
Masonería Operativa

Desde el inicio de los tiempos, una de las características del ser humano ha sido el afán de conocer, comprender e identificarse con su realidad objetiva y trascendente. Esta sed eterna de espiritualidad y saber se ve acentuada hoy en día, dado el creciente materialismo que vive y sufre el mundo, con particular énfasis en occidente. En la actualidad es frecuente el redescubrimiento o resurgimiento de antiguas escuelas de pensamiento, junto a la búsqueda de nuevas formas de entender y aplicar los ideales que éstas postulan.
No obstante el aparente avance de la civilización occidental, cabe decir que en el fondo, los problemas a los que se enfrenta la Humanidad hoy, son los mismos de siempre, aunque puedan tal vez ser distintas las condiciones y los aspectos inmediatos del entorno, según el tiempo y el lugar. Así también las soluciones. De ahí que la propuesta profunda de la Francmasonería tenga una vigencia permanente, aunque en su expresión externa siempre haya tenido que adaptarse a su circunstancia espacial y temporal, a fin de mantenerse acorde a las condiciones que le ha marcado su entorno histórico.
Ahondar sobre el origen y la evolución histórica de la Masonería es algo complejo, sobre todo por la tradición oral practicada por la Orden hasta comienzos del siglo XVIII. No obstante, es importante resaltar que para poder tener una visión amplia y completa de su verdadera esencia es necesario y hasta imprescindible distinguir muy bien entre sus dos aspectos inseparables:
No obstante el aparente avance de la civilización occidental, cabe decir que en el fondo, los problemas a los que se enfrenta la Humanidad hoy, son los mismos de siempre, aunque puedan tal vez ser distintas las condiciones y los aspectos inmediatos del entorno, según el tiempo y el lugar. Así también las soluciones. De ahí que la propuesta profunda de la Francmasonería tenga una vigencia permanente, aunque en su expresión externa siempre haya tenido que adaptarse a su circunstancia espacial y temporal, a fin de mantenerse acorde a las condiciones que le ha marcado su entorno histórico.
Ahondar sobre el origen y la evolución histórica de la Masonería es algo complejo, sobre todo por la tradición oral practicada por la Orden hasta comienzos del siglo XVIII. No obstante, es importante resaltar que para poder tener una visión amplia y completa de su verdadera esencia es necesario y hasta imprescindible distinguir muy bien entre sus dos aspectos inseparables:
1) COMO ESCUELA INICIATICA: en su misión positivamente transformadora del ser profundo del individuo, esto es, en su esencia interior, vinculada con su entorno trascendente; y
2) COMO ORGANIZACION DE LA SOCIEDAD CIVIL, es decir, en su acción objetiva al exterior, donde ha actuado como promotora del mejoramiento integral del ser humano, requisito sine qua non para el progreso de sí mismo, de su familia, de su comunidad, de su país y del mundo.
En cuanto al primer aspecto, hay quienes afirman que los orígenes de la Francmasonería se remontan a la época adámica, pasando por los constructores del antiguo Egipto, los del Templo de Salomón en Jerusalén, etc.. Lo cierto en cualquier caso, es que la enseñanza de la Tradición Universal, difundida por las sociedades iniciáticas desde la más remota antigüedad, preparó y ha sido el motor, la razón de ser, de todo aquello que se denomina “doctrina masónica”, comunicada por el simbolismo, en particular a través de los emblemas y alegorías del Arte de la Construcción.
Desde las épocas más antiguas, toda construcción tiene a un lado un lugar que hoy todavía se denomina “Logia” (del sánscrito LOKA), equivalente a la actual “residencia de obra”. Ahí se reunían los obreros, divididos jerárquicamente según su destreza, talento y antigüedad en el oficio, en tres grados: Aprendices, Oficiales y Maestros. La Logia era dirigida por el colegio de Maestros, encabezado por el Maestro de la Obra.
