La teoría tradicional de la humanidad cíclica
Cuando dijimos que el Novus Ordo Seclorum aspira a controlar incluso la propia
concepción que el humano tiene de sí mismo, no hablábamos en vano. ¿Qué es
el ser humano para el moderno? ¿Una especie: homo sapiens sapiens? ¿Un “animal
racional”? ¿Un mono evolucionado? ¿Una plaga que destruye el medioambiente?
¿Un problema de superpoblación? ¿Un virus? El hombre moderno da esta serie
de respuestas, inconsciente de dónde las ha extraído: la modernidad, el
evolucionismo científico, la propia tendencia infrahumana.
Sin embargo, estas estupideces son tan recientes en el tiempo y tan reducidas en
el espacio, que ni merecen la pena valorarse desde un punto de vista integral y
tradicional. El ser humano es anciano (tan anciano que ni la estrechez mental
moderna puede vislumbrar su edad), es sabio (tan sabio que ni el lenguaje de su
sabiduría puede comprenderse actualmente), es grande (tan grande que no puede
entrar en la pequeñez de la arrogancia científica). Esta verdadera naturaleza
humana se expuso con claridad a través de todas las expresiones tradicionales del
mundo antiguo, y no es una casualidad que para borrar esa exposición y
confundir su claridad, el reciente espíritu moderno se presentara como
violentamente anti-tradicional, revolucionario, secular. Las tradiciones de la
antigüedad conocían el grandioso despliegue de la manifestación humana, e
incluso sabían circunscribirlo a coordenadas temporales. Dichas coordenadas no
eran las mismas que manejamos actualmente en el mundo moderno, es decir, la
historicidad. Jamás podremos hacernos una mínima idea de la vasta experiencia
de la humanidad, si encorsetamos su manifestación en una falaz y pobre
concepción del tiempo: el tiempo lineal.
Tiempo lineal y tiempo cíclico: Si hay algo de lo que se enorgullece el
moderno es de “su tiempo”, de “pertenecer a su tiempo”. ¿Qué tiempo es ese
que llama suyo? Un tiempo que el moderno no tiene: el que le falta en su vida
diaria, el que pasa trabajando en sus “jornadas laborales”, el que marca un reloj
que le dice cuándo despertar, cuándo trabajar, cuándo comer, cuándo dormir. En
efecto, cuando el hombre moderno dice que “pertenece a su tiempo”, significa
exactamente eso: que el tiempo le posee, que el tiempo es su amo. Este tiempo es
concebido por la medición, no tanto del tiempo, sino de intervalos de duración.
El tiempo del que habla el moderno se extiende –a través de su medición- en una
línea que parece configurar un pasado, al que le sigue un presente, y al que le
sigue un futuro. Así, el hombre moderno dice “Yo nací en 1945”, “Yo tengo
cuarenta años” o “Yo viviré hasta los cien años”, y nadie puede objetar nada a
estas frases. De esta manera, el mismo hombre dirá que “el ser humano tiene 50
mil años”, “la era cristiana tiene 2010 años”, o incluso “el universo tiene una
edad de 13.700 millones de años”, y tampoco nadie va a puntualizar nada desde
esa concepción temporal.
Sin embargo, ese tiempo lineal conformado por un continuo de pasado, presente
y futuro resulta ser una falacia: no existe tal continuo. Del pasado sólo se puede
decir que “ya fue” y nuestro acceso a él es a través de una inestable y poco fiable
actividad mental: la memoria (en sánscrito, smrti). Del futuro, ni tan siquiera eso
se puede decir, tan sólo que él “podrá ser”, y que sólo podemos concebirlo a
través de otra evanescente actividad mental: la imaginación (en sánscrito, vikalpa).
Por lo tanto, el continuo pasado-presente-futuro no tiene ninguna validez, y de él
sólo restaría una serie indefinida de “presentes” cuya suma colectiva sería lo que
el moderno identifica como tiempo. Pero esta serie también expresaría un
absurdo: si el moderno concibe el tiempo a través de su “duración”, el “presente”
no tiene “duración” que lo haga mensurable, por lo tanto, la serie indefinida de
“presentes” sería una suma de ceros que no expresaría nada. El tiempo lineal, con
principio y fin, dividido en intervalos de tiempo, mensurable como una secuencia
de pasado-presente-futuro (es decir, la historicidad que tanto le gusta al
moderno), sólo tiene una validez práctica a los intereses de la vida moderna.
