TurismoFecha desconocida
Hola amigos! Bienvenidos a la segunda parte de este post! Aclaracion: Este viaje no lo hice yo! Pero sigue leyendo no es Crap! PASATE POR LAS OTRAS PARTES DEL POST: Día 7, Ueno Park, Asakusa y la fiesta en Roppongi Tras el paso del tifón Rouke, y con las pilas cargadas otra vez después de haber descansado durante todo el día anterior, el séptimo día de viaje amaneció con buen tiempo, lo que nos animó de nuevo a intentar alquilar bicis en el hostal. Bajamos a la recepción relativamente pronto y afortunadamente nadie había alquilado ninguna aún, así que pudimos alquilar 3 bicis (500 yenes cada una) para desplazarnos hasta el Templo Senso-ji, en Asakusa. De paso, y al no tener que coger el metro, por el camino podríamos ver diferentes lugares como el Tokyo Dome y el parque Ueno. Algo bueno de Tokyo es que es bastante llano, así que se convierte en un lugar ideal para poder desplazarte utilizando la bici como medio de transporte. Si a eso le sumamos que la gente esta acostumbrada a ver bicis circulando por las aceras (casi todas están divididas en dos mitades, una para peatones y la otra para bicis) y que los niveles de delincuencia son muy bajos no es de extrañar que tanta gente se mueva de esta forma. Lo que si llama la atención, al menos al principio, es el hecho de que casi ninguna bici está candada. Imaginaros la siguiente situación: un hombre de negocios que va a su trabajo en bici. Al llegar se baja de ella y… ¿qué pasaría en España? Buscaría un lugar donde dejarla y le pondría uno, o incluso dos candados, que hombre precavido vale por dos. Y, ¿qué pasa en Japón? Pues en Japón llegan al trabajo, buscan un sitio donde dejarla y la dejan sin más. A lo sumo candan el cuadro con la rueda, pero nada más. Si llevan un paraguas y creen que no lo van a necesitar, lo dejan colgado de la cesta de la bici con la certeza de que cuando vuelvan el paraguas seguirá ahí. Llegamos a ver hasta motos con las llaves puestas en el contacto! El dato llama aun más la atención si tenemos en cuenta que es una ciudad enorme en la que viven cerca de 14 millones de habitantes. Volviendo al tema del séptimo día, cogimos las bicis y nos dirigimos hacia el Tokyo Dome. Lo encontramos bastante fácil ya que sólo tuvimos que seguir el canal que pasa cerca del ministerio de defensa, y que lleva directamente hasta el lugar. En el recinto de ocio, a parte del propio Tokyo Dome (un recinto deportivo con capacidad para 55.000 personas en el que habitualmente se juegan partidos de béisbol pero también se celebran partidos de fútbol y conciertos) hay también un spa, una zona comercial con tiendas y cafeterías y un parque de atracciones con una montaña rusa cuyo recorrido transcurre entre edificios. Pasamos por allí con la idea de probar la montaña rusa, pero era demasiado pronto y aun no estaba abierta. Una pena. Seguimos nuestro recorrido y después de pedalear los escasos 3km que separan el Tokyo Dome y Ueno, finalmente llegamos al parque. Se trata del primer gran parque que se hizo en Tokyo y en él se pueden encontrar una gran cantidad de museos entre los que destacan el Museo Nacional de Tokyo, el Museo Nacional de Ciencias, el Museo Nacional de Arte Occidental y la Galería Metropolitana de Arte de Tokyo. A parte de museos también podemos encontrar el zoológico de Ueno, que fue el primero de todo Japón en abrir, allá por el año 1882. Además, el parque también tiene una sala de conciertos, un santuario del año 1627 y numerosas estatuas de personajes japoneses. Por último cabe destacar que en el parque vive un gran número de personas sin hogar, pero no debemos alarmarnos ya que son totalmente pacíficos y la mayoría de ellos ni siquiera mendigan ni piden limosna. Tras dar unas cuantas vueltas por el parque y perdernos por sus caminos decidimos poner rumbo hacia Asakusa. Por el camino vimos una tienda de cómics, revistas y videojuegos de segunda mano y decidimos entrar a echar un vistazo, no sin antes dejar, con cierta incertidumbre, las bicis en la calle al modo japonés. No dudábamos de la seguridad de la ciudad, pero bastaba que las dejásemos nosotros para que desapareciese alguna y tuviésemos que pagar la fianza. Finalmente, y como era de esperar, salimos de la tienda y las bicis seguían exactamente donde las habíamos dejado. Poco después llegamos a Asakusa, en el distrito de Taitō. Dejamos las bicis fuera y entramos al recinto del templo a través de la puerta principal (Kaminarimon), fácilmente reconocible por la enorme linterna roja que cuelga del techo de la puerta. Tras atravesarla nos encontramos de frente con una estrecha pero larga calle llena de puestos de comida, artesanía y recuerdos que llevaba directamente hasta la entrada del templo (Hozomon). Una vez allí, lo primero que hicimos fue dirigirnos al incensario (O-koro) y echarnos por encima el humo que de él sale, ya que según cuenta la leyenda, este humo fortalece a los débiles y cura a los enfermos. Después, nos mojamos las manos y la boca para purificarnos y entramos al templo, el cual fue fundado hace ya casi 1500 años, lo que lo convierte en el templo más antiguo de Tokyo. Tras salir del edificio principal del templo hicimos el Mikuji, lo que viene a ser la premonición del futuro. Lo primero que se debe hacer es coger una caja de metal que esta llena de palitos de madera con números y agitarla, de tal forma que los palitos se mezclen, y esperar hasta que salga uno. Una vez que te has fijado en el número que te ha salido, lo que tienes que hacer es buscar ese número en unos cajones pequeños que hay justo al lado y sacar el papel que hay dentro del cajón que te haya tocado. En este papel es en que podrás leer la premonición de tu futuro. La verdad es que nuestro nivel de interpretación de los números japoneses no es demasiado alta así que tuvimos que pedir ayuda a una familia que andaba por ahí al lado. Salvo a Pablo, al que le tocó “bad fortune”, a Ibon y a mí la suerte nos acompañó y nos tocó “the best fortune” y “good fortune” respectivamente. Tal y como marca la tradición, Pablo tuvo que doblar su hoja y hacerle un nudo para que lo que decía su premonición no se cumpliese. Parece ser que fue el único al que le salió algo malo en las premoniciones aquel día, todas las barras estaban vacías. Para entonces