Dinosaurboy
Usuario (Filipinas)

Ejercicio para mejorar la digitacion y la memoria tactil. Pueden buscar una definicion mas extensa de lo que es la memoria tactil (que es lo que recomiendo) Pero voy a aclarar mas o menos de que se trata, como guitarristas necesitamos recordar con nuestras manos la ejecucion de las notas, esto es la memoria tactil basicamente. Se necesita tiempo y dedicacion para mejorar y reforzar nuestra memoria tactil, ya que es fundamental. Este ejercicio trata de estimular la memoria tactil, cuando lo encontré me dije "que sencillo se ve" después de estudiarlo me di cuenta que no es así jajaja El ejercicio utiliza los cuatro dedos de la mano izquierda y además trata de crear independencia en cada uno de estos. Recomiendo totalmente este ejercicio, los resultados son notorios, además también desarrolla la rapidez pero esto es luego de aprenderse correctamente el ejercicio. El ejercicio es: 1234 1243 1324 1342 1423 1432 Hay tres maneras más de modificar el ejercicio: 2134 3124 4123 2143 3142 4132 2314 3214 4213 2341 3241 4231 2413 3412 4312 2431 3421 4321 Pero hasta aqui, solo tenemos la mitad del ejercicio. La otra mitad es digitando de manera opuesta. 2341 1342 1243 1234 3241 3142 2143 2134 2431 1432 1423 1324 4231 4132 4123 3124 3421 3412 2413 2314 4321 4312 4213 3214 Hay que analizar el ejercicio para entenderlo y ejecutarlo correctamente. Desde el comienzo basicamente es asi: El ejercicio se divide en cuatro partes, en cada una de estas partes el dedo lider es distinto, en la primer seccion el dedo lider es el indice, en la segunda seccion es el medio, en la tercera es el anular y en la cuarta es el meñique. Lo que el ejercicio trata de lograr es que usemos todas las combinaciones posibles con nuestros cuatro dedos en una sola cuerda. Entonces, tocamos con nuestro dedo lider (3), luego usamos, el segundo de izquierda a derecha o de derecha a izquierda (3-1), según como lo indique la seccion que estemos estudiando, luego el tercer dedo de izquierda a derecha (3-1-2) y luego el que resta (3-1-2-4). Si entendemos esto ya podemos ejecutar el resto de la seccion. Y es que es más sencillo tocarlo luego de entenderlo en lugar de memorizarlo (importante!). Si no entienden mi explicacion, porque puede que no es la mejor, analizenlo ustedes mismos y entiendanlo a su manera. Mi consejo es: Primero practiquen las primeras cuatro secciones, entiendanlas porque cuando se trata de digitarlas de forma opuesta las cosas se complican. Toquen lento y concentrados, confundirse es fácil, y no se exijan demasiado, estudienlo unos diez minutos diarios pero sean constantes. Para tocarlo de forma opuesta mi consejo es este: Primero toquen las primeras dos notas de cada seccion: 12 21 31 41 12 21 31 41 13 23 32 42 13 23 32 42 14 24 34 43 14 24 34 43 Y luego de forma opuesta 41 42 43 34 41 42 43 34 31 32 23 24 31 32 23 24 21 12 13 14 21 12 13 14 Por qué de esta manera? Porque es más simple, tocamos la nota lider de cada seccion y luego la segunda con mayor importancia, luego de estudiar así es más sencillo completar la seccion, porque si toca 1-4 significa que solo queda por tocar 2-3 y luego 1-4-3-2. Se entiende? Esto se emplea con cada conjunto de cuatro notas. Este ejercicio se puede usar de muchas maneras, por ejemplo. El primer conjunto de cuatro notas las podemos tocar en la sexta cuerda, el segundo, en la quinta, el tercero en la cuarta, el cuarto en la tercer cueda, el quinto en la segunda y el sexto en la primer cuerda y luego tocar la seccion de forma opuesta subiendo de cuerda desde la primer cuerda a la sexta. Así: Aunque mi explicacion no sea las mas clara lo que espero es que el ejercicio les paresca interesante, porque lo es.
Este bootleg grabado en inglaterra es para cagarse. La calidad es asombrosa... Perfecto para escuchar con mucho volumen. Hora y media de puro Stoner de una de las bandas que ahora es considerada mitica y de culto. El setlist es este: Setlist 01. From Beyond 02. (Proceeds the Weedian, Nazareth) 03. The Druid 04. Some Grass (Version) 05. Aquarian 06. Evil Gypsy - Solomon's Theme 07. Nain's Baptism 08. Dopesmoker 09. Inside the Sun 10. Holy Mountain 11. Dragonaut 12. Antarcticus Thawed Click en la imagen para descargar! Este video es de ese concierto Sé que si tuviese un mejor equipo de audio podría disfrutar de este bootleg, es de lo mejor que tiene Sleep en conciertos en vivo. link: http://www.youtube.com/watch?v=FdpBFvvWzwA
Los amantes de la música tienen un paraíso en San Francisco (Estados Unidos) en Haight Street, se llama Amoeba Music y anteriormente era una bolera. Y no únicamente podrás encontrar las más extensas y eclécticas colecciones de música nuevas y usadas en forma de CDs, discos de vinilo, DVDs, BlueRay, o también pósters de los años 70. Amoeba Music de San Francisco Pero vamos paso a paso, aunque aún estoy emocionado después de visitar este mítico sitio. Todo empezó en el momento que los discos de vinilo estaban empezando a desaparecer del mercado y sin embargo Marc Weinstein, fundador de Amoeba Music, apostó por abrir una tienda de música donde los amantes de la música se encontraran como en casa. La primera tienda Amoeba Music se inauguró en 1990 en una pequeña tienda en Berkeley (2455 Telegrah Ave, Berkeley). Comenzó con 6.000 CDs y siguió creciendo hasta que no cabía en la habitación. Dado el éxito de Amoeba Music de Berkeley, se inauguró una nueva tienda en San Francisco (1855 Haight Street, San Francisco) a muy pocos metros del Golden Gate Park, donde antiguamente había una bolera. Un comprador de Amoeba Music El Amoeba Music de San Francisco ocupa casi 2.500 metros cuadrados y puedes encontrar más de 100.000 títulos de música entre CDs y discos de vinilo (LPs) nuevos o usados, pero esto es sin contar casetes, cintas de vídeo, laserdiscs, entre otros formatos musicales míticos. Desde autores de rock hasta Qawwali pakistaní, cualquier estilo de música imaginable se pueden encontrar en Amoeba. El éxito de Amoeba Music representa el triunfo de una peculiar religión llamada música. Xavier y Marc a la salida del Amoeba Music En 2001, Amoeba Music abrió su tercera tienda en Sunset Boulevard en Hollywood con más de 250.000 títulos, en la que posiblemente es la tienda de música más grande del mundo. Y me quedaría con la frase de uno de los compradores de Amoeba Music: “What can I say? I’m a music junkie. That’s why I’m here. That’s why most of us are here.” Link de Amoeba Music Definitivamente tengo que visitar esta tienda link: http://www.youtube.com/watch?v=6kl5jJH6DjU&feature=youtu.be

**Este post no contiene links de descarga** Nadie puede hacer andar el amplitube a la primera vez. Algunos lo hacen andar con suerte y otros porque su equipo no es tan caprichoso. Por tener una tarjeta de audio integrada no me anda, de una u otra forma, lo intenté muchas veces, como en el caso de algunos, el amplitube andaba re bien después de haberlo instalado en un sistema operativo recién instalado, pero después, al apagar la compu y encenderla el amplitube no me anda. Pasé meses usando el Peavey Revalver, ya que es el único que anda sin demasiados requisitos, pero su ruido de mierda, sus limitaciones y cierta incomodidad me hartaban. Un día, leí un metodo de como cargar impulsos a traves de un software de grabación, cargué el amplitube y CHAN! Anduvo el mal parido, ahora a diario uso este metodo, no es nada nuevo pero yo lo desconocí por un buen tiempo. El procedimiento no es complicado, basicamente necesitamos el amplitube instalado y un software de grabación. Reaper en mi caso. El amplitube aunque abre no reconoce la guitarra conectada, como si no hubiese tarjeta de sonido. Personalmente uso Reaper portable, no pesa más de 25 megas y cumple. Otra pequeña aclaración: Hay un solo inconveniente por usar este metodo a la hora de grabar. Digamos que si tocamos y usamos manualmente un wah wah, el software de grabacion no va grabar el movimiento del wah wah, en el resultado final, las partes con el wah wah van a sonar como si el wah estuviese en una posicion, inmovil todo el tiempo. Se entiende? Igual pasa con los delays, es un error molesto, puesto que es interesante hacer ruido con distorsion más wah wah o volver loco un delay moviendo los potenciometros. 1. Con el Reaper abierto, vamos a Opciones > Preferencias (Ctrl + P). Click en Plug Ins > VST. Click en Add. Si tenemos el amplitube instalado tiene que haber una carpeta con la siguiente direccion, la buscamos y agregamos: Click en OK. 2. Vamos a Track > Insert New Track (Ctrl + T). Clickeamos en FX, se abre una ventana y clickeamos en VST > Amplitube > OK esperamos y CHAN! El maldito amplitube, anda! Ya podemos tocar la basura que amamos, aunque el amplitube no sea la gran cosa, a decir verdad... es medio mediocre comparado con otros impulsos, cumple bien, y es útil, en especial sino tenés ampli, tres cuerdas rotas y una guitarra barata JAJAJAJA
No conosco de principio a fin el trabajo de Zappa, pero lo poco que conosco lo único que me dice es que era un genio. Musicalmente no tenía limites y esto también significa que mentalmente tampoco los tenía. Este post muestra frases de Frank Zappa, sacadas de Wikiquote. No va a ser un post con elavoradas imágenes hechas en photoshop, solo va a mostrar sencillamente las frases, aún así el mensaje de esas frases no va a perder el gran valor que tienen. Pueden verlo como un vulgar copy/paste pero me gustaría que analizaran las frases, cada una de ellas. "Todo el mundo es idiota hasta que demuestre lo contrario". "Abandona la escuela antes de que se pudra tu mente por exponerla a nuestro mediocre sistema educativo.