InicioApuntes Y MonografiasEl pozo del tesoro
Quien más o quien menos ha leído La isla del tesoro, del escocés Robert Louis Stevenson, una adictiva novela de aventuras publicada por primera vez por entregas en la revista infantil Young Folks, entre 1881 y 1882. Y quien no haya leído la novela, habrá visto alguna de sus adaptaciones cinematográficas. O habrá leído alguno de los cómics que ha inspirado. O al menos habrá oído hablar de ella. Para quien no tenga la menor idea de lo que estoy hablando, sin embargo, ahí va un resumen del argumento: un mapa cuya X marca el tesoro y un grupo de piratas que parten en su busca. El arranque más esencial de la aventura. Y es que ¿quién no ha soñado alguna vez con buscar un tesoro? Uno de estos tesoros que aún sobreviven al mundo adulto es el que se esconde en las entrañas de laIsla del Roble (Oak Island), en la costa atlántica de Canadá. Desenterrando el tesoro Como el protagonista de La isla del tesoro, Daniel McGinnis era muy joven cuando llegó a la Isla del Roble, una extensión de tierra de apenas 5 kilómetros cuadrados situada en Nueva Escocia. Bueno, en realidad, pese al nombre, la Isla del Roble no es una isla sino un istmo. Se llamó tradicionalmenteisla porque, vista desde el mar, es lo que parece. Pero uno podría llegar a ella andando tranquilamente desde tierra firme. Por eso no ha de extrañarnos la juventud de Daniel. Tenía sólo 16 años. El año era 1795. También como el protagonista de La isla del tesoro, Daniel era un entusiasta de los relatos de piratas. Es por ello que al toparse con una depresión circular de tierra removida, se detuvo a investigar. Cuando observó que el árbol que crecía junto a la depresión presentaba unas ramas llenas de rozaduras, como si se hubieran usado para ajustar una polea, y también restos podridos de aparejos de un barco, Daniel tuvo el pálpito de que allí abajo podría haber algo interesante. Junto a sus amigos, John Smith y Anthony Vaughan, empezó entonces a cavar en el misterioso agujero. Al poco tiempo, les asaltó otro hallazgo. Sólo habían cavado unos 60 centímetros y el pico golpeó una especie de capa de losas que cubría una fosa. Rompieron las losas y continuaron cavando. A 3 metros, otro obstáculo: una capa de troncos de roble. Se deshicieron de los troncos, no con pocos esfuerzos, y continuaron profundizando en el agujero, presos de la sensación de que se estaban aproximando a algo muy valioso. ¿Por qué, entonces, alguien iba a tomarse la molestia de interponer aquellos obstáculos? A los 9 metros, todo un logro para tres adolescentes, otro estrato de troncos dispuesto para desalentar su búsqueda. En esta ocasión, era demasiada la profundidad para conseguir apartar todos aquellos troncos que obraban como la puerta a un templo lleno de tesoros inimaginables. De modo que se rindieron, pero sólo eventualmente. Algún día regresarían mejor preparados, y con refuerzos. Alrededor de 1803, junto a la compañía de minería Onslow, los tres aventureros regresaron a la Isla del Roble con la convicción de que llegarían hasta el fondo de aquel hoyo. Equipados con muchos más medios, atravesaron la segunda barrera de troncos y empezaron a cavar de nuevo. Entonces se toparon con algo más extraño. Cada 10 metros, justo cada 10 metros, otra barrera les salía al paso. Capas de troncos fortalecidas con otras capas de carbón de leña y fibra de coco (la fibra de coco, por cierto, no existía en Nueva Escocia ni en cualquier otro lugar próximo: el más próximo sería Bermudas, a más de 2.000 kilómetros de distancia). Cuanto más penetraban en la Isla del Roble, más impedimentos encontraban para seguir adelante. Pero esta circunstancia, más que disuadirles, avivaba su entusiasmo por el agujero: cuanto mayores fueran las medidas de seguridad, mayor sería el tesoro que estas medidas tratarían de proteger. Una lógica, en principio, bastante sólida. Los buscadores de tesoros llegaron hasta los 28 metros de profundidad. Allí fue donde hallaron la señal que despejaba cualquier duda que pudiera haberles invadido durante el interminable trabajo. Desenterraron una gran piedra de pórfido (material también prácticamente inexistente en toda Norteamérica) en la que leyeron una inscripción llena de símbolos extraños. Finalmente, descifraron los símbolos al descubrir que estaban encriptados bajo un código sencillo de cifras. El mensaje decía lo siguiente: doce metros más abajo, dos millones de libras se encuentran enterradas. Continuaron la excavación con energías renovadas, más excitados que nunca, pero entonces llegaron a una capa subterránea de agua que se filtró al hoyo y lo inundó hasta una altura de 10 metros. A pesar de que bombearon el agua durante horas, el nivel no descendió ni un ápice. De nuevo se rindieron. Al año siguiente, el equipo regresó con herramientas más sofisticadas y con una idea nueva: si el agujero estaba tan bien protegido, ¿por qué no cavar