ya eran cerca de las 4 de la tarde, y se había nublado de tal forma que hasta estaba empezando a llover, así que decidimos que era un buen momento para ponerse a buscar algún sitio en el que comer algo. Salimos de comer y comprobamos que el tiempo no sólo no había mejorado sino que iba incluso a peor. En resumen, 5 de la tarde, a unos 11 km del hostal, con bicis y lloviendo. Por si no lo había mencionado antes, la hora límite para entregar las bicis eran las 18:00 horas. Afortunadamente, las bicis eran plegables, así que tuvimos la brillante idea de doblarlas y volver en metro hasta el hostal. De todas formas, para coger el metro teníamos que desplazarnos unos 200 metros al otro lado del río, así que de paso aprovechamos para acercarnos al “Tokyo Sky Tree”, un rascacielos de 634 metros de altura que se inaugurará a principios del año 2012 y que hará el trabajo que hoy en día hace la Torre de Tokyo. Es decir, será utilizado, a parte de mirador y restaurante, como torre de radiodifusión, ya que la Torre de Tokyo ya no es lo suficientemente alta (a pesar de tener 333 metros) como para dar cobertura digital completa, ya que está rodeada de muchos edificios de gran altura. Finalmente llegamos al primero de los dos metros que teníamos que coger para llegar al hostal. No estábamos seguros de que pudiésemos meter las bicis, pero nosotros como si nada, las doblamos y, a pesar de que le gente nos miraba como sorprendida, nos metimos. Nadie nos dijo nada hasta justo la parada anterior a la que nos teníamos que bajar, cuando un operario se nos acerco y nos empezó a hablar señalándonos las bicis. Le hicimos entender que nos bajábamos en la siguiente parada y nos dejó continuar. Sin embargo, al hacer el transbordo nos “asaltaron” varios trabajadores del metro que nos volvieron a decir algo sobre las bicis. No había forma de entenderles y nos temíamos que nos estuviesen diciendo que saliésemos del metro, pero de repente llegó otro trabajador más con unas cuantas bolsas de plástico grandes. Nos ayudaron a meter ahí las bicis y cerraron las bolsas con cinta aislante. Suponemos que lo hicieron para que las bicis no goteasen por la lluvia, pero realmente el paraguas de cualquier persona en el vagón iba mojando más que cualquiera de nuestras bicis. En cualquier caso pudimos llegar hasta el hostal sin mojarnos y hacia las 18:30 devolvimos las bicis. Nota: En el momento no vimos ninguna señal en relacion a lo de las bicis en el metro pero hemos encontrado esto en internet. ¿Alguien que sepa japonés nos lo traduciría o nos explicaría que pone? Descansamos en el hostal durante el resto de la tarde y después de ducharnos y prepararnos, salimos a coger el metro que nos llevase hasta Roppongi, una de las zonas con más ambiente en la noche de Tokyo. Lo que no podíamos ni siquiera sospechar era que en Shinjuku, una de las estaciones más transitadas del mundo y donde teníamos que hacer el transbordo, nos íbamos a encontrar con la única persona que “conocíamos” en todo Tokyo, el recepcionista del hotel, al cual de ahora en adelante nos referiremos con el nombre en clave “Take” (sentimos no recordar su nombre real...). Casualmente también se dirigía a Roppongi e iba acompañado de una chica, Jane, así que fuimos con ellos hasta llegar allí y después decidimos desvincularnos por eso de no cortarles el rollo y tal. Como aun no habíamos cenado, nos despedimos de ellos y comenzamos a buscar algún sitio en el que poder cenar. Tras 10 minutos dando vueltas y mirando decenas de restaurantes, por algún capricho del destino o por las premoniciones del Templo Senso-ji, nos volvimos a encontrar con ellos, que casualmente también estaban buscando algún sitio en el que cenar. Así pues, después de estar hablando un rato, nos fuimos los 5 a cenar a un Kebab. Nos invitaron a salir de fiesta con ellos y entre que nosotros no conocíamos la zona y que Take era Tokyota, decidimos que no había una forma mejor de salir de fiesta por Roppongi que con alguien de la propia ciudad. Al terminar de cenar compramos unas cervezas en un 7/11 y comenzamos a beberlas mientras decidíamos a que bar/club ir después. Cabe decir que entre cerveza y cerveza Take y Jane nos llevaron a Don Quijote, más conocido allí como Donki. Se trata de una cadena de tiendas en plan todo a 100 en la que a lo largo de sus 7 plantas te puedes encontrar cualquier cosa. Tanto es así que nos dijeron que un reciente estudio había determinado que un 70% de las cosas que allí vendían no tenían ninguna funcionalidad. No nos quedó ninguna duda de ese dato después de comprobar que vendían pezones de goma, baños de babas, rellenos postizos para culos… Después de salir de ese museo de lo bizarro, Take nos guió hasta una discoteca llamada “New Lex Tokyo” en la que trabajaba un conocido suyo en la entrada, así que fue a hablar con el para ver si nos hacía precio. La jugada salió bastante bien, ya que de normal la entrada costaba 4000 yenes (40€) con dos consumiciones y nosotros entramos por 2000 yenes y 3 consumiciones. Desde ese mismo momento en el que entramos al New Lex la noche se hizo más surrealista si cabe. Nada mas bajar las escaleras y dejar las chaquetas, un ruso de nombre Vitaly Korol (esto lo sabemos porque nos dio su tarjeta, que si no como para acordarnos…) nos pregunto a ver si éramos de alguna banda de rock, y nos dijo que si alguna otra noche teníamos pensado volver al New Lex, le escribiésemos y nos pasaba por lista sin ningún problema. Todo esto hizo que nos viniésemos arriba, especialmente Ibon, ya que en ese mismo momento comenzó a sonar Skrillex. Tras un rato examinando el local pensamos que era un buen momento para ir, coger una copa y buscar alguna zona en la que poder bailar más tranquilamente. Fuimos a la barra a canjear la primera de las tres bebidas a las que teníamos derecho y buscamos a Take y a Jane entre toda la gente. Para entonces ya se habían hecho un hueco entre la multitud japonesa y allí que nos pusimos a bailar. Y aquel momento volvió a marcar la noche. La situación puede asemejarse a si de repente entran 3 nórdicas, rubias, de metro ochenta, a una discoteca en España y se convierten en el centro de atención de la misma. Salvando, obviamente, las distancias con las nórdicas (no somos rubias…), nos convertimos en el centro