Defino "confianza social " la creencia que, aceptando y siguiendo ciertas reglas sociales, el resultado final será un mejoramiento para todos. En el otro opuesto está obviamente la desconfianza social , es decir la actitud de desconfiar sistemáticamente del próximo intentando sacar ventajas inmediatas.
Por poner un ejemplo, Alemania estaría más cerca del extremo de la confianza. Argentina , claro está, lleva décadas dándose cabezazos contra el otro extremo para intentar ir aún más allá. Los argentinos creen que el otro siempre tirará a cagarte, si puede. Y tienen razón. Por eso, por lo general, hacen las cosas mal si esto les permite hacerlas más cómodamente. Por otro lado, al punto en que está la sociedad argentina , hacer las cosas bien le traería poca ventaja al que las hace. Sería como remar contracorriente. Inútil y a veces hasta peligroso.
Naturalmente la baja confianza social es a su vez consecuencia de alguna otra causa, pero acá no quiero aventurarme en explicaciones. Elijan ustedes mismos la que más le guste: los orígenes de la sociedad argentina , formada por comunidades inmigrantes a menudo rivales entre sí; la deleteria influencia de los italianos y de su notoria falta de civismo; la deleteria influencia de los españoles y de su notoria falta de cooperativismo; la deleteria influencia del Pato Donald y de su notoria mala suerte. O metan todo en la licuadora y tómense el jugo. El resultado no cambia: si un argentino puede cagarte, 8 veces de 10 lo hará. Los dos chabones restantes acaban de inmigrar de Suecia.
No nos engañemos: en cada sociedad, con salvedad de ciertas tribus amazónicas númerica y estadísticamente irrelevantes, siempre ha habido y siempre habrá una clase dominante. El problema de Argentina es que las facciones de esta élite, a diferencia de lo que ocurre en casi todo el mundo, nunca fueron capaces de meterse de acuerdo y de repartirse el poder de forma inteligente, o por lo menos indolor. Siempre fueron enfrentadas, y es absolutamente irrelevante el cariz que haya tomado o tome este enfrentamiento en las distintas épocas historicas: ya sean federales o unitarios, campo contra industria, kirchneristas contra macristas, el resultado es el mismo. Es como si, en lugar de repartirse tranquilamente la vaselina para hacer lo que las élites hacen normalmente con el pueblo, los garcas argentos prefieran hacer mierda periódicamente la farmacia.
¿A qué se debe esto? Una vez más, no lo sé. Pero creo que algo tienen que ver la escasa consistencia numérica de las élites, las escasa industrialización del país y la presencia de los millones de votos del conurbano, siempre a la venta al mejor postor. Los puntos únanlos ustedes, que éste es un post de Taringa, no una lección de sociología política.
Para concluir, quiero subrayar que soy perfectamente consciente de las incoherencias, contradicciones internas y generalizaciones burdas de mi punto de vista. Per me importa un rábano.
Aclaro de antemano que cualquier comentario civil será bienvenido, pero que eliminaré sin piedad ni remordimiendo alguno comentarios ofensivos y bardo.
En mi no corta vida visité 8 veces Argentina quedándome en total algo más de un año. Son muy pocas las provincias donde no estuve, conocí a todo tipo de gente, sigo teniendo muchos amigos argentinos, me gustan el rock nacional, los asados con amigos, el café con leche con medialunas de manteca y comprar puchos en un quiosco en la madrugada. Sé reconocer a un chanta, orientarme en Capital y chamuyar en porteño. ¿Todo esto hace de mi un argentino? Obviamente no, pero me da ciertas ventajas a la hora de buscar una explicación para el quilombo argento. Y puestos a buscar explicaciones, creo que primero hay que buscar una respuesta a esta pregunta fundamental:
¿Por qué
Argentina
, a pesar de tenerlo todo, fue siempre un campeón de inestabilidad de porte mundial?
Es una pregunta que los mismos argentinos se hacen continuamente: ¿Cómo es posible que un país rico en recursos y capital humano tenga una historia que es un transcurrir continuo de una crisis económica a otra, de una dictadura a otra, de un quilombo a otro? Ya sé que hay aproximadamente 43 millones de respuestas a esta pregunta, una para cada argentino; que algunos culparán a los peronistas, otros a los yanquis, otros más a los tanos y unos cuantos a las influencias astrales. Acá intentaré dar mi respuesta personal, que se basa en dos puntos:
1. El bajo nivel de confianza
social
Defino "confianza social " la creencia que, aceptando y siguiendo ciertas reglas sociales, el resultado final será un mejoramiento para todos. En el otro opuesto está obviamente la desconfianza social , es decir la actitud de desconfiar sistemáticamente del próximo intentando sacar ventajas inmediatas.
Por poner un ejemplo, Alemania estaría más cerca del extremo de la confianza. Argentina , claro está, lleva décadas dándose cabezazos contra el otro extremo para intentar ir aún más allá. Los argentinos creen que el otro siempre tirará a cagarte, si puede. Y tienen razón. Por eso, por lo general, hacen las cosas mal si esto les permite hacerlas más cómodamente. Por otro lado, al punto en que está la sociedad argentina , hacer las cosas bien le traería poca ventaja al que las hace. Sería como remar contracorriente. Inútil y a veces hasta peligroso.
Naturalmente la baja confianza social es a su vez consecuencia de alguna otra causa, pero acá no quiero aventurarme en explicaciones. Elijan ustedes mismos la que más le guste: los orígenes de la sociedad argentina , formada por comunidades inmigrantes a menudo rivales entre sí; la deleteria influencia de los italianos y de su notoria falta de civismo; la deleteria influencia de los españoles y de su notoria falta de cooperativismo; la deleteria influencia del Pato Donald y de su notoria mala suerte. O metan todo en la licuadora y tómense el jugo. El resultado no cambia: si un argentino puede cagarte, 8 veces de 10 lo hará. Los dos chabones restantes acaban de inmigrar de Suecia.
2. Una élite dividida desde siempre
No nos engañemos: en cada sociedad, con salvedad de ciertas tribus amazónicas númerica y estadísticamente irrelevantes, siempre ha habido y siempre habrá una clase dominante. El problema de Argentina es que las facciones de esta élite, a diferencia de lo que ocurre en casi todo el mundo, nunca fueron capaces de meterse de acuerdo y de repartirse el poder de forma inteligente, o por lo menos indolor. Siempre fueron enfrentadas, y es absolutamente irrelevante el cariz que haya tomado o tome este enfrentamiento en las distintas épocas historicas: ya sean federales o unitarios, campo contra industria, kirchneristas contra macristas, el resultado es el mismo. Es como si, en lugar de repartirse tranquilamente la vaselina para hacer lo que las élites hacen normalmente con el pueblo, los garcas argentos prefieran hacer mierda periódicamente la farmacia.
¿A qué se debe esto? Una vez más, no lo sé. Pero creo que algo tienen que ver la escasa consistencia numérica de las élites, las escasa industrialización del país y la presencia de los millones de votos del conurbano, siempre a la venta al mejor postor. Los puntos únanlos ustedes, que éste es un post de Taringa, no una lección de sociología política.
Para concluir, quiero subrayar que soy perfectamente consciente de las incoherencias, contradicciones internas y generalizaciones burdas de mi punto de vista. Per me importa un rábano.


