Hola a Todos!!
El siguiente es un capítulo de una historia que comenzé a escribir hace ya dos años. Hasta el momento llevo unas 275 páginas, y quería compartir esta primera parte. Espero sus comentarios, sean buenos o malos, para mejorar. Saludos, y ojala que lo disfruten
Si les gustó, pidan más capítulos!!!!
I
Lunes, 08:45
-Llegué a mis treinta...
Aquel era el pensamiento que reinaba en la vida de Adrián Serbi el día después de su cumpleaños. No había pasado una noche agradable y a pesar de haber salido con quienes consideraba sus amigos más íntimos para festejar una nueva década en el calendario, se vio ahogando las penas, una vez mas, en varios tragos de cerveza, en el bar Póker de Ases, propiedad de Darío, un íntimo amigo. Últimamente sentía que había perdido el rumbo, no tenía grandes proyectos y la soledad se había hecho nuevamente su única amante. Sin embargo, él había escogido el camino que estaba recorriendo. Años atrás se encontraba en una posición totalmente distinta. Tenía un cómodo trabajo administrativo en una oficina sobre Avenida de Mayo, un horario flexible, un salario que le permitía llegar a fin de mes con alguna moneda extra, y una mujer a su lado, que en ese entonces, creía el amor de su vida. Pero el amor es lo más misterioso que existe en este misterioso planeta con sus misteriosos habitantes. De un día para el otro, vio como aquella persona que creyó que lo acompañaría hasta el final de su viaje, hacía las maletas para desaparecer para siempre de su vida. El trabajo, que no le ofrecía grandes avances en un futuro no muy lejano, lo empezó a asfixiar, y nuevamente, de forma imprevista, casi irracional, se vio renunciando ante la cara de sorpresa de su patrón. Y así transcurrió la vida de Adrián durante aquellos años. Vacía de todo sentido, quemando las hojas del calendario y viendo pasar sus horas una tras otra, día a día, año tras año.
La rutina, esa maldita costumbre que hace que todo sea igual, se vio momentáneamente interrumpida el día que decidió inscribirse en la carrera de Psicología. Fue uno de los tantos impulsos que obedecía sin saber por qué, y que al poco tiempo, pasaban a formar parte de la misma rutina que habían tratado de evitar. Sin embargo, aquella acción irracional, aquel acto realizado sin medir sus consecuencias, fue el comienzo del cambio que necesitaba su vida. La carrera universitaria era una de las pocas cosas que lo hacían sentir vivo. Con un promedio óptimo, buenos compañeros con quienes había entablado amistad, y materias que le parecían muy interesantes, consideraba la elección de estudiar como una de sus mejores decisiones en los últimos años. Durante el primer cuatrimestre universitario había conocido a Jorge Amarig, un hombre mayor que él, con el cual se había generado una excelente amistad. Todos los días era impostergable durante el recreo, la charla con café y cigarrillos. Pasaron en pocas semanas, a tratarse como conocidos, para después presentarse como compañeros, hasta llegar a considerarse viejos amigos uno del otro. Cuando ambos atravesaban períodos de cambios en sus vidas, decidieron que sería una buena aventura encaminar un proyecto laboral, juntos. Adrián se encontraba en busca de nuevos horizontes, y Jorge, en busca de nuevas inversiones para su negocio: una librería muy bien ubicada en la avenida Santa Fe, que llevaba su nombre. Invirtiendo todos sus ahorros logró ser su socio, y disfrutar de una muy buena posición económica. Jorge decidió que lo más conveniente era cambiar el nombre, y a pesar de la negativa de su nuevo socio, se impuso su deseo. El negocio abandonó la formal denominación de “Librería Amarig”, para adquirir el título de “Librería Nuevo Amanecer”. Y Adrián comenzó a sentir que nuevos horizontes se abrían en su vida. El ambiente intelectual que reinaba en su nueva ocupación, logró que su apetito por estudiar se fuera haciendo cada vez más grande e intenso. Se encontró acudiendo a abrir el negocio, de lunes a sábados, sin otra motivación que enterarse de las novedades en las ediciones de filosofía, novelas policiales, biografías, y por supuestos, libros de psicología. La mitad de su sueldo lo invertía en adquirir nuevas ediciones de sus autores favoritos. No tenía que preocuparse demasiado por las cuentas de su hogar, ya que el lugar en el cual había instalado su guarida, era un regalo de su padre, y por lo tanto, nunca había necesitado pagar el alquiler Su departamento, ubicado en una zona céntrica de Capital, estaba decorado modestamente, pero con detalles que hablaban de la personalidad de su morador: una pequeña sala de estar, con una mesita ratona y un sofá cama que hacía tiempo que no abría; una biblioteca compuesta en su mayoría por libros de Freud, Jung, Víctor Frankl y alguna que otra novela que leía en sus tiempos libres de estudio y de trabajo; una televisión que rara vez encendía; un póster de la película Casablanca; una computadora y un equipo de música sobre un mueble antiguo, regalo de su madre. La habitación era pequeña, pero provista de todo lo necesario para descansar y aislarse del mundo exterior. A pesar de disfrutar del espacio que le ofrecía su cómoda cama de dos plazas, muchas madrugadas se despertaba deseando no encontrarse solo en su hogar. Quizás por aquel anhelo de compañía, aún guardaba en su armario una caja que contenía ropa, libros y discos que su antigua novia nunca había retirado. Nunca se había detenido a pensar por qué razón no había tirado ese montón de recuerdo dolorosos e inútiles. Pero, justamente, era porque esa caja lo llevaba a un tiempo donde había creido ser feliz. Le hacía recordar que en algún momento de su vida fue amado y supo amar. Pero todo había llegado a su fin. La relación había llegado a su fin, y no existía posibilidad de recuperarla. Sin embargo, el vacío que sentía en su corazón no se debía al fin de su noviazgo. Era un vacío que reclamaba por la presencia de una mujer. Su corazón necesitaba enamorarse una vez más, para así sentirse vivo.
Mientras la voz de León Gieco inundaba el departamento, Adrián seguía intentando descubrir en el espejo del baño dónde habían quedado sus años de felicidad. Hacía mucho tiempo que no se reía de manera espontánea. Para empeorar la situación, se sumaba a la depresión que le causaba caer en cuenta de sus tres décadas de vida, que era lunes, y debía asistir después del trabajo a la primera clase de neurobiología, una de las materias que todavía debía y detestaba con toda su alma. Se lavó la cara con las dos manos, se preparó un café recalentado de varios días atrás, tomó su abrigo y se dispuso a entrar nuevamente en la rutina. Compró el diario en la esquina, se encendió un cigarrillo, a pesar de que sabía el mal que se provocaba a sí mismo fumando a esa hora de la mañana, y comenzó a caminar hacia el trabajo. Era uno de los momentos que más disfrutaba del día: caminar sin pensar en nada, viendo la gente pasar, en la hora exacta en la cual se mezclan el madrugador con el trasnochador. Las veredas tienen otro color, y huelen de una forma especial. Y sobre todas las cosas, la madrugada es una analogía perfecta de la esperanza. No por nada el mayor número de suicidios se da los domingos, por la tarde.
