Hola, linces de las estepas siberianas, hoy me quiero confesar a medias con ustedes. Creo que jamás les he dicho a qué me dedico para ganarme la vida. Pues bien, yo creo que eso no interesa mucho, pero bue... les voy a decir que trabajo como investigador criminal, y aquí les voy a poner un caso reciente que causó mucha conmoción aquí en el país, no sé si recuerdan el caso de una masacre en Santiago del Estero. Les voy a dar una pequeña relación de lo que pasó, voy a cambiar nombres tanto de los de Investigación, mis jefes y direcciones, asi como el mío. Lo hago porque me he dejado llevar por el espiritu taringuero. Ahí les va...
Fue el día de Navidad cuando entró a mi cubículo el teniente de policía Juan Francisco Alomar, coordinador de la sección de homicidios de la Estación Policial de S... Como es su costumbre, se me acerca -estoy al lado de mi colega Pedro Asturias, y me ve con aquella su malicia y escasa buena voluntad.
Antes de su llegada, habíamos estado discutiendo con Asturias, mejor dicho, configurando un gran rompecabezas, «el crimen del año», uno que, por lo encarnizado, había conmocionado a la ciudad de S... hasta sus cimientos: en una madrugada de noviembre, sin previo aviso, diez cuerpos (incluidas tres mujeres) aparecieron muertos en la esquina de una abarrotería concurrida del Centro.
–Los hombres del Chepo –sugería Asturias–. Es su «sello», el famoso «barrido de paisanos».
–No creo –lo rebatía–. Su gente acostumbra a bajarse del carro, interrogar antes a una de las víctimas y por último a «barrerlas» con plomo. Siempre dejan una nota que explica el móvil que los llevó a ejecutarlos.
–Cierto. ¿Otra pista?
–¿Ves las marcas de llantas en el suelo?
–Sí.
–Son de turismo, posiblemente un Toyota Camry.
–Perfecto. Sabemos que los hombres del Chepo se conducen en carros de doble tracción y paila. Pero… ¿y si fuera para despistarnos?
–Se anularía el «mensaje» –le contesté–. Es necesario que sus riva-les sepan que fue él el ejecutor.
–Entiendo –dijo Asturias–. ¿Entonces quién?
–Mirálo por vos mismo –le dije alcanzándole un fajo de fotografías.
En las de enfrente aparecían una mujer y un hombre sentados en la trompa de un carro turismo.
Asturias cayó de inmediato en la cuenta.
–¿Podrá ser? ¿No es el cuñado?
–Sí –dije, seguro–. Y fue este coche el que utilizó para perpetrar el crimen. Las marcas de llantas calzan.
–¿Seguro, mi querido Ulises?
–Mucho más si tomás en cuenta esta nota electrónica.
Se leía:
«He tenido paciencia con vos, ya me hartáste. Vas a pagar. Lo ju-ro».
Asturias parpadeó. ¿Envolvía el asunto un hecho amoroso?
–¿De dónde lo sacaste?
–De su celular. Se llama Martika.
–Aparte de cuñada, ¿era su mujer?
–Sí.
–¿Celos?
–No.
–Me confundís…
Reí. Le alcancé una roída tarjeta de banco.
–Cuando fuiste a la financiera –le dije– a pedir los estados de cuenta de los victimados, ¿no advertiste la exagerada suma de dinero que ingresó a la de Martika?
–Sí, pero jamás hubiera creído que provenían de la cuenta de su cuñado.
–Ahí tenés pues –dije satisfecho–, las evidencias, el móvil, las víctimas y al autor de los crímenes. ¡Otro caso de impago resuelto!
Entonces, luego de esta victoriosa exclamación, se nos había acercado el teniente Alomar, el coordinador que no le caía bien a nadie, ni siquiera a su mujer. Mal sobresalía por su indispuesto carácter, que muchos tenían por «fuerte» y que otros alababan; conmigo no congenia-ba. Sin embargo, al momento de tratarnos, siempre guardaba las distancias, se volvía delicado y hasta se permitía algunas bromas.
Al traspasar la puerta dijo:
–Feliz Navidad, agente Ulises.
A Asturias le tendió la mano.
–¿Y ese milagro? –pregunté casi con indiferencia.
–Tengo en mis manos uno de los casos más interesantes de la historia criminal del país.
