El régimen de los Ceaucescu se había iniciado en 1965, cuando Nicolae alcanzó el poder del Partido Comunista de Rumania tras la muerte del líder Gheorghiu-Dej y alcanzaría el estatus de haberse consagrado como la aplicación más extendida del sistema totalitario del modelo estalinista.
Alejado de los dictados de Moscú, Rumania jugó el rol de rebelde dentro del Pacto de Varsovia y se opuso a la invasión soviética a Checoslovaquia en agosto de 1968 que puso fin a la llamada Primavera de Praga. El rechazo a la "Doctrina Brezhnev" de soberanía limitada llevaría a Ceaucescu a desafiar a Moscú aunque no al punto de romper con el bloque comunista como si hizo el mariscal Tito cuando retiró a Yugoslavia del Pacto de Varsovia en 1948.
La política independiente respecto al Kremlin le reportó al tirano apoyos internos y externos durante buena parte de su extenso régimen. La población, al comienzo de su dictadura, pareció acompañar a Ceaucescu. En Occidente, en tanto, era recibido por estadistas de las principales potencias. Rumania fue el primer país comunista en reconocer la existencia de la República Federal Alemana (RFA) y la primera en adherir como miembro al Fondo Monetario Internacional y del GATT. En 1970, visitó Bucarest el presidente de los EEUU, Richard Nixon. En abril de 1978, Ceaucescu fue recibido por el presidente Jimmy Carter en la Casa Blanca y dos meses más tarde, por la propia reina Isabel II en el Palacio de Buckingham. En 1983, el entonces vicepresidente de los EEUU, George Bush, llegaría a llamar a Ceaucescu "the good communist", en virtud de su enfrentamiento con Moscú.
Durante la década del setenta, una activa política exterior independiente de Moscú llevaría a Ceaucescu a aliarse con la República Popular China, entonces enfrentada a la Unión Soviética. Deseoso de ser reconocido como un estadista de primera clase, Ceaucescu se embarcó en negociaciones sobre los grandes conflictos mundiales intentando convertirse en mediador en la crisis árabe-israelí y en las relaciones entre la URSS y Occidente.
El 5 de marzo de 1974, Ceaucescu visitó Argentina, acompañado por su esposa Elena. El presidente Juan Domingo Perón le concedió la Orden del Libertador San Martín, la máxima distinción que otorga el Estado Argentino. El matrimonio, además, fue homenajeado en la Universidad de Buenos Aires: el día 6 el interventor Ernesto Villanueva entregó el diploma "doctor honoris causa" al presidente rumano. En el Sheraton hotel, Ceaucescu recibió al jefe de la UCR, Ricardo Balbín.
"Elena Ceaucescu volvió de Argentina fascinada por el rol institucional que Isabel Perón ocupaba como Vicepresidente y exigió convertirse en segunda titular del Consejo de Ministros de Rumania ".
Internamente, mientras tanto, a través de un ejercicio ilimitado del poder, Ceaucescu impuso un culto a la personalidad que no conoció límites. Su rostro y el de su mujer aparecían en todos lados a lo largo del país.Obsesionados por un delirio persecutorio sin paralelo, los Ceaucescu veían enemigos en todas partes. Innumerables historias, verídicas o verosímiles, se tejieron en torno a su régimen. Una de ellas relata que, temeroso de ser asesinado a través de células radiactivas, Ceaucescu exigía utilizar un nuevo traje cada día. Las prendas del dictador debían ser elaboradas por sastres italianos y eran presentadas envueltas en envases al vacío y una vez utilizadas eran quemadas.
A mediados de los años 80, Ceaucescu quiso inmortalizarse a través de la construcción del palacio presidencial más grande de la historia. Para ello, no titubeó en derribar varias manzanas de un barrio histórico de la capital, sin importarle el patrimonio cultural de la zona. Quien haya estado alguna vez en Bucarest habrá podido observar el monstruoso edificio, símbolo de una megalomanía sin límites.
Al final de su régimen, se estimaba que había robado miles de millones de dólares de las arcas públicas y las había desviado a cuentas personales, principalmente en Austria. La caída del régimen del Sha de Irán, en 1979, agregó complicaciones a la economía comunista rumana. El precio del petróleo subió considerablemente y el país debió exigirse esfuerzos mayúsculos para abastecerse energéticamente. Los cortes de luz y el desabastecimiento se hicieron moneda corriente durante los años ochenta.
El malestar de la población alcanzaría, hacia fines de la década, el nivel del hartazgo. En noviembre de 1989, un mes antes del desenlace, el Partido Comunista Rumano confirmó una vez más a Ceaucescu como secretario general e hizo una fuerte condena a las políticas de apertura iniciadas en el lustro anterior por Gorbachov en la Unión Soviética y por los distintos regímenes comunistas de Europa Oriental. Simultaneamente, caía el Muro de Berlín.