A pesar de tener un empleado durante el turno mañana, que tranquilamente podría abrir la librería, otorgándole a Adrián por lo menos dos horas más de sueño, siempre era el primero en llegar al trabajo. Quizás no fuera totalmente conciente de su fascinación por los amaneceres, del espectro melancólico que lo dominaba siempre en esos instantes en los que sentía que podía hacer algo con su vida.
Aquel día algo le llamó la atención: el local ya estaba abierto, y en su interior se encontraba su socio, con notable cara de cansancio. Era lógico su aspecto, ya que siempre se encargaba del turno de la tarde, cuando Adrián se dirigía a la facultad, sumado a esto que, durante el festejo de su cumpleaños la noche anterior, había tomado unas copas de más
- ¡Adrián!....Que nochecita la de ayer. ¿Te despertaste de buen humor?
Decidió ignorar la pregunta, mientras dejaba su abrigo sobre un perchero detrás del gran mostrador de madera que utilizaban para atender a los clientes.
- Hola Jorge… ¿Qué…?
Antes que pudiera terminar de hablar, el pensamiento de Adrián ya había sido leído.
- ¿Te preguntas que hago acá no?
- Y, sí... ¿Pasó algo?
- No... Estoy esperando a un nuevo distribuidor... va a llegar seguro dentro de una horita o un poco más, así que aproveché y vine a ver cómo andan las cosas por las mañanas
Se detuvo por unos segundos en su discurso, y miró a su compañero de arriba hacia abajo, evaluándolo
- Jaja... Parece que no soy el único que tomó de más anoche. Tenés una cara de arruinado... Mirá, por qué no te vas a tomar un cafecito al bar del gallego en la esquina, y te venís a eso de las diez... ¿Te parece bien? A Ramiro lo mandé a hacer un par de cositas por el microcentro.
Este comentario logró que Adrián se diera cuenta de lo que estaba sucediendo. Jorge era un buen hombre, que cargaba en sus espaldas un matrimonio de dos décadas y se encontraba atravesando la crisis de los cuarenta. Laura, su hija de quince años, era la luz de su vida. Toda acción tenía como principal objetivo, la felicidad de las dos mujeres más importantes de su vida. Pero en los últimos años no lograba sentirse feliz. Razón por la cual despertó una mañana y comprendió que era posible enamorarse de otra mujer. Comenzó así, una aventura con una ex empleada llamada Estefanía Launtos, de veintiocho años, estudiante de medicina, que había llegado desde Misiones hacia exactamente cinco años atrás. Todo marchaba a la perfección, pero cuando la esposa de su socio se enteró de la situación que se desarrollaba en la librería, exigió su despido. Y como el buen marido que su amigo era, aceptó sin oponer resistencia. En un principio, Jorge nunca se imaginó que una muchacha tan bonita y llena de vida se interesaría en un hombre casado, viejo y lleno de desesperanzas; así como también Estefanía nunca se permitió ni siquiera pensar en la posibilidad de que un hombre apuesto, con una buena posición social, y viviendo un feliz matrimonio, se fijara en una pobre chica que recorría la vida sin un destino fijo, como un barco a la deriva, merced al viento, que la llevaba a diferentes y extrañas costas cada año nuevo. Pero los opuestos se complementan, y eso fue exactamente lo que ocurrió entre ellos dos. Una noche de septiembre, se vieron trabajando a puertas cerradas hasta altas horas de la noche en la librería: los cruces de miradas, el contacto físico disimulado, los halagos sutiles, y el silencio entre los dos que se sostenía apenas dos segundos más de lo que se considera normal, mientras se contemplaban mutuamente, bastaron para que decidieran jugar al juego de la seducción. Claro que, cada uno sabía qué lugar debían ocupar, y qué reglas había que seguir. Ella se encontraba en una posición un tanto más cómoda, ya que no cargaba con un anillo de compromiso. Así que sólo debía esperar alguna clase de señal, que le indicaría los pasos a seguir. Una señal que no tardó en llegar: mientras escribía en el registro los nuevos libros que habían ingresado en la semana, sentada en una butaca frente a la computadora, sintió en su hombro derecho la cálida mano de Jorge, que le indicaba un error en la planilla, con voz suave y dulce. Una voz que se hizo irresistible a medida que su boca se acercaba a su oreja, casi hasta rozarla con los labios. Era todo lo que necesitaba. Ahora le tocaba avanzar un paso más a ella: giró su cabeza hasta encontrase con los ojos de su jefe. Apenas unos centímetros separaban sus labios. El ambiente se llenó con el perfume de ambos, y lo inevitable sucedió. Hasta el día de hoy no recuerda bien si fue ella quien lo besó, o si dejó que le besara. Lo importante era que su vida había dado un giro de ciento ochenta grados. Se sentía completa, feliz, y por primera vez en su vida enamorada. Durante la primera época de la aventura, todo era más sencillo: bastaba una llamado de Jorge a su esposa, una mentira piadosa, para lograr quedarse solos, entre los libros que fueron testigos del nacimiento de su amor. Pero ahora, sin dicha comodidad, todo era realmente mucho mas complicado y la llama de la pasión se fue apagando poco a poco. Sólo se veían una vez por semana. A jorge esta situación no lo incomodaba. Hasta llegó a pensar que hacerle caso a su mujer, y echar a su amante, había sido una excelente idea. Se sentía menos perseguido, sin tener que mirar sobre su hombro para ver si alguna cara conocida lo señalaba culposamente. Todo para él parecía por fin haber encontrado el equilibrio justo. Equilibrio que Estefanía había perdido. Por esa simple razón, se enfrentaba con la idea de terminar con el hombre que amaba, a no ser claro, que él decidiera terminar con su maldito matrimonio.
Adrián fue un testigo clave de esta historia de amor prohibida. Más de una vez se vio mintiéndole a una pobre mujer acerca de su esposo, inventando reuniones que nunca existieron o problemas con los registros en el local, que daban lugar a horas extras en la librería.
- Tomate un par de horitas Adrián, tengo que solucionar un par de problemas...
