“Si la muerte del Papa Luciani fue por causas naturales, hay muchas cosas inexplicables”
ENTREVISTA | JESÚS LÓPEZ SÁEZ, SACERDOTE
El 29 de septiembre de 1978, el Papa Albino Luciani, conocido como Juan Pablo I, apareció muerto en su cama, cuando llevaba tan sólo 33 días de Pontificado. Según el comunicado oficial, murió de un infarto agudo de miocardio. Sin embargo, desde el primer momento esta explicación no resultó suficiente y fue muy contestada. Cuando se cumplen 27 años de su muerte, DIAGONAL ofrece un extracto de una entrevista difundida por la publicación andaluza ‘Queda la Palabra’ con Jesús López Sáez, sacerdote que ha investigado sobre la muerte del Papa Juan Pablo I.
QUEDA LA PALABRA.: ¿Qué le llevó a indagar sobre la muerte del Papa Luciani, más conocido como Juan Pablo I?
JESÚS LÓPEZ SÁEZ: Fue el encuentro con el libro de David Yallop, titulado En nombre de Dios. El autor inglés tuvo el mérito de decir en 1984, tras casi tres años de seria investigación, que si la muerte del Papa Luciani se produjo por causas naturales, entonces hay muchas cosas que son inexplicables. Sin embargo, si se produjo de forma provocada, entonces se entiende todo. Además, aspectos importantes de su investigación se han confirmado después: la forma en que se encuentra el cadáver, la buena salud de Luciani, las decisiones adoptadas por el Papa en asuntos financieros, la responsabilidad del IOR (Banco Vaticano) en la quiebra del Banco Ambrosiano, la vinculación de ambos bancos con la desaparecida logia Propaganda Dos (P-2), la serie de asesinatos y atentados con fines intimidatorios, relacionados de uno u otro modo con la logia P-2.
Q.P.: Según usted, ¿quién ha matado al Papa Luciani y por qué?
J.L.S.: Hay quienes dan nombres y apellidos. Sin embargo, a mi modo de ver (hoy por hoy) no se puede responsabilizar a nadie en concreto de la muerte del Papa Luciani. Una cosa es descubrir qué ha pasado y otra descubrir quién lo ha hecho. Las mayores sospechas recaen en la logia P-2, aunque hubiera cierta colaboración dentro del Vaticano. Juan Pablo I había tomado decisiones importantes y arriesgadas, que podían encontrar fuerte oposición dentro del Vaticano.
Q.P.: ¿Es verdad que un periodista italiano divulgó una lista de masones entre los que se encontraban trabajadores y altos cargos del Vaticano?
J.L.S.: Sí, fue Mino Pecorelli, que era miembro arrepentido de la logia P-2 y tenía estrechos contactos con los servicios secretos italianos. El 12 de septiembre de 1978 publicó un número de su revista Osservatore Politico (OP) titulado La gran logia vaticana. En ese número aparece una amplia lista de presuntos masones vaticanos. Pecorelli fue asesinado el 21 de marzo de 1979.
Q.P.: ¿Sobre qué hechos se basa su reconstrucción de lo sucedido?

J.L.S.: Más que una reconstrucción detallada de lo sucedido, hay hechos y testimonios que tienen relevancia judicial. En primer lugar, la forma en que se encuentra el cadáver no responde al cuadro típico del infarto: todo está en orden, no ha habido lucha con la muerte, tiene unas hojas en la mano. Lo dijo sor Vincenza, la religiosa que descubrió el cadáver: “En la mano derecha tenía unos folios, sobre el rostro tenía las gafas. Todo estaba en orden sobre el lecho y la estancia”. En segundo lugar, según declaró en 1993 a la revista 30 Giorni el doctor Da Ros, médico personal de Luciani, el Papa estaba bien de salud y él no recetó nada aquella tarde: “Aquella tarde yo no le prescribí absolutamente nada, cinco días antes lo había visto y para mí estaba bien”. En tercer lugar, según el testimonio de la misteriosa persona de Roma (para mí, el cardenal Pironio), el Papa había tomado decisiones firmes en asuntos financieros (reforma del IOR y destitución de su presidente), y había decidido hacer frente (abiertamente, delante de todos) a la masonería y a la mafia. Dijo el Papa Luciani al secretario de Estado, cardenal Villot: “El presidente del IOR debe ser sustituido”, “yo he padecido ya de obispo amarguras y ofensas por hechos vinculados al dinero. No quiero que esto se repita. El IOR debe ser íntegramente reformado”, “la masonería, cubierta o descubierta, como la llaman los expertos, no ha muerto jamás, está más viva que nunca. Como no ha muerto esa horrible cosa que se llama mafia. Debemos plantarnos con valentía ante sus perversas acciones”. Finalmente, según el testimonio de Giovanni Gennari, que fue profesor del Seminario Diocesano de Roma y ahora trabaja en el servicio de prensa de la RAI, al Papa Luciani se le hizo la autopsia y por ella se supo que había muerto por la ingestión de una dosis fortísima de un vasodilatador, que le habría recetado por teléfono su médico personal. Pero, según declaró Da Ros, él no recetó absolutamente nada aquella tarde. Así pues, hay un medicamento que su médico no receta y que mata al Papa.
