Bien sabido es el hecho de que la formación de nuestros hijos pasa por varias etapas, comenzando por la del hogar, obviamente como padres tenemos la responsabilidad de guiarlos y orientarlos, ellos igual gozarán de su libre albedrío, pero indudablemente los ejemplos recibidos y los valores inculcados, tendrán gran influencia en sus propias decisiones y actos.
La educación de nuestros hijos solemos endosarla a los maestros, por distintas circunstancias, muchas de ellas por ignorancia, además por falta de tiempo, asumimos que nos corresponde la orientación básica, los cuidados necesarios y de alguna manera vamos aprendiendo día a día a ser padres, porque además los niños no vienen con un manual bajo el brazo como muchos quisieran.
Si logramos entender que la principal semilla la sembramos en el hogar y nuestros hijos germinan desde esa semilla, si entendiéramos que su felicidad nace de los ejemplos que ve en casa, del calor o el sufrimiento del hogar.
Quizás pudiéramos tener una mayor influencia positiva en su felicidad venidera, muchos niños lastimosamente arrastran durante toda su vida los errores o vivencias de sus padres y esto de alguna manera se convierte en un obstáculo para su propia felicidad.
No se trata de convertirnos en perfectos padres, de pretender aparentar ante ellos una especie de estabilidad casi matemática, sin embargo, es necesario que entendamos, que somos grandes responsables de los sueños de nuestros hijos, que lo que reciben de nosotros condiciona su vida para siempre, de esta manera si ven y reciben amor, esto es lo que reproducirán, lo mismo ocurre con el maltrato.
Inculcar respeto, voluntad, humildad, bondad, amor y tolerancia en nuestros hijos, entre otras emociones, sentará un precedente importante en sus vidas, más aún si ésta semilla va acompañada de ejemplos, ¿quienes más que sus propios padres son su espejo?, ¿a quienes buscan imitar los niños? en todo sentido debemos cuidar la educación que le damos a nuestros hijos.
No podemos responsabilizar a nadie más, no podemos endosar la educación que no han recibido en el hogar, a la escuela y peor aún a los propios niños.
La felicidad de nuestros hijos cuando llegan a su etapa adulta, suelen buscarla o dejarla ellos mismos, independientemente de lo que pensemos o queramos para ellos, afortunadamente ellos pueden elegir, sin embargo, lo que les damos crea un piso sólido o una frágil canoa, sobre la cual ellos levantarán su vida.
Los padres solemos dejar marcas importantes en nuestros hijos, sino cada quién puede preguntarse lo que recuerda de sus padres, por simple o tonto que parezca, son recuerdos que nos han marcado y que o queremos revivir con nuestros hijos o quisiéramos olvidar para siempre.
Hoy día no podemos alegar ignorancia, existen miles de maneras de instruirse sobre las mejores maneras de encaminar a los hijos, hábitos, disciplina, métodos y técnicas, pero existe una esencial que no se aprende en ninguna parte y de la cual no debemos ser mezquinos, es el amor que brindamos a nuestros hijos, con cada mirada, cada palabra de aliento, cada caricia y cada instante que dedicamos a ellos, estarás contribuyendo de manera directa e implacable en su propia felicidad.
La educación de nuestros hijos solemos endosarla a los maestros, por distintas circunstancias, muchas de ellas por ignorancia, además por falta de tiempo, asumimos que nos corresponde la orientación básica, los cuidados necesarios y de alguna manera vamos aprendiendo día a día a ser padres, porque además los niños no vienen con un manual bajo el brazo como muchos quisieran.
Si logramos entender que la principal semilla la sembramos en el hogar y nuestros hijos germinan desde esa semilla, si entendiéramos que su felicidad nace de los ejemplos que ve en casa, del calor o el sufrimiento del hogar.
Quizás pudiéramos tener una mayor influencia positiva en su felicidad venidera, muchos niños lastimosamente arrastran durante toda su vida los errores o vivencias de sus padres y esto de alguna manera se convierte en un obstáculo para su propia felicidad.
No se trata de convertirnos en perfectos padres, de pretender aparentar ante ellos una especie de estabilidad casi matemática, sin embargo, es necesario que entendamos, que somos grandes responsables de los sueños de nuestros hijos, que lo que reciben de nosotros condiciona su vida para siempre, de esta manera si ven y reciben amor, esto es lo que reproducirán, lo mismo ocurre con el maltrato.
Inculcar respeto, voluntad, humildad, bondad, amor y tolerancia en nuestros hijos, entre otras emociones, sentará un precedente importante en sus vidas, más aún si ésta semilla va acompañada de ejemplos, ¿quienes más que sus propios padres son su espejo?, ¿a quienes buscan imitar los niños? en todo sentido debemos cuidar la educación que le damos a nuestros hijos.
No podemos responsabilizar a nadie más, no podemos endosar la educación que no han recibido en el hogar, a la escuela y peor aún a los propios niños.
La felicidad de nuestros hijos cuando llegan a su etapa adulta, suelen buscarla o dejarla ellos mismos, independientemente de lo que pensemos o queramos para ellos, afortunadamente ellos pueden elegir, sin embargo, lo que les damos crea un piso sólido o una frágil canoa, sobre la cual ellos levantarán su vida.
Los padres solemos dejar marcas importantes en nuestros hijos, sino cada quién puede preguntarse lo que recuerda de sus padres, por simple o tonto que parezca, son recuerdos que nos han marcado y que o queremos revivir con nuestros hijos o quisiéramos olvidar para siempre.
Hoy día no podemos alegar ignorancia, existen miles de maneras de instruirse sobre las mejores maneras de encaminar a los hijos, hábitos, disciplina, métodos y técnicas, pero existe una esencial que no se aprende en ninguna parte y de la cual no debemos ser mezquinos, es el amor que brindamos a nuestros hijos, con cada mirada, cada palabra de aliento, cada caricia y cada instante que dedicamos a ellos, estarás contribuyendo de manera directa e implacable en su propia felicidad.