¡Olvídate del título y ve a una biblioteca y edúcate a ti mismo si tienes las pelotas bien puestas! Algunos de ustedes parecen robots plásticos a quienes le dicen que leer". "La religión es excelente para mantener callada a la gente común". "Lee el Kama Sutra ¿Cuánta gente murió por leer el Kama Sutra comparado con la Biblia? ¿Quien gana?" "La sociedad paga para tener un sistema educativo de mierda, porque mientras mas idiotas salgan, más fácil de venderles algo es, hacerlos dóciles consumidores, o empleaduchos. Graduados con sus títulos y nada en sus cabezas, que creen saber algo, pero no saben nada. ¿Qué música escuchan? Mis discos seguro que no". "Sin desviarse de la norma, el progreso es imposible". "Los niños son ingenuos, creen cualquier cosa. La escuela ya es suficiente, pero si encima lo acercas a una iglesia, lo estás metiendo en problemas". "Tengo un importante mensaje que dar a la gente "linda" de todo el mundo. Si crees que eres lindo, tal vez creas que eres hermoso. Sólo quiero decirles una cosa: hay más gente como nosotros, unos Feos Hijos de Puta, que ustedes, así que... ¡tengan cuidado!" "Cuanto más aburrido es un niño, es cuando más sus padres, al mostrar a su hijo, reciben adulaciones por ser buenos padres. Porque tienen un chico domesticado como un animalito en sus casas". "Si tienes una vida aburrida y mediocre es por haber escuchado a tu mami, a tu papi, a tus profesores, a los curas o a algún tipo en la televisión diciéndote cómo hacer las cosas ¡Así que te lo mereces!" "Cienciología... Pones unas monedas y un tipo te resuelve unas cuantas de tus preguntas, y si pagas suficiente dinero te convierte en un Maestro ¿Qué diferencia tiene con las otras religiones?" "Es tan absurdo que la gente se tome las cosas tan en serio... Seré honesto, a mis dieciocho años trabajé en mi actitud para no tener seriedades, ¿y qué? Estar vivo ya es demasiado extraño..." "Muchas cosas erróneas de la sociedad deben ser atribuidas a que la gente que hizo las leyes tenía un mal ajuste sexual". "Adán y Eva estaban en el paraíso, y el cuento de hadas dice que la serpiente "mala" convenció al hombre de comer la manzana del Árbol del Conocimiento. Y el castigo fue que Eva debería sangrar y él tendría que trabajar ¿Pero qué tenía de malo querer tener conocimiento? Por ello, el cristianismo es una religión anti-intelectual. No quieren que seas inteligente. Así que sé un estúpido imbécil y tienes el cielo ganado. Eso es el cristianismo". "Después de todo, Dios escribió el libro, ¡y en él dice que nos hizo a su semejanza! Asi que si somos tontos, entonces Dios es tonto, y si tal vez un poco feo..." "La ilusión de libertad continuará mientras sea rentable dicha ilusión. Cuando sea muy cara de mantener, bajarán el escenario, cerraran las cortinas y sacarán las sillas, y podrás ver el agujero en la pared del teatro". "Mi consejo como padre es que, si quieres criar a un niño feliz y saludable mentalmente, aléjalo de la iglesia lo más que puedas." "Nunca me ha importado que treinta millones de personas puedan pensar que estoy equivocado. El número de personas que pensaban que Hitler tenía razón no prueba que estuviese en lo cierto ¿Tengo acaso que estar necesariamente equivocado sólo porque unos pocos millones de personas piensen que no tengo la razón?" "El periodismo musical consiste en gente que no sabe escribir entrevistando a gente que no sabe hablar para gente que no sabe leer" "Sin música para decorarlo, el tiempo es sólo un puñado de aburridos plazos límite de producción o fechas en las cuales deben pagarse las cuentas" "Escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura" "El maquillaje no cuenta, más vale mejorar tu mente" "Mi música es como una película para su oído" "Todo el universo es una gran broma" "La música es físicamente la más inspiradora de todas las artes." "Detesto las letras de amor. Creo que una de las causas de la mala salud mental en EEUU es que la gente haya crecido escuchando letras de amor. Tú eres un jovencito y las escuchas mientras ni tus padres ni tus maestros te hablan de lo que realmente es el amor. Es un entrenamiento inconsciente que te provoca deseo por una situación que nunca existirá. La gente que cree en esa mitología, luego se toma la vida como si le hubieran timado, o algo así" Personalmente veo mucho valor en esta frases, si esta clase de mensajes fuese entendido por cada ser de nuestra "civilizacion" nadie sería obligado a caminar en un mundo lleno de gente estúpida, pero lo importante aquí es otra frase del mismo Zappa: "Si no lo captas, es que no tenías que captarlo"

Nietzsche Badass Son muchas las opiniones que se pueden tener sobre Nietzsche y su pensamiento, el lector y la forma en la que funciona su mente decide enfocarse en lo que le interesa. Algunos lo ven como un poeta tragico y otros como un facista. Este libro lo ve como un politico y es eso lo que lo vuelve interesante. , descubro que hay declaraciones de Nietzsche con un innegable sentido politico, no escribiría sobre él porque podría tirar cualquier cosa, pero si comparto este texto, es el fragmento de una entrevista del autor argentino Nicolás González. Seguramente es necesario leer el libro entero para percibir si el texto deja a Nietzsche en posicion de un buen lider europeo o como un loco facista JAJAJAJA Si fuese realmente Nietzscheano lo dejaría en un final abierto JAJAJAJA “Se ha intentado “democratizar” a Nietzsche, maquillarlo, domesticarlo. Nietzsche nunca fue, ni pretendió ser, un demócrata, mucho menos un anarquista. Se trata de una fábula, pero una fábula institucionalizada y legitimada con el sello académico. Basta con saber leerlo con lentitud, una condición que exigía de sus lectores, para descubrir lo opuesto.” “Su filosofía práctica es incompatible no sólo con el Socialismo y el Comunismo, sino con cualquier idea de democracia tibiamente liberal. Es incompatible con la Modernidad in toto. Una y otra vez en sus escritos esotéricos como exotéricos, los publicados y los no publicados, como en su correspondencia, ataca sin piedad el carácter cada vez más democrático, cada vez más horizontal de la Modernidad. Y propone una alternativa bien diferente: no un retorno al Ancien Regime que existía en Europa ex ante 1789; nada de volver a las viejas jerarquías feudales, sino la creación y cultivo de una nueva casta de señores que dominará Europa y luego la Tierra.” “Si para Marx el motor de la historia de la Humanidad es la lucha de clases, el conflicto dejaba zonas políticamente neutras, esferas en las cuales lo político no tenía la posibilidad de una relación inmediata. Un ejemplo era el Arte o la propia Ciencia, un ámbito parcialmente trascendente a la oposición y lucha entre clases. Nietzsche es más radical: no existen territorios “neutros”, todo está subsumido a la lucha mortal (y eternamente igual) entre la Moral del Señor y la Moral del Rebaño, de los esclavos.” (Fragmentos de la entrevista a Nicolás González Varela sobre su ensayo Nietzsche contra la democracia, publicada en El Viejo Topo nº 272) El libro no debería ser tomado literalmente, más para los neuroticos idealistas que lo llaman facista. Nietzsche en ningún momento estuvo relacionado con la politica, se dedicaba a viajar y a escribir, esos libritos de ciencia ficcion gotica que tanto amamos. Creo que como toda gran mente, contradictoria y humoristica, las declaraciones politicas de Nietzsche son solo una parodia sarcastica de todos los que se matan por tener poder sobre el mundo. Aun así, sin contradecirme a mí mismo, digo que es posible decir que Nietzsche desarrolló la columna vertebral de una utopía. (¿intencionalmente?) Algo remarcable sin duda, es todo lo que una mente con liderazgo natural aspira. Este otro texto es la descripción del libro en una página donde lo venden. Nietzsche un pensador político? Durante más de un siglo la dimensión política del pensamiento de Nietzsche ha sido un campo de batalla y fuente de confusión y desconcierto. La tradición interpretativa dominante en Occidente ha sido la de deshistorizar y despolitizar un aspecto clave del pensamiento nietzscheano: su filosofía práctica. El resultado ha sido un empobrecimiento general en la comprensión de su vida y obra, así como la represión de la centralidad política de su Kritik a la Modernidad. Si coincidimos con que una teoría de los medios y fines del Estado es el fundamento de toda Política, tal teoría existe en Nietzsche. Y de ninguna manera de forma incidental o indistinta, ni subsumida a un horizonte moral, como sostienen muchos nietzscheanos. Nietzsche fue un pensador preocupado por el destino de la Política en el mundo moderno. Desde cualquier punto de vista objetivo es evidente que la obra nietzscheana puede ser leída políticamente, que existe in nuce una completa y reflexiva filosofía práctica. Y que su posición siempre oscila en torno a un fuerte y radical pensamiento antidemocrático. González Varela reconstruye los conceptos fundamentales del Nietzsche político, analizando su génesis, influencias, evolución, tensiones, nudos temáticos y el lenguaje empleado por el filólogo-filósofo en su combate contra la Krisis de lo moderno. El presente estudio es un intento de reconstruir el Nietzsche político, con énfasis en el lado positivo de su filosofía práctica, en los elementos productivos que emergen desde el humus de su Ideologiekritik. El enfoque "apolítico" de Nietzsche, reducido a exégesis estéticas, epistemológicas, psicológicas, lingüísticas, empobrece y cercena la riqueza y amplitud del propio Nietzsche. La mutilación y reducción de la esfera ético-política de Nietzsche implica perder de vista su propia coherencia como pensador. En la sección fuentes está el link a un texto más extenso en el que se analiz el libro, no lo incluyo en el post para no hacerlo tedioso! El libro parece interesante, al menos para los que le dan varias vueltas al misterio encriptado que la filosofía Nietzscheana representa en la historia del desarrollo racional de la especie. ¿¿¿SABÉS COMO LUCE LA FILOSOFÍA???? ¿¿¿ESTUDIAN FILOSOFÍA EN WHAT, HIJO DE PUTA???