de atención de aquella zona de la discoteca. ¿Quien ha dicho que los japoneses son cerrados? Será que con un par de cervezas encima se desmelenan, porque desde aquel momento, todo lo que nosotros hacíamos bailando lo copiaban. ¿Que nosotros girábamos hacia la derecha? Ellos giraban. ¿Qué dábamos palmas? Pues ellos daban. La verdad es que tiene su gracia ver a 20 japoneses dar palmas al ritmo que a ti te de la gana. La gente se acercaba a hablarnos, nos chocaban la mano aunque no les conociésemos de nada, saltaban con nosotros… volvían a dar palmas, se hacían fotos… En fin, que la noche transcurrió entre conversaciones con gente de la ciudad, bailes, música que no acostumbramos a oir a las noches en Donosti (después de Skrillex cambiaron hacia grupos como Good Charlotte, Green Day, Offspring, Blink 182…) y muchísimo buen rollo con la gente de allí, que nos hicieron sentir como en casa. Hacia las 5 de la mañana encendieron las luces de la discoteca y se terminó la fiesta. Puede parecer una hora muy temprana, pero hay que tener en cuenta que la gente de allí no sale de fiesta a la 1 de la mañana como nosotros, sino a las 11 de la noche más o menos. Así que nada, fuimos andando hasta el metro con Take y Jane y fuimos todos juntos hasta el hostal, al cual llegamos hacia las 6 de la mañana. Una hora más que razonable para meterse a la cama. link: http://www.youtube.com/watch?v=s5yrmOn2w88 Día 8, Odaiba y Oedo-Onsen Llegar al hostal a las 6:00 de la mañana no es lo mejor para levantarse temprano al día siguiente y pegarse una gran caminata recorriendo la ciudad y viendo cosas, así que teniendo en cuenta la noche anterior en Roppongi, pensamos que lo más acertado sería levantarse hacia el mediodía y hacer algo relajante después. Ese “algo relajante” era la isla artificial de Odaiba. Decidimos levantarnos a una hora que exactamente no recuerdo, pero lo que si se es que a Pablo le debió sonar el despertador en su cama-cápsula y subió a nuestra habitación a ver si ya nos habíamos despertado. Sin embargo, al llegar vio que aun estábamos dormidos y no se le ocurrió mejor cosa que tirar un futón al suelo entre el de Ibon y el mío y echarse ahí a dormir sin decirnos nada ni despertarnos. El resultado esta claro cual fue: terminar despertándonos hacia las 2 del mediodía (unas 3 horas más tarde de lo previsto) con Pablo quitándonos la almohada y la funda nórdica intentando taparse el y dejándonos a nosotros sin nada con lo que abrigarnos. Puesto que nuestro plan iba con un más que ligero retraso, desayunamos (si, a las 2 del mediodía) a todo correr, nos duchamos, nos preparamos y salimos rápidamente del hostal para coger el metro que nos llevase hasta la estación “Shiodome”, desde la que se puede coger el tren elevado (Yurikamome) que va hasta Odaiba. Aunque se le suele llamar Monorail no lo es exactamente, ya que los vagones tienen ruedas de goma y en vez de ir sobre unos raíles, van sobre una especie de “carretera” elevada con paredes de la cual el tren no puede salirse. Existen varias maneras diferentes de llegar hasta Odaiba. Se puede ir en coche o autobús cruzando el Rainbow Bridge o alguno de los túneles que unen la isla con Tokyo por debajo del mar, o también se puede coger desde Tokyo un barco que cruce el canal, pero sin duda la forma más curiosa de llegar es en el tren elevado. Además, está totalmente controlado por ordenador, y al no tener conductor puedes ponerte en el primer vagón y tener estas espectaculares vistas durante el trayecto. http://www.youtube.com/embed/A9m4-lL7UZE?wmode=transparent link: http://www.youtube.com/watch?v=A9m4-lL7UZE Tras unos 10 minutos de viaje en el “monorail” llegamos a Odaiba. Aunque en sus orígenes fue construida como una serie de seis fortalezas destinadas a proteger Tokyo de los ataques que se hacían a través del mar, hoy en día es una isla artificial destinada al ocio y al entretenimiento. A parte del peculiar edificio de los estudios de televisión Fuji TV podemos encontrar, entre otras muchas cosas, numerosos centros comerciales y de ocio, discotecas, el Museo Nacional de Ciencia Emergente e Innovación y las aguas termales de Oedo-Onsen-Monogatari, a las cuales teníamos planeado ir a última hora. Así pues comenzamos a recorrer la isla. Lo primero que hicimos fue ir hacia el paseo marítimo, desde donde se pueden ver unas bonitas vistas con la ciudad de Tokyo de fondo, y en el que también hay una réplica de la Estatua de la Libertad. Siguiendo el camino se llega a la playa artificial de Odaiba, en la que no es muy recomendable bañarse. Para cuando llegamos allí ya había anochecido, así que decidimos entrar a uno de los centros comerciales para echar un vistazo. Tras un rato viendo tiendas salimos del centro comercial con la idea de ir hacia el Onsen, pero nada más salir nos topamos con una feria de gastronomía mexicana donde vendían nachos, fajitas, burritos y demás. Como eran alrededor de las 7 de la tarde y habíamos desayunado únicamente unas galletas y unos zumos en el hotel, en uno de los puestos compramos unos burritos, y en otro una ración de nachos. Estuvimos un rato hablando con el dueño del puesto de los nachos, y resulta que su familia era de ascendencia vasca, concretamente de Bilbao, y nos estuvo preguntando sobre la gastronomía de aquí y tal. Después de coger fuerzas fuimos siguiendo el recorrido del tren Yurikamome hasta llegar al Onsen, que estaba como a un kilómetro de los centros comerciales. Un Onsen es lo que aquí vendrían a ser unas termas, como puede ser La Perla en Donosti, pero con la peculiaridad de que si tienes pensado ir no hace falta que lleves nada, básicamente porque te metes al agua sin bañador ni gorro de piscina. Además, ellos te dejan el jabón y la toalla para ducharte y secarte después. El único inconveniente es que se supone que esta prohibida la entrada a todo aquel que tenga algún tatuaje, ya que antaño estaban relacionados con los miembros de la Yakuza o con personas que habían estado en prisión. Afortunadamente, aunque Pablo tiene uno, no nos dijeron nada. Así pues entramos en el recinto, dejamos las zapatillas en una taquilla y nos dirigimos hacia la taquilla para comprar los tickets. La entrada cuesta unos 1600 yenes y puedes estar en el Onsen todo el tiempo que quieras. Esta abierto todo