En la Logia, los Maestros perfeccionaban los oficios, planeaban el trabajo, dividían y organizaban las tareas de la Obra, de acuerdo a la especialidad, aptitudes y experiencia de cada uno de los miembros del grupo. El trabajo no tenía solo un sentido material, también poseía un fondo religioso, místico.
Y es que el obrero sabía que con su trabajo no solo contribuía a la edificación material de un inmueble, sino también al establecimiento y permanencia de la Tradición, representada y expresada en la doctrina religiosa (recordemos por ejemplo, que la Guerra Santa en Europa duró muchos siglos). En la época medieval, los obreros de la construcción (civil, religiosa, militar) se agruparon en Ghyldas o corporaciones gremiales, de acuerdo a las distintas especialidades que intevienen en el Arte de la Construcción: canteros, albañiles, capinteros, vidrieros, herreros, etc.
Tiempo después, durante las cruzadas, los Templarios necesitaron de artesanos de la construcción para edificar los inmuebles (hospitales, albergues, templos, etc.) que fueron disponiendo a lo largo de todo el trayecto a Jerusalén, de tal modo que muchos constructores tuvieron que separarse de sus Logias originales y partir individualmente a los lugares del camino a Tierra Santa donde se requería de sus servicios. Fue así que nacieron los Masones Libres o Masones Francos (Freemason, Francmacon).
El valor del trabajo del constructor libre en un mundo dominado por el criterio feudal del vasallaje iba más allá de lo material, implicaba también el compromiso que cada partícipe de la obra asumía por propia convicción personal. De esta manera, mientras los Iniciados en el Arte eran conscientes del significado profundo de palabras y símbolos, de la luz y la oscuridad, del volumen y vacío de cada espacio, de la forma de cada piedra y su lugar preciso, el vulgo se quedaba sólo con el aspecto externo o profano de la construcción.
Ese era el mismo tiempo en que los alquimistas dedicaban su cuerpo y alma a la búsqueda de la Piedra Filosofal, indispensable para convertir el Plomo en Oro; al encuentro de la Fuente de la Eterna Juventud, de obsequios inagotables. Mientras los profanos los tildaban de locos, diablos o hechiceros, los Iniciados en el Arte Alquímico estendían la primera, como emblema de la Sabiduría, capaz de transformar la energía humana en fuerza constructiva, tanto en lo espiritual como en lo material, y la segunda, como representativa de la Iniciación, único sendero que conduce hacia la Fuente perenne de la Tradición Universal, cuyo fluir infinito trasciende la fútil existencia física del ser humano.
Los francmasones, convencidos de que tanto la obra material de la edificación como la tarea espiritual del perfeccionamiento humano sólo pueden ser viables, posibles y realizables mediante la Unión, la Solidaridad y la Colaboración entre individuos libres, honrados y responsables, transmitían de boca a oído en sus reuniones privadas de Logia conocimientos científicos, artísticos y filosóficos, a efecto de hacer el trabajo acorde con la Gran Obra, tal como ha sido tradicional en las escuelas iniciáticas desde la más remota antigüedad.
Este concepto partía de la idea de que el Universo es la Obra perfecta y total, concebida, dispuesta y dirigida por el Principio Constructor Supremo, al que denominaron Gran Arquitecto, regida por leyes armónicas y complementarias que pueden irse descubriendo y conociendo y que este conocimiento material, filosófico y hasta metafísico puede organizarse de manera gradual (de ahí los grados masónicos) para perfeccionar al ser humano, parte fundamental del Universo, a fin de armonizarlo con el Gran Todo y hacerlo obrero, partícipe y a la vez producto de esa Gran Obra.
Cuando un francmasón alcanzaba el grado de Maestro, es decir, cuando ya era capaz de CREAR por sí mismo, circulaba libremente por todas las Logias, instruyendo a los aprendices y ayudando a “crear escuela”. Por ello, los conocimientos arquitectónicos y simbólicos fueron extendidos de manera relativamente rápida y homogénea por toda Europa.