Q.P.: ¿Cómo ha tenido acceso a informaciones secretas para encontrar los indicios necesarios?
J.L.S.: Con tenacidad y paciencia, durante veinte años no he ahorrado esfuerzo alguno por recabar toda la información posible: entrevistas, archivos accesibles, bibliografía especializada. De una forma especial, he de destacar la fuente veneciana. En octubre del ‘85, tras publicar un pliego en la revista Vida Nueva sobre la muerte y la figura de Juan Pablo I, se lo envié a Mario Senigaglia, que durante años había sido secretario del patriarca Luciani. Por mi parte, quería contactar con la línea caliente de amigos fieles a la persona del Papa Luciani, de quienes esperaba que estuvieran más allá de los fríos intereses de la institución. Estaba en juego no sólo la causa y las circunstancias de su muerte, sino también su figura y su testimonio. Casi a vuelta de correo recibí una carta, no de Senigaglia, sino de Camilo Bassotto, testigo principal de la fuente veneciana. Vi en sus líneas las palabras de un amigo, que vibra por un problema que no debería dejar a nadie indiferente, sea creyente o no: “Las sombras y las sospechas van creciendo cada día. Quizá el Papa Wojtyla podría tomar la iniciativa de una clarificación que diese al mundo la paz sobre la persona de Luciani. No se podrá esconder indefinidamente la verdad”.

Q.P.: Durante una entrevista, usted ha citado a Don Germano, que sostiene que Juan Pablo I sabía quién sería su sucesor ya desde los primeros días de su Pontificado. ¿Esto quiere decir que el Papa Luciani sabía de un complot contra él, o bien había entrevisto el designio de Dios?
J.L.S.: En efecto, según el testimonio de don Germano Pattaro, su consejero teológico, el Papa Luciani sabía a los pocos días de pontificado quién sería y, además, pronto, su sucesor. Lo cual no es normal en un Papa recién elegido. Juan Pablo I le dijo a don Germano: “Me siento y soy más pobre que antes. Soy el instrumento de un designio de Dios que me supera y me transciende. Por cuánto tiempo, no lo sé. Pero no será por mucho. Ya hay uno que tomará mi puesto. En el cónclave estaba frente a mí. Pablo VI lo había preconizado cuando lo escuchó en las meditaciones tenidas en el Vaticano durante los ejercicios espirituales en la cuaresma del ‘77”. A mi modo de ver, es una pista a investigar, una pista judicial. El que su destino personal quedara situado dentro del designio de Dios no quiere decir que no hubiera complot contra el Papa Luciani.
Presiones eclesiásticas
Q.P.: ¿Ha recibido usted presiones de cualquier tipo del Vaticano a causa de su libro?
J.L.S.: En 1985, cuando publiqué mi primer escrito sobre la muerte de Juan Pablo I, yo trabajaba como responsable de Catequesis de Adultos, en el Secretariado correspondiente de la Conferencia Episcopal. Entonces se armó un tremendo revuelo en el Vaticano y se me cesó poco después. Con motivo de la publicación de mi libro Se pedirá cuenta (1990), recibí una carta, que considero impertinente, del responsable de la sección española de la Secretaría de Estado. Con motivo de la publicación de El día de la cuenta (2002), del Vaticano no recibí presiones; al menos, directamente. De otras partes, sí. Por ejemplo, el anterior obispo de Ávila, diócesis a la que pertenezco, amenazó con retirarme las licencias ministeriales (sacerdotales) en cuanto el libro apareciera a la venta. Por este motivo, el libro salió en edición privada unos meses después. Para entonces, fuera por lo que fuera, el obispo había sido trasladado a la diócesis de Almería, aunque todavía ejerciera como administrador apostólico de Ávila. Ahora acaba de salir la edición pública.