Transcrito por mí para ustedes y porque me gusta compartir bella poesía existencial. Recomiendo mucho este libro, en la introduccion se resalta el por qué es tan bello. Es un libro que con el tiempo, se hace más fuerte, resplandece más, es un pequeño rayo de luz en una epoca llena de tinieblas. Disfrutenlo. Introducción. Nostalgias del Futuro. Tras largos años de tormentos psicológicos y padecimientos físicos, el toño de 1888 descubre a un Nietzsche pleno de salud y energía. A los cuarenta y cuatro años, habiendo culminado una de sus obras paradigmáticas, El Anticristo, el filósofo disfruta de las tardes mirando el lento discurrir del río Po, en Turín, donde ha decidido vivir su vida. En estas tardes de lenta reflexión, Nietzsche cree que, por estar en la mitad de su vida biológica, ya es tiempo de escribir su biografía. Así nace Ecce Homo. Lo que no sabe, pero quizá intuye, es que ése será su último libro y esos meses de obstinada escritura, su última etapa lúcida. Poco después ingresa en los oscuros laberintos de una locura de la que no se recuperará. El libro, hijo de ese proceso de "pre-demencia", contiene suficientes elementos como para que fuera descalificado durante mucho tiempo, por ser la obra de "un alienado", según muchos. Sesenta años después de su muerte, acaecida en 1900, su obra comienza a ser releída y revalorada. Cuentan que Pilatos, parado ante una masa vociferante, señalando a Cristo, dijo: "Aquí tienen al hombre" (Ecce Homo). Al plantear su biografía Nietzsche asume esa condición de hombre escarnecido y señalado. Pero un hombre que no se presenta como Humanidad, sino como individuo; que no quiere "que se le confunda con otros." Ecce homo, subtitulada originalmente "Cómo se llega a ser lo que se es", no habla de cómo se llega a ser hombre, sino cómo Friedrich Nietzsche llega a serlo. El filósofo alemán, en una obra anterior ya había fijado su posición respecto a cómo se llega a ser lo que se es. En El Crepúsculo de los ídolos con duereza la posicion que afirma que el hombre está determinado por su entorno; con su habitual vehemencia la llamó "teoría de neuróticos". "Con quien menos se emparienta uno es con sus propios padres: estar emparentado con ellos sería un signo extremo de vulgaridad. Los seres superiores tienen su origen en algo infinitamente anterior; para llegar a ellos ha sido necesario pasar mucho tiempo reuniendo, ahorrando, acumulando. Las grandes individualidades son ancestrales". Él es una "gran individualidad". Ecce homo es así un libro que tiene dos aspectos, diferenciados y complementarios. Por un lado plantea una introspección, una reflexión íntima. En este sentido, Nietzsche afirma la vida (su vida) y agradece. "¿Cómo no voy a estar agradecido de mi vida entera?". Por otro lado, es un libro público, en la medida que el hombre (o sea Nietzsche) se expone ante la humanidad, frente a la cual plantea un ajuste de cuentas. Pero así como la gran mayoría de las autobiografías están encaminadas en una suerte de mirada nostálgica y autocompasiva, buscando congraciarse con el mundo, o -al menos- , apelar a ciertas indulgencias, el autor de Así hablaba Zaratustra escribe para confrontar. Él es quien pide al mundo un ajuste de cuentas. Parece decir: "Si no me reconocieron hasta ahora, verán lo que hago en este libro". "Soy lo bastante fuerte como para dividr en dos la historia de la humanidad", afirma sin ruborizarse. Y sus palabras quedaron allí, casi como un bochorno. La humanidad, si acaso el autor creyera en esta palabra, deberá esperar varias décadas para comprender que esa frase era profética y que la filosofía -y por cierto el mundo- no sería igual después de su obra, de su vida y de su muerte. "El remordimiento de conciencia parece una mala forma de ver las cosas. Según mi moral, en cambio, debemos respetar más aquello en lo que hemos fracasado, precisamente porque hemos fracasado. (...) Nada de nostalgia o autocompasión. El hombre da gracias, y exalta, aún sus fracasos. (...) Ya acordamos, entonces, que soy un decadente. Pero también su antítesis. La prueba de esto es, entre otras, que siempre he elegido instintivamente los remedios adecuados cuando estaba mal, contrariamente al decadente, que elige siempre los que lo perjudican." (Ecce homo). Para quien ha recorrido la producción del autor, este libro es un magnifico epílogo y resumen. Para quien no la conoce, es portentosa antesala de una obra necesariamente polémica y eternamente vital. En Ecce Homo, como en toda su obra, su prosa fluye con rumor de aguas a veces calmas, otras torrentosas. La metáfora, la razón poética de su obra, genera imágenes que disparan hacia nuevas imágenes; su palabra dice y revela pero, sobre todo, deja entrever, insinúa, inaugura intersticios. Generosa y expresiva, está impregnada de lo que alguien llamó acertadamente "nostalgia del futuro". El filósofo anuncia lo que está por venir, el superhombre, y él mismo vuelve a vivir su vida, una vida que - como él mismo afirma- no es sino la continuación de otras vidas, por cierto ancestrales. No es sino la bella metáfora de la vida como eterno retorno, como una vuelta a lo idéntico. Retorno que se expresa en la lectura gozosa y perpleja de estas páginas del filosofo que murió hace un siglo y en cada palabra está regresando. (para atormentar el alma de los imbéciles ) Ecce Homo. Prólogo. 1. Creo que dentro de poco tendré que dirigirme a la humanidad para presentarle una grave exigencia. Por lo tanto me parece indispensable decir quién soy yo. En realidad, es probable que lo sepan, pues siempre di testimonio de mí. Pero algo se interpone en mi propósito: hay una desproporción entre la grandeza de mi tarea y la pequeñes de mis contemporáneos, que se pone de manifiesto en el hecho de que no me han oído y ni siquiera me han visto. Yo vivo de mi propio crédito; pero tal vez afirmar que vivo sea sólo un prejucio... Me basta hablar con cualquier "persona culta" de las que vienen en verano a la Alta Engandina para convencerme de que yo no vivo... En este momento hay un deber contra el cual se rebelan mis hábitos y, más aún, el orgullo de mis instintos. Es el deber de decir: Escuchenme!, pues yo soy de esta manera. Y por sobre todas las cosas, ¡No me confundan con otros! 2. Por ejemplo, yo no soy de ninguna manera un espantapájaros, un monstruo en el campo moral. Por el contrario, mi naturaleza es antitética a la de esa clase de hombre que se venera como virtuosa. Entre nosotros, justamente esto es par de mi orgullo. Soy un discípulo del filósofo Dionisio; preferiría ser un sátiro antes que un santo. Pero lean lo que aquí he escrito. Tal vez ahya conseguido expresar esa antitesis de un modo jovial y afable; tal vez ése sea el único sentido de este libro. Lo último que yo pretendería sería "mejorar" a la humanidad. Yo no creo nuevos ídolos; pero los antiguos van a saber lo que significa tener pies de barro. Lo que sí es parte de mi oficio es derribar ídolos (es decir, "ideales" ). Se ha despojado a la realidad de su valor, de su sentido, de su veracidad, ya que se ha fingido engañosamente un mundo ideal... El "mundo verdadero" y el "mundo aparemten" significan hoy el mundo fingido y la realidad... Hasta ahora, la lmentira del ideal ha constituido la maldicion contra la realidad. La humanidad misma ha sido engañada por esa mentira hasta en sus instintos más básicos. Incluso ha llegado a adorar los valores opuestos a aquellos que habrían garantizado el florecimiento, el futuro, el supremo derecho de poseer un futuro. 3. El que sabe respirar el aire de mis escritos sabe que es un aire de altura, un aire fuerte. Es necesario estar hecho para ese aire; de lo contrario, se corre el nada desdeñable riesgo de resfriarse. El hielo está cerca, la soledad es inmensa. ¡Qué tranquilas yacen todas las cosas en la luz! ¡Con qué libertad se respira! ¡Cuántas cosas sentimos debajo de nosotros! La filosofía, tal como yo la he entendido y vivido hasta ahora, es vida voluntaria en el hieli y en las altas montañas, búsqueda de todo lo problemáticoy extraño en existencia, de todo lo proscrito hasta ahora por la moral. Una vasta experiencia, que me ha dado el hecho de caminar en lo prohibido me ha enseñado a ver las causas a partir de las cuales se han impartido, hasta ahora, moral e ideales, de un modo muy distinto al que tal vez se desea: se me ha descubierto la historia oculta de los filósofos, la psicología de sus grandes nombres. ¿Cuánta verdad soporta, cuánta verdad se atreve a afrontar un espíritu? Esto se fue convirtiendo para mí, cada vez más en la auténtica unidad de medida. El error (creen en el ideal) no es ceguera; es cobardía... Toda conquista, todo paso adelante en el conocimiento es consecuencia del valor, de la dureza y la limpieza con uno mismo... Yo no refuto los ideales. Simplemente, me pongo los guantes cuando estoy ante ellos... Nitimur in vetitum (Nos lanzamos hacia lo prohibido). Bajo este signo triunfará un día mi filosofía, pues hasta ahora lo único que se ha prohibido siempre, por principio, ha sido la verdad. 4. Entre mis escritos, Zaratustra ocupa un lugar especial. Con él le he ofrecido a la humanidad el regalo más grande que haya recibido hasta ahora. Este libro, dotado de una voz que atraviesa siglos, no es sólo el más elevado que existe, el verdadero libro del aire de altura (todos los hechos que forman al hombre yacen muy por debajo de él), sino también el libro más profundo, nacido de la riqueza más intima de la verdad, un pozo inagotable en el que todo lo que desciende, sube luego de oro y de bondad. El que habla en él no es un "profeta", uno de esos espantosos híbridos de enfermedad y de voluntad de poder llamados fundadores de religiones. Ante todo, para no ser lastimosamente injustos con el sentido de su sabiduría, es necesario oír bien el sentido que sale de esa boca, ese sonido alciónico. "las palabras más silenciosas son las que traen la tempestad. El mundo está gobernado por pensamientos que caminan con pies de paloma." Los higos caen de los árboles; son buenos y dulces. A medida que caen, su roja piel se abre. Para los higos maduros, yo soy un viento del norte. Al igual que cae el higo, caen estas enseñanzas y llegan hasta ustedes, amigos míos. ¡Beban su jugo y coman su dulce carne! Nos rodea el otoño, el cielo puro y la tarde." Ésta no es la voz de un fanático; aquí no se "predica", no se exige fe: el discurso va cayendo desde una infinita plenitud de luz y la una infinita profundidad de dicha, gota tras gota, palabra tras palabra, con una delicada lentitud, que es el tempo propio. Esto pueden oírlo los elegidos entre todos; en este caso, ser oyente es un privilegio sin igual; nadie es dueño de los oídos para escuchar a Zaratustra. ¿No es Zaratustra, entonces, un seductor...? ¿Qué dice él mismo, sin embargo, cuando retorna por primera vez a su soledad? Exactamente lo contrario de lo que diría en la misma situación cualquier "sabio", "santo", "redentor del mundo" y otros decadentes. No sólo habla de manera distinta, sino que también es distinto. "¡Ahora yo me voy solo, discípulos míos! ¡Váyanse ustedes también solos por su camino! Así lo deseo. En verdad, éste es mi consejo: ¡Aléjense y cuídense de mí, Zaratustra! Y les digo más: ¡Avergüencense de mí! Tal vez los haya engañado. El hombre que tiene conocimiento no sólo debe saber amar a sus enemigos; también debe saber odiar a sus amigos. Quien permanece siempre como discípulo, no recompensa de manera adecuada a su maestro. ¿Por qué no podrían deshojar ustedes mi corona? Ustedes me venean, pero ¿qué ocurriría si un día su veneración se derrumbara? ¡Cuídense de que no los aplaste una estatua! ¿Dicen que creen en Zaratustra? Pero ¡Qué importa Zaratustra! Ustedes son mis creyentes. Pero ¡Qué importan los creyentes! No se buscaron todavía a ustedes mismos, por eso me encontraron. Todos los creyentes hacen lo mismo, y es por eso que vale tan poco la fe, sea cual sea. Ahora les ordeno que se pierdan y se encuentren a ustedes mismos. Entonces, sólo cuando todos hayan renegado de mí, volveré entre ustedes..." Friedrich Nietzsche En este día perfecto en que todo madura y no sólo la uva toma un color oscuro, acaba de entrar a mi vida un rayo de sol. He mirado hacia atrás, he mirado hacia adelante, y nunca he visto de una sola vez tantas cosas y a la vez tan buenas. No en vano he sepultado hoy mi año cuarenta y cuatro, me era lícito sepultarlo. Lo que tenía de vida está salvado, es inmortal. Los regalos de este año de este último trimestre, han sido la Inversion de todos los valores, los Ditirambos de Dioniso y, como recreación, el Crepúsculo de los ídolos. ¿Cómo no voy a estar agradecido de mi vida entera? Por eso, me la voy a contar a mí mismo.