El conocimiento no se comunicaba a cualquier persona, era transmitido solo a los Iniciados en el Arte, teniendo como base la idea ya mencionada de que para colaborar en la Gran Obra no era suficiente la simple habilidad científica, técnica, artística o artesanal, es decir, profana del obrero, sino que a ello debía vincular indisolublemente una actitud que ahora prodíamos denominar pro activa, hacia el conocimiento filosófico y el desarrollo interior.
Además, para ingresar en una Logia, no bastaba con ser un buen cantero, herrero o vidriero y tener una actitud filosófica o mística hacia su oficio; ademas, el candidato debía ser libre, honrado y responsable.
Las catedrales góticas llegaron a convertirse en verdaderas enciclopedias de piedra, vidrio y hierro, en cuyos muros, vitrales y decorados se plasmó el conocimiento, tanto iniciático como profano.
Esta forma de construir sufrió un decaimiento progresivo, a partir del denominado “Renacimiento” y llegó a su extinción definitiva en el siglo XVIII, cuando prevaleció en la arquitectura y la ingeniería un sentido meramente superficial, utilitario, a veces suntuoso, pero al final de cuentas, profano.
2) COMO ORGANIZACION DE LA SOCIEDAD CIVIL, es decir, en su acción objetiva al exterior, donde ha actuado como promotora del mejoramiento integral del ser humano, requisito sine qua non para el progreso de sí mismo, de su familia, de su comunidad, de su país y del mundo.
En cuanto al primer aspecto, hay quienes afirman que los orígenes de la Francmasonería se remontan a la época adámica, pasando por los constructores del antiguo Egipto, los del Templo de Salomón en Jerusalén, etc.. Lo cierto en cualquier caso, es que la enseñanza de la Tradición Universal, difundida por las sociedades iniciáticas desde la más remota antigüedad, preparó y ha sido el motor, la razón de ser, de todo aquello que se denomina “doctrina masónica”, comunicada por el simbolismo, en particular a través de los emblemas y alegorías del Arte de la Construcción.

Desde las épocas más antiguas, toda construcción tiene a un lado un lugar que hoy todavía se denomina “Logia” (del sánscrito LOKA), equivalente a la actual “residencia de obra”. Ahí se reunían los obreros, divididos jerárquicamente según su destreza, talento y antigüedad en el oficio, en tres grados: Aprendices, Oficiales y Maestros. La Logia era dirigida por el colegio de Maestros, encabezado por el Maestro de la Obra.
En la Logia, los Maestros perfeccionaban los oficios, planeaban el trabajo, dividían y organizaban las tareas de la Obra, de acuerdo a la especialidad, aptitudes y experiencia de cada uno de los miembros del grupo. El trabajo no tenía solo un sentido material, también poseía un fondo religioso, místico.

Y es que el obrero sabía que con su trabajo no solo contribuía a la edificación material de un inmueble, sino también al establecimiento y permanencia de la Tradición, representada y expresada en la doctrina religiosa (recordemos por ejemplo, que la Guerra Santa en Europa duró muchos siglos). En la época medieval, los obreros de la construcción (civil, religiosa, militar) se agruparon en Ghyldas o corporaciones gremiales, de acuerdo a las distintas especialidades que intevienen en el Arte de la Construcción: canteros, albañiles, capinteros, vidrieros, herreros, etc.
Tiempo después, durante las cruzadas, los Templarios necesitaron de artesanos de la construcción para edificar los inmuebles (hospitales, albergues, templos, etc.) que fueron disponiendo a lo largo de todo el trayecto a Jerusalén, de tal modo que muchos constructores tuvieron que separarse de sus Logias originales y partir individualmente a los lugares del camino a Tierra Santa donde se requería de sus servicios. Fue así que nacieron los Masones Libres o Masones Francos (Freemason, Francmacon).