ENTREVISTA | JESÚS LÓPEZ SÁEZ, SACERDOTE
El 29 de septiembre de 1978, el Papa Albino Luciani, conocido como Juan Pablo I, apareció muerto en su cama, cuando llevaba tan sólo 33 días de Pontificado. Según el comunicado oficial, murió de un infarto agudo de miocardio. Sin embargo, desde el primer momento esta explicación no resultó suficiente y fue muy contestada. Cuando se cumplen 27 años de su muerte, DIAGONAL ofrece un extracto de una entrevista difundida por la publicación andaluza ‘Queda la Palabra’ con Jesús López Sáez, sacerdote que ha investigado sobre la muerte del Papa Juan Pablo I.
QUEDA LA PALABRA.: ¿Qué le llevó a indagar sobre la muerte del Papa Luciani, más conocido como Juan Pablo I?
JESÚS LÓPEZ SÁEZ: Fue el encuentro con el libro de David Yallop, titulado En nombre de Dios. El autor inglés tuvo el mérito de decir en 1984, tras casi tres años de seria investigación, que si la muerte del Papa Luciani se produjo por causas naturales, entonces hay muchas cosas que son inexplicables. Sin embargo, si se produjo de forma provocada, entonces se entiende todo. Además, aspectos importantes de su investigación se han confirmado después: la forma en que se encuentra el cadáver, la buena salud de Luciani, las decisiones adoptadas por el Papa en asuntos financieros, la responsabilidad del IOR (Banco Vaticano) en la quiebra del Banco Ambrosiano, la vinculación de ambos bancos con la desaparecida logia Propaganda Dos (P-2), la serie de asesinatos y atentados con fines intimidatorios, relacionados de uno u otro modo con la logia P-2.
Q.P.: Según usted, ¿quién ha matado al Papa Luciani y por qué?
J.L.S.: Hay quienes dan nombres y apellidos. Sin embargo, a mi modo de ver (hoy por hoy) no se puede responsabilizar a nadie en concreto de la muerte del Papa Luciani. Una cosa es descubrir qué ha pasado y otra descubrir quién lo ha hecho. Las mayores sospechas recaen en la logia P-2, aunque hubiera cierta colaboración dentro del Vaticano. Juan Pablo I había tomado decisiones importantes y arriesgadas, que podían encontrar fuerte oposición dentro del Vaticano.
Q.P.: ¿Es verdad que un periodista italiano divulgó una lista de masones entre los que se encontraban trabajadores y altos cargos del Vaticano?
J.L.S.: Sí, fue Mino Pecorelli, que era miembro arrepentido de la logia P-2 y tenía estrechos contactos con los servicios secretos italianos. El 12 de septiembre de 1978 publicó un número de su revista Osservatore Politico (OP) titulado La gran logia vaticana. En ese número aparece una amplia lista de presuntos masones vaticanos. Pecorelli fue asesinado el 21 de marzo de 1979.
Q.P.: ¿Sobre qué hechos se basa su reconstrucción de lo sucedido?

J.L.S.: Más que una reconstrucción detallada de lo sucedido, hay hechos y testimonios que tienen relevancia judicial. En primer lugar, la forma en que se encuentra el cadáver no responde al cuadro típico del infarto: todo está en orden, no ha habido lucha con la muerte, tiene unas hojas en la mano. Lo dijo sor Vincenza, la religiosa que descubrió el cadáver: “En la mano derecha tenía unos folios, sobre el rostro tenía las gafas. Todo estaba en orden sobre el lecho y la estancia”. En segundo lugar, según declaró en 1993 a la revista 30 Giorni el doctor Da Ros, médico personal de Luciani, el Papa estaba bien de salud y él no recetó nada aquella tarde: “Aquella tarde yo no le prescribí absolutamente nada, cinco días antes lo había visto y para mí estaba bien”. En tercer lugar, según el testimonio de la misteriosa persona de Roma (para mí, el cardenal Pironio), el Papa había tomado decisiones firmes en asuntos financieros (reforma del IOR y destitución de su presidente), y había decidido hacer frente (abiertamente, delante de todos) a la masonería y a la mafia. Dijo el Papa Luciani al secretario de Estado, cardenal Villot: “El presidente del IOR debe ser sustituido”, “yo he padecido ya de obispo amarguras y ofensas por hechos vinculados al dinero. No quiero que esto se repita. El IOR debe ser íntegramente reformado”, “la masonería, cubierta o descubierta, como la llaman los expertos, no ha muerto jamás, está más viva que nunca. Como no ha muerto esa horrible cosa que se llama mafia. Debemos plantarnos con valentía ante sus perversas acciones”. Finalmente, según el testimonio de Giovanni Gennari, que fue profesor del Seminario Diocesano de Roma y ahora trabaja en el servicio de prensa de la RAI, al Papa Luciani se le hizo la autopsia y por ella se supo que había muerto por la ingestión de una dosis fortísima de un vasodilatador, que le habría recetado por teléfono su médico personal. Pero, según declaró Da Ros, él no recetó absolutamente nada aquella tarde. Así pues, hay un medicamento que su médico no receta y que mata al Papa.