el día e incluso puedes pasar la noche en las cápsulas que tienen allí, aunque para eso supongo que habrá que pagar un extra. Lo primero que debes hacer al entrar es dirigirte a un mostrador en el que te dan un yukata, que es como una especie de bata tradicional japonesa, y entrar a un vestuario para cambiarte. Allí te quitas todo excepto la ropa interior, te pones el yukata y dejas todas tus pertenencias en la taquilla que se corresponde con la llave que te dan en la entrada. Esta llave tiene además un código de barras que ya explicaremos más adelante para qué sirve. Nada más salir del vestuario nos encontramos con una sala enorme en la que está recreado un pueblo tradicional japonés, con sus casas, tiendas y restaurantes, y es una sensación bastante curiosa y chocante, aunque muy agradable, el encontrarte aquello cuando lo que realmente esperas ver son unos baños termales. Llama la atención ver a toda la gente vestida con el yukata y descalza pasear entre las calles y restaurantes. Y en ese momento comprendimos por qué se dice que el Oedo-Onsen-Monogatari es como una especie de “parque de atracciones”: el concepto que tienen allí de ir a un Onsen no es como el que tenemos aquí de ir a unas termas, el de ir, bañarte y volverte a casa. La gente va allí a pasar toda la tarde, bañarse, salir a la zona de restaurantes a tomar algo, bañarse de nuevo, cenar… Y es que esta todo perfectamente pensado. Ni siquiera hace falta ir con dinero encima, ya que si consumes algo en alguno de los restaurantes o compras algo en alguna tienda, basta con dejarles que te lean la pulsera con el código de barras y listo. Al salir del Onsen, cuando ya te has cambiado y has cogido todas tus cosas, te leen nuevamente el código de barras de la pulsera y es entonces cuando pagas todo lo que hayas consumido dentro. Vamos, que son todo comodidades hacia en cliente. Volviendo a nuestra experiencia, tras inspeccionar, dar unas vueltas y sacarnos algunas fotos en el “pueblo”, decidimos ir hacia los baños. Antes debes pasar por un vestuario en el que te proporcionan una toalla para secarte después y en el que, ahora si, debes quitarte todo, yukata y ropa interior. Una vez hecho esto, entramos en la sala en la que se encuentran las piscinas de agua caliente. La verdad es que al principio te sientes un poco extraño por la situación, pero enseguida te olvidas del hecho de que no llevas nada y te limitas a relajarte. Hay dos zonas de baño, una interior y otra exterior. En la zona interior hay unas 6 piscinas con diferentes chorros y temperaturas (5 de agua caliente y una de agua muy fría) y una sauna seca en la que, la verdad, aguantamos poco rato, ya que estaba a 80 grados. En la zona exterior hay unas tumbonas y un par de piscinas de agua caliente hechas como de forma artesanal con piedras. Debe haber otra zona exterior a la que nosotros no fuimos, en la que hay unas piscinas de muy poca profundidad con piedras en el fondo para masajear los pies. Estuvimos cerca de un par de horas yendo de piscina en piscina y cuando nos sentimos lo suficientemente descansados fuimos hacia las duchas. Como no podía ser de otra forma, las duchas no eran convencionales, sino que eran como unos compartimentos individuales en los que había un taburete, un grifo, un cubo, jabones, una manguera de ducha y un espejo en el frente. Por lo tanto te duchabas sentado, sin importar lo que mojases ni dónde cayese el agua. La verdad es que era una gozada enjabonarte el cuerpo y la cabeza, llenar el cubo de agua y echártelo por encima para aclararte. Tras la ducha pedimos pulpo, calamares, brochetas de pollo y, como no, arroz para cenar y hacia las 11 y media de la noche salimos de Onsen. Los tres coincidimos en que nunca nos habíamos sentido tan relajados y limpios como en aquel momento, por lo que desde aquí recomendamos encarecidamente la visita al Oedo-Onsen-Monogatari de Odaiba. Con el tiempo echándosenos encima, cogimos el tren elevado hasta la estación de Shiodome y desde allí el metro que nos llevase hasta el hostal. Llegamos relativamente pronto (comparado con otros días) y nos fuimos directos a la cama para descansar, ya que el sábado nos esperaba un duro día: Nokogiriyama. Nota: Para todos los pervertidos que estéis comprando ya un billete a Tokyo con la única intención de ir al Onsen a ver mujeres desnudas, ¡los baños termales no son mixtos! http://www.youtube.com/embed/KdNt2grEWqM?wmode=transparent link: http://www.youtube.com/watch?v=KdNt2grEWqM Día 9, Nokogiriyama y la fiesta en Shibuya El sábado amanecimos relativamente temprano y totalmente descansados gracias a los revitalizantes efectos del Onsen de Odaiba, lo cual nos permitió afrontar con bastante entusiasmo la excursión a Nokogiriyama, donde se encuentra el Buddha más grande de Japón. Sin embargo, lo que prometía ser una excursión prácticamente desconocida tanto para turistas como para locales (dada la poca información que habíamos encontrado sobre ello y lo que relataban algunos blogs de internet), resultó ser casi como una “peregrinación”, dada la cantidad de gente que encontramos allí. Comentaremos esto más detalladamente durante el resto de la entrada. Hacia las 08:30 de la mañana salimos del hostal para coger el metro que nos llevase hasta Shinjuku. Una vez allí comenzaba lo complicado. Debíamos coger una serie de metros y trenes que nos llevasen, primero, hasta el pueblo costero de Kurihama para, desde allí, coger un ferry que nos llevase al otro lado del canal de Uraga, hasta la pequeña aldea de Hamakanaya. (No nos enrollaremos dando demasiados detalles sobre los trenes que hay que coger y los transbordos que hay que hacer, ya que tenemos previsto hacer unas entradas explicativas proporcionando toda esta información, así como los precios de los viajes). Para nuestra fortuna, aunque contra todo pronóstico teniendo en cuenta los transbordos que había que hacer, conseguimos llegar hasta Kurihama sin perdernos. El único percance fue que Pablo no tenía suficiente dinero en su tarjeta Suica y no podía salir de la estación de tren. Tras pensarnos un rato si marcharnos o dejarle los 160 yenes que le faltaban para poder salir, accedimos a dejarle el dinero y que nos acompañase. Así pues, tras echar un vistazo al mapa para seguir sin perdernos, comenzamos a andar