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Usuario (Argentina)
Joaquín Alberto Vargas y Chávez fue un pintor de modelos pin-ups, al que se conoció artísticamente como Vargas. Nacido en Arequipa, Perú, el 9 de febrero de 1896, adoptó de mayor la ciudadanía estadounidense. Hijo del pionero de la fotografía arequipeña Max T. Vargas, la situación económica de su familia le permitió estudiar en Suiza y Londres, y vivir luego la bohemia del París de antes de la primera Guerra Mundial. Los museos de París fueron toda una revelación para el adolescente Alberto Vargas. Dibujó las obras del Louvre, en especial las estatuas griegas, aprendiendo a dibujar las formas humanas sin nada que ocultara la belleza física del ser humano. En París encontraba por todas partes exhibiciones de desnudos que lo inspiraron para mejorar su arte. Fue un autodidacta y un artista innato. Se instala en Nueva York en 1916 y en esa ciudad donde prosperará su oficio hasta ser aclamado como uno de los ilustradores más notables del siglo XX: el más artístico en el retrato de las pin ups. Pin-up es una modelo cuyas fotografías o dibujos figuran en las tapas de las revistas, posters o en calendarios. La expresión "pin-up" se popularizó en USA a partir de 1940 y luego se fue haciendo popular internacionalmente. Con este nombre se conoce a las chicas bonitas posando en actitudes sugerentes, sonriendo y saludando o mirando a la cámara fotográfica. El éxito fue tan rotundo que, con el tiempo, llegó a influir en el cine, la televisión, la publicidad, los cómics, etc. Vargas fue uno de los más destacados cultores de estas figuras femeninas a través de sus precisos y elegantes dibujos, a la acuarela, grafito y aerógrafo. Estando solo en Nueva York, casi sin saber el idioma, no le quedó otra alternativa que dejar de pintar imitando a los grandes artistas europeos para dedicarse a hacer un trabajo que le brindara beneficios económicos inmediatos. Trabajó retocando negativos para un fotógrafo de la Quinta Avenida. Luego dibujó cabezas y sombreros y, después, fue artista "freelance" vendiendo sus dibujos. Su suerte cambia cuando el empresario de espectáculos de revista Ziegfeld, queda maravillado por las cualidades artísticas de Vargas y lo contrata para que retrate a las "Chicas Ziegfeld". Las pautas de su trabajo eran: que la sensualidad y la seducción fueran la clave, y que el sexo debía ser sugerido pero nunca evidente. Vargas tenía que expresar su arte entre los delgados límites del arte con clase y estilo de un desnudo de mujer, y la simple obscenidad. En los años '30 trabaja para la Fox pintando a las divas de la época. Para entonces ya estaba casado con Anna Mae Clift: una bella bailarina pelirroja de quien se había enamorado al verla pasar, que fue su musa, primera modelo y el amor de su vida. Cuando estalló la II Guerra Mundial Vargas participó en una huelga de artistas y fue puesto en la lista negra acusado de comunista. Tras la represalia de ocho meses sin trabajo lo llaman de la revista "Esquire”, una de las publicaciones para hombres más leídas de la época. Los editores le hicieron firmar "Varga", sin ese, y le dieron un contrato que con los años resultaría insultante. Adquirió fama en los años 1940, al crear las imágenes estilo pin-up para la revista, los ‘50 fueron su época de oro. Las "Varga Girls" fueron un éxito desde el primer día. Sus dibujos y calendarios se convirtieron en un símbolo para "elevar" la moral de las tropas. No había soldado que no tuviera una chica Varga en su taquilla o un avión que no luciera una chica Varga en el fuselaje. Las "Chicas Varga" se convirtieron símbolo del esfuerzo bélico de los EEUU, debido a su poder de penetración en el mercado. La relación con los editores de Esquire se deterioró a raíz de la batalla legal por la utilización del nombre «Vargas» y porque lo