De la oscuridad [Cuento número 1 de la serie "Herbert West, reanimador". Texto completo.] H.P. Lovecraft De Herbert West, amigo mío durante el tiempo de la universidad y posteriormente, no puedo hablar sino con extremo terror. Terror que no se debe totalmente a la forma siniestra en que desapareció recientemente, sino que tuvo origen en la naturaleza entera del trabajo de su vida, y adquirió gravedad por primera vez hará más de diecisiete años, cuando estábamos en tercer año de nuestra carrera, en la Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic de Arkham. Mientras estuvo conmigo, lo prodigioso y diabólico de sus experimentos me tuvieron completamente fascinado, y fui su más intimo compañero. Ahora que ha desaparecido y se ha roto el hechizo, mi miedo es aún mayor. Los recuerdos y las posibilidades son siempre más terribles que la realidad. El primer incidente horrible durante nuestra amistad supuso la mayor impresión que yo había llevado hasta entonces, y me cuesta tenerlo que repetir. Ocurrió, como digo, cuando estábamos en la Facultad de Medicina, donde West se había hecho ya famoso con sus descabelladas teorías sobre la naturaleza de la muerte y la posibilidad de vencerla artificialmente. Sus opiniones, muy ridiculizadas por el profesorado y los compañeros, giraban en torno a la naturaleza esencialmente mecanicista de la vida, y se referían al modo de poner en funcionamiento la maquinaria orgánica del ser humano mediante una acción química calculada, después de fallar los procesos naturales. Con el fin de experimentar diversas soluciones reanimadoras, había matado y sometido a tratamiento a numerosos conejos, cobayas, gatos, perros y monos, hasta convertirse en la persona más enojosa de la Facultad. Varias veces había logrado obtener signos de vida en animales supuestamente muertos; en muchos casos, signos violentos de vida; pero pronto se dio cuenta de que la perfección, de ser efectivamente posible, comportaría necesariamente toda una vida dedicada a la investigación. Así mismo, vio claramente que, puesto que la misma solución no actuaba del mismo modo en diferentes especies orgánicas, necesitaba disponer de sujetos humanos si quería lograr nuevos y más especializados progresos. Y aquí es donde chocó con las autoridades universitarias y le fue retirado el permiso para efectuar experimentos, nada menos que por el propio decano de la Facultad de Medicina, el sabio y bondadoso doctor Allan Hales, cuya obra en pro de los enfermos es recordada por todos los vecinos antiguos de Arkham. Yo siempre me había mostrado excepcionalmente tolerante con los trabajos de West, y a menudo hablábamos de sus teorías, cuyas derivaciones y corolarios eran casi infinitos. Sosteniendo con Haeckel que toda vida es un proceso químico y físico, y que la supuesta "alma" es un mito, mi amigo creía que la reanimación artificial de los muertos podía depender sólo del estado de los tejidos; y que, a menos que se hubiese iniciado una verdadera descomposición, todo cadáver totalmente dotado de órganos era susceptible de recibir mediante el adecuado tratamiento, esa condición peculiar que se conoce como vida. West comprendía perfectamente que el más ligero deterioro de las células cerebrales ocasionadas por un período letal incluso fugaz podía dañar la vida intelectual y psíquica. Al principio, tenía esperanzas de encontrar un reactivo capaz de restituir la vitalidad antes de la verdadera aparición de la muerte, y sólo los repetidos fracasos en animales le habían revelado que eran incompatibles los movimientos vitales naturales y los artificiales. Entonces se procuró ejemplares extremadamente frescos y les inyectó sus soluciones en la sangre, inmediatamente después de la extinción de la vida. Tal circunstancia volvió enormemente escépticos a los profesores, ya que entendieron que en ningún caso se había producido una verdadera muerte. No se pararon a considerar la cuestión detenida y razonablemente. Poco después de que el profesorado le prohibiese continuar sus trabajos, West me confió su decisión de conseguir ejemplares frescos de una manera o de otra, y de reanudar en secreto los experimentos que no podía realizar abiertamente. Era horrible oírle hablar sobre el medio y manera de conseguirlos; en la Facultad nunca habíamos tenido que ocuparnos nosotros de allegar ejemplares para las prácticas de anatomía. Cada vez que mermaba el depósito, dos negros de la localidad se encargaban de subsanar este déficit sin que se les preguntase jamás su procedencia. West era por entonces joven, delgado y con gafas, de facciones delicadas, pelo amarillo, ojos azul pálido y voz suave; y era extraño oírle explicar cómo la fosa común era relativamente más interesante que el cementerio perteneciente a la Iglesia de Cristo dado que casi todos los cuerpos de la Iglesia de Cristo estaban embalsamados, lo cual, evidentemente, hacía imposibles las investigaciones de West. Por entonces era yo su ferviente y cautivado auxiliar, y lo ayudé en todas sus decisiones; no sólo en las que se referían a la fuente de abastecimiento de cadáveres, sino también en las concernientes al lugar adecuado para nuestro repugnante trabajo. Fui yo quien pensó en la granja deshabitada de Chapman, al otro lado de Meadow Hill; allí habilitamos una habitación de la planta baja para sala de operaciones y otra para laboratorio, dotándolas de gruesas cortinas a fin de ocultar nuestras actividades nocturnas. El lugar estaba retirado de la carretera, y no había casas a la vista; de todos modos, había que extremar las precauciones, ya que el más leve rumor sobre extrañas luces que cualquier caminante nocturno hiciese correr podía resultar catastrófico para nuestra empresa. Si llegaban a descubrirnos, acordamos decir que se trataba de un laboratorio químico. Poco a poco equipamos nuestra siniestra guarida científica con materiales comprados en Boston o sacados a escondidas de la facultad -materiales cuidadosamente camuflados, a fin de hacerlos irreconocibles, salvo para ojos expertos- , y nos proveímos de palas y picos para los numerosos enterramientos que tendríamos que efectuar en el sótano. En la facultad había un incinerador, pero un aparato de ese género era demasiado costoso para un laboratorio clandestino como el nuestro. Los cuerpos eran siempre un engorro... incluso los minúsculos cadáveres de cobaya de los experimentos secretos que West realizaba en su habitación de la pensión donde vivía. Seguíamos las noticias necrológicas locales como vampiros, ya que nuestros ejemplares requerían condiciones determinadas. Lo que queríamos eran cadáveres enterrados poco después de morir y sin preservación artificial alguna; preferiblemente, exentos de malformaciones morbosas y, desde luego, con todos los órganos. Nuestras mayores esperanzas estaban en las víctimas de accidentes. Durante varias semanas no tuvimos noticias de ningún caso apropiado, aunque hablábamos con las autoridades del depósito y del hospital, fingiendo representar los intereses de la facultad, si bien con no demasiada frecuencia en todos los casos, de manera que quizá necesitáramos quedarnos en Arkham durante las vacaciones, en que sólo se impartían las limitadas clases de los cursos de verano. Al final nos sonrió la suerte, pues un día nos enteramos de que iban a enterrar en la fosa común un caso casi ideal: un obrero joven y fornido que se había ahogado el día anterior en Summer's Pond, al que habían enterrado sin dilaciones ni embalsamamientos, por cuenta de la ciudad. Esa tarde localizamos la nueva sepultura y decidimos empezar a trabajar poco después de la medianoche. Fue una labor repugnante la que acometimos en la oscuridad de las primeras horas de la madrugada, aún cuando en aquella época no teníamos ese horror especial a los cementerios que nuestras experiencias posteriores nos despertó. Llevamos palas y lámparas de petróleo porque, si bien ya había linternas eléctricas entonces, no eran tan satisfactorias como esos aparatos de tungsteno de hoy día. El trabajo de exhumación fue lento y sórdido -podía haber sido horriblemente poético, si en vez de científicos hubiéramos sido artistas- y sentimos alivio cuando nuestras palas chocaron con madera. Una vez que la caja de pino quedó enteramente al descubierto, bajó West, quitó la tapa, sacó el contenido y lo dejó apoyado. Me incliné, lo agarré, y entre los dos lo sacamos de la fosa; a continuación trabajamos denodadamente para dejar el lugar como antes. La empresa nos había puesto algo nerviosos; sobre todo, el cuerpo tieso y la cara inexpresiva de nuestro primer trofeo; pero nos las arreglamos para borrar todas las huellas de nuestra visita. Cuando quedó aplanada la ultima paletada de tierra, metimos el ejemplar en un saco de lienzo y emprendimos el regreso hacia la granja del viejo Chapman, al otro lado de Meadow Hill. En una improvisada mesa de disección instalada en la vieja granja, a la luz de una potente lámpara de acetileno, el ejemplar no ofrecía un aspecto demasiado espectral. Había sido un joven robusto y poco imaginativo, al parecer un tipo saludable y plebeyo -constitución ancha, ojos grises y cabello castaño-, un animal sano, sin complejidades sicológicas, y probablemente con unos procesos vitales de lo más simple y sanos. Ahora bien, con los ojos cerrados parecía más dormido que muerto; sin embargo, la prueba experta de mi amigo disipó en seguida toda duda al respecto. Al fin teníamos lo que West siempre había deseado: un muerto verdaderamente ideal, apto para la solución que habíamos preparado con minuciosos cálculos y teorías, a fin de utilizar en el organismo humano. Nuestra tensión era enorme. Sabíamos que las posibilidades de lograr un éxito completo eran remotas, y no podíamos reprimir un miedo horrible a las grotescas consecuencias de una posible animación parcial. Nos sentíamos especialmente aprensivos en lo que se refiera a la mente y a los impulsos de la criatura, ya que podía haber sufrido un deterioro en las delicadas células cerebrales con posterioridad a la muerte. Por lo que a mí respecta, aún conservaba una curiosa noción tradicional del "alma" humana, y sentía cierto temor ante los secretos que podía revelar alguien que regresaba del reino de los muertos. Me preguntaba qué visiones podía haber presenciado este plácido joven, si volvía plenamente a la vida. Pero mi expectación no era excesiva, ya que compartía casi en su mayor parte el materialismo de mi amigo. Él se mostró más tranquilo que yo al inyectar una buena dosis de su fluido en una vena del brazo del cadáver, y vendar inmediatamente el pinchazo. La espera fue espantosa, pero West no perdió el aplomo en ningún momento. De cuando en cuando aplicaba su estetoscopio al ejemplar y soportaba filosóficamente los resultados negativos. Al cabo de unos tres cuartos de hora, viendo que no se producía el menor signo de vida, declaró decepcionado que la solución era inapropiada; sin embargo, decidió aprovechar al máximo esta oportunidad y probar una modificación de la formula, antes de deshacerse de su macabra presa. Esa tarde habíamos cavado una sepultura en el sótano, y tendríamos que llenarla al amanecer, pues aunque habíamos puesto cerradura a la casa, no queríamos correr el más mínimo riesgo de que se produjera un desagradable descubrimiento. Además, el cuerpo no estaría ni medianamente fresco a la noche siguiente. De modo que trasladamos la solitaria lámpara de acetileno al laboratorio contiguo -dejando a nuestro mudo huésped a oscuras sobre la losa- y nos pusimos a trabajar en la preparación de una nueva solución, tras comprobar West el peso y las mediciones casi con fanático cuidado. El espantoso suceso fue repentino y totalmente inesperado. Yo estaba vertiendo algo de un tubo de ensayo a otro, y West se encontraba ocupado con la lámpara de alcohol -que hacía las veces de mechero Bunsen en ese edificio sin instalación de gas- cuando de la habitación que habíamos dejado a oscuras brotó la más horrenda y demoníaca sucesión de gritos jamás oída por ninguno de los dos. No habría sido más espantoso el caos de alaridos si el abismo se hubiese abierto para liberar la angustia de los condenados, ya que en aquella cacofonía inconcebible se concentraba el supremo terror y desesperación de la naturaleza animada. No podían ser humanos -un hombre no es capaz de proferir gritos así- y sin pensar en el trabajo que estábamos realizando, ni en la posibilidad de que lo descubrieran, saltamos los dos por la ventana más próxima como animales despavoridos, derribando tubos, lámparas y matraces, y huyendo alocadamente a la estrellada negrura de la noche rural. Creo que gritamos mientras corríamos frenéticamente hacia la ciudad, aunque al llegar a las afueras adoptamos una actitud más contenida... lo suficiente como para pasar por un par de juerguistas trasnochadores que regresaban a casa después de una francachela. No nos separamos, sino que nos refugiamos en la habitación de West, y allí estuvimos hablando, con la luz de gas encendida, hasta que amaneció. A esa hora nos habíamos serenado un poco discurriendo teorías plausibles y sugiriendo ideas prácticas para nuestra investigación, de forma que pudimos dormir todo el día, en lugar de asistir a clase. Pero esa tarde aparecieron dos artículos en el periódico, sin relación alguna entre sí, que nos quitaron el sueño. La vieja casa deshabitada de Chapman había ardido inexplicablemente, quedando reducida a un informe montón de cenizas; eso lo entendíamos, ya que habíamos volcado la lámpara. El otro informaba que habían intentado abrir la reciente sepultura de la fosa común, como hurgando en la tierra vanamente y sin herramientas. Esto nos resultaba incomprensible, ya que habíamos aplanado muy cuidadosamente la tierra húmeda. Y durante diecisiete años West anduvo mirando por encima del hombro, y quejándose de que le parecía oír pasos detrás de él. Ahora ha desaparecido.