Jorge le guiñó un ojo, y se dio media vuelta. Adrián, con una mueca en la cara que utilizaba cada vez que intentaba reírse, volvió a la calle y emprendió su camino hasta una pequeña plaza que se encontraba a unas cuadras de distancia. Tenía ganas de descansar un poco en uno de los bancos, sin pensar en nada, y contemplar a la gente caminar a su alrededor. Es increíble la cantidad de características que se pueden saber de una persona, con sólo observar sus vestimentas, sus gestos y la forma de caminar. Sin embargo, Adrián prefería concentrarse en los ojos. Los ojos no saben mentir, y siempre dicen aquello que nos gustaría ocultar. A pesar de todos nuestros esfuerzos, los ojos hablan de amor, de odio, de venganza, de amistad, de pasión, de ternura. Transmiten las más puras emociones humanas, sin importar cuanto deseemos, muchas veces, ocultarlas en lo mas profundo de nuestro ser. Claro que, esta clase de lectura, es un arte en sí complicado. Y aquel día no era el propicio, ni el lugar era el más indicado, para poner en acción dicha práctica. Decidió conformarse con observar los gestos de los transeúntes: un hombre, que caminaba casi corriendo, mirando su reloj cada dos pasos, con la camisa desplanchada, el pelo que no lograba peinarse y sin afeitarse, era un perfecto ejemplo del trabajador que otra vez llegaría tarde al trabajo. En la esquina de la plaza, un muchacho peinado prolijamente, con ropa que intuía ser nueva, y un ramo de rosas en la mano, parecía estar esperando a su novia o a una amiga a quien se le declararía. Pero el sujeto que más le llamó la atención a Adrián aquel día, fue un hombre de unos treinta y cinco años promedio, con unas pequeñas canas que daban cuenta del comienzo de la batalla imposible de ganar contra la calvicie, un portafolio ya gastado y viejo, una camisa barata y una barriga que delataba la falta de ejercicio físico. Caminaba con la cabeza a gachas, sin mirar alrededor, y con una expresión de tristeza y melancolía que delataban un sufrimiento causado por mal de amores. O esa fue la interpretación que Adrián prefirió. Muchas veces le habían dicho en la facultad, que toda interpretación tiene una gran influencia del interpretador. El observador nunca puede dejar de influenciar en el campo que cree estar observando en su estado puro. En una de sus materias preferidas, había encontrado una frase que le causó una gran impresión: “El antropólogo no puede nunca observar a una tribu en su estado natural, sin contaminar. El antropólogo, observa a la tribu siendo observada por el antropólogo”. Con esta frase, Adrián comprendió lo solo que estaba. Había inventado una historia de fracaso amoroso en un pobre hombre con sólo mirarlo, cuando en realidad, era su propia historia la que había sido proyectada en esa figura desgarbada y desalineada. Justamente así se veía. Como aquel hombre, caminando por la vida sin mirar a nadie, pudriéndose en su propia miseria y sin nadie a quien amar. Empezó a sentir que le faltaba el aire, que su pecho se comprimía al ritmo del latido de su corazón. Unas ganas incontrolables de llorar lo invadieron. No importaba ya nada. Necesitaba deshacerse de alguna manera de la angustia fulminante que reinaba en su vida. En aquel momento todo pareció silenciarse, y solo los pensamientos de Adrián tenían voz. El insoportable ruido de los colectivos de la avenida no surtía efecto alguno en él. Se perdió en el recuerdo de su juventud, que parecía ya muy lejana, en acontecimientos que se iban tejiendo uno detrás del otro, en un laberinto que se tornaba más y más oscuro a medida que avanzaba hacia su centro, esperando encontrar al monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro que reinaba en él, para darle muerte y así poder ordenar su existencia. Pero, a diferencia del héroe mitológico griego, Adrián había olvidado el carretel del preciado hilo que lo conduciría hacia la salida. Estaba atrapado, sin poder guiar su andar, sin ningún rastro de esperanza, sin ninguna luz al final del túnel.
De repente, un sonido se fue haciendo cada vez más familiar, y el silencio se rindió a sus pies: su celular estaba sonando. Todo volvió a la normalidad: la gente caminando a su alrededor, los coches vomitando su humo al cielo, lo colectivos abriéndose paso con precisión de cirujano entre las avenidas.
- Hola…
- Adrián… ¿Dónde éstas?
Era Jorge que lo llamaba con cierto indicio de preocupación en su voz. ¿Cuánto tiempo había pasado en aquella plaza? Se levantó de un salto del banco, y en un segundo preparó la excusa para justificar su ausencia.
- Disculpame Jorge, parece que se me rompió otra vez el reloj
De reojo, miró hacia su muñeca y comprobó su teoría. Sin embargo, y para su sorpresa, el reloj funcionaba correctamente. Sólo había trascurrido unos veinticinco minutos en su viaje melancólico.
- No, no te preocupes…pensé que ibas a estar en el bar del gallego….
- Estoy sólo a un par de cuadras…. ¿Pasó algo?
- Venite dale,…tengo que hablar con alguien…venite y nos tomamos un café.
Adrián caminó lo más rápido que pudo la distancia que lo separaba de la noticia que lo esperaba en el bar. Otra vez, su pensamiento comenzó a trabajar a toda prisa. En unos minutos, se imaginó situaciones muy diversas: el robo de la caja de seguridad de la librería; la pérdida de los registros en los que había estaba trabajando los últimos días; y hasta un ajuste en el presupuesto que provocaría una gran disminución es su sueldo.
Llegó al bar de la esquina, y al pasar, vio a Jorge sentado en una mesa, mirando hacia la avenida, con la vista perdida. Entró y se sentó en una de las sillas, delante de su amigo.
- Llegué, perdón por la tardanza
Jorge permaneció en silencio. Parecía que no se había percatado de su presencia.
- ¿Jorge? ¿Estás bien?
- ¿Eh? Ah…je je…disculpame…ni te vi sentarte
- ¿Qué pasó? La intriga me está matando
- Bueno…
Su amigo, sentado a unos pocos centímetros de Adrián, nunca había dado signos de debilidad o de preocupación en todos los años que llevaba trabajando junto a él en la avenida Santa Fe. Siempre con una sonrisa en su rostro, era la clase de persona que le encuentra el lado positivo hasta a la situación más desesperanzadora. Pero aquel día, su semblante invitaba a apiadarse de él, a querer ayudarlo. Adrián colocó su mano en el hombro de aquel hombre que pedía ayuda sin palabras, por miedo tal vez, a parecer débil, o quizás por aquel ridículo dogma que dicta que los hombres no deben llorar nunca.
- Estefanía me dejó. Me dio a elegir entre ella y mi esposa…Imaginate, quería que terminara con un matrimonio de casi veinte años. Me dio a elegir… ¿Me entendés?
