MI PADRE
19 de diciembre de 2014
Hay más de una manera de aprender con el ejemplo. Hace apenas unos días, el hombre más importante de mi vida exhaló su último suspiro, y hoy dejo testimonio de algo que he reconocido desde hace ya varios años, ante otros y ante él mismo.
Él me enseñó muchas cosas, tanto en obra como en omisión, e incluso a veces, muy a pesar suyo. Por lo que tal vez nunca logre enumerarlas todas, pero si de algo estoy cierto, es que su paso por este mundo me ha forjado de la manera como pienso y actúo hoy.
Él me enseñó ha ser precavido; tratar de anticiparme a las necesidades, y tener lo requerido aún antes de que me hiciera falta. Solía decir que “más valía tener algo y no necesitarlo, que necesitar algo y no tenerlo”. De igual forma, sus despilfarros me enseñaron a ahorrar, porque nadie tiene la vida ni la suerte comprada.
Me enseñó a ser puntual y cumplir con mis compromisos; respetar el tiempo de los demás, “no morder más de lo que puedo masticar”, y responder ante mis fallos, pese a que él mismo solía evadir la responsabilidad de sus propios errores.
Me enseñó que no hay que enojarse por cualquier cosa, lección que aún no logro aprender del todo, y lo hizo enojándose por todo y desesperándose por nada, dejando que la vida se le escapara en un suspiro.
Me enseñó a ser ordenado y metódico, con el afán de que todo opere como debe de funcionar. Tal vez por eso es que soy tan estricto con las reglas, “inflexible”, diría mi madre, “riguroso”, diría Nietzsche.
Me enseñó a ser educado, y nunca llegar a una casa que me ha abierto las puertas con las manos vacías.
Me enseñó a ser sensible y creativo; me leía sus poemas, pensamientos, discursos y reflexiones, teñidos de amor, mar, alegorías y sentimientos.
Me enseñó a decir lo que siento y pienso, en el momento de pensarlo y sentirlo, a través de su silencio.
Me enseñó que los hombres sí lloran, cocinan y demuestran su afecto, ya sea con un abrazo o un beso, como el que le diera yo en la frente, poco antes de que él me regalara el último latido de su corazón.
Me enseñó a no hablar de más, pese a sus fanfarronadas, y salir con la frente en alto, con firmeza y sin miedo.
Me enseñó a discutir y no quedarme cayado ante una acusación que considere injusta, o un argumento que me parezca falso, pero también me enseñó a elegir mis batallas y no perder mi tiempo con “necios”.
Me enseñó a amar a la música, y aunque admito que nunca puse mucha atención a sus lecciones de baile y canto, me enseñó que no todos habíamos nacido para eso.
Me enseñó a reparar cosas, manejar el taladro, el martillo, el desarmador, las pinzas, las llaves de tuercas, la cinta métrica, el tocadiscos, la grabadora. Me enseñó a unir cables y aislar sus alambres, tapar un agujero en la pared con un cuadro, y a llamar a un técnico, sólo cuando fuese verdaderamente necesario.
Me enseñó a no fiar en mi memoria y siempre cargar un cuaderno y bolígrafo conmigo. Solía decir: “Más vale la más pálida tinta, que la más brillante memoria”. Por cierto, también me enseñó a hacer mía cualquier frase que invitara a mi reflexión.
Me enseñó a perseguir mis sueños, alentando mis textos, mis dibujos, modelos de plastilina y hasta mis “Legos”.
Me enseñó a amar el arte de la fotografía y valorar ese instante de eternidad, atrapado en un segundo de vida.
Me enseñó a encarar a la muerte, de hecho, quizás por él es que pienso que “sin conciencia de la muerte la vida carecería de sentido”.
Pero sobre todas las cosas, con él aprendí a amar y valorar a un “hombre de su tiempo”, con tantos defectos como virtudes, tantos errores como aciertos, y tan generoso como egoísta, al fin de cuentas un “hombre”, mi padre.