–Ese es cuento viejo –le respondí, escéptico.
–Viejos los caminos…
–Es una pena que yo esté muy ocupado estos días –anticipé, su-mergiéndome en mi trabajo.
–Lo dije: es de los más interesantes, de los que tanto gustan en estimular una mente inquieta como la suya.
–No por ahora…
–Verá…
–Lo siento, mi estimado…
–Quizá a Asturias le interese –dijo, alcanzándole los papeles, en una táctica digna de Sun Tzu.
Mi colega se volvió para verme. «Agarrálo», parecía decirme. Le lancé una mirada rápida pero sin mover la cabeza.
–Escudríñelo –le propuso.
–No creo que pueda –le contestó Asturias.
–Ni siquiera porque en él se encuentran las peripecias de un «vidente».
Fui incapaz de contener las carcajadas.
–¿De qué se ríe? –me preguntó contrariado.
–De nada, de nada.
–¿Un vidente? –dijo asombrado Asturias–. Dios mío, tan bajo hemos llegado…
–No tanto –le respondió serio–. Ha acertado en siete de diez casos.
Me recosté en el asiento con las manos atrás del cuello.
–¿Ha estudiado usted, teniente, las leyes probabilísticas alguna vez? –le pregunté jugando.
–Por favor…
–Arroje una moneda diez veces al aire y verá cómo el azar, en fun-ción análoga, acertará siete de diez en cara o sol…
–Lo dice usted con el ánimo de generalizar… El vidente no sólo ha acertado con sus predicciones, sino que nos has dado en detalle el cómo, en qué lugar y por qué han sido cometidos estos crímenes…
–No me sorprende –dije sin tacto y por vacilar–: Él es el asesino.
Al son de mis palabras, hizo su aparición el «vidente», un tal Simón.
–¿Es lo que piensa de mí? –me preguntó con voz profunda y gutu-ral.
–Disculpe –me excusé, aunque sin remordimiento–. No lo enuncié en serio; aunque siendo franco tampoco creo en poderes síquicos ni so-brenaturales.
–¿Es usted ateo? –interpeló casi en una acusación.
–No –le respondí, por absolver mi anterior grosería–. Incluso me doy mis vueltas por la iglesia de vez en cuando.
–Si cree en la Naturaleza de Dios, entonces ha de creer en la esencia espiritual que rige nuestro Mundo, y por ende en mí y mis dones.
Pude sentir un rastro de proverbial insolencia en su réplica, peor aún, uno de engreimiento barato. Se cubrió el Simón con su túnica de satén amarillo, ribeteada de encajes indios purpura, acarició los anillos ensartados en cada uno de sus diez dedos y ajustó las gruesas cadenas que le colgaban del pescuezo. El cabello lo tenía teñido de un rubio cenizo. Sus ademanes eran lentos, algo graciosos y lo afeminaban.
–Le repito –dije–: no creeré en usted hasta que me demuestre su supuesta capacidad síquica.
–Acepte hacerse cargo del caso –me retó.
–¿Hay algún estimulo? –le contesté, artero–. Por otra parte, sigo muy ocupado.
–¿Teme? –dijo sonriendo.
Iba a responderle, pero enseguida el vidente sacó de sus embro-lladas ropas un plano urbano de la circunvalada ciudad de S... y también un péndulo adivinatorio. Lo desplegó en mi escritorio, posó el instrumento encima del papel, arrugó la frente, apretó los ojos y la plomada comenzó a girar, despacio al principio y rápido después.
Claro que aquello me divertía, pues cualquiera sabe que tales movimientos ondulantes se pueden explicar por influencia inconsciente del pensamiento sobre los músculos de la mano que sostiene el péndulo –en ocasiones y sobre todo entre jóvenes–, aunque, en el caso de los magos profesionales, la mayoría de veces se manifiesta de forma deliberada.
–Radiestesia –dije al desgaire–. Prefiero la ciencia de la deducción –zanjé.
Simón me quedó viendo fijamente. Supo que yo estaba al tanto de esa supuesta sensibilidad especial que parecen tener algunas personas para captar radiaciones electromagnéticas y de otros estilos, mediante un péndulo, un par de varillas móviles o un palito en forma de horquilla, y que se usa para descubrir manantiales subterráneos, yacimientos de minerales o ubicar personas secuestradas. Aunque había estudiado el fenómeno años antes, por curiosidad de investigador –la verdad es que esperaba, ilusamente, adquirir una ventaja competitiva–, nunca tomé en serio esa «facultad».