Supuestamente, un estudiante de Psicología debía de encontrar las justas palabras, el gesto preciso, para calmar la angustia ante una confesión de tan íntima índole. Ya había jugado el mismo papel en situaciones anteriores, con amigos y hasta con su madre. Desde el primer momento en que comenzó la carrera, sus conocidos se acercaban a él como el portador de la verdad. Y a medida que avanzaba dentro del mundo psicológico, más fácil notaba el increíble prejuicio que existe hacia sus integrantes por parte de aquellos que no tienen el privilegio de sumergirse en el mismo. Pero era una actitud que tomaba como natural y esperable. El objeto de estudio de la psicología es la mente humana y sus conductas. El hombre pasa a ser tanto objeto como sujeto de estudio. Es entendible que las personas pretendan que se les de interpretaciones y diagnósticos como lo hace un médico clínico. En realidad, no saben que la verdad se encuentra en ellos mismos. Por supuesto, Freud comprendió dicho fenómeno a la perfección. No por nada, su intervención más importante, y por lo tanto más conocida, fue la de indicarle al paciente que se le permitía comenzar a hablar desde donde le pareciera mas conveniente, sin pensar demasiado en el tema a desarrollar. Desde un puntapié inicial tan sencillo, la asociación de ideas comienza su trabajo. Cómodamente recostado en el diván, con la mirada perdida o quizás fija en algún punto determinado de la habitación, el paciente comienza a relatar sucesos de su vida cotidiana que parecen no tener demasiada importancia. Pero una conversación sobre algo tan mundano como el clima puede derivar en un recuerdo de la infancia. Es mérito del psicoanalista, a través de la atención denominada flotante, dar cuenta de las palabras o recuerdos simbólicos para avanzar en el tratamiento. Adrián debía escoger con cuidado las palabras y tratar de no caer en el personaje que todo estudiante de psicología interpreta en situaciones parecidas: no tenía que jugar al psicólogo con un hombre que estaba desesperado. Había escuchado muchas conversaciones de sus compañeros universitarios, intentado explicar las situaciones más normales del mundo desde ópticas sistémicas o lacanianas: “Es una falla en un sistema disfuncional. Vendría bien un cambio tipo dos”, o “Lo que está surgiendo en él es un claro indicio de su complejo de Edipo”. Estos comentarios a veces le causaban cierta gracia, pero la mayoría de las veces, eran realmente insoportables.
- Jorge, yo sé que debe ser difícil para vos esta situación de mierda…pero me parece que todavía nada está perdido. En tu lugar, yo me tomaría el día libre, caminaría unas cuantas horas y buscaría en mi interior la solución al problema. En realidad no es muy difícil. Pero tenés que tener la mente fría y trabajar como un científico. Busca una hipótesis y comprobá si es verdadera o falsa: ¿Amo a Estefanía? ¿O sólo es una aventura que le da oxígeno a mi matrimonio? Y también pensá a la inversa. ¿Amo a mi esposa? ¿O sigo con ella por miedo a divorciarme a esta altura de mi vida? No sé, pero yo en tu lugar, haría eso.
El rostro de Jorge se transformó, y adquirió los rasgos tan característicos en él.
- Jaja…no podés con tu genio eh. Siempre con la psicología vos…
Adrián también ser rió. A pesar de su esfuerzo, había sonado como un psicólogo. No como un psicoanalista, si no más bien, y salvando las diferencias, como un cognitivista.
- Bueno, puede ser... vos hablarías igual si no hubieras dejado la facultad. Además, está tu hija en el medio…ya es grande, y seguro va a comprender si decidis separarte de tu mujer... Pero los dos sabemos de que lado se va a poner
- Laura… no la puedo lastimar
Jorge se levantó, dejo unos billetes en la mesa, y se colocó el viejo saco que usaba desde que Adrián lo conocía.
- ¿Sabés qué? Voy a seguir tu consejo. En el local está Ramiro. Decile que por favor cubra el turno de la tarde, que le vamos a pagar las horas correspondientes. Yo no estoy para trabajar hoy. No pienso perder ni un puto minuto en el trabajo. Voy a seguir tu consejo. Gracias por haberme escuchado y aconsejado. Me voy a caminar…nos vemos mañana.
- Nos vemos mañana… ¡Cuidate eh! No hagas ninguna boludez…
Y sin decir más, desapareció entre la corriente de gente que iba y venía por la calle. Adrián se quedó solo otra vez. Pidió un cortado con unos tostados, y nuevamente comenzó a jugar a su juego favorito: observar desde la ventana de un café, a la vida pasar a su lado. Notó en él cierta presencia de envidia por su socio y amigo: estaba viviendo una historia de amor digna de una telenovela. Tenía una oportunidad de elegir entre dos mujeres hermosas…y lo más importante: sin importar la decisión que tomara, iba a tener alguien a quien extrañar, alguien por quien llorar. Tal era la soledad de Adrián, que ni siquiera podía tener un recuerdo de algún lejano amor que recordar al escuchar una canción o al mirar una película. Tan solo existía la vieja caja en su departamento, pero esta ya no le causaba ninguna sensación. Decidió que en cuanto regresara a su hogar, iba a regalar aquellos recuerdos inútiles. Luego pensó por un instante, y una frase surgió como por arte de magia. Tomó una servilleta, y con su pluma escribió: “Desesperado no es aquél que pide que lo amen. Desesperado es aquél que busca a quien amar”. Contuvo sus ganas de llorar, y apretando fuertemente el puño rompió el papel en el que había quedado plasmado su pensamiento. Colocó un cigarrillo en sus labios, buscando en sus bolsillos el encendedor. Pero al parecer, en el rápido regreso desde la plaza, el mismo había quedado olvidado en algún sitio donde no volvería a encontrarlo. Observó a su alrededor, buscando a alguien adicto al tabaco como él, para pedirle lumbre. Pero no fue exactamente su mirada, sino más bien su olfato el que le indicó que a sus espaldas un cigarrillo había sido encendido. Giró su torso apoyando su codo en el respaldo de la silla. Y así, como un destello en la oscuridad, como una dulce melodía cortando el profundo silencio, como un ataque al corazón, todo cambió. Una hermosa mujer, de ojos color miel y pelo oscuro como la más hermosa noche, se encontraba perdida en el paisaje urbano que observaba a través de la ventana del bar. De seguro había llegado al mismo mientras conversaba con Jorge, ya que, de no ser así, hubiera notado su presencia. Se armó de valentía tratando de no sonar como un adolescente nervioso, y dio el primer paso del resto de su vida
- Hola… ¿tendrías fuego?