Fuera de ese utilitarismo, el tiempo lineal –por si sólo- es una falaz ilusión.
Por supuesto, el ser humano siempre concibió el tiempo de modos más
completos que esta historicidad. Si el tiempo no conforma una línea, tampoco
conforma un segmento: no se puede decir que el tiempo tenga un comienzo o un
fin, más allá de la manifestación cósmica desplegada entre la disolución de todo
en sí mismo (lo que la tradición india llama mahapralaya). Desde todas las
expresiones tradicionales, el tiempo sólo puede expresarse simbólicamente por
una “rueda” (jamás por una línea, jamás por un segmento). Este tiempo circular
es expresado por toda tradición, y cuánto más antigua, más clara dicha expresión:
tradición celta, irania, jainas, drávidas, brahmanismo, después budistas… Como
la expresión tradicional más viva y menos mutilada que podemos encontrar es la
indoaria, las fuentes tradicionales hablan de la “rueda” del tiempo expresada con
la palabra “chakra”. Así, el tiempo tradicional no tiene principio ni fin, y lo único
ajeno al flujo temporal será el “centro inmóvil” de dicha rueda. Esta figura del
tiempo aparece en numerosas fuentes védicas, pero basta con citar unas pocas
como el AtharvaVeda (19.53.5), algunas upanisads (como KautakiUpanisad 3.15 o
MatriUpanisad 6.4), o la célebre BhagavadGita (10.33 “Yo soy Kala”). Siendo como
una rueda, la concepción tradicional del tiempo es cíclica, y nadie puede señalar
un comienzo o un fin en este tiempo, pues el final de un ciclo coincide
infinitesimalmente con el principio de otro ciclo. Este sería el tiempo en el que se
manifiesta la humanidad que necesitamos contextualizar brevemente, es decir, el
tiempo cíclico en la que la humanidad aparece.
La humanidad como manifestación cósmica. manvantara: Si en el tiempo
algo se manifiesta, ese algo estuvo y estará en algún momento en estado nomanifestado.
Parece de perogrullo: cualquier manifestación es eso mismo porque
está en relación con la posibilidad de inmanifestación. En el caso particular de la
humanidad, hubo múltiples manifestaciones, y todas (es importante recalcar esto:
todas) las tradiciones recogen esta multiplicidad. Las fuentes de las civilizaciones
precolombinas, las tablas sumerias, las cosmologías egipcias, incluso versiones
descartadas del génesis judaico… hablan siempre de “diferentes humanidades”,
“hombres descartados”, de “hombres primeros múltiples”. Todos estos mitos
comunes a todas las tradiciones expresan algo que todos los seres humanos saben
(todos menos el arrogante bobo moderno): la humanidad es muy antigua en el
tiempo (tanto que ni la concepción temporal actual puede ni hacerse una idea). Y
no sólo eso: en ese tiempo inabarcable, existieron diferentes manifestaciones
humanas. De nuevo, nos encontramos en las fuentes védicas la expresión más
completa de esta teoría que (casi) todos los seres humanos conocen: los
diferentes Manus fundaron diferentes humanidades a lo largo de diferentes
manifestaciones llamadas manvantara.