El péndulo se detuvo en un área específica.
–Colonia Villas del Sol –dije.
–Sí –añadió el vidente–. Veo además un puente, la noche que todo lo oculta, un auto rodar por la carretera, ¡aahhhh! –exhaló con dramatismo–, un río, dos muertes…
–¿De qué habla? –exclamé, fastidiado por su teatralidad.
–Es Rudolph –dijo.
–¿Rudolph?
–El asesino navideño –irrumpió el teniente Alomar–. Lo hemos llamado así porque siempre deja una nariz roja de plástico y una cam-panilla encima de las víctimas.
–Por Dios –exclamé–. Es así cómo se resuelven ahora los casos en la sección de homicidios, ¡con misticismo de segunda!
–Piense lo que quiera –me espetó el teniente–, pero Simón sabe acertar con sus predicciones. Hemos encontrado a cada una de las victimas justamente en los lugares que él nos ha señalado.
–¿Y de qué sirve? –lo pronuncié más por abochornar al supuesto vidente–, ¿de qué sirve que relampaguee después del trueno?
Simón volvió a mirarme con desprecio. Tenía razón, ya que mi actitud intolerante lo desacreditaba.
–Lo que ocurrirá esta noche de Navidad –dijo de presto– es un crimen que no se ha perpetrado aún.
–Lo que nos faltaba –gruñí–, un futurólogo.
–Sabía que se reiría de nosotros –dijo el teniente.
–Con semejantes razonamientos, por supuesto que sí.
–Tome el caso –me instó Simón– y convénzase usted mismo.
–Asturias podrá ayudarlo –terció el teniente.
Ladeé la cabeza. Aquello era insólito. ¿Qué ocurre con la policía científica?, suspiré. Sin embargo, y pensándolo bien, el «caso Rudolph» valía la pena.
–¿Me dice que será esta noche, cerca de la colonia Villas del Sol, pasando el puente y a lo largo de la carretera que bordea el río? –pregunté para salir del paso.
–Así es –dijo con expresión de santurrón y suma seguridad.
Y no dijo más pues, levantándose del escritorio, se retiró acompa-ñado del teniente. De este último me pregunté, no sólo por la increduli-dad sino por la ingenuidad desplegada, ¿si en verdad creería en tales supercherías un hombre que había sido entrenado en metodología de la investigación, informática, indagación operativa, análisis táctico e intervención?
–A veces suceden cosas que uno no puede explicar –dijo por fin Asturias.
–No me vengás con esas cosas, vos –le respondí, molesto.
–Mirá que a mí me pasó algo similar una vez: resulta que conocí a una chava, nos gustamos y fui un día a recogerla a su casa. Para empe-zar, me salió la mamá con un gran machete en la mano, huyo, luego la chava se le escapa, sale de la casa, me alcanza, hablamos, le tiendo el brazo, la rodeo, y al primer paso que doy, ¡plof!, que mi pie izquierdo cae en una cuneta, ja, ja… ¡De verdad! Me caí en la primera cita y al primer paso… Je, je, je… A los días que me sale un señor reclamándome el por qué me había metido con su novia, ja, ja, ja… ¿No fue aquella caída un aviso? ¿No fue aquel machete en manos de su madre otro? Por eso te digo que a veces hay cosas «increíbles» que pasan…
–A mí nunca me ha ocurrido nada –repetí; en el fondo mentía pues ¿no resolvía yo acaso los crímenes con tal sólo ver la disposición de un objeto en la escena? ¿No se me venían a la mente y al instante aquella cascada de imágenes que reconstruían en el acto lo ocurrido? Pero una cosa no iguala a la otra. Yo le he achacado siempre esta habilidad a la ciencia de la deducción, que es eso, una ciencia empírica y comprobable, simple, con reglas y métodos asequibles para el conocimiento y enseñanza de cualquiera que deseara poseerlos. ¿Pero qué era todo aquello de creer en espíritus del mas allá? ¡Supercherías, charlatanerías, engañifas y tonterías!
–Rudolph –dijo Asturias– el apuñalador navideño.
–Correcto –dije–. Ya son cuatro las mujeres muertas.
–¿Has estudiado el caso?