El siguiente es un capítulo de una historia que comenzé a escribir hace ya dos años. Hasta el momento llevo unas 275 páginas, y quería compartir esta primera parte. Espero sus comentarios, sean buenos o malos, para mejorar. Saludos, y ojala que lo disfruten
Si les gustó, pidan más capítulos!!!!
I
Lunes, 08:45
-Llegué a mis treinta...
Aquel era el pensamiento que reinaba en la vida de Adrián Serbi el día después de su cumpleaños. No había pasado una noche agradable y a pesar de haber salido con quienes consideraba sus amigos más íntimos para festejar una nueva década en el calendario, se vio ahogando las penas, una vez mas, en varios tragos de cerveza, en el bar Póker de Ases, propiedad de Darío, un íntimo amigo. Últimamente sentía que había perdido el rumbo, no tenía grandes proyectos y la soledad se había hecho nuevamente su única amante. Sin embargo, él había escogido el camino que estaba recorriendo. Años atrás se encontraba en una posición totalmente distinta. Tenía un cómodo trabajo administrativo en una oficina sobre Avenida de Mayo, un horario flexible, un salario que le permitía llegar a fin de mes con alguna moneda extra, y una mujer a su lado, que en ese entonces, creía el amor de su vida. Pero el amor es lo más misterioso que existe en este misterioso planeta con sus misteriosos habitantes. De un día para el otro, vio como aquella persona que creyó que lo acompañaría hasta el final de su viaje, hacía las maletas para desaparecer para siempre de su vida. El trabajo, que no le ofrecía grandes avances en un futuro no muy lejano, lo empezó a asfixiar, y nuevamente, de forma imprevista, casi irracional, se vio renunciando ante la cara de sorpresa de su patrón. Y así transcurrió la vida de Adrián durante aquellos años. Vacía de todo sentido, quemando las hojas del calendario y viendo pasar sus horas una tras otra, día a día, año tras año.
La rutina, esa maldita costumbre que hace que todo sea igual, se vio momentáneamente interrumpida el día que decidió inscribirse en la carrera de Psicología. Fue uno de los tantos impulsos que obedecía sin saber por qué, y que al poco tiempo, pasaban a formar parte de la misma rutina que habían tratado de evitar. Sin embargo, aquella acción irracional, aquel acto realizado sin medir sus consecuencias, fue el comienzo del cambio que necesitaba su vida. La carrera universitaria era una de las pocas cosas que lo hacían sentir vivo. Con un promedio óptimo, buenos compañeros con quienes había entablado amistad, y materias que le parecían muy interesantes, consideraba la elección de estudiar como una de sus mejores decisiones en los últimos años. Durante el primer cuatrimestre universitario había conocido a Jorge Amarig, un hombre mayor que él, con el cual se había generado una excelente amistad. Todos los días era impostergable durante el recreo, la charla con café y cigarrillos. Pasaron en pocas semanas, a tratarse como conocidos, para después presentarse como compañeros, hasta llegar a considerarse viejos amigos uno del otro. Cuando ambos atravesaban períodos de cambios en sus vidas, decidieron que sería una buena aventura encaminar un proyecto laboral, juntos. Adrián se encontraba en busca de nuevos horizontes, y Jorge, en busca de nuevas inversiones para su negocio: una librería muy bien ubicada en la avenida Santa Fe, que llevaba su nombre. Invirtiendo todos sus ahorros logró ser su socio, y disfrutar de una muy buena posición económica. Jorge decidió que lo más conveniente era cambiar el nombre, y a pesar de la negativa de su nuevo socio, se impuso su deseo. El negocio abandonó la formal denominación de “Librería Amarig”, para adquirir el título de “Librería Nuevo Amanecer”. Y Adrián comenzó a sentir que nuevos horizontes se abrían en su vida. El ambiente intelectual que reinaba en su nueva ocupación, logró que su apetito por estudiar se fuera haciendo cada vez más grande e intenso. Se encontró acudiendo a abrir el negocio, de lunes a sábados, sin otra motivación que enterarse de las novedades en las ediciones de filosofía, novelas policiales, biografías, y por supuestos, libros de psicología. La mitad de su sueldo lo invertía en adquirir nuevas ediciones de sus autores favoritos. No tenía que preocuparse demasiado por las cuentas de su hogar, ya que el lugar en el cual había instalado su guarida, era un regalo de su padre, y por lo tanto, nunca había necesitado pagar el alquiler Su departamento, ubicado en una zona céntrica de Capital, estaba decorado modestamente, pero con detalles que hablaban de la personalidad de su morador: una pequeña sala de estar, con una mesita ratona y un sofá cama que hacía tiempo que no abría; una biblioteca compuesta en su mayoría por libros de Freud, Jung, Víctor Frankl y alguna que otra novela que leía en sus tiempos libres de estudio y de trabajo; una televisión que rara vez encendía; un póster de la película Casablanca; una computadora y un equipo de música sobre un mueble antiguo, regalo de su madre. La habitación era pequeña, pero provista de todo lo necesario para descansar y aislarse del mundo exterior. A pesar de disfrutar del espacio que le ofrecía su cómoda cama de dos plazas, muchas madrugadas se despertaba deseando no encontrarse solo en su hogar. Quizás por aquel anhelo de compañía, aún guardaba en su armario una caja que contenía ropa, libros y discos que su antigua novia nunca había retirado. Nunca se había detenido a pensar por qué razón no había tirado ese montón de recuerdo dolorosos e inútiles. Pero, justamente, era porque esa caja lo llevaba a un tiempo donde había creido ser feliz. Le hacía recordar que en algún momento de su vida fue amado y supo amar. Pero todo había llegado a su fin. La relación había llegado a su fin, y no existía posibilidad de recuperarla. Sin embargo, el vacío que sentía en su corazón no se debía al fin de su noviazgo. Era un vacío que reclamaba por la presencia de una mujer. Su corazón necesitaba enamorarse una vez más, para así sentirse vivo.
Mientras la voz de León Gieco inundaba el departamento, Adrián seguía intentando descubrir en el espejo del baño dónde habían quedado sus años de felicidad. Hacía mucho tiempo que no se reía de manera espontánea. Para empeorar la situación, se sumaba a la depresión que le causaba caer en cuenta de sus tres décadas de vida, que era lunes, y debía asistir después del trabajo a la primera clase de neurobiología, una de las materias que todavía debía y detestaba con toda su alma. Se lavó la cara con las dos manos, se preparó un café recalentado de varios días atrás, tomó su abrigo y se dispuso a entrar nuevamente en la rutina. Compró el diario en la esquina, se encendió un cigarrillo, a pesar de que sabía el mal que se provocaba a sí mismo fumando a esa hora de la mañana, y comenzó a caminar hacia el trabajo. Era uno de los momentos que más disfrutaba del día: caminar sin pensar en nada, viendo la gente pasar, en la hora exacta en la cual se mezclan el madrugador con el trasnochador. Las veredas tienen otro color, y huelen de una forma especial. Y sobre todas las cosas, la madrugada es una analogía perfecta de la esperanza. No por nada el mayor número de suicidios se da los domingos, por la tarde.