Existen más conocimientos comunes a todas las tradiciones en ese sentido: dicha
humanidad (o con más rigor, humanidades, en plural) se manifiesta en trayectoria
descendiente con respecto a su principio. En otras palabras: tal y como intuyen
algunos seres humanos contemporáneos que perciben que “la humanidad va
mal”, las diferentes tradiciones siempre expresaron esa tendencia de la
humanidad de ir de más a menos en términos cualitativos. Es natural que así sea:
algo se manifiesta desde su principio con esplendor, y después comienza un
declive que se identifica con todo proceso de manifestación. Todas las fuentes
tradicionales hablan de un tiempo lejano en el que los seres humanos “vivían más
y mejor”, tenían más vigor espiritual, convivían en armonía con sus semejantes y
los animales… Todos estos temas se repiten hasta la saciedad en tradiciones que
resulta difícil encontrarlas nexo común: pueblos indígenas de América del Sur,
civilización Maya, Azteca, sumerios, babilonios, cretenses, asirios, fuentes jainas,
fuentes drávidas, fuentes indoarias, la tradición extremoriental en la lejana
China… incluso en la cercana (y valoradísima por los modernos) Grecia antigua, se
encuentran estos mismos temas en Hesiodo o Platón. Y sin embargo, aún
repitiéndose los mismos datos en todo el ancho y viejo mundo , el hombre
moderno acostumbra a valorar estos conocimientos desde su monstruosa noción
de “mitología”, despreciando las fuentes tradicionales como frutos de la
imaginación, de la fantasía, o –peor aún- de la superstición. Lo más lamentable de
todo ello es que el espíritu moderno, tras desinteresarse completamente -o
incluso desdeñar- las fuentes tradicionales, delega estas cuestiones a profesionales
que se encargarán de ellas: antropólogos, historiadores, arqueólogos…
En cualquier caso, todos los seres humanos (menos el moderno) saben que la
trayectoria humana es larguísima en el tiempo, y sujeta al declive propio de la
manifestación cósmica. Esta humanidad está circunscrita a un tiempo que –como
ya se ha dicho- es cíclico. Por lo tanto, la misma humanidad también será cíclica.
De nuevo nos encontramos con las mismas “coincidencias” en las mismas
tradiciones de las que restan expresiones: los jainas, los shaivas, los hindús en
general… Y no sólo eso, la delimitación de los ciclos será la misma: son cuatro
los ciclos de la humanidad, tal y como expresan de la misma forma los puranas
indios (los cuatro yugas), o incluso fuentes grecolatinas (las cuatro Edades del
Hombre). Será precisamente en las fuentes védicas de los puranas donde se
encontrarán las expresiones menos mutiladas de las cuatro eras (yugas) de la
humanidad.
Según los puranas, el Manu de la actual humanidad, Vaiwasvata, funda una
humanidad que se manifiesta en cuatro tiempos cíclicos llamados satya-yuga, tretayuga,
dwapara-yuga y kali-yuga. Su proporción temporal será, utilizando la base 10, 4
para satya-yuga, 3 para treta-yuga, 2 para dwapara-yuga, y 1 para kali-yuga. Esta
proporción (10=4,3, 2 ,1) se vuelve a encontrar en diversas tradiciones, por
ejemplo, en la tetraktys pitagórica. El más corto de estos ciclos (kali-yuga) será el
más decadente y el más lejano del esplendor humano inaugurado por el satya-yuga.
Los mismos puranas también describen con detalle el kali-yuga, y resulta
sorprendente ver un perfecto retrato del mundo moderno (¡escrito hace más de
3000 años!). En efecto: nos encontramos desde hace mucho tiempo en el kaliyuga.
Resulta conflictivo traducir estos tiempos cíclicos al tiempo lineal de la
historia, pero basta con que el moderno tenga una idea de que, incluso el pasado
más remoto que su memoria histórica registra, sería kali-yuga.
No sólo eso: los datos tradicionales (extraídos directamente de las mismas
fuentes) también dicen que actualmente no sólo estamos en kali-yuga, sino que
estamos en un estado bastante avanzado del ciclo, incluso relativamente postrero.
Esto no quiere decir que actualmente pueda esperarse una “nueva era”, tal y
como hacen los modernos new-age. No: estamos en un era conflictiva y formamos
parte de ella. Nuestra vida individual se desarrolla en los últimos y arrítmicos
compases de un tiempo que minimiza la cualidad humana. Resulta obvio que esta
nada cómoda concepción tradicional del tiempo y la humanidad, sea
diametralmente opuesta a la postura del moderno progresista, el cual se
vanagloria de la trayectoria triunfal de su evolución como individuo, como
especie, y como civilización. Es comprensible que así sea: el espíritu moderno no
es sino el reflejo de un mundo pequeño, corto e insignificante en la manifestación
cósmica: el mundo moderno. Aún así, dicho mundo tiene su función en los ciclos
humanos, y nos resulta importante conocerlo, pues además de ser el mundo en el
que vivimos, es en el cual se circunscribe el Novus Ordo Seclorum.
Extracto del libro, "la danza final de kali", de Ibn Asad, anónimo.