Allá en lo alto, coronando la herbosa cima un montículo escarpado, de falda cubierta por los árboles nudosos de la selva primordial, se levanta la vieja mansión de mis antepasados. Durante siglos sus almenas han contemplado ceñudas el salvaje y accidentado terreno circundante, sirviendo de hogar y fortaleza para la casa altanera cuyo honrado linaje es más viejo aún que los muros cubiertos de musgo del castillo. Sus antiguos torreones, castigados durante generaciones por las tormentas, demolidos por el lento pero implacable paso del tiempo, formaban en la época feudal una de las más temidas y formidables fortalezas de toda Francia. Desde las aspilleras de sus parapetos y desde sus escarpadas almenas, muchos barones, condes y aun reyes han sido desafiados, sin que nunca resonara en sus espaciosos salones el paso del invasor. Pero todo ha cambiado desde aquellos gloriosos años. Una pobreza rayana en la indigencia, unida a la altanería que impide aliviarla mediante el ejercicio del comercio, ha negado a los vástagos del linaje la oportunidad de mantener sus posesiones en su primitivo esplendor; y las derruidas piedras de los muros, la maleza que invade los patios, el foso seco y polvoriento, así como las baldosas sueltas, las tablazones comidas de gusanos y los deslucidos tapices del interior, todo narra un melancólico cuento de perdidas grandezas. Con el paso de las edades, primero una, luego otra, las cuatro torres fueron derrumbándose, hasta que tan sólo una sirvió de cobijo a los tristemente menguados descendientes de los otrora poderosos señores del lugar. Fue en una de las vastas y lóbregas estancias de esa torre que aún seguía en pie donde yo, Antoine, el último de los desdichados y maldecidos condes de C., vine al mundo, hace diecinueve años. Entre esos muros, y entre las oscuras y sombrías frondas, los salvajes barrancos y las grutas de la ladera, pasaron los primeros años de mi atormentada vida. Nunca conocí a mis progenitores. Mi padre murió a la edad de treinta y dos, un mes después de mi nacimiento, alcanzado por una piedra de uno de los abandonados parapetos del castillo; y, habiendo fallecido mi madre al darme a luz, mi cuidado y educación corrieron a cargo del único servidor que nos quedaba, un hombre anciano y fiel de notable inteligencia, que recuerdo que se llamaba Pierre. Yo no era más que un chiquillo, y la carencia de compañía que eso acarreaba se veía aumentada por el extraño cuidado que mi añoso guardián se tomaba para privarme del trato de los muchachos campesinos, aquellos cuyas moradas se desperdigaban por los llanos circundantes en la base de la colina. Por entonces, Pierre me había dicho que tal restricción era debida a que mi nacimiento noble me colocaba por encima del trato con aquellos plebeyos compañeros. Ahora sé que su verdadera intención era ahorrarme los vagos rumores que corrían acerca de la espantosa maldición que afligía a mi linaje, cosas que se contaban en la noche y eran magnificadas por los sencillos aldeanos según hablaban en voz baja al resplandor del hogar en sus chozas. Aislado de esa manera, librado a mis propios recursos, ocupaba mis horas de infancia en hojear los viejos tomos que llenaban la biblioteca del castillo, colmada de sombras, y en vagar sin ton ni son por el perpetuo crepúsculo del espectral bosque que cubría la falda de la colina. Fue quizás merced a tales contornos el que mi mente adquiriera pronto tintes de melancolía. Esos estudios y temas que tocaban lo oscuro y lo oculto de la naturaleza eran lo que más llamaban mi atención. Poco fue lo que me permitieron saber de mi propia ascendencia, y lo poco que supe me sumía en hondas depresiones. Quizás, al principio, fue sólo la clara renuencia mostrada por mi viejo preceptor a la hora de hablarme de mi línea paterna lo que provocó la aparición de ese terror que yo sentía cada vez que se mentaba a mi gran linaje, aunque al abandonar la infancia conseguí fragmentos inconexos de conversación, dejados escapar involuntariamente por una lengua que ya iba traicionándolo con la llegada de la senilidad, y que tenían alguna relación con un particular acontecimiento que yo siempre había considerado extraño, y que ahora empezaba a volverse turbiamente terrible. A lo que me refiero es a la temprana edad en la que los condes de mi linaje encontraban la muerte. Aunque hasta ese momento había considerado un atributo de familia el que los hombres fueran de corta vida, más tarde reflexioné en profundidad sobre aquellas muertes prematuras, y comencé a relacionarlas con los desvaríos del anciano, que a menudo mencionaba una maldición que durante siglos había impedido que las vidas de los portadores del título sobrepasasen la barrera de los treinta y dos años. En mi vigésimo segundo cumpleaños, el añoso Pierre me entregó un documento familiar que, según decía, había pasado de padre a hijo durante muchas generaciones y había sido continuado por cada poseedor. Su contenido era de lo más inquietante, y una lectura pormenorizada confirmó la gravedad de mis temores. En ese tiempo, mi creencia en lo sobrenatural era firme y arraigada, de lo contrario hubiera hecho a un lado con desprecio el increíble relato que tenía ante los ojos. El papel me hizo retroceder a los tiempos del siglo XIII, cuando el viejo castillo en el que me hallaba era una fortaleza temida e inexpugnable. En él se hablaba de cierto anciano que una vez vivió en nuestras posesiones, alguien de no pocos talentos, aunque su rango apenas rebasaba el de campesino; era de nombre Michel, de usual sobrenombre Mauvais, el malhadado, debido a su siniestra reputación. A pesar de su clase, había estudiado, buscando cosas tales como la piedra filosofal y el elixir de la eterna juventud, y tenía fama de ducho en los terribles arcanos de la magia negra y la alquimia. Michel Mauvais tenía un hijo llamado Charles, un mozo tan avezado como él mismo en las artes ocultas, habiendo sido por ello apodado Le Sorcier, el brujo. Ambos, evitados por las gentes de bien, eran sospechosos de las prácticas más odiosas. El viejo Michel era acusado de haber quemado viva a su esposa, a modo de sacrificio al diablo, y, en lo tocante a las incontables desapariciones de hijos pequeños de campesinos, se tendía a señalar su puerta. Pero, a través de las oscuras naturalezas de padre e hijo brillaba un rayo de humanidad y redención; el malvado viejo quería a su retoño con fiera intensidad, mientras que el mozo sentía por su padre una devoción más que filial. Una noche el castillo de la colina se encontró sumido en la más tremenda de las confusiones por la desaparición del joven Godfrey, hijo del conde Henri. Un grupo de búsqueda, encabezado por el frenético padre, invadió la choza de los brujos, hallando al viejo Michel Mauvais mientras trasteaba en un inmenso caldero que bullía violentamente. Sin más demora, llevado de furia y desesperación desbocadas, el conde puso sus manos sobre el anciano mago y, al aflojar su abrazo mortal, la víctima ya había expirado. Entretanto, los alegres criados proclamaban el descubrimiento del joven Godfrey en una estancia lejana y abandonada del edificio, anunciándolo muy tarde, ya que el pobre Michel había sido muerto en vano. Al dejar el conde y sus amigos la mísera cabaña del alquimista, la figura de Charles Le Sorcier hizo acto de presencia bajo los árboles. La charla excitada de los domésticos más próximos le reveló lo sucedido, aunque pareció indiferente en un principio al destino de su padre. Luego, yendo lentamente al encuentro del conde, pronunció con voz apagada pero terrible la maldición que, en adelante, afligiría a la casa de C. «Nunca sea que un noble de tu estirpe homicida Viva para alcanzar mayor edad de la que ahora posees» proclamó cuando, repentinamente, saltando hacia atrás al negro bosque, sacó de su túnica una redoma de líquido incoloro que arrojó al rostro del asesino de su padre, desapareciendo al amparo de la negra cortina de la noche. El conde murió sin decir palabra y fue sepultado al día siguiente, con apenas treinta y dos años. Nunca descubrieron rastro del asesino, aunque implacables bandas de campesinos batieron las frondas cercanas y las praderas que rodeaban la colina. El tiempo y la falta de recordatorios aminoraron la idea de la maldición de la mente de la familia del conde muerto; así que cuando Godfrey, causante inocente de toda la tragedia y ahora portador de un título, murió traspasado por una flecha en el transcurso de una cacería, a la edad de treinta y dos años, no hubo otro pensamiento que el de pesar por su deceso. Pero cuando, años después, el nuevo joven conde, de nombre Robert, fue encontrado muerto en un campo cercano y sin mediar causa aparente, los campesinos dieron en murmurar acerca de que su amo apenas sobrepasaba los treinta y dos cumpleaños cuando fue sorprendido por su temprana muerte. Louis, hijo de Robert, fue descubierto ahogado en el foso a la misma fatídica edad, y, desde ahí, la crónica ominosa recorría los siglos: Henris, Roberts, Antoines y Armands privados de vidas felices y virtuosas cuando apenas rebasaban la edad que tuviera su infortunado antepasado al morir. Según lo leído, parecía cierto que no me quedaban sino once años. Mi vida, tenida hasta entonces en tan poco, se me hizo ahora más preciosa a cada día que pasaba, y me fui progresivamente sumergiendo en los misterios del oculto mundo de la magia negra. Solitario como era, la ciencia moderna no me había perturbado y trabajaba como en la Edad Media, tan empeñado como estuvieran el viejo Michel y el joven Charles en la adquisición de saber demonológico y alquímico. Aunque leía cuanto caía en mis manos, no encontraba explicación para la extraña maldición que afligía a mi familia. En los pocos momentos de pensamiento racional, podía llegar tan lejos como para buscar alguna explicación natural, atribuyendo las tempranas muertes de mis antepasados al siniestro Charles Le Sorcier y sus herederos; pero descubriendo tras minuciosas investigaciones que no había descendientes conocidos del alquimista, me volví nuevamente a los estudios ocultos y de nuevo me esforcé en encontrar un hechizo capaz de liberar a mi estirpe de esa terrible carga. En algo estaba plenamente resuelto. No me casaría jamás, y, ya que las ramas restantes de la familia se habían extinguido, pondría fin conmigo a la maldición. Cuando yo frisaba los treinta, el viejo Pierre fue reclamado por el otro mundo. Lo enterré sin ayuda bajo las piedras del patio por el que tanto gustara de deambular en vida. Así quedé para meditar en soledad, siendo el único ser humano de la gran fortaleza, y en el total aislamiento mi mente fue dejando de rebelarse contra la maldición que se avecinaba para casi llegar a acariciar ese destino con el que