en dirección al puerto, donde teníamos que coger el ferry. La suerte siguió de nuestro lado, ya que el ferry sale cada hora y llegamos al puerto unos 5 minutos antes de que partiese, así que sin perder tiempo, nos dirigimos a las taquillas y compramos tres billetes de ida. El viaje duraba unos 30 minutos, y como hacía un tiempo realmente bueno nos quedamos en la cubierta para poder hacer fotos y contemplar las vistas. Al llegar a Hamakanaya comenzó la verdadera aventura. Sabíamos que para subir al monte Nokogiri había un teleférico que llevaba directamente hasta la cima, pero como no nos gustan las soluciones fáciles, decidimos subir andando y de paso hacer un poco de ejercicio. Tras atravesar el pueblo, llegamos a un punto en el que se terminaba la pista de cemento y comenzaba el camino de tierra y barro que conducía hacia el bosque. Afortunadamente el día anterior había hecho buen tiempo y el suelo estaba totalmente seco. Cabe decir que aunque no es un camino extremadamente duro, si es más exigente que la Ruta del Daibutsu en Kamakura. Tras alrededor de una hora andando nos encontramos de frente con las imponentes y características paredes de piedra del monte Nokogiri. Estas paredes nos son naturales, sino que en la antigüedad existió una cantera en dicha montaña y toda la extracción de piedra que se llevó a cabo hizo que las paredes quedaran de esta forma. Es bastante curioso observarlas, ya que, en algunas de ellas, por momentos da la sensación de tener delante algo similar a un edificio con balcones. A partir de ese lugar, el camino se convirtió en infinidad de escaleras, a cada cual más vertical, así que no tardamos demasiado en llegar a la cima. Allí había un mirador desde el que se podían contemplar unas espectaculares vistas de todo el canal de Uraga y de toda la costa. A lo lejos se veía el puente colgante de Yokohama, y agudizando mucho la vista, hasta se podía ver la silueta del Tokyo Sky Tree, que se encontraba nada más y nada menos que a 65 kilómetros. Como para cuando llegamos a dicho mirador ya eran cerca de las 2 y media del mediodía, decidimos sentarnos en los bancos que había y comer allí mismo. Y qué mejor que comer un buen jamón ibérico con pan (realmente eran unos bollos de leche, no fuimos capaces de encontrar pan normal) mientras contemplábamos esas vistas. Sobra decir con que cara nos miraban los japoneses que se acercaban hasta el mirador, como diciendo: jodidos gaijins! ¬¬ Después de comer decidimos continuar el camino para ir hasta donde llegaba toda la gente que subía en el teleférico, a la cual podíamos ver desde el mirador y parecía no estar a más de 100 metros. Lo extraño fue que desde el mirador solo había un camino (a parte del camino por el que habíamos subido), que justamente iba en dirección contraria al teleférico. Lo tomamos, aunque para ese momento ya íbamos con la mosca detrás de la oreja. Cada minuto que pasaba, más nos alejábamos de nuestro destino. Además, nos parecía raro que durante la subida a la cima no nos hubiésemos encontrado con ninguna de las esculturas y figuras que habíamos visto en Internet. Así pues, tras unos 20 minutos andando, llegamos a otro mirador en el que había una familia japonesa con un mapa. Afortunadamente sabían inglés, y les preguntamos cómo se llegaba hasta el teleférico. Nos dijeron que ellos también estaban intentando llegar allí, pero que se temían que el camino en el que estábamos no estuviera unido con el otro. El hombre sacó el móvil para comprobarlo y, efectivamente, así fue. En resumen, que si queríamos ver el gran Buddha debíamos desandar el camino que habíamos hecho hasta la cima y subir en el teleférico. Para colmo, el tiempo se nos empezaba a echar encima. Bajamos hasta Hamakanaya todo lo rápido que pudimos y nos dirigimos directamente hacía el teleférico, al cual llegamos un poco antes de las 5 de la tarde. Aun sabiendo que no nos iba a dar tiempo a ver todas las cosas que había en la cima (la última hora para bajar era a las 6), decidimos que ya que estábamos allí teníamos que subir, y eso hicimos. Para nuestra sorpresa, al llegar arriba comprobamos que había que pagar para entrar en el templo en el que estaba el Buddha y todas las demás figuras. La verdad es que toda la información que teníamos sobre Nokogiriyama la habíamos obtenido de un blog en el que lo ponían como un lugar “remoto”, perdido en el monte, con pocos turistas… es más, en ningún momento se decía nada sobre el teleférico ni sobre que a la entrada hubiese que pagar. ¡Hasta se podía subir en coche! Estos detalles (pasados por alto en ese blog) convierten al lugar en cualquier cosa menos en algo remoto y perdido en el monte como nos habían hecho creer. Aun con la pequeña decepción que nos habíamos llevado comenzamos a andar por el templo para poder ver el mayor número de cosas posibles. Lo primero que nos encontramos fue el “Hundred-shaku Kannon”, un enorme Buddha esculpido en una inmensa pared de piedra. No hemos encontrado por ningún lado la altura que tiene, pero comparándolo con la nuestra en las fotos, puede tener fácilmente unos 12-15 metros de alto. Tras un rato observándolo y hacer unas fotos, nos dirigimos al espectacular mirador “Peering into Hell”. Se trata de un acantilado del cual sobresale una roca gigante a la que se puede acceder. Para entonces eran ya casi las 6 de la tarde y las vistas que se podían observar desde allí arriba con el sol poniéndose eran simplemente espectaculares. De repente comenzó a sonar por la megafonía del templo un inquietante villancico de navidad (lo cual nos dejo un tanto descolocados) que anunciaba a los visitantes que el templo iba a cerrar. Vamos, que era como un aviso para que la gente fuese saliendo. Además, entre que para esa hora ya no quedaba nadie en el templo y la oscuridad que había, ya que los árboles no dejaban pasar la luz, la situación era más propia de la película “Battle Royale” que de otra cosa. Finalmente llegamos hasta el teleférico, pero antes de montarnos tuvimos tiempo de hacer unas fotos a la puesta de sol y al Monte Fuji, que se veía a lo lejos entre las nubes. Cogimos el teleférico para bajar del monte Nokogiri y a la salida del mismo nos ofrecieron comprar por 1000 yenes una foto de recuerdo que previamente nos habían hecho al subir, para que