Q.P.: ¿Cómo ha tenido acceso a informaciones secretas para encontrar los indicios necesarios?
J.L.S.: Con tenacidad y paciencia, durante veinte años no he ahorrado esfuerzo alguno por recabar toda la información posible: entrevistas, archivos accesibles, bibliografía especializada. De una forma especial, he de destacar la fuente veneciana. En octubre del ‘85, tras publicar un pliego en la revista Vida Nueva sobre la muerte y la figura de Juan Pablo I, se lo envié a Mario Senigaglia, que durante años había sido secretario del patriarca Luciani. Por mi parte, quería contactar con la línea caliente de amigos fieles a la persona del Papa Luciani, de quienes esperaba que estuvieran más allá de los fríos intereses de la institución. Estaba en juego no sólo la causa y las circunstancias de su muerte, sino también su figura y su testimonio. Casi a vuelta de correo recibí una carta, no de Senigaglia, sino de Camilo Bassotto, testigo principal de la fuente veneciana. Vi en sus líneas las palabras de un amigo, que vibra por un problema que no debería dejar a nadie indiferente, sea creyente o no: “Las sombras y las sospechas van creciendo cada día. Quizá el Papa Wojtyla podría tomar la iniciativa de una clarificación que diese al mundo la paz sobre la persona de Luciani. No se podrá esconder indefinidamente la verdad”.

Q.P.: Durante una entrevista, usted ha citado a Don Germano, que sostiene que Juan Pablo I sabía quién sería su sucesor ya desde los primeros días de su Pontificado. ¿Esto quiere decir que el Papa Luciani sabía de un complot contra él, o bien había entrevisto el designio de Dios?
J.L.S.: En efecto, según el testimonio de don Germano Pattaro, su consejero teológico, el Papa Luciani sabía a los pocos días de pontificado quién sería y, además, pronto, su sucesor. Lo cual no es normal en un Papa recién elegido. Juan Pablo I le dijo a don Germano: “Me siento y soy más pobre que antes. Soy el instrumento de un designio de Dios que me supera y me transciende. Por cuánto tiempo, no lo sé. Pero no será por mucho. Ya hay uno que tomará mi puesto. En el cónclave estaba frente a mí. Pablo VI lo había preconizado cuando lo escuchó en las meditaciones tenidas en el Vaticano durante los ejercicios espirituales en la cuaresma del ‘77”. A mi modo de ver, es una pista a investigar, una pista judicial. El que su destino personal quedara situado dentro del designio de Dios no quiere decir que no hubiera complot contra el Papa Luciani.
Presiones eclesiásticas
Q.P.: ¿Ha recibido usted presiones de cualquier tipo del Vaticano a causa de su libro?
J.L.S.: En 1985, cuando publiqué mi primer escrito sobre la muerte de Juan Pablo I, yo trabajaba como responsable de Catequesis de Adultos, en el Secretariado correspondiente de la Conferencia Episcopal. Entonces se armó un tremendo revuelo en el Vaticano y se me cesó poco después. Con motivo de la publicación de mi libro Se pedirá cuenta (1990), recibí una carta, que considero impertinente, del responsable de la sección española de la Secretaría de Estado. Con motivo de la publicación de El día de la cuenta (2002), del Vaticano no recibí presiones; al menos, directamente. De otras partes, sí. Por ejemplo, el anterior obispo de Ávila, diócesis a la que pertenezco, amenazó con retirarme las licencias ministeriales (sacerdotales) en cuanto el libro apareciera a la venta. Por este motivo, el libro salió en edición privada unos meses después. Para entonces, fuera por lo que fuera, el obispo había sido trasladado a la diócesis de Almería, aunque todavía ejerciera como administrador apostólico de Ávila. Ahora acaba de salir la edición pública.