Mundo loco, mundo hostil
Me levanté a las seis de la mañana como siempre y desayuné lo mismo de siempre y me fui a trabajar en donde permanecí desde siempre. Mis viejos encienden la radio para “estar informados”, pero yo creo que es una excusa para tener algo por lo que amargarse la jornada. Si falta la abuela, con sus crónicas negras, encendemos la radio, que es igual de negativa. Mientras tomamos mate y masticamos algo, hablamos muy poco. El único que habla a viva voz es el imbécil locutor de la radio con su humor retorcido y ese torrente oral de información inútil. Y digerimos callados los problemas de los demás, los accidentes de los otros, el estrés de los ajenos. “El infierno son los otros”, decía Sartre.
Nos vamos a trabajar un poco confundidos, porque cada vez que encendemos la radio el mundo se acaba. Miramos por la ventana y sólo se escuchan grillos. Ellos dicen que el apocalipsis está en la vereda. Sin embargo, cuando yo saco mi moto para irme, el mundo sigue igual. Los pajaritos cantan, soplan vientos pamperos, las hojas siguen verdes como ayer. Hay un componente psicológico a la hora de informar. Es un alivio que experimenta el típico devorador de mala onda, sea radial o televisiva. El pusilánime que no aguanta verte sonreír y te tira baldes de agua fría para que dejes de pasarla tan bien. Es el encanto de contar atrocidades. Al principio te ponen cara de tragedia griega, como lamentándose de haya tanta calamidad en el mundo. Pero cuando termina la última línea del relato, quizás te salgan con el ganador de la quiniela o el campeón de la copa sudamericana. La información periodística es neurosis pura, es bipolaridad hecha profesión. Pasar de la tristeza a la alegría y viceversa en tan sólo segundos.
Y como si fuera un virus propio de películas de terror, la información mala onda se propaga y se contagia. Pasa de boca en boca, salta de persona en persona como una pulga pretenciosa. Llegás al trabajo y ya están tus compañeros acribillándote con catástrofes recientes. Se descargan, como si fuera una eyaculación verbal de información, lanzan sus comentarios y luego siguen trabajando. Quizás ni siquiera procesaron críticamente lo que escucharon, pero era urgente comentarlo con el resto.
Volvés a tu casa cansado, harto de todo. ¿Y qué es lo que hace el ciudadano promedio cuando vuelve tarde a casa, cansado, con hambre, y con ganas de distraerse de la miserable vida que le toca todos los días? Informarse, aunque sea a la fuerza. La televisión recicla lo que se dijo hace unos días y las radios te repiten lo que pasó a la mañana. Es un constante reciclado de información chatarra. La televisión es lo menos democrático que hay en materia de medios, porque ellos sirven el plato y vos te lo tenés que morfar. Sin reclamar, sin chistar. Aunque no te guste, aunque ya lo hayas probado, aunque sea lo mismo de siempre. Ellos tienen una fuente de canales –aparentemente diversos– que te dan la ilusión de que tenés libertad. Te dicen “bueno, si a uno no le gusta, puede cambiar de canal”. Lo que realmente pasa es que venimos tan desgastados el duro día que nos tocó, que apenas nuestros pulgares obedecen. Y, para mayor comodidad y menor esfuerzo, dejamos el canal que haya quedado antes.
Para fortuna de los que nacieron en generaciones tecnológicas, la televisión está a punto de acabarse. Desaparecer. Ya es un anacronismo. Es obsoleta. Es la evolución de las generaciones y los medios: nuestros abuelos con la radio, nuestros padres con la televisión y nosotros con Internet. Quienes hayan conocido la magia de Internet, desde la música hasta los formatos de videos, series y películas, no podrán darle más cabida a la televisión y a las radios, simplemente, porque todo está en una computadora. El mundo está en un monitor. Los escritores se sorprenden de encontrar cada vez más cantidad de escritos y escritores perdidos en el tiempo, los cuales nunca se habrían recuperado de no haber sido por la World Wide Web. La televisión y las radios son limitadas, se quedan cortas ante el despliegue fantástico de las nuevas tecnologías.
Añoramos el día en que nos levantemos bien, por haber dormido bien, y en silencio desayunar “cosas bonitas de la existencia”, como el silencio o el canto de los pajaritos cercanos, quienes han sido tanto tiempo acallados por la cacofonía de las radios.