El valor del trabajo del constructor libre en un mundo dominado por el criterio feudal del vasallaje iba más allá de lo material, implicaba también el compromiso que cada partícipe de la obra asumía por propia convicción personal. De esta manera, mientras los Iniciados en el Arte eran conscientes del significado profundo de palabras y símbolos, de la luz y la oscuridad, del volumen y vacío de cada espacio, de la forma de cada piedra y su lugar preciso, el vulgo se quedaba sólo con el aspecto externo o profano de la construcción.

Ese era el mismo tiempo en que los alquimistas dedicaban su cuerpo y alma a la búsqueda de la Piedra Filosofal, indispensable para convertir el Plomo en Oro; al encuentro de la Fuente de la Eterna Juventud, de obsequios inagotables. Mientras los profanos los tildaban de locos, diablos o hechiceros, los Iniciados en el Arte Alquímico estendían la primera, como emblema de la Sabiduría, capaz de transformar la energía humana en fuerza constructiva, tanto en lo espiritual como en lo material, y la segunda, como representativa de la Iniciación, único sendero que conduce hacia la Fuente perenne de la Tradición Universal, cuyo fluir infinito trasciende la fútil existencia física del ser humano.
Los francmasones, convencidos de que tanto la obra material de la edificación como la tarea espiritual del perfeccionamiento humano sólo pueden ser viables, posibles y realizables mediante la Unión, la Solidaridad y la Colaboración entre individuos libres, honrados y responsables, transmitían de boca a oído en sus reuniones privadas de Logia conocimientos científicos, artísticos y filosóficos, a efecto de hacer el trabajo acorde con la Gran Obra, tal como ha sido tradicional en las escuelas iniciáticas desde la más remota antigüedad.
Este concepto partía de la idea de que el Universo es la Obra perfecta y total, concebida, dispuesta y dirigida por el Principio Constructor Supremo, al que denominaron Gran Arquitecto, regida por leyes armónicas y complementarias que pueden irse descubriendo y conociendo y que este conocimiento material, filosófico y hasta metafísico puede organizarse de manera gradual (de ahí los grados masónicos) para perfeccionar al ser humano, parte fundamental del Universo, a fin de armonizarlo con el Gran Todo y hacerlo obrero, partícipe y a la vez producto de esa Gran Obra.
Cuando un francmasón alcanzaba el grado de Maestro, es decir, cuando ya era capaz de CREAR por sí mismo, circulaba libremente por todas las Logias, instruyendo a los aprendices y ayudando a “crear escuela”. Por ello, los conocimientos arquitectónicos y simbólicos fueron extendidos de manera relativamente rápida y homogénea por toda Europa.
El conocimiento no se comunicaba a cualquier persona, era transmitido solo a los Iniciados en el Arte, teniendo como base la idea ya mencionada de que para colaborar en la Gran Obra no era suficiente la simple habilidad científica, técnica, artística o artesanal, es decir, profana del obrero, sino que a ello debía vincular indisolublemente una actitud que ahora prodíamos denominar pro activa, hacia el conocimiento filosófico y el desarrollo interior.
Además, para ingresar en una Logia, no bastaba con ser un buen cantero, herrero o vidriero y tener una actitud filosófica o mística hacia su oficio; ademas, el candidato debía ser libre, honrado y responsable.
Las catedrales góticas llegaron a convertirse en verdaderas enciclopedias de piedra, vidrio y hierro, en cuyos muros, vitrales y decorados se plasmó el conocimiento, tanto iniciático como profano.
Esta forma de construir sufrió un decaimiento progresivo, a partir del denominado “Renacimiento” y llegó a su extinción definitiva en el siglo XVIII, cuando prevaleció en la arquitectura y la ingeniería un sentido meramente superficial, utilitario, a veces suntuoso, pero al final de cuentas, profano.