se habían encontrado tantos de mis antepasados. Pasaba mucho tiempo explorando las torres y los salones ruinosos y abandonados del viejo castillo, que el temor juvenil me había llevado a rehuir y que, al decir del viejo Pierre, no habían sido hollados por ser humano durante casi cuatro siglos. Muchos de los objetos hallados resultaban extraños y espantosos. Mis ojos descubrieron muebles cubiertos por polvo de siglos, desmoronándose en la putridez de largas exposiciones a la humedad. Telarañas en una profusión nunca antes vista brotaban por doquier, e inmensos murciélagos agitaban sus alas huesudas e inmensas por todos lados en las, por otra parte, vacías tinieblas. Guardaba el cálculo más cuidadoso de mi edad exacta, aun de los días y horas, ya que cada oscilación del péndulo del gran reloj de la biblioteca desgranaba una pizca más de mi condenada existencia. Al final estuve cerca del momento tanto tiempo contemplado con aprensión. Dado que la mayoría de mis antepasados fueron abatidos poco después de llegar a la edad exacta que tenía el conde Henri al morir, yo aguardaba en cualquier instante la llegada de una muerte desconocida. En qué extraña forma me alcanzaría la maldición, eso no sabía decirlo; pero estaba decidido a que, al menos, no me encontrara atemorizado o pasivo. Con renovado vigor, me apliqué al examen del viejo castillo y cuanto contenía. El suceso culminante de mi vida tuvo lugar durante una de mis exploraciones más largas en la parte abandonada del castillo, a menos de una semana de la fatídica hora que yo sabía había de marcar el límite final a mi estancia en la tierra, más allá de la cual yo no tenía siquiera atisbos de esperanza de conservar el hálito. Había empleado la mejor parte de la mañana yendo arriba y abajo por las escaleras medio en ruinas, en uno de los más castigados de los antiguos torreones. En el transcurso de la tarde me dediqué a los niveles inferiores, bajando a lo que parecía ser un calabozo medieval o quizás un polvorín subterráneo, más bajo. Mientras deambulaba lentamente por los pasadizos llenos de incrustaciones al pie de la última escalera, el suelo se tornó sumamente húmedo y pronto, a la luz de mi trémula antorcha, descubrí que un muro sólido, manchado por el agua, impedía mi avance. Girándome para volver sobre mis pasos, fui a poner los ojos sobre una pequeña trampilla con anillo, directamente bajo mis pies. Deteniéndome, logré alzarla con dificultad, descubriendo una negra abertura de la que brotaban tóxicas humaredas que hicieron chisporrotear mi antorcha, a cuyo titubeante resplandor vislumbré una escalera de piedra. Tan pronto como la antorcha, que yo había abatido hacia las repelentes profundidades, ardió libre y firmemente, emprendí el descenso. Los peldaños eran muchos y llevaban a un angosto pasadizo de piedra que supuse muy por debajo del nivel del suelo. Este túnel resultó de gran longitud y finalizaba en una masiva puerta de roble, rezumante con la humedad del lugar, que resistió firmemente cualquier intento mío de abrirla. Cesando tras un tiempo en mis esfuerzos, me había vuelto un trecho hacia la escalera, cuando sufrí de repente una de las impresiones más profundas y enloquecedoras que pueda concebir la mente humana. Sin previo aviso, escuché crujir la pesada puerta a mis espaldas, girando lentamente sobre sus oxidados goznes. Mis inmediatas sensaciones no son susceptibles de análisis. Encontrarme en un lugar tan completamente abandonado como yo creía que era el viejo castillo, ante la prueba de la existencia de un hombre o un espíritu, provocó a mi mente un horror de lo más agudo que pueda imaginarse. Cuando al fin me volví y encaré la fuente del sonido, mis ojos debieron desorbitarse ante lo que veían. En un antiguo marco gótico se encontraba una figura humana. Era un hombre vestido con un casquete1 y una larga túnica medieval de color oscuro. Sus largos cabellos y frondosa barba eran de un negro intenso y terrible, de increíble profusión. Su frente, más alta de lo normal; sus mejillas, consumidas, llenas de arrugas; y sus manos largas, semejantes a garras y nudosas, eran de una mortal y marmórea blancura como nunca antes viera en un hombre. Su figura, enjuta hasta asemejarla a un esqueleto, estaba extrañamente cargada de hombros y casi perdida dentro de los voluminosos pliegues de su peculiar vestimenta. Pero lo más extraño de todo eran sus ojos, cavernas gemelas de negrura abisal, profundas en saber, pero inhumanas en su maldad. Ahora se clavaban en mí, lacerando mi alma con su odio, manteniéndome sujeto al sitio. Por fin, la figura habló con una voz retumbante que me hizo estremecer debido a su honda impiedad e implícita malevolencia. El lenguaje empleado en su discurso era el decadente latín usado por los menos eruditos durante la Edad Media, y pude entenderlo gracias a mis prolongadas investigaciones en los tratados de los viejos alquimistas y demonólogos. Esa aparición hablaba de la maldición suspendida sobre mi casa, anunciando mi próximo fin, e hizo hincapié en el crimen cometido por mi antepasado contra el viejo Michel Mauvais, recreándose en la venganza de Charles le Sorcier. Relató cómo el joven Charles había escapado al amparo de la noche, volviendo al cabo de los años para matar al heredero Godfrey con una flecha, en la época en que éste alcanzó la edad que tuviera su padre al ser asesinado; cómo había vuelto en secreto al lugar, estableciéndose ignorado en la abandonada estancia subterránea, la misma en cuyo umbral se recortaba ahora el odioso narrador. Cómo había apresado a Robert, hijo de Godfrey, en un campo, forzándolo a ingerir veneno y dejándolo morir a la edad de treinta y dos, manteniendo así la loca profecía de su vengativa maldición. Entonces me dejó imaginar cuál era la solución de la mayor de las incógnitas: cómo la maldición había continuado desde el momento en que, según las leyes de la naturaleza, Charles le Sorcier hubiera debido morir, ya que el hombre se perdió en digresiones, hablándome sobre los profundos estudios de alquimia de los dos magos, padre e hijo, y explayándose sobre la búsqueda de Charles le Sorcier del elixir que podría garantizarle el goce de vida y juventud eternas. Por un instante su entusiasmo pareció desplazar de aquellos ojos terribles el odio mostrado en un principio, pero bruscamente volvió el diabólico resplandor y, con un estremecedor sonido que recordaba el siseo de una serpiente, alzó una redoma de cristal con evidente intención de acabar con mi vida, tal como hiciera Charles le Sorcier seiscientos años antes con mi antepasado. Llevado por algún protector instinto de autodefensa, luché contra el encanto que me había tenido inmóvil hasta ese momento, y arrojé mi antorcha, ahora moribunda, contra el ser que amenazaba mi vida. Escuché cómo la ampolla se rompía de forma inocua contra las piedras del pasadizo mientras la túnica del extraño personaje se incendiaba, alumbrando la horrible escena con un resplandor fantasmal. El grito de espanto y de maldad impotente que lanzó el frustrado asesino resultó demasiado para mis nervios, ya estremecidos, y caí desmayado al suelo fangoso. Cuando por fin recobré el conocimiento, todo estaba espantosamente a oscuras y, recordando lo ocurrido, temblé ante la idea de tener que soportar aún más; pero fue la curiosidad lo que acabó imponiéndose. ¿Quién, me preguntaba, era este malvado personaje, y cómo había llegado al interior del castillo? ¿Por qué podía querer vengar la muerte del pobre Michel Mauvais y cómo se había transmitido la maldición durante el gran número de siglos pasados desde la época de Charles le Sorcier? El peso del espanto, sufrido durante años, desapareció de mis hombros, ya que sabía que aquel a quien había abatido era lo que hacía peligrosa la maldición, y, viéndome ahora libre, ardía en deseos de saber más del ser siniestro que había perseguido durante siglos a mi linaje, y que había convertido mi propia juventud en una interminable pesadilla. Dispuesto a seguir explorando, me tanteé los bolsillos en busca de eslabón y pedernal, y encendí la antorcha de repuesto. Enseguida, la luz renacida reveló el cuerpo retorcido y achicharrado del misterioso extraño. Esos ojos espantosos estaban ahora cerrados. Desasosegado por la visión, me giré y accedí a la estancia que había al otro lado de la puerta gótica. Allí encontré lo que parecía ser el laboratorio de un alquimista. En una esquina se encontraba una inmensa pila de reluciente metal amarillo que centelleaba de forma portentosa a la luz de la antorcha. Debía de tratarse de oro, pero no me detuve a cerciorarme, ya que estaba afectado de forma extraña por la experiencia sufrida. Al fondo de la estancia había una abertura que conducía a uno de los muchos barrancos abiertos en la oscura ladera boscosa. Lleno de asombro, aunque sabedor ahora de cómo había logrado ese hombre llegar al castillo, me volví. Intenté pasar con el rostro vuelto junto a los restos de aquel extraño, pero, al acercarme, creí oírle exhalar débiles sonidos, como si la vida no hubiera escapado por completo de él. Horrorizado, me incliné para examinar la figura acurrucada y abrasada del suelo. Entonces esos horribles ojos, mas oscuros que la cara quemada donde se albergaban, se abrieron para mostrar una expresión imposible de identificar. Los labios agrietados intentaron articular palabras que yo no acababa de entender. Una vez capté el nombre de Charles le Sorcier y en otra ocasión pensé que las palabras «años» y «maldición» brotaban de esa boca retorcida. A pesar de todo, no fui capaz de encontrar un significado a su habla entrecortada. Ante mi evidente ignorancia, los ojos como pozos relampaguearon una vez más malévolamente en mi contra, hasta el punto de que, inerme como veía a mi enemigo, me sentí estremecer al observarlo. Súbitamente, aquel miserable, animado por un último rescoldo de energía, alzó su espantosa cabeza del suelo húmedo y hundido. Entonces, recuerdo que, estando yo paralizado por el miedo, recuperó la voz y con aliento agonizante vociferó las palabras que en adelante habrían de perseguirme durante todos los días y las noches de mi vida. -¡Necio! -gritaba-. ¿No puedes adivinar mi secreto? ¿No tienes bastante cerebro como para reconocer la voluntad que durante seis largos siglos ha perpetuado la espantosa maldición sobre los tuyos? ¿No te he hablado del gran elixir de la eterna juventud? ¿No sabes quién desveló el secreto de la alquimia? ¡Pues fui yo! ¡Yo! ¡Yo! ¡Yo que he vivido durante seiscientos años para perpetuar mi venganza, PORQUE YO SOY CHARLES LE SORCIER! FIN 1. Casquete: Pieza de la armadura, de forma redondeada y de pequeñas dimensiones, que servía para resguardo de la cabeza. // Cubierta de tela, cuero, etc., que se ajusta a la cabeza.