–Sí, casi a escondidas.
–¿Qué opinás?
–¿Sobre sus patrones de ejecución?
–Ajá.
–De lo más burdo que existe; ni siquiera me quita el sueño.
–Te pasás…
–Digo, ¿qué es eso de dejar una nariz roja de plástico y una campanita? Ofende la inteligencia.
–¿Cuál es el supuesto significado?
–Ninguno. Únicamente quiere regalarle dolores de cabeza a la po-licía en esta temporada.
–¿Eso creés?
–Me parece que el sujeto quiere llamar la atención.
–¿De quién?
–No sé.
–¿De vos?
La pregunta era improcedente. Me alerté.
–¿Por qué me preguntás eso?
–Sos el mejor agente de investigación del país.
–Enfocás mal tu hipótesis.
–¿No te desafía?
–¿A mí?
–Eso creo.
–Pues creés mal. Hay tantas cosas por las que este tipejo mataría.
–No lo hace por dejar la nariz ni la campanita.
–¿Qué insinuás?
–Que está claro, vos lo dijiste: busca llamar la atención, ponerte a prueba, saber si sos tan listo como dicen las gentes y dejarte en ridículo ante todo mundo si no resolvés el caso.
–Je, je, je… Ahora veo que sos más egocéntrico que yo, je, je… Me achacás a mí lo que todos piensan de vos.
–Ulises, dejáte de modestias: sos el mejor y el hombre te está desafiando. ¿Qué dicen los informes? ¿Alguna pista del tipo?
–Ninguna. Nadie lo ha visto; tan sólo una sombra.
–¿Una sombra?
–Ancha, alta y veloz, así como la tuya.
Asturias cogió los folios y los hojeó minuciosamente, oración por oración, si se puede decir. Apuntó algunos datos en su libreta, la cerró, sacó una caja de cigarrillos, me ofreció uno, lo rechacé y encendió el suyo.
–¿Esta noche, eh? –dijo con los ojos afianzados en mí.
Me erguí en la silla, aventé la pluma en el escritorio, aspiré pro-fundo, me toqué la frente y dije:
–No voy a tomar el caso.
–¿Por qué no? –insistió Asturias–. Vos sos el indicado.
–Ya está resuelto –dije con arrogancia.
–¿Resuelto, decís? Si apenas has ojeado los folios.
–Sí, ¿pero y qué?
–Vos decímelo…
–Vas a entregar al asesino esta noche…
–¿Yo?
–Sí.
–No te entiendo, Ulises.
–Lo sabrás cuando estemos en la escena del crimen.
Asturias adquirió un color amarillento en su semblante; estaba nervioso y pude advertirlo en sus gestos de brazos. Después de mí, era el mejor agente de investigación de la nación. Mis palabras sencillamente lo habían dejado patitieso. Lo impensable asomaba en su rostro: ¿acaso insinuaba yo su participación en los crímenes cometidos por el asesino navideño? ¿Lo estaría acusando de ser Rudolph? ¿No podría haberlos ejecutado por envidia, para fastidiarme y «dejarme en ridículo» ante la sociedad y acaparar para sí mi gloria?
–Por desgracia –dijo Asturias al fin–, no podré acompañarte.
–Lo sé –le respondí, sereno, con la vista agudizada.
–¿Qué sabés? ¿Lo sabés?
–Sí.
Se dio media vuelta, frente a la ventanilla polarizada, al lado de la cortina plegable. ¿Acaso lo había descubierto Ulises desde el inicio? ¿Por qué no confesarlo ahora?
–Decíme algo –dijo Asturias–, ¿cómo lo averiguaste?
–Por medio de la ciencia de la deducción –le dije riendo– y el olor característico de un perfume femenino.
–¿Qué vas a hacer al respecto?
Me inquirió con una ojeada de atrevimiento.
–Nada –le contesté.
–Entonces me voy –dijo de súbito–. Si estás avisado, y no te mo-lesta, voy ahora mismo por ella.
–Es tu vida, amigo –le dije–, haz con ella lo que querrás.
Volví a sentarme. Sabía que Asturias se aparecería en la noche, a pesar de lo hablado. ¿Qué podía hacer yo? Como agente, nada, como hombre, aceptar el resultado. Releí el caso Rudolph. Realmente que sus patrones de actuación eran comunes y vulgares y quizá de lo que había sacado provecho y ventaja era de la inoperancia e ingenuidad de la policía. Sin darme cuenta, la noche me alcanzó en la oficina esa Navidad.
