InicioApuntes Y MonografiasEl primer abogado que maté en la guerra en Perú
Lamentaré eliminar a quien comente cosas fuera de lugar por no leer seria y atentamente esta confesión sincera y sentida. El sudor me corre al escribirlo recordando los hechos. 1993. Miles de terroristas eran capturados y devueltos a las calles al día siguiente o en pocos días. Los esfuerzos de nuestros compañeros del ejército muertos o heridos que se sacrificaron para llevarlos a prisión (y en mi caso conteniéndome de matarlos ahí mismo) era inútil en la mayoría de casos. La izquierda comunista peruana estaba bien organizada con tropas de hábiles abogados, y sobre todo, con amenazas de muerte a jueces y fiscales; no solo eran palabras, ya se había matado decenas de ellos y a sus familias. Los juristas temblaban de miedo por sus vidas y las de sus hijos y cónyuges. Estábamos devastados por las noticias, uno de los muertos en el último enfrentamiento era mi ex-compañero de la escuela; nuestro ánimo estaba sumergido en un apestoso sanitario y en Lima los periódicos de izquierda luchaban contra las acciones que el gobierno imponía, por ejemplo el poder entrar a las universidades tomadas por los criminales, que con las nuevas leyes, ya se podía realizar. Los terroristas mataban y se escondían en aquellas casas de estudio donde nadie, ni el presidente ni el Papa, podía entrar. Recuerdo que los militares y policías mirábamos impotentes como se burlaban desde los balcones luego de volar autos, bancos, comisarías, con personas dentro y fuera, cuyos despojos quedaban desparramados en las pistas, colgajos y miembros en techos de casas, ramas, cables de teléfono. Era un espectáculo de terror; una carnicería callejera que mostraba los pequeños y grandes trozos de carne sangrantes colgando y manchando de todo alrededor. Fujimori ya había disuelto el Congreso con canallas senadores y diputados que lo único que querían era derribar al gobierno de turno sin importarle el pueblo que votó por ellos, hambriento, aterrorizado y masacrado por jaurías marxistas imparables. Cuando salió el presidente por TV anunciando esa decisión no hubo casa que no festejara. Entre ellas la mía. Entonces me imaginaba, regodeándome, lo que haría con esos terroristas hijos de puta disfrazados de estudiantes. Los llenaría de agujeros apenas los tuviera al frente si se atrevían a respirar demasiado fuerte. Al llegar el día soñado lamentablemente la mayoría de "universitarios" se entregó pacíficamente abandonando su artilleria; pero tuve la dicha de que cinco se envalentonaran y salieran mostrando armas de fuego, cartuchos de dinamita y granadas amenazándonos. Por supuesto ensuciamos a balazos con sus sesos y tripas paredes y pisos sin pudor y me gustó contemplar largamente a algún agonizante mientras moría temblando y pidiendo ayuda con los ojos hasta que quedaba quieto y su lengua se tornaba morada. No acostumbraba a escoltar a los prisioneros porque soy muy torpe y al hacerlos pasar por las puertas sus cabezas y narices acostumbraban chocar contra los dinteles y paredes y los delicados imbéciles se quejaban amargamente mientras limpiaban sus fluídos. Tuve algunos regaños de mis superiores pero ellos sabían que todos los terrucos que enfrié murieron en nuestra defensa vital y la de la patria. Pero seguían soltando a los asesinos más peligrosos; jueces y fiscales lo hacían por el terror y por librar a sus seres queridos de esa pesadilla. Había un conocido abogado, un marica de izquierda pro terrorista, líder de otros abogados que ayudaban por su ideología, y también por su lascivia homosexual, a liberarlos. Muchos reos acudían a él porque su otra manera de cobrar era que, a cambio, los acusados al salir lo sodomicen, uno por uno o en grupo después de una borrachera con los más finos licores para celebrar su libertad. Así armaba orgías con sus otros camaradas putos donde eran alegremente atravesados por los miembros terroristas. Para qué me enteré de su nombre y donde atendía a los fascinerosos. Una fuerza inxplicable me hizo ir al lugar vestido de civil, en secreto, solo con mi F92 y mi cuchillo KaBar para intentar ver la manera de apagar su alegre e inescrupulosa vida. Así de estúpido me ponía la rabia. Entré al viejo edificio del centro de Lima y esperé a que los últimos familiares de terrucos conversen sobre la liberación de sus engendros. Yo hacía 20 minutos me había encontrado con su vigilante que se sentaba en una silla viendo quien circulaba por el pórtico del edificio, abajo, en el piso de entrada. Desde su ángulo el guardia veía los ascensores y la puerta de la escalera. Yo había entrado desde la calle rápidamente y cerrado esa puerta hacia donde me siguió insultándome. Tenía un arma en su regordeta mano; hice ruidos como que subía y cuando abrió guardé en su pecho la negra hoja de mi KaBar. Luego lancé su perfumado cuerpo a un piso debajo, donde estaba la basura. Tranqué el paso porque el charco de sangre era demasiado grande y subí rápidamente los 11 pisos mientras me limpiaba y cambiaba de camisa por aquella que tenía en la bolsa de plástico. Tuve que cambiarme también los zapatos por las pegajosas manchas. Beretta en mano me aseguraba que no hubiera otro vigilante en la oscura subida. Se fueron los últimos clientes del abogado y al abrir nuestras miradas se cruzaron; le dí mi mejor sonrisa mientras me alisaba el cabello tensando los bíceps sin quitarle los ojos de encima. La generosa cantidad de agua de colonia que me eché mientras trepaba la escalera sin esfuerzo hizo el resto. Me dejó entrar entre confundido y ansioso. La mayoría de terroristas a los que ofrecía el culo, a diferencia de sus amos los líderes intelectuales, eran pequeños, bastante pequeños. Me hizo pasar a su estrecha oficina, amanerado, me dijo que dejara mi fea bolsa por ahí y preguntó si deseaba un trago para refrescarme del calor a pesar del viento de la ventana abierta, le dije que si sonriente y puse mi mano delicadamente en su nuca, el también sonrió y con un rápido movimiento golpeé su cara contra el bar; era un tipo frágil y pesaría unos 65 kilos. Le tapé la boca y lo levanté para hacerlo volar por la estrecha ventana. Oí el grito agudísimo que exhaló mientras caía en el estacionamiento de autos once pisos abajo. Al echar una mirada ví que su cabeza había estallado en el concreto. Afortunadamente no dañó ningún vehículo ni persona. Todo salió mal, no sirvo para planificar, soy muy impetuoso y cualquier torpe detective aclararía el caso por la tremenda cantidad de rastro dejado. Mojé con agua la sangre de mi ropa en la bolsa para que alcanzara a escribir en la pared de la oficina"Me rompiste el corazón maldito". Por lo menos confundiría un poco las investigaciones que, por las circunstancias del país y la fama del defensor, llegaron a ser interrumpidas y enterradas. Suerte de principiante. Tiempo después el gobierno organizó "los Jueces sin Rostro" en tribunales militares donde enmascarados oficiales juzgaban a terroristas y delincuentes peligrosos. Nadie sabía quienes eran y sus familias no corrían peligro. Los juicios eran rápidos y concluyentes, cadena perpetua para los criminales más salvajes. Abimael Guzmán había caído, el jefe psicópata de Sendero Luminoso fue sentenciado a cadena perpetua donde sigue vivo. Empezó un tiempo de paz y seguridad donde se empezó a modernizar y reconstruir el destruído país. Pero mi historia no termina ahí. Campesinos enterrando a sus hijos muertos por los terroristas
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