DE LA MASONERÍA OPERATIVA A LA ESPECULATIVA

A partir de la segunda mitad del Siglo XVI, los Masones Operativos, es decir los Iniciados en el Arte Real de la Construcción, comenzaron a permitir el ingreso de personas que no eran del gremio, pero que por sus méritos personales (intelectuales, políticos, sociales, económicos por ser patrocinadores de la causa, humanísticos, etc.) merecían ser considerados como tales. A estos miembros honorarios se les dio el nombre de “Masones Aceptados”. Eran algo así como miembros honorarios, por lo que estaban exentos de obligaciones materiales como la de contribuir al sostenimiento de la Logia.
El incremento constante de los Aceptados y el decremento acelerado de los Operativos por la deserción del gremio causada por la caída de la demanda de obra civil, provocó una severa crisis al interior de las Logias.
Durante el siglo XVII, una burguesía rampante y acaudalada, aunada a una corte deseosa de nuevas formas de aprovechamiento del tiempo libre, así como a ciertos grupos de intelectuales, militares, artistas, ocultistas, etc. fueron apoderándose poco a poco de las Logias, que gradualmente fueron orientando su perfil hacia el de los clubes filosóficos, tan de moda en la época.
En este contexto, el 24 de junio de 1717 se reunieron los miembros de cuatro Logias de Londres para celebrar su tradicional cena Solsticial de Verano, decidiendo entonces crear una federación, a la que denominaron “Gran Logia”. Este hecho constituye un hito en la historia de la Masonería, pues marca formalmente la sustitución definitiva de la Masonería Operativa, dedicada a la construcción material de inmuebles, por otra que ahora adoptará el nombre de “Masonería Especulativa”, consagrada como su nombre lo indica a la especulación filosófica, al estudio del simbolismo y a lo que ahora llamaríamos la acción social.
Casi en paralelo, se organiza la Masonería Especulativa en Francia y poco a poco su orientación la lleva a convertirse en la plataforma civil del liberalismo.
La Gran Logia de Londres se convirtió en foco creador de innumerables Logias en todo el mundo, que progresivamente fueron creando sus propias organizaciones nacionales (Grandes Logias o Grandes Orientes en cada país), vinculadas entre sí por lazos de solidaridad y reconocimiento mutuo.
Sin embargo, las diferencias surgidas entre Obediencias (organizaciones federativas a las que se adhieren Logias), surgidas prácticamente desde el origen de la Masonería Especulativa en 1717, a raiz de la lucha esteril y corrosiva de la mal llamada "Regularidad", llegan a su clímax en la segunda mitad del siglo XIX, al decidir el Gran Oriente de Francia y progresivamente otras Obediencias Masónicas, la aceptación de agnósticos y ateos entre sus miembros. Esto iba en contra del sistema anglosajón, que de acuerdo a sus principios tradicionales inalterables denominados “Landmarks”, acepta todas las creencias, pero no la ausencia del Principio Divino simbolizado en el Gran Arquitecto del Universo, ni el de la inmortalidad del alma.
La razón de esta diferencia es de origen histórico y social: mientras que en Gran Bretaña la Iglesia anglicana favoreció y promovió la Masonería y la evolución política fue gradual, en otros países de Europa, como en Francia, se suscitó una confrontación entre la Iglesia oficial y la realidad social, además de una evolución política mucho más dinámica y con frecuencia traumática.
De esta diferencia de criterios surgió por un lado, una Masonería de sistema anglosajón, que se llama a sí misma “Regular” y difícilmente reconoce a las otras, y por el otro, una Masonería Liberal, compuesta por prácticamente las demás Logias, Ritos y Obediencias no reconocidos por la anglosajona como “Regulares”, o sea, acordes a sus propias reglas.
Esta situación ha dado pie a la crítica acre e infundada de algunos detractores de la Orden, que ignorantes de su verdadera esencia, afirman que la Masonería es un gran archipiélago de feudos representados por la gran cantidad de Obediencias y Ritos que existen en todo el mundo. Pero no es así.