veáis lo “poco turístico” que es el sitio. Para cuando llegamos abajo ya había anochecido, y nuestra idea para volver hasta el hostal consistía en coger el tren que bordeaba todo el canal de Uraga y que nos llevase directamente hasta Tokyo. Sin embargo, como Hamakanaya es un pueblo pequeño, no está constantemente comunicado por tren, sino que hay uno cada hora más o menos. Al llegar a la estación preguntamos a una señora que hablaba inglés y nos recomendó volver a coger el ferry hasta Kurihama y desde allí el tren hasta Tokyo, ya que el tren desde Hamakanaya no iba directo a Tokyo y había que hacer algún transbordo en Chiba. Decidimos seguir su consejo, pero el tiempo jugaba en nuestra contra y el ferry salía en 5 minutos, así que emulando la vuelta a casa corriendo desde Shibuya hasta el Ace Inn, nos echamos una buena carrera para poder coger el ferry. Y menos mal, de lo contrario habríamos tenido que espera casi 60 minutos. Nos subimos al barco y esta vez, en vez de ir en cubierta sacando fotos, nos quedamos en los sofás de dentro durmiendo durante todo el trayecto. Al llegar al puerto de Kurihama había un autobús esperando para llevar a la gente del barco a la estación de trenes, así que no tuvimos que andar el par de kilómetros que separan el puerto y la estación. Una vez en la estación, tuvimos la suerte de coger un tren que llevaba directo hasta Shinagawa. El viaje fue un poco largo pero al menos no tuvimos que estar pendientes de en que parada nos teníamos que bajar para cambiar de tren. A continuación cogimos el metro, compramos algo para cenar y llegamos al hostal hacia las 9 de la noche. El plan para la noche era ir de fiesta con Take (si no sabéis quien es, click aquí), que nos había dicho que podíamos salir con el como el jueves, pero finalmente se tuvo que quedar a trabajar en la recepción del hostal, así que no teníamos ni idea de por donde salir. Las opciones eran volver a repetir Roppongi y el New Lex Tokyo, avisando previamente a Vitaly Korol (click en el enlace de más arriba) para que nos pasase por lista y no pagar así los 4000 yenes de la entrada o probar la noche de Shibuya, de la cual también teníamos buenas referencias, pero ninguna idea sobre a que discoteca ir. Cenamos, nos duchamos y nos preparamos y salimos del hostal hacia las 11 de la noche, aun sin ningún destino fijo. Fruto de nuestra indecisión, en pleno andén del metro decidimos echarlo a cara o cruz para decidir a dónde ir. Cara, Roppongi. Cruz, Shibuya. Moneda al aire y… ¡cara! No preguntéis por qué, pero terminamos yendo a Shibuya. Lo primero que hicimos al llegar fue buscar el 7/11 de rigor para comprar algo para beber, y a continuación nos dirigimos hacia la estatua de Hachiko, que es donde se reúne toda la gente joven, para ir metiéndonos en ambiente. La verdad es que por momentos la situación iba siendo cada vez más triste. El tiempo pasaba, la gente se iba marchando del lugar hacia los bares, nosotros seguíamos bebiendo nuestras cervezas y poco faltó para que hasta la estatua del perro Hachiko echase a andar y se marchase también. Sin embargo, en ese momento la noche dio un giro de 180º. Ibon dijo que necesitaba ir al baño, y como cada vez que Ibon se ausenta, pasó algo interesante. Para cuando volvió, nos encontró hablando con un japonés que nos estaba diciendo a ver si queríamos que nos llevase a un bar que conocía. Como es lógico pensábamos que se trataba de un relaciones públicas que quería llevarnos al bar en el que trabajaba, así que empezamos pasando un poco del tema. Fue entonces cuando se lo preguntamos y nos dijo que no trabajaba para ningún bar, que simplemente había salido de fiesta con sus amigos pero se habían ido todos a casa y que el quería seguir la fiesta con alguien. Imaginaros la situación justo al revés. Estáis de fiesta en vuestra ciudad pero vuestros amigos se van a casa, así que como vosotros no os queréis marchar, os unís a un grupo de 3 japoneses para seguir la fiesta. Surrealista, ¿no? Con esto volvimos a comprobar que el mito de que los japoneses son cerrados es mentira, al menos en la gente joven. Como para entonces ya eran más de las 12 y la noche por nuestra cuenta no prometía gran cosa, decidimos jugárnosla e ir con el japonés, que se llamaba Ryu y que, dicho sea de paso, tenía un cierto aire a Miki Nadal (lo comprobareis en alguna foto de más abajo). Nos pusimos en marcha y nos comenzó a llevar al bar que nos había dicho, aunque empezamos a desconfiar un poco en el momento en el que pasamos por segunda o tercera vez por el mismo sitio. La verdad es que daba la sensación de que nos estuviese como intentando desorientar. Para colmo, seguidamente entramos a una zona en la que la gente no tenía muy buena pinta (gente rara con cochazos y hasta mujeres de vida alegre) e incluso nos miraban raro. Estuvimos a punto de decirle que nos dábamos media vuelta, pero decidimos seguir jugándonos la única carta que nos quedaba aquella noche. Finalmente llegamos frente a un edificio y Ryu nos dijo que el bar estaba allí dentro. Como ya hemos comentado en otras entradas, la falta de espacio en la superficie hace que se abran comercios y restaurantes en las diferentes plantas de los edificios, pero aquel edificio parecía totalmente residencial. Entramos al ascensor, pulsó el segundo piso, se abrieron las puertas y… ¡la jugada nos había salido bien! Estábamos dentro de un bar en el que, como nos había dicho, no nos iban a cobrar nada por entrar e iba a haber buena música. La verdad es que el bar parecía más una casa reconvertida en bar que otra cosa, pero sinceramente estaba muy bien montado. La situación al entrar fue similar a la del New Lex, todo el mundo muy amable, chocándonos la mano, acercándose a hablarnos y algunos preguntándonos nuevamente si éramos de algún grupo de música. Al final decidimos inventarnos un nombre y decirles que si, que dábamos conciertos y tal y cual. Conocimos a un montón de gente, pero como apunte para los que tengáis pensado ir a Japón, no hagáis como nosotros. Nos presentaron a dos amigas y tal y como se hace en España, le plantamos dos besos en la cara a la primera de ellas cuando nos dijo su nombre. Bien, la cara de la otra amiga fue de shock absoluto, poco le faltó para coger el móvil y llamar a la policía. Así que ya