Hacía frío afuera, así que me abrigué con la chumpa y salí al lugar señalado por el vidente. Me sentía estúpido, aunque confiado, puesto que en esta ocasión no llegaría a desvelar un crimen sino a prevenirlo y con suerte a presenciarlo. Por lo que me había dicho Simón, sabía adonde dirigirme. Me escondí en la maleza junto a la carretera, próxima a la colonia. Al cabo de una hora de estar acurrucado, en acecho, vi a un carro estacionarse a lo lejos de la calzada y a un hombre, cogiendo el brazo de una mujer, descender de él. Era Asturias y su «novia». Me mantuve quieto.
Conversaban entre sí, abrieron una botella de ron, entrechocaron las copas, celebraban la víspera, mientras yo esperaba el momento. La carretera, muy oscura, no obstante, era bien transitada. Iban y venían buses, particulares aventando confites y reventando fuegos artificiales, animales domésticos abandonados y toda clase esperpentos salvajes.
De repente, Asturias hizo un giro destemplado de asombro, quizá urgido por una llamada de celular que recorrió límpida por la oscuridad, la mujer reculó y corrió a meterse al auto, seguida por el primero, que ingresó a la cabina, encendió el motor y arrancó con gran brusquedad.
Entonces lo vi, casi al instante. Parecía una sombra, y había es-tado oculta a pasos del auto, al que trató de detener sin éxito; fallida la maniobra, cruza la carretera y escapa por atrás de mi espalda, descu-bierta a mis sentidos por el crujido de tallos secos. No se percató de mi presencia, lo que aproveché para seguirla, arma en mano. Pronto es-cuché, desde la carretera, el paso de dos hombres y una mujer que iba rezagada y a mi propio celular vibrar en mi bolsillo. Sabía ya quién era el asesino, lo que había planeado hacer y cómo debía atraparlo.
Pero los hombres de la carretera, ignorantes de lo que ocurría, quisieron impedirlo y, descubriéndome, me atacaron con sus pertrechos, a disparos.
–¡Deténgase! –vociferaron.
La mujer gritó de horror al verme correr. Me escabullí detrás de la sombra que se eclipsaba en dirección al riachuelo. La alcancé justo cuando los hombres estaban a punto de prenderme. Luché por despo-jarla de su pistolete.
–¡Lo tengo! –les grité; hice un disparo para intimidar al transgre-sor–. ¡He cogido a Rudolph, el apuñalador navideño!
–¿Ulises? –me dijo una voz desde la calzada–. ¿Sos vos?
–¿Es Asturias? –le devolví la pregunta desenmascarando al asesi-no.
–Sí –me respondió otra voz–, es él y yo, el teniente Alomar.
El caso, como había dicho, estaba resuelto desde el principio. De-rribé a la sombra, la atenacé del cuello y la arrastré hacia la carretera.
–Ulises… –dijo la mujer que se había engarzado de la cintura de Asturias–. Nos atacaste, ¿qué te ocurre?
–Más bien les he salvado la vida –le contesté exhalando con fuerza por el cansancio–. He aquí al criminal.
Le quité la túnica con que ocultaba su cara Simón el Vidente.
–¿Por qué? –le preguntó asombrado el teniente Alomar–. Deposité mi entera confianza en usted…
Simón callaba.
–Él sabía que Asturias era novio de Emy, mi ex, y de que se veían cada noche en este lugar, al salir de la Universidad Tecnológica –añadí jadeante.
Asturias se sonrojó al escucharme decir esto. Pronto le puso las esposas.
–Y como lo supuse, Simón, en una innecesaria exposición típica de todo asesino en serie, quiso hacer ostentación de su inteligencia y capacidad criminal. ¿Y qué mejor demostración de poder que asesinando a mi ex novia y a mi mejor amigo y compañero? Se aprestaba a cometer el atentado cuando usted, teniente, llamó a mi colega por teléfono. Eso lo contuvo, y yo obtuve una magnífica oportunidad de pescarlo.
–Lo llamé a él y a usted precisamente para tenerlos en el equipo –dijo Alomar–. Ahora revéleme, ¿por qué lo de la nariz y la campanita?