A pesar de tener un empleado durante el turno mañana, que tranquilamente podría abrir la librería, otorgándole a Adrián por lo menos dos horas más de sueño, siempre era el primero en llegar al trabajo. Quizás no fuera totalmente conciente de su fascinación por los amaneceres, del espectro melancólico que lo dominaba siempre en esos instantes en los que sentía que podía hacer algo con su vida.
Aquel día algo le llamó la atención: el local ya estaba abierto, y en su interior se encontraba su socio, con notable cara de cansancio. Era lógico su aspecto, ya que siempre se encargaba del turno de la tarde, cuando Adrián se dirigía a la facultad, sumado a esto que, durante el festejo de su cumpleaños la noche anterior, había tomado unas copas de más
- ¡Adrián!....Que nochecita la de ayer. ¿Te despertaste de buen humor?
Decidió ignorar la pregunta, mientras dejaba su abrigo sobre un perchero detrás del gran mostrador de madera que utilizaban para atender a los clientes.
- Hola Jorge… ¿Qué…?
Antes que pudiera terminar de hablar, el pensamiento de Adrián ya había sido leído.
- ¿Te preguntas que hago acá no?
- Y, sí... ¿Pasó algo?
- No... Estoy esperando a un nuevo distribuidor... va a llegar seguro dentro de una horita o un poco más, así que aproveché y vine a ver cómo andan las cosas por las mañanas
Se detuvo por unos segundos en su discurso, y miró a su compañero de arriba hacia abajo, evaluándolo
- Jaja... Parece que no soy el único que tomó de más anoche. Tenés una cara de arruinado... Mirá, por qué no te vas a tomar un cafecito al bar del gallego en la esquina, y te venís a eso de las diez... ¿Te parece bien? A Ramiro lo mandé a hacer un par de cositas por el microcentro.
Este comentario logró que Adrián se diera cuenta de lo que estaba sucediendo. Jorge era un buen hombre, que cargaba en sus espaldas un matrimonio de dos décadas y se encontraba atravesando la crisis de los cuarenta. Laura, su hija de quince años, era la luz de su vida. Toda acción tenía como principal objetivo, la felicidad de las dos mujeres más importantes de su vida. Pero en los últimos años no lograba sentirse feliz. Razón por la cual despertó una mañana y comprendió que era posible enamorarse de otra mujer. Comenzó así, una aventura con una ex empleada llamada Estefanía Launtos, de veintiocho años, estudiante de medicina, que había llegado desde Misiones hacia exactamente cinco años atrás. Todo marchaba a la perfección, pero cuando la esposa de su socio se enteró de la situación que se desarrollaba en la librería, exigió su despido. Y como el buen marido que su amigo era, aceptó sin oponer resistencia. En un principio, Jorge nunca se imaginó que una muchacha tan bonita y llena de vida se interesaría en un hombre casado, viejo y lleno de desesperanzas; así como también Estefanía nunca se permitió ni siquiera pensar en la posibilidad de que un hombre apuesto, con una buena posición social, y viviendo un feliz matrimonio, se fijara en una pobre chica que recorría la vida sin un destino fijo, como un barco a la deriva, merced al viento, que la llevaba a diferentes y extrañas costas cada año nuevo. Pero los opuestos se complementan, y eso fue exactamente lo que ocurrió entre ellos dos. Una noche de septiembre, se vieron trabajando a puertas cerradas hasta altas horas de la noche en la librería: los cruces de miradas, el contacto físico disimulado, los halagos sutiles, y el silencio entre los dos que se sostenía apenas dos segundos más de lo que se considera normal, mientras se contemplaban mutuamente, bastaron para que decidieran jugar al juego de la seducción. Claro que, cada uno sabía qué lugar debían ocupar, y qué reglas había que seguir. Ella se encontraba en una posición un tanto más cómoda, ya que no cargaba con un anillo de compromiso. Así que sólo debía esperar alguna clase de señal, que le indicaría los pasos a seguir. Una señal que no tardó en llegar: mientras escribía en el registro los nuevos libros que habían ingresado en la semana, sentada en una butaca frente a la computadora, sintió en su hombro derecho la cálida mano de Jorge, que le indicaba un error en la planilla, con voz suave y dulce. Una voz que se hizo irresistible a medida que su boca se acercaba a su oreja, casi hasta rozarla con los labios. Era todo lo que necesitaba. Ahora le tocaba avanzar un paso más a ella: giró su cabeza hasta encontrase con los ojos de su jefe. Apenas unos centímetros separaban sus labios. El ambiente se llenó con el perfume de ambos, y lo inevitable sucedió. Hasta el día de hoy no recuerda bien si fue ella quien lo besó, o si dejó que le besara. Lo importante era que su vida había dado un giro de ciento ochenta grados. Se sentía completa, feliz, y por primera vez en su vida enamorada. Durante la primera época de la aventura, todo era más sencillo: bastaba una llamado de Jorge a su esposa, una mentira piadosa, para lograr quedarse solos, entre los libros que fueron testigos del nacimiento de su amor. Pero ahora, sin dicha comodidad, todo era realmente mucho mas complicado y la llama de la pasión se fue apagando poco a poco. Sólo se veían una vez por semana. A jorge esta situación no lo incomodaba. Hasta llegó a pensar que hacerle caso a su mujer, y echar a su amante, había sido una excelente idea. Se sentía menos perseguido, sin tener que mirar sobre su hombro para ver si alguna cara conocida lo señalaba culposamente. Todo para él parecía por fin haber encontrado el equilibrio justo. Equilibrio que Estefanía había perdido. Por esa simple razón, se enfrentaba con la idea de terminar con el hombre que amaba, a no ser claro, que él decidiera terminar con su maldito matrimonio.
Adrián fue un testigo clave de esta historia de amor prohibida. Más de una vez se vio mintiéndole a una pobre mujer acerca de su esposo, inventando reuniones que nunca existieron o problemas con los registros en el local, que daban lugar a horas extras en la librería.
- Tomate un par de horitas Adrián, tengo que solucionar un par de problemas...