explotaban pagándole poco y haciéndolo trabajar como un esclavo. La revista lo llevó a juicio, que por supuesto ganó, provocándole problemas financieros hasta la década de 1960. Vargas se vio obligado a hipotecar su casa y conseguir plata diseñando pañoletas, corbatas, artículos de tocador, y cuanto estuviera a su alcance para poder subsistir. En medio de esa terrible situación económica, deben operar a su esposa de cáncer, la pareja estaba quebrada y el médico les financió la operación. Entonces comienza a a colaborar en la revista Playboy, donde firma por fin sus pinturas como las «Vargas Girls», en las tapas y cuerpo de la revista. Su carrera vuelve a florecer y realiza exhibiciones por todo el país. Las "Chicas Vargas" volvieron a aparecer ocasionalmente hasta que, en 1960, comenzaron a publicarse mensualmente. En total, Playboy publicó 152 pinturas de Vargas. Vargas nunca quiso mostrar el vello púbico en sus pinturas, tanto por respeto a las modelos como por respeto a su esposa. Los dibujos de sus chicas tienen una carga erótica acentuada pero no cruzó, por convicción personal y artística, la barrera de la pornografía. Lo suyo era retratar el cuerpo de la mujer con sensualidad y gran sutileza de líneas. Con la muerte de su mujer en 1974, Vargas quedó desolado y desamparado y poco a poco dejó de crear. La publicación de su autobiografía en 1978 despertó nuevamente el interés por su trabajo, sacándolo parcialmente de su autoimpuesto retiro. Realizó algunas obras, como la portada de unos álbumes musicales. En 1979 viajó a Europa para una exposición y fue homenajeado como nunca en EEUU. Falleció a causa de un accidente cerebrovascular el 30 de diciembre de 1982, a los 86 años. Su trabajo típico está hecho con acuarela y aerógrafo. Tanto es así que, en la comunidad de pintores con aerógrafo, el máximo galardón es el Premio Vargas. Sus imágenes retratan a hermosas mujeres de proporciones idealizadas, desnudas, semidesnudas o vestidas elegantemente. Los rasgos artísticos de Vargas son los dedos y pies esbeltos, con uñas pintadas a menudo de rojo. Vargas trabajaba sus originales en óleo, pastel o tinta. Su preferencia era la acuarela y ninguna de las reproducciones que se ven en la actualidad hace justicia al arte perfecto del artista con las tonalidades y la plástica que esas obras poseen. Los retratos de 1920 y 1928, revelan la facilidad que Vargas tenía para animar la figura femenina con sombras al estilo de los pintores Rembrandt y Vermeer. Pero el pintor Alberto Vargas, por razones de necesidad, se convirtió en el "Rey del Arte Pin-up": el retrato colgado en la pared. La técnica en su dibujo es limpia, con un trazo seguro y justo. Es admirable cómo usa la acuarela, con la que afronta cosas tan difíciles como marcar con delicadeza el músculo de la mujer. La acuarela es esparcida con aerógrafo. Esa textura delicada de volumen no sería fácil de reproducir con pincel o esponjas. El tema de las pin-ups es un arte fácilmente asimilable para el espectador, es sensualmente gratificante a la vista y con un alto nivel de sofisticación. Aún hoy su influencia se ve en la imagen de la sensualidad de ciertos iconos femeninos de la música 80's y post 80's: mallas, panties, tacos altos, corsé, transparencias. Fuentes http://darklandsperu.mforos.com/1741602/8487688-vargas-girls-pin-ups/