La tumba [Cuento. Texto completo] H.P. Lovecraft «Sedibus ut saltem placidis in morte quiescam.» -Virgilio Al abordar las circunstancias que han provocado mi reclusión en este asilo para enfermos mentales, soy consciente de que mi actual situación provocará las lógicas reservas acerca de la autenticidad de mi relato. Es una desgracia que el común de la humanidad sea demasiado estrecha de miras para sopesar con calma e inteligencia ciertos fenómenos aislados que subyacen más allá de su experiencia común, y que son vistos y sentidos tan sólo por algunas personas psíquicamente sensibles. Los hombres de más amplio intelecto saben que no existe una verdadera distinción entre lo real y lo irreal; que todas las cosas aparecen tal como son tan sólo en virtud de los frágiles sentidos físicos y mentales mediante los que las percibimos; pero el prosaico materialismo de la mayoría tacha de locuras a los destellos de clarividencia que traspasan el vulgar velo del empirismo chabacano. Mi nombre es Jervas Dudley, y desde mi más tierna infancia he sido un soñador y un visionario. Lo bastante adinerado como para no necesitar trabajar, y temperamentalmente negado para los estudios formales y el trato social de mis iguales, viví siempre en esferas alejadas del mundo real; pasando mi juventud y adolescencia entre libros antiguos y poco conocidos, así como deambulando por los campos y arboledas en la vecindad del hogar de mis antepasados. No creo que lo leído en tales libros, o lo visto en esos campos y arboledas, fuera lo mismo que otros chicos pudieran leer o ver allí; pero de tales cosas debo hablar poco, ya que explayarme sobre ellas no haría sino confirmar esas infamias despiadadas acerca de mi inteligencia que a veces oigo susurrar a los esquivos enfermeros que me rodean. Será mejor para mí que me ciña a los sucesos sin entrar a analizar las causas. Ya he dicho que vivía apartado del mundo real, aunque no que viviera solo. Eso no es para seres humanos, ya que quien se aparta de la compañía de los vivos inevitablemente frecuenta la compañía de cosas que no tienen, o al menos no demasiada, vida. Cerca de mi casa existe una curiosa hondonada boscosa en cuyas profundidades umbrías pasaba la mayor parte del tiempo; leyendo, pensando y soñando. En sus musgosas laderas tuvieron lugar mis primeros pasos infantiles, y en torno a sus robles grotescamente nudosos se entretejieron mis primeras fantasías de adolescencia. Terminé por conocer bien a las dríadas tutelares de tales árboles, y a menudo he atisbado sus salvajes danzas a los fieros rayos de la luna menguante... pero no debo hablar ahora de eso. Debo ceñirme a la tumba abandonada de los Hydes, una vieja y rancia familia cuyo último descendiente directo había sido introducido en su negro seno décadas antes de mi nacimiento. Esta cripta de la que hablo es de viejo granito, carcomido y descolorido por brumas y humedades de generaciones. Excavado en la ladera, tan sólo la entrada de la estructura resulta visible. La puerta, un bloque pesado e imponente de piedra, cuelga sobre oxidados goznes de hierro, y se encuentra entornada de forma extraña y siniestra, mediante pesadas cadenas y candados, siguiendo una rústica costumbre de hace medio siglo. La residencia del linaje cuyos vástagos yacen aquí en urnas, antiguamente coronaba la cuesta donde se halla la tumba, pero hace mucho que se derrumbó víctima de las llamas provocadas por la desastrosa caída de un rayo. Los más viejos del lugar a veces hablan con voces apagadas e inquietas acerca de la tormenta de medianoche que destruyó esa melancólica mansión; mencionando lo que ellos llaman «cólera divina» en una forma tal que en años posteriores aumentaría la siempre fuerte fascinación que sentía por ese sepulcro devorado por las malezas. Tan sólo un hombre había perecido por el fuego. Cuando el último de los Hydes fue sepultado en este lugar de sombras y quietud, aquella triste urna de cenizas había llegado de una tierra distante, ya que la familia se había marchado tras el incendio de la mansión. Ya no queda nadie para depositar flores en el portal de granito, y pocos se aventuran entre las deprimentes sombras que parecen demorarse en forma extraña alrededor de sus piedras gastadas por el agua. Nunca olvidaré la tarde en que me encontré por primera vez con esa casa de muerte casi oculta. Era mediado el verano, cuando la alquimia de la naturaleza transmuta el paisaje silvestre en una vívida y casi homogénea masa de verdor; cuando los sentidos se ven intoxicados por oleadas de húmedo verdor y el aroma sutilmente indefinible de la tierra y la vegetación. En tales parajes la mente pierde la perspectiva; tiempo y espacio se hacen vanos e irreales, y los sucesos de un pasado perdido laten insistentemente sobre la conciencia cautivada. Estuve vagabundeando todo el día a través de las místicas arboledas; pensando en cosas de las que no hace falta hablar y conversando con seres que no debo mencionar. A la edad de diez años, yo había visto y oído multitud de maravillas ocultas para el vulgo; y era curiosamente viejo en ciertos aspectos. Cuando, tras abrirme paso entre dos exuberantes zarzales, me topé bruscamente con la entrada de la cripta, yo no sabía lo que había descubierto. Los oscuros bloques de granito, la puerta tan curiosamente entreabierta, y los relieves funerarios sobre el arco, no despertaron en mí asociaciones tristes o terribles. Sobre tumbas y sepulcros ya era mucho lo que sabía e imaginaba, aunque por mi peculiar carácter me había apartado de todo contacto con camposantos y cementerios. La extraña casa de piedra en la ladera representaba para mí una fuente de interés y especulaciones; y su interior frío y húmedo, dentro del que vanamente trataba de ojear a través de la abertura tan incitantemente dispuesta, no tenía para mí connotaciones de muerte o decadencia. Pero de ese instante de curiosidad nació el loco e irracional deseo que me ha conducido a este infierno de reclusión. Azuzado por una voz que debía proceder del espantoso corazón de la espesura, resolví penetrar aquellas tinieblas que me reclamaban, a pesar de las cadenas que impedían mi acceso. En la menguante luz del día, alternativamente sacudí los herrumbrosos impedimentos, dispuesto a franquear la puerta de piedra, e intenté escurrir mi magro cuerpo a través del espacio ya abierto; pero nada de todo esto resultó. Tras la curiosidad del principio, ahora me encontraba frenético; y cuando en el crepúsculo que avanzaba volví a casa, había jurado al centenar de dioses del bosque que, a cualquier precio, algún día me abriría paso hasta las oscuras y heladas profundidades que parecían reclamarme. El médico de barba gris que acude cada día a mi cuarto dijo una vez a un visitante que tal decisión representaba el comienzo de una penosa monomanía; pero esperaré el juicio final de los lectores cuando éstos hayan sabido todo. Consumí los meses posteriores al descubrimiento en inútiles tentativas de forzar el complejo candado de la cripta entreabierta, así como en discretas indagaciones acerca de la naturaleza e historia de esa estructura. Con el oído tradicionalmente receptivo de los niños, aprendí mucho, aun cuando mi habitual reserva me llevó a no comunicar a nadie ni esos datos ni la decisión tomada. Quizás debiera mencionar que no me sorprendí ni me aterré al conocer la naturaleza de la cripta. Mis originales ideas acerca de la vida y de la muerte me habían llevado a asociar, de alguna vaga forma, la fría arcilla y el cuerpo animado; y sentí que esa grande y siniestra familia de la mansión incendiada estaba en algún modo presente en el pétreo recinto que yo trataba de explorar. Las habladurías sobre ritos salvajes e idólatras orgías ocurridas antiguamente en el viejo lugar despertaban en mí un nuevo y poderoso interés por la tumba, ante cuyas puertas podía sentarme durante horas y más horas cada día. En cierta ocasión lancé una vela por la rendija de la entrada; pero no pude ver nada sino un tramo de húmedos peldaños que descendía. El olor del lugar me repelía al tiempo que me fascinaba. Sentía haberlo aspirado ya antes, en un remoto pasado anterior a todo recuerdo; previo incluso a mi estancia en el cuerpo que ahora habito. El año siguiente al descubrimiento de la tumba encontré una traducción carcomida por los gusanos de las Vidas de Plutarco en el ático atestado de libros de mi hogar. Leyendo la vida de Teseo, quedé sumamente impresionado por aquel pasaje que habla sobre la gran roca bajo la que el héroe infantil habría de encontrar las señales de su destino, tras hacerse lo suficientemente adulto como para alzar su enorme peso. Esa leyenda consiguió aplacar mi acuciante impaciencia por penetrar la cripta, ya que me hizo percibir que aún no había llegado el tiempo. Más tarde, me dije, alcanzaría fuerza e ingenio bastantes como para franquear con facilidad la puerta pesadamente encadenada; pero hasta ese momento debía conformarme con lo que parecían los designios del Destino. En consecuencia, la atención dedicada al húmedo portal se tornó menos persistente, y dediqué mucho de mi tiempo a otras meditaciones sobre asuntos igualmente extraños. A veces me levantaba sigilosamente durante la noche, saliendo a pasear por aquellos camposantos y cementerios de los que mis padres me habían mantenido alejado. Qué hacía allí no sabría decir, ya que no estoy seguro de la realidad de algunos hechos; pero sé que al día siguiente de alguno de tales paseos solía asombrarme con la posesión de un conocimiento sobre temas casi olvidados durante muchas generaciones. Fue durante una noche así que estremecí a la comunidad con una extraña hipótesis acerca del enterramiento del rico y famoso hacendado Brewster, una celebridad local sepultada en 1711 y cuya lápida de pirraza, ostentando el grabado de una calavera y dos tibias cruzadas, iba convirtiéndose lentamente en polvo. En un instante de infantil imaginación juré no sólo que el enterrador, Goodman Simpson, había hurtado sus zapatos con hebilla de plata, medias de seda y calzones de raso al muerto antes del entierro; sino que el mismo hacendado, aún vivo, se había girado por dos veces en su ataúd cubierto de tierra el día después de ser sepultado. Pero la idea de penetrar la tumba nunca abandonó mis pensamientos; viéndose de hecho estimulada por el inesperado descubrimiento genealógico de que mis propios antepasados maternos mantenían un ligero parentesco con la familia de los Hydes, considerada extinta. El último de mi rama paterna, yo era asimismo el último de ese linaje más viejo y misterioso. Comencé a considerar esa tumba como mía, y a esperar con ansiedad el futuro, esperando el momento en que pudiera traspasar la puerta de piedra y descender en la oscuridad aquellos viscosos peldaños de piedra. Adquirí el hábito de escuchar con gran atención junto al portal entornado, eligiendo para esa curiosa vigilia mis horas preferidas, en la quietud de la medianoche. Al alcanzar la edad adulta, había abierto un pequeño claro en la espesura, ante la fachada cubierta de moho de la ladera, permitiendo a la vegetación adyacente circundar y cubrir aquel espacio, a semejanza de un selvático enramado. Tal enramado era mi templo, la puerta aherrojada del santuario, y aquí yacía tendido en el musgoso suelo, sumido en extraños pensamientos y enroñando sueños extraños. La noche de la primera revelación hacía bochorno. Debí quedarme dormido a causa del cansancio, ya que tuve la clara sensación de despertar al oír las voces. Dudo de mencionar sus tonos y acentos; de su cualidad no quiero ni hablar; pero puedo decir que había extraordinarias diferencias en su vocabulario, pronunciación y en la construcción de frases. Cada matiz del dialecto de Nueva Inglaterra, desde las groseras sílabas de los colonos puritanos a la retórica precisa de cincuenta años atrás, parecían hallarse representadas en aquel sombrío coloquio, aunque sólo más tarde caí en la cuenta. En ese instante, de hecho, mi atención estaba distraída con otro fenómeno; un suceso tan fugaz que no podría jurar que haya sucedido realmente. Apenas creí estar despierto, cuando una luz se apagó apresuradamente dentro del hondo sepulcro. No creo haber quedado pasmado o sumido en el pánico, aunque soy consciente de haber sufrido un cambio grande y permanente durante esa