Jorge le guiñó un ojo, y se dio media vuelta. Adrián, con una mueca en la cara que utilizaba cada vez que intentaba reírse, volvió a la calle y emprendió su camino hasta una pequeña plaza que se encontraba a unas cuadras de distancia. Tenía ganas de descansar un poco en uno de los bancos, sin pensar en nada, y contemplar a la gente caminar a su alrededor. Es increíble la cantidad de características que se pueden saber de una persona, con sólo observar sus vestimentas, sus gestos y la forma de caminar. Sin embargo, Adrián prefería concentrarse en los ojos. Los ojos no saben mentir, y siempre dicen aquello que nos gustaría ocultar. A pesar de todos nuestros esfuerzos, los ojos hablan de amor, de odio, de venganza, de amistad, de pasión, de ternura. Transmiten las más puras emociones humanas, sin importar cuanto deseemos, muchas veces, ocultarlas en lo mas profundo de nuestro ser. Claro que, esta clase de lectura, es un arte en sí complicado. Y aquel día no era el propicio, ni el lugar era el más indicado, para poner en acción dicha práctica. Decidió conformarse con observar los gestos de los transeúntes: un hombre, que caminaba casi corriendo, mirando su reloj cada dos pasos, con la camisa desplanchada, el pelo que no lograba peinarse y sin afeitarse, era un perfecto ejemplo del trabajador que otra vez llegaría tarde al trabajo. En la esquina de la plaza, un muchacho peinado prolijamente, con ropa que intuía ser nueva, y un ramo de rosas en la mano, parecía estar esperando a su novia o a una amiga a quien se le declararía. Pero el sujeto que más le llamó la atención a Adrián aquel día, fue un hombre de unos treinta y cinco años promedio, con unas pequeñas canas que daban cuenta del comienzo de la batalla imposible de ganar contra la calvicie, un portafolio ya gastado y viejo, una camisa barata y una barriga que delataba la falta de ejercicio físico. Caminaba con la cabeza a gachas, sin mirar alrededor, y con una expresión de tristeza y melancolía que delataban un sufrimiento causado por mal de amores. O esa fue la interpretación que Adrián prefirió. Muchas veces le habían dicho en la facultad, que toda interpretación tiene una gran influencia del interpretador. El observador nunca puede dejar de influenciar en el campo que cree estar observando en su estado puro. En una de sus materias preferidas, había encontrado una frase que le causó una gran impresión: “El antropólogo no puede nunca observar a una tribu en su estado natural, sin contaminar. El antropólogo, observa a la tribu siendo observada por el antropólogo”. Con esta frase, Adrián comprendió lo solo que estaba. Había inventado una historia de fracaso amoroso en un pobre hombre con sólo mirarlo, cuando en realidad, era su propia historia la que había sido proyectada en esa figura desgarbada y desalineada. Justamente así se veía. Como aquel hombre, caminando por la vida sin mirar a nadie, pudriéndose en su propia miseria y sin nadie a quien amar. Empezó a sentir que le faltaba el aire, que su pecho se comprimía al ritmo del latido de su corazón. Unas ganas incontrolables de llorar lo invadieron. No importaba ya nada. Necesitaba deshacerse de alguna manera de la angustia fulminante que reinaba en su vida. En aquel momento todo pareció silenciarse, y solo los pensamientos de Adrián tenían voz. El insoportable ruido de los colectivos de la avenida no surtía efecto alguno en él. Se perdió en el recuerdo de su juventud, que parecía ya muy lejana, en acontecimientos que se iban tejiendo uno detrás del otro, en un laberinto que se tornaba más y más oscuro a medida que avanzaba hacia su centro, esperando encontrar al monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro que reinaba en él, para darle muerte y así poder ordenar su existencia. Pero, a diferencia del héroe mitológico griego, Adrián había olvidado el carretel del preciado hilo que lo conduciría hacia la salida. Estaba atrapado, sin poder guiar su andar, sin ningún rastro de esperanza, sin ninguna luz al final del túnel.
De repente, un sonido se fue haciendo cada vez más familiar, y el silencio se rindió a sus pies: su celular estaba sonando. Todo volvió a la normalidad: la gente caminando a su alrededor, los coches vomitando su humo al cielo, lo colectivos abriéndose paso con precisión de cirujano entre las avenidas.
- Hola…
- Adrián… ¿Dónde éstas?
Era Jorge que lo llamaba con cierto indicio de preocupación en su voz. ¿Cuánto tiempo había pasado en aquella plaza? Se levantó de un salto del banco, y en un segundo preparó la excusa para justificar su ausencia.
- Disculpame Jorge, parece que se me rompió otra vez el reloj
De reojo, miró hacia su muñeca y comprobó su teoría. Sin embargo, y para su sorpresa, el reloj funcionaba correctamente. Sólo había trascurrido unos veinticinco minutos en su viaje melancólico.
- No, no te preocupes…pensé que ibas a estar en el bar del gallego….
- Estoy sólo a un par de cuadras…. ¿Pasó algo?
- Venite dale,…tengo que hablar con alguien…venite y nos tomamos un café.
Adrián caminó lo más rápido que pudo la distancia que lo separaba de la noticia que lo esperaba en el bar. Otra vez, su pensamiento comenzó a trabajar a toda prisa. En unos minutos, se imaginó situaciones muy diversas: el robo de la caja de seguridad de la librería; la pérdida de los registros en los que había estaba trabajando los últimos días; y hasta un ajuste en el presupuesto que provocaría una gran disminución es su sueldo.
Llegó al bar de la esquina, y al pasar, vio a Jorge sentado en una mesa, mirando hacia la avenida, con la vista perdida. Entró y se sentó en una de las sillas, delante de su amigo.
- Llegué, perdón por la tardanza
Jorge permaneció en silencio. Parecía que no se había percatado de su presencia.
- ¿Jorge? ¿Estás bien?
- ¿Eh? Ah…je je…disculpame…ni te vi sentarte
- ¿Qué pasó? La intriga me está matando
- Bueno…
Su amigo, sentado a unos pocos centímetros de Adrián, nunca había dado signos de debilidad o de preocupación en todos los años que llevaba trabajando junto a él en la avenida Santa Fe. Siempre con una sonrisa en su rostro, era la clase de persona que le encuentra el lado positivo hasta a la situación más desesperanzadora. Pero aquel día, su semblante invitaba a apiadarse de él, a querer ayudarlo. Adrián colocó su mano en el hombro de aquel hombre que pedía ayuda sin palabras, por miedo tal vez, a parecer débil, o quizás por aquel ridículo dogma que dicta que los hombres no deben llorar nunca.
- Estefanía me dejó. Me dio a elegir entre ella y mi esposa…Imaginate, quería que terminara con un matrimonio de casi veinte años. Me dio a elegir… ¿Me entendés?