Salinger defendiéndose de los paparazzis Salinger decía: “Estoy en este mundo, pero no soy parte de él”. La biografía del escritor estadounidense Jerome David Salinger (J.D. Salinger), sería fascinante incluso sin la zona de misterio que rodeó su vida adulta. Nació en 1919 en el Upper East Side de Nueva York (como Holden Caulfield, el protagonista de su novela más famosa: El Guardián Entre El Centeno), hijo de Sol Salinger, un judío polaco que importaba carne y queso de Europa oriental, y de Marie Jilich, una mujer católica de origen irlandés. La relación con el padre, que esperaba legarle el negocio, e incluso le obligó a realizar una gira formativa por los mataderos de Polonia (en uno de ellos, comprensiblemente, decidió hacerse vegetariano), fue muy mala; cuando murió, su hijo no acudió al entierro. Como estudiante fue pésimo, aunque se consideraba mucho más brillante que los demás chicos. Desde su adolescencia se dedicó a escribir relatos. Salinger, llamado Sonny y Jerry cuando era un niño, acudió durante dos años a la academia militar Valley Forge de Pennsylvania. Tras pasar brevemente y sin éxito por varias universidades, intervino en la Segunda Guerra Mundial, llegando a ser graduado como sargento y a participar en el desembarco de Normandía. Su experiencia militar tuvo que resultar inolvidable: participó en el desembarco en Normandía, vió morir a ocho de cada diez miembros de su compañía y, según su hija, fue uno de los primeros soldados estadounidenses en llegar a los campos de exterminio nazi; es significativo que prefiera no hablar de ello. Después del conflicto bélico, J. D. Salinger consiguió publicadar algunos relatos en la revista “The New Yorker”. Uno de sus relatos más populares, en el cual volcaba sus traumáticas experiencias bélicas, fue “For Esme – With Love and Squalor”. En 1945 se casó con una doctora francesa llamada Sylvia. Un año después la pareja se divorció. Con “El Guardián Entre El Centeno” (1951), novela de tono cínico que criticaba con acidez el mundo hipócrita de los adultos desde la perspectiva de un sarcástico y rebelde adolescente llamado Holden Caulfield, Salinger fue recibido con entusiasmo por la crítica, siendo el libro una de las obras favoritas de los universitarios y censurado en algunos centros. Dos años después apareció el libro de relatos “Nueve Cuentos” (1953). Salinger, un hombre tímido y solitario, poco amigo de la fama, rechazaba conceder entrevistas, ser fotografiado y permaneció recluido gran parte de su existencia en Cornish, New Hampshire. En 1955 se casó con Claire Douglas, hija del crítico de arte Robert Langdon Douglas, con quien tuvo a su hija Margaret y a su hijo Matt, quien se convirtió en actor de cine. A comienzos de los años 60 publicó varios libros con el protagonismo de la familia Glass, como “Franny y Zooey” (1961), “Levantad Carpinteros La Viga Maestra” (1963) y “Seymour: Una Introducción” (1963). A mitad de la década se divorció de Claire y se retiró definitivamente de la vida pública dedicando su tiempo al budismo zen, al vegetarianismo, a la homeopatía y a contemplar películas clásicas y programas y series de televisión, ya que Salinger es un adicto a la pequeña pantalla. También pasó fugazmente por la Iglesia de la Cienciología. Su tercera esposa es una enfermera llamada Colleen. Ian Hamilton publicó una biografía en 1988 pero Salinger consiguió tras demandarlo que fuese retirada de las librerías. Más tarde otros autores, como Joyce Maynard, que fue amante de Salinger, y Paul Alexander, también editaron libros sobre su vida. A finales de los años 90 J. D. Salinger publicó de manera sorprendente un nuevo volumen, “Hapsworth 16, 1924” (1997), libro que cosechó críticas negativas y que volvía a incidir en la familia Glass. Su hija Margaret escribió una biografía sobre su padre titulada “El Guardián De Los Sueños” (2000). El guardián entre el centeno, la mítica novela de Salinger, sigue cautivando después de años. Si Holden Caulfield no fuera un héroe de ficción, tendría ahora 59 años. El adolescente que creó J. D. Salinger es un símbolo que pasa de generación en generación con la misma fuerza que cuando se publicó el libro en 1951. El protagonista de El guardián entre el centeno mantiene su extraña pureza juvenil, generación tras generación, y no deja de atraer devotos. El misterio que envuelve a Jerome David