Pese a todo, no obstante sus diversas formas de organización y reconocimiento como asociaciones civiles, desde el punto de vista Iniciático solo hay una Francmasonería, a la que llamamos Universal, Azul o Simbólica.
Los verdaderamente Iniciados en los misterios del Arte Real, trabajamos en nombre de esta Masonería Universal, nos esforzamos es superar diferencias profanas derivadas primordialmente del mal famoso lastre histórico del concepto de “Regularidad”; procuramos alimentar relaciones sanas, abiertas y fraternales, de reconocimiento mutuo con nuestros demás hermanos, independientemente de la Logia u Obediencia a las que en lo individual cada uno pertenezca, al Rito que se practique, a la nacionalidad que se posea, etc.
Desde esta perspectiva, la Masonería lejos de estar dividida, es como un árbol con un tronco común y muchas ramas en cuanto a su forma exterior, pero cuyas profundas raíces mantienen inalterable, Limpia, Pura y sin Mancha la Gran Obra de propiciar e impulsar el perfeccionamiento individual y colectivo del género humano, a fin de hacerlo armónico con su entorno personal, familiar, social, nacional y mundial.
Utilizando de manera metafórica el simbolismo del Arte de la construcción, podemos decir que la Masonería moderna entiende que el ser humano y el edificio de la Humanidad en general deben ser levantados piedra a piedra, parte por parte, con la misma libertad y honradez, con el mismo amor y respeto, con la misma sabiduría con los que se construía antaño una pirámide o una catedral.
La Masonería no es una sociedad secreta, es una sociedad discreta. No se opone a nadie ni a nada, tiene por misión inculcar entre sus miembros la evolución positiva hacia la Sabiduría, es decir:
En el plano individual:
Promover la autosuperacion a través del desarrollo de los valores personales de carácter material, moral, intelectual, espiritual, sin imponer dogmas, ni exigir recompensa o reconocimiento de ningún orden.
En el plano colectivo:
Reunir a hombres y mujeres que concuerden en una visión humanista de su realidad objetiva y trascendente, en el respeto a las diferencias individuales y culturales, en la voluntad de trabajar por el mejoramiento cualitativo propio y del entorno social a todas sus escalas.
El incremento constante de los Aceptados y el decremento acelerado de los Operativos por la deserción del gremio causada por la caída de la demanda de obra civil, provocó una severa crisis al interior de las Logias.
Durante el siglo XVII, una burguesía rampante y acaudalada, aunada a una corte deseosa de nuevas formas de aprovechamiento del tiempo libre, así como a ciertos grupos de intelectuales, militares, artistas, ocultistas, etc. fueron apoderándose poco a poco de las Logias, que gradualmente fueron orientando su perfil hacia el de los clubes filosóficos, tan de moda en la época.
En este contexto, el 24 de junio de 1717 se reunieron los miembros de cuatro Logias de Londres para celebrar su tradicional cena Solsticial de Verano, decidiendo entonces crear una federación, a la que denominaron “Gran Logia”. Este hecho constituye un hito en la historia de la Masonería, pues marca formalmente la sustitución definitiva de la Masonería Operativa, dedicada a la construcción material de inmuebles, por otra que ahora adoptará el nombre de “Masonería Especulativa”, consagrada como su nombre lo indica a la especulación filosófica, al estudio del simbolismo y a lo que ahora llamaríamos la acción social.
Casi en paralelo, se organiza la Masonería Especulativa en Francia y poco a poco su orientación la lleva a convertirse en la plataforma civil del liberalismo.
La Gran Logia de Londres se convirtió en foco creador de innumerables Logias en todo el mundo, que progresivamente fueron creando sus propias organizaciones nacionales (Grandes Logias o Grandes Orientes en cada país), vinculadas entre sí por lazos de solidaridad y reconocimiento mutuo.