sabéis, un apretón de manos o una ligera reverencia con la cabeza y vais listos, que si no se asustan. Tras un par de horas muy agradables en aquel bar, y después de haber hablado con bastante gente del mismo, conocimos a Joe y a su hermana Yuki, que nos dijeron a ver si queríamos ir a un bar diferente con ellos. Como ya habíamos pasado mucho rato allí, decidimos acompañarles. No estaba demasiado lejos, pero por el camino encontramos una tienda Don Quijote y no pudimos evitar sacarnos unas fotos con sus curiosos productos una vez más. Finalmente llegamos hasta el bar. Se llamaba Rockaholic y nada más entrar nos dimos cuenta de que el sitio prometía. Pósters por todos los lados de grupos que nos gustan como The Used, Green Day y My Chemical Romance y en la barra, “request sheets” para que apuntases cualquier canción, le dieses el papel al camarero y la añadiese a la lista de reproducción. Si no la tenían en el ordenador, la buscaban en youtube y listo. Una idea realmente buena para que suene exactamente lo que la gente que está en el bar quiere. Después de un rato en el bar, y como en los 9 días que llevábamos en Tokyo aun no habíamos probado el famosísimo Sake japonés, decidimos pedirnos 3 chupitos para comprobar si era tan fuerte como se decía. En ese mismo momento tuvimos otra prueba de la seguridad que hay en Japón (o al menos en Tokyo) y la certeza que tiene la gente de que nadie te va a robar nada. Si lo de las bicis sin candar en la calle os pareció sorprendente, aquí va esto: la barra del bar estaba llena de cámaras de fotos, móviles y carteras de la gente que estaba bailando por el bar, y de las sillas colgaban bolsos y chaquetas como si nada. Y nosotros en los bares de España más pendientes de que nadie te meta la mano al bolsillo para robarte algo que de bailar y disfrutar… Tras más de tres horas disfrutando del ambiente del bar, del buen rollo de la gente y de canciones de grupos como Lostprophets, Oasis, Jet, etc, etc… (por decir algunos), bajaron el volumen de la música, iluminaron un poco el interior del bar y uno de los camareros se puso a soltar un discurso del cual, obviamente, no entendíamos nada pero al que todo el mundo prestó atención. De vez en cuando hacía alguna referencia hacia nosotros, ya que nos señalaba y nos sonreía, pero seguíamos sin saber de que iba el tema. Y menos aun cuando nos dimos cuenta de que la mayoría de chicas que le estaban escuchando estaban llorando. Fue entonces cuando entre los tres nos empezamos a montar películas de lo que podía estar pasando. Las posibilidades iban desde que dejaba el bar hasta que le habían detectado alguna enfermedad y le habían dado 2 semanas de vida, pasando por que se mudaba de ciudad y no les iba a volver a ver nunca más. Sin embargo, como no terminábamos de verlo claro, decidimos preguntarle a Yuki a ver que estaba pasando, a lo que ella nos respondió diciendo que era el cumpleaños del camarero y que por eso todos estaban emocionados y lloraban. Nosotros, lógicamente, flipando. El speech se alargó durante fácil media hora, y al final encendieron del todo las luces, quitaron la música y la gente salió del bar. Sin embargo nadie se fue a casa, sino que todos se quedaron fuera esperando a que saliese el camarero para felicitarle. Nosotros no íbamos a ser menos, así que nos quedamos allí con Joe y con Yuki para felicitarle, a lo que el nos respondió dándonos una y otra vez las gracias por haber estado esa noche en el bar. La noche (aunque para entonces llevaba siendo de día un buen rato) parecía llegar a su fin, pero comprobamos que la gente seguía sin moverse del lugar. Preguntamos nuevamente a Joe y Yuki a ver por que nadie se iba ya a sus casas y nos dijeron que era porque después de las felicitaciones era costumbre ir todos juntos a desayunar. No nos podíamos creer todo aquello que estaba pasando, pero aun y todo les preguntamos a ver si podíamos ir con ellos o si era algo un poco mas “íntimo” y solo iban los más conocidos, a lo que nos respondieron que no había ningún problema en que fuésemos a desayunar con ellos. Así que eso es lo que hicimos. Que mejor para terminar la noche (o empezar el día) que desayunar un buen bol de arroz con carne (elegido en una máquina parecida a las de tabaco) acompañado de sopa, de té y de unas 20 personas más directamente salidas del Rockaholic. Para terminar la noche (esta vez si), nos fuimos todos juntos a un Purikura, uno de los pasatiempos más populares entre la gente joven en Japón junto con el Karaoke. Es algo así como un fotomatón que después de hacerte unas cuantas fotos con más gente te permite retocarlas añadiendo infinidad de accesorios, dibujos y textos para después imprimirlas. Después de hacer las fotos volvimos hasta el cruce de Shibuya, donde nos despedimos de Joe y Yuki y cogimos el metro hasta nuestro hostal, al que llegamos hacia las 9 de la mañana. Próximamente subiremos una nueva entrada contando no solo el siguiente día, sino la sorprendente continuación desde el momento en el que llegamos al hostal. http://www.youtube.com/embed/6iin8yBMh5c?wmode=transparent link: http://www.youtube.com/watch?v=6iin8yBMh5c Día 10, Parque Yoyogi (AKA... The Walking Dead) El día anterior había sido bastante completo, levantándonos muy temprano para ir a Nokogiriyama, andar todo el día por el monte, salir de fiesta por Shibuya y ¡hasta estar en una fiesta de cumpleaños con desayuno y purikura incluido! Todo esto había hecho que llegásemos al hostal hacia las 9 de la mañana. La “noche” (o el día, ya no se ni como calificarlo) parecía haber llegado a su fin, pero de camino al hostal se nos fue ocurriendo una “brillante” idea, la cual consistía en alquilar bicis en el hostal según llegásemos e ir a los jardines y campas del Parque Yoyogi a dormir, aprovechando que hacía un tiempo realmente bueno. De esta forma, descansaríamos unas horas allí y después podríamos aprovechar la tarde, ya que de habernos ido a la cama a las 9 de la mañana, habríamos perdido todo el día. Además, como estábamos obligados a devolver las bicis a las 18:00, podríamos meternos temprano a la cama. En nuestras cabezas era un plan genial. Así pues, llegamos al hostal, saludamos al recepcionista (que nos miró con cara rara como diciendo: ¿de dónde vendrán estos a estas horas?) y subimos a la habitación para al menos asearnos un poco, cambiarnos de ropa y coger unas toallas en las que tumbarnos. 