un agujero paralelo al agujero original que probablemente se hallaría exento de obstáculos? Una vez llegaran a la profundidad apropiada, sólo tendría que cavar horizontalmente hasta llegar a la cámara donde se alojaban los prometidos dos millones de libras. Sin embargo, el agua acabó también inundando este segundo agujero. Aunque la bombearan, la trampa era tan sofisticada que el agujero volvía a llenarse siempre de agua de mar. No había forma de contener la inundación, de modo que la búsqueda fue abandonada durante los siguientes 45 años. Y es que el rumor de que bajo la Isla del Roble se hallaba un tesoro de dos millones de libras acabó por seducir a muchos otros ambiciosos que se creyeron capaces de superar las innumerables trampas del agujero. En 1849, una excavadora encontró en el agujero eslabones de una cadena de oro y un fragmento de pergamino que relacionaba el tesoro con Francis Bacon. En 1936, por ejemplo, un popular cazatesoros llamado Erwing Hamilton admitió que el agujero debía de ser artificial, aunque propio de una ingeniería muy avanzada para su tiempo. Además, la roca y grava que obstaculizaban el hoyo ni siquiera podían pertenecer a la geografía de la Isla del Roble, de modo que habían sido importadas de algún otro sitio. Hamilton no consiguió llegar al tesoro. En 1959, Bob Restall y su familia lo intentaron por su parte. Pero Bob murió ahogado en el agua del hoyo. Su hijo y dos trabajadores que habían intentado rescatarlo se quedaron inconscientes cuando inhalaron algún tipo de gas, quizá el monóxido de carbono que desprendía algún generador.En 1965 incluso se construyó una calzada en la isla que permitía que las pesadas grúas se internasen por el terreno hasta el lugar de la excavación. En 1967-69 se hallaron maderas del siglo XVI y un fragmento de latón muy antiguo. En 1970 lo intentó la compañía Triton Aliance. Con muchos más medios tecnológicos, fueron un poco más lejos, llegando a encontrar más cosas desconcertantes bajo la Isla del Roble: diversas estructuras de madera con números romanos tallados y otras con más de 250 años de antigüedad que tenían clavos de hierro forjado. Ya nadie estaba seguro de la naturaleza del tesoro de la Isla del Roble. Pero la isla estaba presentándose tan rara como la isla catódica de Perdidos, de modo que Triton Aliance, a modo de Hanso Foundation, adquirió la isla para seguir experimentando en ella hasta la década de 1990, cuando la exploración se detuvo debido a una batalla legal entre los socios de la compañía. Pero hasta 1990, Triton Aliance hizo nuevos hallazgos sorprendentes. El más importante fue el de 1976, en la perforación que se conocía como 10-x-237: pies de tubos de acero de 55 metros, hundidos al noroeste del agujero. También encontraron otras cavidades artificiales. Usando una cámara de video que introdujeron subterráneamente por lugares infranqueables, grabaron algo que les dejó helados: partes de un cadáver humano, así como tres extrañas cajas que supuestamente eran tres cofres del tesoro. El intento de llegar hasta ellos resultó de todo punto infructuoso, pues el agua anegó la entrada del agujero y finalmente el agujero se derrumbó por completo. En la historia por recuperar un tesoro que nadie ha visto, 6 personas dejaron su vida en la Isla del Roble, además de una inversión de millones de dólares... Aún había mucho más que encontrar. O no. Y es que, a veces, la fe produce más daño que beneficio. La fe en encontrar un tesoro de incalculable valor en la Isla del Roble es un caso de este tipo de fe. Todos los que allí cavaron lo hicieron bajo el dictamen de la inquebrantable fe en algo que jamás habían visto. Una fe que fue alimentada por toda clase de rumores e hipótesis sobre los orígenes del presunto tesoro. Unos decían que podría pertenecer a un rico constructor francés que hubiera escondido allí sus riquezas para protegerlas de los ingleses durante la colonización de América. Otros atribuyen el tesoro a los vikingos que visitaron América. Los más fantasiosos, que el tesoro pertenecía al capitán Kidd, quien ya había afirmado que su tesoro iba a ser enterrado en un lugar donde ni Satanás pudiera encontrarlo. ¿Qué mejor lugar podría ser ése que la Isla del Roble? También se habló de otros piratas, como sir Francis Drake oHenry Morgan. Y los que sugerían que las inscripciones de la piedra de pórfido pertenecían a un dialecto copto, sostuvieron que allí se escondía en realidad una tumba que guardaba relación con el antiguo Egipto. Ahora, la Isla del Roble está abandonada y llena de agujeros. Ni siquiera se conoce ya el paradero del hoyo original que supuestamente conduciría hasta la cámara del tesoro. Y la ciencia la ha despojado de toda su aureola de misticismo. Materiales que no era posible que existieran en la isla, fibra de coco procedente de las Bermudas, obras de ingeniería que exceden los conocimientos de la época, un sistema de