A comienzos de diciembre de ese año, importantes demostraciones en contra del régimen estallaron en la ciudad de Timisoara, cercana a la frontera con Hungría. El día 17, la Securitate y las fuerzas armadas comenzaron a reprimir las manifestaciones. Ceaucescu, en tanto, tuvo que volver anticipadamente de una gira a Irán. El día 20, denunció en un discurso televisado que los sucesos de Timisoara eran producto de la "interferencia extranjera en los asuntos internos de Rumania " y que constituían un "ataque a la soberanía de la Nación". La realidad, naturalmente, era muy distinta. Ceaucescu comenzó a repetir las virtudes del comunismo y los logros de sus veinticinco años "revolucionarios". Calificó a las protestas en Timisoara como "agitaciones fascistas de quienes quieren destruir el socialismo". El tirano, sin embargo, había comprado su propia mentira: la población, esta vez, le daba la espalda.
Acostumbrado a un pueblo manso, sometido y sojuzgado, creyó que le hablaba nuevamente, como siempre, a una multitud indefensa y domesticada. Sin embargo, a los pocos minutos, comenzaron los chiflidos. Desde el fondo de la plaza -hoy llamada "de la Revolución"- decenas de personas gritaron "Timisoara, Timisoara!". Lo inimaginable había sucedido. Concretando el viejo cuento del rey desnudado, Ceaucescu, en cuestión de minutos, pasó de ser un cruel dictador a un aterrado anciano. El miedo había cambiado de bando.
Silbidos y aplausos surgieron espontáneamente entre los participantes en el acto oficial. Poco a poco, fueron abandonando la plaza, pero se apostaron por las calles de la ciudad, tomándola de hecho como había pasado unos días antes en Timişoara. Algunas personas gritaron consignas en contra del dictador, que se extendieron pronto entre la multitud (¡Abajo el dictador, muerte a los criminales!), (¡El pueblo somos nosotros, abajo con el dictador!) (¿Quién eres tú, Ceauşescu?: ¡un criminal de Scorniceşti!). Más tarde, la manifestación popular ocupaba prácticamente todo el centro de Bucarest . Cerca de la Universidad de Bucarest los jóvenes ondeaban banderas rumanas con el escudo cortado, tal como había ocurrido en Timişoara.
Algunas horas más tarde, los manifestantes debieron enfrentarse a soldados, agentes de la policía y de la Unidad Especial para la Lucha Antiterrorista, así como a agentes encubiertos de la Securitate. La multitud fue atacada por francotiradores apostados en varios edificios en la ciudad, y cercada en las calles por vehículos blindados y tanquetas. Hubo una gran cantidad de muertos por los ataques contra los civiles, incluidos periodistas que cubrían los sucesos en Bucarest .
Durante las primeras horas del 22 de diciembre de 1989, el dictador rumano convocó a una segunda asamblea para la mañana siguiente. Sin embargo, su esposa, Elena Ceaușescu fue informada de nuevas manifestaciones de grupos opositores, en esta ocasión, de trabajadores de las zonas industriales de la ciudad. Las columnas de obreros se dirigían en ese momento hacia el centro de Bucarest .
«Los matarán y luego los echarán en fosas comunes. Que no quede vivo ni uno, ¡ni siquiera uno!» Elena Ceaușescu.
Las barricadas que la policía había instalado en los accesos a las plazas de la Universidad y del Palacio resultaron insuficientes para contener la manifestación. A las 09:30, la plaza de la Universidad estaba rebosante de gente. Agentes de seguridad pública entraron en escena, muchos de ellos para sumarse a la manifestación.
Media hora más tarde, la radio local anunciaba el establecimiento de la ley marcial y la prohibición de reuniones de más de cinco personas. Pero a pesar de la prohibición, miles de personas se encontraban en las calles de Bucarest sin ánimo de disolverse.
Ceauşescu intentó dirigirse a la multitud desde uno de los balcones de la sede del Comité Central del PCR, pero sólo obtuvo abiertas muestras de rechazo. Ceauşescu nombró a Victor Stănculescu como ministro de Defensa. Ya al frente del ejército rumano, Stănculescu ordenó a las tropas deplegadas que volvieran a los cuarteles, orden que por cierto fue emitida sin el conocimiento de Ceauşescu.
Además, el nuevo ministro de defensa persuadió al dictador de tomar un helicóptero para huir de una ciudad que había escapado a su control. Al haberse negado a seguir la orden de represión de Ceauşescu, el general Stănculescu jugó un papel central en el desenlace de la revolución.
Ceaucescu y su mujer huyeron del palacio presidencial a bordo de un helicóptero. Intentaron escapar del país, buscando un exilio involuntario pero bien provisto por los cientos de millones de dólares depositados en cuentas secretas en paraísos financieros. Sin embargo, el destino les jugaría una mala pasada.
Los miembros de su guardia, de pronto, pasaron a ser sus carceleros. Detenidos por ex integrantes de sus fuerzas armadas, los Ceaucescu fueron sometidos a un juicio sumario, en la mañana del 25 de diciembre de 1989. El tribunal militar, formado de urgencia, los declaró culpables de haber practicado un "genocidio y de haber robado los bienes del país sometiendo a la población a la escasez y la miseria" y los fusilaron. El pelotón recibió la orden de no apuntar a las cabezas de la pareja a los efectos de que la población pudiera ver los rostros muertos de Nicolae y Elena Ceaucescu.
Los Ceaucescu protagonizaron el único caso de final violento de la caída de los regímenes totalitarios socialistas producidos en 1989 y que desembocarían finalmente, dos años más tarde, en la disolución de la Unión Soviética en la Navidad de 1991.