10 minutos más tarde estábamos de nuevo en la recepción pidiéndole al hombre 3 bicis. Su cara de incredulidad era todo un poema, y la verdad es que no es para menos, pero a decir verdad, las nuestras no debían ser mucho mejores… Una vez alquiladas las bicis nos pusimos en marcha y comenzamos a pedalear hacia el parque yoyogi, que estaba como a unos 4 kilómetros del hostal. Al llegar, dejamos las bicis en la entrada y nos adentramos en el parque con la intención de encontrar los jardines lo antes posible para poder tumbarnos y dormir. Sin embargo, nuestra búsqueda se alargó mucho más de lo esperado. Accedimos al parque por la entrada norte, y comenzamos a andar por el camino principal hacia el templo Meiji Jingü, suponiendo que los jardines estarían cerca del mismo. Sin embargo, no encontramos una zona ajardinada por ningún lado así que seguimos caminando mientras nuestros ojos cada vez iban cerrándose con más frecuencia al mismo tiempo que andábamos. El cansancio iba apoderándose de nosotros y nuestros pasos cada vez eran más torpes, haciendo que nos tambaleásemos de un lado a otro cual zombies. (Seguro que todos habéis sentido esa sensación alguna vez). Encontramos un mapa y tras observarlo un rato cogimos el camino que pensábamos que era el correcto. Desgraciadamente, nuestras capacidades orientativas estaban gravemente perjudicadas por el cansancio y una vez más nos volvimos a equivocar, ya que al parecer habíamos estado dando vueltas en círculos rodeando el Meiji Jingü hasta volver a llegar a el una vez más. Sin embargo esta vez era diferente, ya que nada más cruzar las puertas del templo nos encontramos con una boda tradicional japonesa. La situación había llegado al punto de no saber si estábamos soñando, si todo era una broma o si realmente había una pareja a punto de casarse delante nuestro. Al enésimo intento, cuando el cansancio estaba a punto de hacer que nos rindiésemos, por fin encontramos una campa bastante extensa en la que poder tumbarnos a descansar. Extendimos las toallas y nos quedamos dormidos al instante. La verdad es que nos vino realmente bien descansar y dormir ese rato, a pesar de que los bichos, libélulas y demás hacían que nos despertásemos de vez en cuando. Hacia las dos y media del mediodía nos despertamos definitivamente y como a pesar de seguir cansados ya habíamos recuperado algo de fuerzas, decidimos ponernos en marcha y aprovechar lo que nos quedaba de tarde. Así pues, fuimos hasta donde habíamos dejado las bicis, las cogimos, y pedaleamos hasta Takeshita Dori, ya que queríamos hacer algunas compras. Dejamos las bicis al lado de la estación de Harajuku y, tras haber comprado algo para comer en un supermercado, comenzamos a caminar por la enorme calle comercial y a entrar en diferentes tiendas. Tras un buen rato por la zona y después de algunas compras, volvimos hasta donde habíamos dejado las bicis con la idea de cogerlas e ir hasta Shibuya para dar una vuelta. Sin embargo, para cuando las cogimos ya eran más de las 4 y media de la tarde, y teniendo en cuenta que teníamos que devolverlas en el hostal a las 18:00 y que teníamos una media hora de camino para volver, decidimos quedarnos por la zona del Parque Yoyogi. Como dato curioso cabe decir que mientras estábamos de compras nos pusieron una “multa” en las bicis por dejarlas aparcadas en la acera. Afortunadamente era simplemente una advertencia y no tuvimos que pagar nada. Pensamos durante un rato a dónde podíamos ir y nos dimos cuenta de que aun no habíamos visto a los famosos rockabilly, así que decidimos buscarlos y comprobar si a esas horas todavía seguirían bailando. Cogimos las bicis y tras andar un rato llegamos a una explanada que estaba a la entrada de un parque, y allí estaban. Tras estar un rato viéndoles, entramos en el parque, que resultó ser el propio Parque Yoyogi, pero la zona que está más al sur. Resulta que el parque esta dividido en dos zonas. Una de ellas (la parte norte, de la que hablamos al principio de la entrada y donde estuvimos descansando) es como un bosque, con infinidad de árboles y pocas zonas con hierba. Sin embargo, la otra zona tiene enormes jardines y lagos en los que la gente se reúne para practicar artes marciales, yoga, clases de baile o cualquier deporte. En resumen, que ésta era la zona a la que teníamos que haber ido a la mañana a descansar. Fue una pena, pero enseguida empezó a anochecer y se nos echo encima la hora de volver al hostal, por lo que no pudimos disfrutar de esa parte del parque tanto como nos hubiera gustado. Al llegar al hostal dejamos las bicis en la recepción y nos fuimos a comprar algo para cenar. Como ya eran las 7 de la tarde, cogimos el portátil y, mientras cenábamos, vimos el partido de nuestro equipo, la Real Sociedad, que jugaba a las 12:00 hora española. ¡Por una vez los horarios raros de la liga sirvieron para algo! Como no podía ser de otra forma perdieron, y poco después de que terminase el partido nos fuimos a la cama, que entre una cosa y otra llevábamos cerca de 40 horas despiertos habiendo dormido solo 30 minutos en el ferry de vuelta desde Hamakanaya hasta Kurihama y unas 3 horas en el Parque Yoyogi. http://www.youtube.com/embed/cqLS9MOcszs?wmode=transparent link: http://www.youtube.com/watch?v=cqLS9MOcszs PASATE POR LAS OTRAS PARTES DEL POST:
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j@jhonatan071/27/2013+0-0
@jhonatan07 jajajaja ok culpa mia que soy un boludo jajajaja muchas gracias!
A@Anónimo1/27/2013+0-0
Hehe amigo, en la parte 1 aclare que no fui yo el que viaje! Mirate las tres partes podras darte una idea de como sera el viaje! Saludos
A@Anónimo1/27/2013+0-0
jajaja, no sos vos el del post, pero igualmente muy buenos videos, porque yo pienso viajar a Japon y esto me es de vital importancia!!!!!
A@Anónimo1/27/2013+0-0
Muchas Gracias amigo, espero te pases por las otras partes del post
A@Anónimo1/27/2013+0-0
Gracias espero tengas tiempo para pasar por las otras partes del post! Descrubre/Vive/Siente Tokio
A@Anónimo1/27/2013+0-0
Muy bueno!!
A@Anónimo1/27/2013+0-0
Muy buena presentacion del post y su contenido muy bien explicado

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