noche. Al volver a casa me dirigí sin vacilar a un podrido arcón del ático, en cuyo interior encontré la llave que al día siguiente abriría fácilmente la barrera contra la que tanto tiempo había luchado en vano. Fue al suave resplandor del final de la tarde cuando por vez primera accedí a la cripta de la ladera abandonada. Un hechizo me envolvía, y mi corazón latía con un alborozo que apenas puedo describir. Mientras cerraba a mis espaldas la puerta y descendía los pringosos escalones a la luz de mi solitaria vela, creí reconocer el camino y, aunque la vela chisporroteaba debido al sofocante ambiente del lugar, me sentía singularmente a gusto con aquel aire viciado, como de osario. Mirando alrededor, columbré multitud de losas de mármol sobre las que reposaban ataúdes, o restos de ataúdes. Algunos estaban sellados e intactos, pero otros casi se habían deshecho, dejando las manijas de plata y placas caídas entre algunos curiosos montones de polvo blancuzco. En una de las placas leí el nombre de sir Geoffrey Hyde, que había llegado de Sussex en 1640 y muerto aquí unos años después. En un llamativo nicho había un ataúd bastante bien conservado y vacío que me hizo sonreír a la par que estremecer. Un extraño impulso me llevó a encaramarme a la amplia losa, apagar la vela y yacer dentro de la caja desocupada. Con la luz gris del alba salí dando tumbos de la cripta y aseguré la cadena de la puerta a mi espalda. Ya no era un joven, aun cuando tan sólo veintiún inviernos habían pasado por mi envoltura corporal. Los aldeanos más madrugadores que alcanzaron a presenciar mi vuelta a casa me contemplaron atónitos, asombrados de los signos de juerga tormentosa visibles en alguien cuya vida era tenida por sobria y solitaria. No me mostré ante mis padres hasta después de un largo y reparador sueño. En adelante frecuenté cada noche la tumba; viendo, escuchando y realizando actos que jamás debo revelar. Mi forma de hablar, siempre susceptible de las influencias más inmediatas, fue lo primero en sucumbir al cambio, y la súbita aparición de arcaísmos en mi habla fue pronto advertida. Más tarde, mi conducta se tiñó de extraño valor y temeridad, hasta el punto de que inconscientemente comencé a adoptar la actitud de un hombre de mundo, a pesar de mi reclusión de por vida. Mi anteriormente silenciosa lengua se tornó voluble, con la gracia fácil de un Chesterfield o el cinismo ateo de un Rochester. Mostraba una curiosa erudición, completamente alejada de los saberes fantásticos y monacales de los que me había empapado en mi juventud, y cubría las hojas de guarda de mis libros con fáciles e improvisados epigramas que tenían influencias de Gay, Prior y los más vivos de los burlones y poetas augustos. Una mañana, durante el desayuno, me puse al borde del desastre al declamar con acentos netamente ebrios una efusión de alegría bacanal del siglo dieciocho; un soplo de alegría georgiana nunca consignada en libros, que rezaba más o menos así: Acudid acá, mozos, con vuestras jarras de cerveza, Y bebed por el presente antes de que se esfume; Apilad en vuestro plato una montaña de carne, Pues el comer y el beber nos brinda alivio: Así que colmad vuestros vasos, Ya que la vida pronto pasará; ¡Cuando estéis muertos no brindaréis a la salud del rey o de vuestra chica! Anacreonte tenía la nariz roja, según cuentan: ¿Pero qué es una nariz colorada a cambio de estar alegre y vivaz? ¡Dios me valga! Mejor rojo como estoy aquí, que blanco como un lirio... ¡y muerto medio año! Así que Betty, mi dama, Ven y dame un beso; ¡En el infierno no hay hija de ventero que se te pueda comparar! El joven Harry se mantiene todo lo tieso que puede, Pronto perderá la peluca y caerá bajo la mesa; Pero colmad vuestras copas y hacerlas circular... ¡Mejor bajo la mesa que bajo tierra! Así que reíd y gozad Bebed sin cesar: ¡Bajo seis pies de tierra no os será tan fácil el disfrutar! ¡El diablo me confunda! Apenas puedo andar, ¡Maldito sea si puedo tenerme en pie o hablar! Aquí, posadero, manda a Betty por una silla; ¡Me iré a casa en un rato, ya que mi mujer no está! Así que echadme una mano; No me tengo en pie, ¡Pero contento estoy mientras me mantenga sobre la tierra! Por esa época comencé a albergar mi actual miedo al fuego y las tormentas. Antes indiferente a tales cosas, sentía ahora un inexplicable horror ante ellas; y era capaz de recogerme al rincón más profundo de la casa cuando los cielos amenazaban con aparato eléctrico. Uno de mis refugios favoritos durante el día era el ruinoso sótano de la mansión quemada, y con la imaginación podría pintar la estructura tal y como había sido antiguamente. En cierta ocasión asusté a un aldeano conduciéndolo en secreto a un sombrío subsótano cuya existencia me parecía conocer a pesar del hecho de que había permanecido desconocido y olvidado durante muchas generaciones. Al final ocurrió lo que tanto había temido. Mis padres, alarmados por la alteración de ademanes y apariencia de su único hijo, comenzaron a ejercer sobre mis movimientos un discreto espionaje que amenazaba con conducirme al desastre. No había comentado a nadie mis visitas a la tumba, habiendo guardado mi secreto propósito con religioso celo desde la infancia; pero ahora me veía obligado a guardar precauciones cuando deambulaba por los laberintos de la hondonada boscosa, ya que debía despistar a un posible perseguidor. Guardaba la llave de la cripta colgando de un cordel alrededor de mi cuello, cuya existencia tan sólo era conocida por mí. Nunca saqué del sepulcro ninguna de las cosas que encontré entre sus muros. Una mañana, mientras salía de la húmeda tumba y cerraba las cadenas del portal con mano no demasiado firme, advertí en un matorral adyacente el rostro de un observador. Sin duda, el fin estaba cerca; ya que mi enramado había sido descubierto y el objeto de mis salidas nocturnas desvelado. El hombre no se me acercó, por lo que me apresuré a volver a casa en un esfuerzo por espiar lo que pudiera informar a mi preocupado padre. ¿Iban mis estancias más allá de la puerta encadenada a ser reveladas al mundo? Imaginen mi regocijado asombro cuando escuché al espía contar a mi padre con un precavido susurro que yo había pasado la noche en el enramado exterior a la tumba; ¡con mis ojos somnolientos clavados en la hendidura que entreabría la puerta aherrojada! ¿Mediante qué milagro se había visto engañado el observador? Ahora estaba convencido de que un agente sobrenatural me protegía. Envalentonado por tal circunstancia celestial, volví a visitar abiertamente la cripta, seguro de que nadie podría presenciar mi entrada. Durante una semana degusté al completo los placeres de ese osario común que no debo describir, cuando aquello sucedió, y me arrancaron de allí para traerme a este maldito lugar de pesar y monotonía. No debí salir esa noche, ya que el estigma del trueno acechaba en las nubes, y una infernal fosforescencia brotaba del fétido pantano ubicado al fondo de la hondonada. La llamada de los muertos, también, era distinta. En vez de la tumba de la ladera, procedía del calcinado sótano en lo alto, cuyo demonio tutelar me hacía señas con dedos invisibles. Cuando salí de una arboleda intermedia al llano que hay ante las ruinas, contemplé a la brumosa luz lunar, algo que siempre había esperado vagamente. La mansión, desaparecida un siglo antes, alzaba una vez más sus majestuosas formas ante la mirada extasiada; cada ventana resplandecía con el fulgor de multitud de velas. Por el largo sendero acudían los carruajes de la aristocracia de Boston, al tiempo que una muchedumbre de petimetres empolvados iba llegando a pie desde las mansiones vecinas. Con tal gentío me mezclé, a sabiendas de que mi sitio estaba entre los anfitriones, no entre los invitados. En el salón sonaba la música, risas, y el vino estaba en cada mano. Reconocí algunas caras, aunque las hubiera distinguido mucho mejor de haber estado secas, o consumidas por la muerte y la descomposición. Entre una multitud salvaje y audaz yo era el más extravagante y disipado. Alegres blasfemias brotaban a torrentes de mis labios, y mis bruscos chascarrillos no respetaban la ley de Dios, el Hombre o la Naturaleza. Súbitamente, un retumbar de trueno, haciéndose oír aún sobre el estrépito de aquella juerga tumultuosa, rasgó el mismo tejado e impuso un soplo de miedo en aquella porcina compañía. Rojas llamaradas y tremendas ráfagas de calor envolvieron la casa, y los concelebrantes, aterrorizados por el descenso de una calamidad que parecía trascender los designios de una naturaleza ciega, huyeron vociferando en la noche. Tan sólo quedé yo, atado a mi asiento por un terror mortal jamás sentido hasta entonces. Y en ese instante un segundo horror tomó posesión de mi alma. Quemado vivo hasta ser reducido a cenizas, mi cuerpo disperso a los cuatro vientos, ¡jamás podría yacer en la tumba de los Hydes! ¿Acaso no tenía derecho a descansar durante el resto de la eternidad entre los descendientes de sir Geoffrey Hyde? ¡Sí! ¡Reclamaría mi herencia de muerte aun cuando mi espíritu hubiera de buscar durante eras otra morada carnal que la situase en aquella losa vacía del nicho de la cripta. ¡Jervas Hyde nunca arrostraría el triste destino de Palinuro! Mientras el espejismo de la casa ardiente se desvanecía, me encontré gritando y debatiéndome como un loco entre los brazos de dos hombres, uno de los cuales era el espía que me había seguido hasta la tumba. La lluvia caía a raudales, y sobre el horizonte sur había fogonazos de los relámpagos que acababan de pasar sobre nuestras cabezas. Mi padre, con el rostro surcado de pesar, no hacía gesto mientras yo le pedía a voces que me dejara reposar en la tumba, advirtiendo con frecuencia a mis captores que me trataran con toda la delicadeza posible. Un círculo oscurecido en el suelo del arruinado sótano indicaba un violento golpe de los cielos, y en esa parte un grupo de aldeanos curiosos con linternas indagaban en una pequeña caja de antigua factura que la caída del rayo había aflorado a la luz. Cesando en mis inútiles y ahora sin objeto forcejeos, observé a los espectadores mientras examinaban el hallazgo, y se me permitió participar de su descubrimiento. La caja, cuyos cerrojos habían sido rotos por el golpe que la había desenterrado, contenía multitud de documentos y objetos de valor; pero yo tan sólo tenía ojos para una cosa. Era la miniatura en porcelana de un joven con una elegante peluca de rizos, ostentando las iniciales «J. H.». El rostro era tal y como yo me veía, de suerte que bien pudiera haber estado contemplándome en un espejo. Al día siguiente me trajeron a este cuarto con barrotes en la ventana, pero me he mantenido al tanto de ciertas cosas merced a un sirviente no muy espabilado, y ya de edad, por quien sentí gran cariño durante la infancia, y quién, al igual que yo, ama los cementerios. Lo que me he atrevido a contar de mis experiencias dentro de la cripta tan sólo me ha brindado sonrisas conmiserativas. Mi padre, que me visita a menudo, dice que no he traspasado el portal encadenado, y jura que el herrumbroso cerrojo, cuando él lo examinó, no daba muestras de haber sido tocado en cincuenta años. Incluso afirma que todo el pueblo conocía mis viajes a la tumba, y que con frecuencia me observaban durmiendo en el enramado exterior a la espantosa fachada, los ojos entreabiertos y fijos en el resquicio que conduce al interior. Contra tales afirmaciones carezco de pruebas, ya que mi llave se perdió durante la lucha en esa noche de horror. Las extrañas cosas del pasado que aprendí durante aquellos encuentros nocturnos con los muertos son atribuidos al fruto de mi codicioso e incesante hojear de los viejos volúmenes de la biblioteca familiar. De no haber sido por mi viejo criado Hiram, a estas alturas yo mismo estaría bastante convencido de mi propia locura. Pero Hiram, fiel hasta el final, ha tenido fe en mí y ha provocado lo que me lleva a publicar al menos parte de esta historia. Hace una semana forzó el cerrojo que aseguraba la puerta de la tumba perpetuamente entornada y descendió con una linterna a las sombrías profundidades. En una losa, en el interior de un nicho, descubrió un ataúd viejo, pero vacío, en cuya deslustrada placa reza esta simple palabra: «Jervas.» En ese ataúd y en esa cripta me ha prometido que seré sepultado. FIN