túneles que parecían inundarse cuando alguien intentaba acceder a ellos. Poco a poco, todos estos prodigios han perdido la cualidad que les atribuían los buscadores de tesoros. Continúan siendo sorprendentes, pero desde otro punto de vista. Así que ajustemos las lentes del microscopio y vayamos a ello. Aunque por latitud, Nueva Escocia está al mismo nivel que La Coruña, en Nueva Escocia hace mucho más frío que en Galicia debido a las corrientes de aire del Atlántico. El verano es agradable, pero también la región está sujeta a fuertes subidas y bajadas de la marea y a tormentas poderosas.Nueva Escocia es una región muy rica pero también muy solitaria: la población canadiense no se concentra en las costas debido a los rigores del clima. En otras palabras: el lugar es accesible, pero poca gente llega a él porque en principio no hay nada interesante que ver, salvo quizá una exuberancia paisajística digna de cualquier cámara fotográfica. En 1970, un análisis efectuado por el Consejo Nacional de Investigaciones de Canadá sobre las fibras de coco encontradas en la Isla del Roble desveló que su datación se remontaba aproximadamente al año 1200 (3 siglos antes de que los primeros exploradores europeos visitaran la región). Entonces ¿quién llevo hasta allí los cocos y los enterró a aquella profundidad? La verdad es que nadie que fuera humano, pues fue la propia geología de la Isla del Roble la que lo hizo posible. El suelo de la región está compuesto básicamente de piedra caliza y de anhidrita, es decir, un tipo de suelo propicio para que se formen cuevas naturales. Los hundimientos naturales del terreno, junto a las tormentas que arrastraban troncos de roble y de abeto hasta los hundimientos, fueron los responsables de esos pozos que cada cierta profundidad presentaba capas de troncos. Esta hipótesis se confirma al estudiar los testimonios de otras personas que también cavaban en la isla por motivos bien diferentes (arando la tierra, por ejemplo) y a menudo se topaban con barreras de troncos, piedras y demás deshechos que les dificultaban el trabajo. Las corrientes oceánicas, finalmente, trajeron cocos desde lugares lejanos, que se colaron por las cuevas submarinas de la isla hasta llegar a los pozos naturales que se formaban en aquel terreno con tendencia a ser una laberíntica colmena de abejas. Luego quedan otros misterios que no han sido explicados satisfactoriamente. Como la gran piedra cuya inscripción prometía un tesoro de dos millones de libras. Lo cierto es que no existe ninguna prueba física de la piedra, ni tampoco fotografías. Y suena bastante sospechoso que los buscatesoros hallaran una inscripción tan obvia como ésta justo cuando la compañía minera Onslow estaba a punto de retirarse de la excavación por problemas de financiación. A continuación, el hoyo se inundó de agua y la piedra desapareció. Así que muchos investigadores han llegado a la conclusión de que la piedra no fue más que un anzuelo que Onslow creó para atraer nuevas inversiones para continuar con su sueño. No hay filmaciones de vídeo sobre cadáveres o cofres. Tampoco se tienen registros fehacientes sobre el relato de Daniel McGinnis y el hecho de que se encontraran obstáculos justo cada 10 metros. Cualquier otro objeto extraño que la gente pudo haber encontrado en la Isla del Roble simplemente fue traído por la marea e introducido en las aguas subterráneas de los túneles, como si fuera un vertedero de objetos descabalados que poco a poco irían situándose en diferentes estratos de tierra. Objetos que alimentaban cada vez más las fantasías de los que leían sobre la Isla del Tesoro al igual que el niño que lee La isla del tesoro. La isla, por cierto, se puso a la venta por 6 millones de euros, lo cual no resulta muy buen negocio si el tesoro que alberga se calcula que hoy en día vale 1 millón de euros. Todo el misterio de la Isla del Roble, pues, se explica gracias a fenómenos completamente naturales. Pero entonces la Isla del Roble se revela interesante por otros motivos. Esos motivos que provocan que la mente de tres adolescentes influidos por historias de piratas vuele sin control. Y entonces la búsqueda del tesoro continúa teniendo mucho sentido: el tesoro, entonces, ya no son dos millones de libras sino la simple y llana verdad. La fascinante e instructiva verdad llena de oscuros misterios. Lo mismo sucede con el mapa del tesoro que obtuvo Jim Hawkins tras la pelea con la banda del ciego Pew en La isla del tesoro. Lo que le transmitía realmente aquel mapa lleno de indicaciones geográficas para localizar la isla, como latitud, longitud, sondas o nombres de colinas, bahías y calas, no era X donde se escondía el tesoro. En realidad, ese pedazo de mapa era un anuncio de aventura, emocionante, intensa y absorbente. FIN DEL POST Todos pueden comentar, pero comentarios ofensivos seran eliminados.
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