–¿No recuerda a Rudolph, el reno de Santa Clos, jefe? –intervino Asturias–. La campana es un jingle alusivo a la Navidad.
–No –irrumpí rebatiendo tal hipótesis–. En el caso de la nariz se debe a un patrón de imitación ligado a su sicología criminal. ¿Recuerda la novela de Fedor Dostoyevski, la del doble agente? Nuestro vidente es un hombre listo e ilustrado (lo supe desde el mismo momento en que pronuncié la palabra «radiestesia», de uso limitado entre eruditos del tema) y quiso mofarse de mí al calificarme con ella de fracasado. La campanita tenía una doble interpretación, la primera nos remite a la novela de Ernest Hemingway, «Por quién doblan las campanas», y aquí las palabras deben tomarse de manera fiel, es decir, que él estaba seguro de que éstas doblarían a su favor, si hubiera consumado el asesinato y escapado impune; la segunda lleva implícita el simple hecho de llamar la atención.
–Maldito estúpido –habló por fin Simón, escupiéndome el rostro–. Frustró usted mi mejor regalo de Navidad.
–Explíqueme usted, «vidente» –lo inquirió sarcásticamente Alomar–, qué necesidad tenía de cometer estos asesinatos. ¿Está usted loco?
–De ninguna manera –repuse en el acto–. Lo que ocurre es que su reputación de augur se le vino abajo; había perdido toda su clientela y de alguna forma tenía que recuperarla. Lo único que se le ocurrió, muy hábilmente, fue ejecutar los crímenes para luego aparecer en la Dirección de Homicidios como «alguien dotado de un don especial» con capa-cidad de ayudar a resolver casos de índole misteriosa. Todo fue parte de un plan preconcebido para alcanzar notoriedad como adivino ante el público.
El teniente Alomar se rascó una oreja.
–Caso resuelto –exclamó de pronto–. Lo dicho: es usted, Ulises, el mejor agente de investigación en Argentina. Y a usted, amiguito –dijo enfrentando a Simón, cogido y entregado por Asturias–, le esperan al menos ciento veinte años de reclusión penitenciaria.
–Gracias por su cumplido, teniente –dije.
–Regresaré –irrumpió Rudolph–, lo prometo.
El teniente, sujetándolo de la nuca, lo llevó aparte, lejos, cerca de los autos. «Silencio», le decía al tiempo en que le leía sus derechos. Asturias y Emy se me acercaron a paso tímido.
–Decíme qué te hizo pensar que era él desde el comienzo –me re-quirió por lo bajo.
–Sencillo –le contesté peinándome el cabello–: por la orientación de los cuerpos en las fotografías que vi de las escenas del crimen: todos tenían los pies juntos como en una línea imaginaria, lo cual hacía ines-table su posición. O sea, que las mujeres habían sido hipnotizadas antes de que les llegara la muerte. Estas técnicas de ascendencia psicológica sólo las conocen los loqueros, los predicadores religiosos y los que se hacen llamar magos. Era la primera y mayor de las pistas.
»Y cuando el teniente llegó con él esta mañana a la oficina, ense-guida reconocí su patrón de actuación; se me desveló al instante, como en la caída del espacio-tiempo en un embudo vacío. Lo demás era cuestión de paciencia».
–¿Pero cómo iba a hacer con nosotros? No me hubiera dejado hipnotizar.
–Por vez primera Rudolph emplearía la fuerza bruta: una pistola.
–Dios nos quiere, ¿verdad?
Le tendí la mano.
–¿No estás molesto conmigo? –me sonsacó desviando la vista hacia Emy.
–¿Por qué habría de estarlo?
–Lo sabés...
–Hace dos años que me olvidé de ella.
Aunque a Emy le disgustaron aquellas palabras, tuvo el valor de regalarme una de sus sonrisitas forzadas.
–¿Un cigarrillo, hermano? –dijo Asturias en un arrumaco pacifi-cador.
–Ah, sí –le respondí agarrándolo.
–Es tan típico de vos –dijo medio enfadada Emy apretando los la-bios–, ni siquiera arrugás los ojos… nada te importa ni tomás en serio… Pero qué carajo –acabó vitoreando–: ¡Feliz Navidad a todos!
Y así fue linces taringueros como pude resolver este caso criminal tan sordido que conmocionó al país.