Cruenta obscuridad,
toma mi alma succionando mi ser,
y a tu lado no estaré
aún más en aquella eternidad.
Al igual que una flor en el otoño se marchita,
tus pétalos caen, el color de la vida se te va
y de nuevo no soy capaz de cumplir
mi absurda y efímera promesa.
Todos han de morir; pero:
¿cuando cerraré eternamente los ojos?,
¿veré acaso la luz o esa penumbra
que me aguarda al final
de mi infinito viaje sin retorno?
Maldecido estoy
con una sed que nunca sacio...
Miro tus labios rosa pálido resecos por la edad
mientras agonizas en el futón amarillo
lentamente muriendo,
soñando con las hermosas memorias
que falsamente viví a tu lado,
moviendo tus caderas
cuando enredabas tus brazos a mi cuerpo
y yo saboreaba tu boca:
dulce elixir, droga tonta y absurda
eran tus besos cuyo dulce sabor superaba
al vino carmesí que por la eternidad
completa he de tomar.
Recuerdo el tiempo que vagué en la oscuridad,
sin conciencia buscando y andando;
ahogado en mi soledad,
perdido en la desesperanza,
sumido en la ignorancia de no saber quién era.
No me aceptaba a mí mismo,
el hecho de existir me parecía una aberración
a la Creación.
Beber de animales en un inicio bastó
para llenar mi sed de momento;
pero con el tiempo mi curiosidad aumentaba,
miraba a los personas envidiando su mortalidad,
sonriendo a la vida cuando yo me ocultaba
en la sombra de los túneles
cual único refugio del mortal rayo solar.
Al caer la noche salía de mi origen
comenzando así mi casería.
Tres perros, cinco ratas y un gato
no bastaban para a llenar mi hambre
en aumento constante, aguda en
aquella noche en que
serenamente caminaba por la calle vacía
una mujer de joyas cargada:
Ese fatídico día no puede soportar las ganas
y mi instinto surgió
atacándola por la espalda...
Y tomé, tomé toda su vida
iniciando allí la historia de mi infamia,
de mi sangrienta matanza
que las calles todas de cadáveres sembró.
Y he aquí que los
meses han pasado y más y más cuerpos surgen
e inundan las arterias de la urbe
en ésta roja marea de muerte donde todos lloran,
sollozan mientras yo solo miro su tristeza.
toma mi alma succionando mi ser,
y a tu lado no estaré
aún más en aquella eternidad.
Al igual que una flor en el otoño se marchita,
tus pétalos caen, el color de la vida se te va
y de nuevo no soy capaz de cumplir
mi absurda y efímera promesa.
Todos han de morir; pero:
¿cuando cerraré eternamente los ojos?,
¿veré acaso la luz o esa penumbra
que me aguarda al final
de mi infinito viaje sin retorno?
Maldecido estoy
con una sed que nunca sacio...
Miro tus labios rosa pálido resecos por la edad
mientras agonizas en el futón amarillo
lentamente muriendo,
soñando con las hermosas memorias
que falsamente viví a tu lado,
moviendo tus caderas
cuando enredabas tus brazos a mi cuerpo
y yo saboreaba tu boca:
dulce elixir, droga tonta y absurda
eran tus besos cuyo dulce sabor superaba
al vino carmesí que por la eternidad
completa he de tomar.
Recuerdo el tiempo que vagué en la oscuridad,
sin conciencia buscando y andando;
ahogado en mi soledad,
perdido en la desesperanza,
sumido en la ignorancia de no saber quién era.
No me aceptaba a mí mismo,
el hecho de existir me parecía una aberración
a la Creación.
Beber de animales en un inicio bastó
para llenar mi sed de momento;
pero con el tiempo mi curiosidad aumentaba,
miraba a los personas envidiando su mortalidad,
sonriendo a la vida cuando yo me ocultaba
en la sombra de los túneles
cual único refugio del mortal rayo solar.
Al caer la noche salía de mi origen
comenzando así mi casería.
Tres perros, cinco ratas y un gato
no bastaban para a llenar mi hambre
en aumento constante, aguda en
aquella noche en que
serenamente caminaba por la calle vacía
una mujer de joyas cargada:
Ese fatídico día no puede soportar las ganas
y mi instinto surgió
atacándola por la espalda...
Y tomé, tomé toda su vida
iniciando allí la historia de mi infamia,
de mi sangrienta matanza
que las calles todas de cadáveres sembró.
Y he aquí que los
meses han pasado y más y más cuerpos surgen
e inundan las arterias de la urbe
en ésta roja marea de muerte donde todos lloran,
sollozan mientras yo solo miro su tristeza.