Supuestamente, un estudiante de Psicología debía de encontrar las justas palabras, el gesto preciso, para calmar la angustia ante una confesión de tan íntima índole. Ya había jugado el mismo papel en situaciones anteriores, con amigos y hasta con su madre. Desde el primer momento en que comenzó la carrera, sus conocidos se acercaban a él como el portador de la verdad. Y a medida que avanzaba dentro del mundo psicológico, más fácil notaba el increíble prejuicio que existe hacia sus integrantes por parte de aquellos que no tienen el privilegio de sumergirse en el mismo. Pero era una actitud que tomaba como natural y esperable. El objeto de estudio de la psicología es la mente humana y sus conductas. El hombre pasa a ser tanto objeto como sujeto de estudio. Es entendible que las personas pretendan que se les de interpretaciones y diagnósticos como lo hace un médico clínico. En realidad, no saben que la verdad se encuentra en ellos mismos. Por supuesto, Freud comprendió dicho fenómeno a la perfección. No por nada, su intervención más importante, y por lo tanto más conocida, fue la de indicarle al paciente que se le permitía comenzar a hablar desde donde le pareciera mas conveniente, sin pensar demasiado en el tema a desarrollar. Desde un puntapié inicial tan sencillo, la asociación de ideas comienza su trabajo. Cómodamente recostado en el diván, con la mirada perdida o quizás fija en algún punto determinado de la habitación, el paciente comienza a relatar sucesos de su vida cotidiana que parecen no tener demasiada importancia. Pero una conversación sobre algo tan mundano como el clima puede derivar en un recuerdo de la infancia. Es mérito del psicoanalista, a través de la atención denominada flotante, dar cuenta de las palabras o recuerdos simbólicos para avanzar en el tratamiento. Adrián debía escoger con cuidado las palabras y tratar de no caer en el personaje que todo estudiante de psicología interpreta en situaciones parecidas: no tenía que jugar al psicólogo con un hombre que estaba desesperado. Había escuchado muchas conversaciones de sus compañeros universitarios, intentado explicar las situaciones más normales del mundo desde ópticas sistémicas o lacanianas: “Es una falla en un sistema disfuncional. Vendría bien un cambio tipo dos”, o “Lo que está surgiendo en él es un claro indicio de su complejo de Edipo”. Estos comentarios a veces le causaban cierta gracia, pero la mayoría de las veces, eran realmente insoportables.
- Jorge, yo sé que debe ser difícil para vos esta situación de mierda…pero me parece que todavía nada está perdido. En tu lugar, yo me tomaría el día libre, caminaría unas cuantas horas y buscaría en mi interior la solución al problema. En realidad no es muy difícil. Pero tenés que tener la mente fría y trabajar como un científico. Busca una hipótesis y comprobá si es verdadera o falsa: ¿Amo a Estefanía? ¿O sólo es una aventura que le da oxígeno a mi matrimonio? Y también pensá a la inversa. ¿Amo a mi esposa? ¿O sigo con ella por miedo a divorciarme a esta altura de mi vida? No sé, pero yo en tu lugar, haría eso.
El rostro de Jorge se transformó, y adquirió los rasgos tan característicos en él.
- Jaja…no podés con tu genio eh. Siempre con la psicología vos…
Adrián también ser rió. A pesar de su esfuerzo, había sonado como un psicólogo. No como un psicoanalista, si no más bien, y salvando las diferencias, como un cognitivista.
- Bueno, puede ser... vos hablarías igual si no hubieras dejado la facultad. Además, está tu hija en el medio…ya es grande, y seguro va a comprender si decidis separarte de tu mujer... Pero los dos sabemos de que lado se va a poner
- Laura… no la puedo lastimar
Jorge se levantó, dejo unos billetes en la mesa, y se colocó el viejo saco que usaba desde que Adrián lo conocía.
- ¿Sabés qué? Voy a seguir tu consejo. En el local está Ramiro. Decile que por favor cubra el turno de la tarde, que le vamos a pagar las horas correspondientes. Yo no estoy para trabajar hoy. No pienso perder ni un puto minuto en el trabajo. Voy a seguir tu consejo. Gracias por haberme escuchado y aconsejado. Me voy a caminar…nos vemos mañana.
- Nos vemos mañana… ¡Cuidate eh! No hagas ninguna boludez…
Y sin decir más, desapareció entre la corriente de gente que iba y venía por la calle. Adrián se quedó solo otra vez. Pidió un cortado con unos tostados, y nuevamente comenzó a jugar a su juego favorito: observar desde la ventana de un café, a la vida pasar a su lado. Notó en él cierta presencia de envidia por su socio y amigo: estaba viviendo una historia de amor digna de una telenovela. Tenía una oportunidad de elegir entre dos mujeres hermosas…y lo más importante: sin importar la decisión que tomara, iba a tener alguien a quien extrañar, alguien por quien llorar. Tal era la soledad de Adrián, que ni siquiera podía tener un recuerdo de algún lejano amor que recordar al escuchar una canción o al mirar una película. Tan solo existía la vieja caja en su departamento, pero esta ya no le causaba ninguna sensación. Decidió que en cuanto regresara a su hogar, iba a regalar aquellos recuerdos inútiles. Luego pensó por un instante, y una frase surgió como por arte de magia. Tomó una servilleta, y con su pluma escribió: “Desesperado no es aquél que pide que lo amen. Desesperado es aquél que busca a quien amar”. Contuvo sus ganas de llorar, y apretando fuertemente el puño rompió el papel en el que había quedado plasmado su pensamiento. Colocó un cigarrillo en sus labios, buscando en sus bolsillos el encendedor. Pero al parecer, en el rápido regreso desde la plaza, el mismo había quedado olvidado en algún sitio donde no volvería a encontrarlo. Observó a su alrededor, buscando a alguien adicto al tabaco como él, para pedirle lumbre. Pero no fue exactamente su mirada, sino más bien su olfato el que le indicó que a sus espaldas un cigarrillo había sido encendido. Giró su torso apoyando su codo en el respaldo de la silla. Y así, como un destello en la oscuridad, como una dulce melodía cortando el profundo silencio, como un ataque al corazón, todo cambió. Una hermosa mujer, de ojos color miel y pelo oscuro como la más hermosa noche, se encontraba perdida en el paisaje urbano que observaba a través de la ventana del bar. De seguro había llegado al mismo mientras conversaba con Jorge, ya que, de no ser así, hubiera notado su presencia. Se armó de valentía tratando de no sonar como un adolescente nervioso, y dio el primer paso del resto de su vida
- Hola… ¿tendrías fuego?