Sin embargo, las diferencias surgidas entre Obediencias (organizaciones federativas a las que se adhieren Logias), surgidas prácticamente desde el origen de la Masonería Especulativa en 1717, a raiz de la lucha esteril y corrosiva de la mal llamada "Regularidad", llegan a su clímax en la segunda mitad del siglo XIX, al decidir el Gran Oriente de Francia y progresivamente otras Obediencias Masónicas, la aceptación de agnósticos y ateos entre sus miembros. Esto iba en contra del sistema anglosajón, que de acuerdo a sus principios tradicionales inalterables denominados “Landmarks”, acepta todas las creencias, pero no la ausencia del Principio Divino simbolizado en el Gran Arquitecto del Universo, ni el de la inmortalidad del alma.
La razón de esta diferencia es de origen histórico y social: mientras que en Gran Bretaña la Iglesia anglicana favoreció y promovió la Masonería y la evolución política fue gradual, en otros países de Europa, como en Francia, se suscitó una confrontación entre la Iglesia oficial y la realidad social, además de una evolución política mucho más dinámica y con frecuencia traumática.
De esta diferencia de criterios surgió por un lado, una Masonería de sistema anglosajón, que se llama a sí misma “Regular” y difícilmente reconoce a las otras, y por el otro, una Masonería Liberal, compuesta por prácticamente las demás Logias, Ritos y Obediencias no reconocidos por la anglosajona como “Regulares”, o sea, acordes a sus propias reglas.
Esta situación ha dado pie a la crítica acre e infundada de algunos detractores de la Orden, que ignorantes de su verdadera esencia, afirman que la Masonería es un gran archipiélago de feudos representados por la gran cantidad de Obediencias y Ritos que existen en todo el mundo. Pero no es así.
Pese a todo, no obstante sus diversas formas de organización y reconocimiento como asociaciones civiles, desde el punto de vista Iniciático solo hay una Francmasonería, a la que llamamos Universal, Azul o Simbólica.
Los verdaderamente Iniciados en los misterios del Arte Real, trabajamos en nombre de esta Masonería Universal, nos esforzamos es superar diferencias profanas derivadas primordialmente del mal famoso lastre histórico del concepto de “Regularidad”; procuramos alimentar relaciones sanas, abiertas y fraternales, de reconocimiento mutuo con nuestros demás hermanos, independientemente de la Logia u Obediencia a las que en lo individual cada uno pertenezca, al Rito que se practique, a la nacionalidad que se posea, etc.
Desde esta perspectiva, la Masonería lejos de estar dividida, es como un árbol con un tronco común y muchas ramas en cuanto a su forma exterior, pero cuyas profundas raíces mantienen inalterable, Limpia, Pura y sin Mancha la Gran Obra de propiciar e impulsar el perfeccionamiento individual y colectivo del género humano, a fin de hacerlo armónico con su entorno personal, familiar, social, nacional y mundial.
Utilizando de manera metafórica el simbolismo del Arte de la construcción, podemos decir que la Masonería moderna entiende que el ser humano y el edificio de la Humanidad en general deben ser levantados piedra a piedra, parte por parte, con la misma libertad y honradez, con el mismo amor y respeto, con la misma sabiduría con los que se construía antaño una pirámide o una catedral.
La Masonería no es una sociedad secreta, es una sociedad discreta. No se opone a nadie ni a nada, tiene por misión inculcar entre sus miembros la evolución positiva hacia la Sabiduría, es decir:
En el plano individual:
Promover la autosuperacion a través del desarrollo de los valores personales de carácter material, moral, intelectual, espiritual, sin imponer dogmas, ni exigir recompensa o reconocimiento de ningún orden.
En el plano colectivo:
Reunir a hombres y mujeres que concuerden en una visión humanista de su realidad objetiva y trascendente, en el respeto a las diferencias individuales y culturales, en la voluntad de trabajar por el mejoramiento cualitativo propio y del entorno social a todas sus escalas.