Me levanté a las seis de la mañana como siempre y desayuné lo mismo de siempre y me fui a trabajar en donde permanecí desde siempre. Mis viejos encienden la radio para “estar informados”, pero yo creo que es una excusa para tener algo por lo que amargarse la jornada. Si falta la abuela, con sus crónicas negras, encendemos la radio, que es igual de negativa. Mientras tomamos mate y masticamos algo, hablamos muy poco. El único que habla a viva voz es el imbécil locutor de la radio con su humor retorcido y ese torrente oral de información inútil. Y digerimos callados los problemas de los demás, los accidentes de los otros, el estrés de los ajenos. “El infierno son los otros”, decía Sartre.
Nos vamos a trabajar un poco confundidos, porque cada vez que encendemos la radio el mundo se acaba. Miramos por la ventana y sólo se escuchan grillos. Ellos dicen que el apocalipsis está en la vereda. Sin embargo, cuando yo saco mi moto para irme, el mundo sigue igual. Los pajaritos cantan, soplan vientos pamperos, las hojas siguen verdes como ayer. Hay un componente psicológico a la hora de informar. Es un alivio que experimenta el típico devorador de mala onda, sea radial o televisiva. El pusilánime que no aguanta verte sonreír y te tira baldes de agua fría para que dejes de pasarla tan bien. Es el encanto de contar atrocidades. Al principio te ponen cara de tragedia griega, como lamentándose de haya tanta calamidad en el mundo. Pero cuando termina la última línea del relato, quizás te salgan con el ganador de la quiniela o el campeón de la copa sudamericana. La información periodística es neurosis pura, es bipolaridad hecha profesión. Pasar de la tristeza a la alegría y viceversa en tan sólo segundos.
Y como si fuera un virus propio de películas de terror, la información mala onda se propaga y se contagia. Pasa de boca en boca, salta de persona en persona como una pulga pretenciosa. Llegás al trabajo y ya están tus compañeros acribillándote con catástrofes recientes. Se descargan, como si fuera una eyaculación verbal de información, lanzan sus comentarios y luego siguen trabajando. Quizás ni siquiera procesaron críticamente lo que escucharon, pero era urgente comentarlo con el resto.
Volvés a tu casa cansado, harto de todo. ¿Y qué es lo que hace el ciudadano promedio cuando vuelve tarde a casa, cansado, con hambre, y con ganas de distraerse de la miserable vida que le toca todos los días? Informarse, aunque sea a la fuerza. La televisión recicla lo que se dijo hace unos días y las radios te repiten lo que pasó a la mañana. Es un constante reciclado de información chatarra. La televisión es lo menos democrático que hay en materia de medios, porque ellos sirven el plato y vos te lo tenés que morfar. Sin reclamar, sin chistar. Aunque no te guste, aunque ya lo hayas probado, aunque sea lo mismo de siempre. Ellos tienen una fuente de canales –aparentemente diversos– que te dan la ilusión de que tenés libertad. Te dicen “bueno, si a uno no le gusta, puede cambiar de canal”. Lo que realmente pasa es que venimos tan desgastados el duro día que nos tocó, que apenas nuestros pulgares obedecen. Y, para mayor comodidad y menor esfuerzo, dejamos el canal que haya quedado antes.
Para fortuna de los que nacieron en generaciones tecnológicas, la televisión está a punto de acabarse. Desaparecer. Ya es un anacronismo. Es obsoleta. Es la evolución de las generaciones y los medios: nuestros abuelos con la radio, nuestros padres con la televisión y nosotros con Internet. Quienes hayan conocido la magia de Internet, desde la música hasta los formatos de videos, series y películas, no podrán darle más cabida a la televisión y a las radios, simplemente, porque todo está en una computadora. El mundo está en un monitor. Los escritores se sorprenden de encontrar cada vez más cantidad de escritos y escritores perdidos en el tiempo, los cuales nunca se habrían recuperado de no haber sido por la World Wide Web. La televisión y las radios son limitadas, se quedan cortas ante el despliegue fantástico de las nuevas tecnologías.
Añoramos el día en que nos levantemos bien, por haber dormido bien, y en silencio desayunar “cosas bonitas de la existencia”, como el silencio o el canto de los pajaritos cercanos, quienes han sido tanto tiempo acallados por la cacofonía de las radios.