Salinger, el autor, contribuye sin duda al éxito continuado de esa novela breve e inquietante. Holden Caulfield no comete crimen alguno; es un muchacho flaco de 16 años al borde de una crisis de hiperlucidez. Pero El guardián entre el centeno ha acumulado una fama que desborda el mérito literario y se adentra en pliegues muy recónditos de la sociedad estadounidense. Cuando Mark Chapman asesinó a John Lennon, en diciembre de 1980, se publicaron decenas de comentarios sesudos sobre el hecho de que llevara bajo el brazo un ejemplar de El guardián entre el centeno. La obra llegó a asociarse con el satanismo, y permanece prohibida en algunas escuelas; en el resto es lectura obligatoria. La revista literaria de The New York Times considera que el encanto de Holden Caulfield quedó congelado en otros tiempos y que Salinger ha sido, como afirman Norman Mailer o John Updike, muy sobrevalorado. La polémica suele ser señal de buena salud, y El guardián entre el centeno la tiene, al menos en términos comerciales. El resto de la obra de Salinger se vende igualmente bien. Incluso los numerosos libros sobre J. D. Salinger son éxitos de ventas. Lo cual es comprensible, teniendo en cuenta lo excéntrico y atractivo del personaje: un anciano de 82 años que sigue persiguiendo jovencitas, alimentándose de vegetales (excepto alguna pieza de cordero, cocida a 150 grados), viendo la televisión (fue un entusiasta de la serie Dinastía) y manteniendo el misterio sobre si escribe o no escribe. Su hija Margaret, en la obra sobre él, Dreamcatcher, enumera sus numerosas manías y asegura que sí, que sigue escribiendo y tiene varios libros terminados que se publicarán tras su muerte. Algunos consideran que el ultimo relato que publicó, Hapworth 26, una supuesta carta escrita a los siete años por Seymour Glass (el hombre que se había suicidado en un maravilloso relato anterior, A perfect day for Bananafish –Un día perfecto para el pez banana-), era tan malo que hacía imposible que su autor siguiera trabajando. Otros creen que Hapworth fue un falso suicidio literario, una burla destinada a los críticos. Siempre quiso ser escritor y siempre lo fue, aunque el éxito tardó en llegarle (de ahí su odio a los editores). El alejamiento fue gradual, hasta hacerse absoluto. Vivió en Cornish (New Hampshire) con su tercera mujer, Colleen, una enfermera 30 años más joven que él y aficionada a tejer tapices; y dentro de la misma finca rural residía Claire, su anterior esposa. Le gustaba llamar por teléfono a las actrices o presentadoras de informativos de televisión que más le atraían, confiando en que fueran lectoras de su obra y la seducción le resultase más fácil. Creía más o menos en el budismo, durante un tiempo perteneció a la Iglesia de la Cienciología, nunca ha utilizado una computadora, miraba una y otra vez la película 39 escalones (dirigida por Alfred Hitchcock). Sus fotos son rarísimas -suele tratarse de instantáneas tomadas a la puerta de un supermercado o en la calle, a distancia porque el hombre es irascible- y nunca concedió entrevistas; la última fue realizada por dos estudiantes de secundaria y apareció en una revista de colegio. El norteamericano Ian Hamilton publicó un libro sobre Salinger, pero el escritor lo llevó a los juzgados y consiguió que el libro fuera retirado de las librerías. La obra de J. D. Salinger sigue muy viva y sus libros se reeditan continuamente: Franny y Zooey (Alianza, 1998); Levantad, carpinteros, la viga del tejado; Seymour: una introducción (Edhasa, 1986) y Nueve cuentos (Alianza y Edhasa, 1997, y en la mítica edición de tapas amarillas de Sudamericana). J. D. Salinger falleció el 27 de enero del año 2010. Tenía 91 años. Era uno de los “escritores del no”, un Bartleby, como lo definía Enrique Vila-Matas: uno de esos seres en los que habita una profunda negación del mundo. Frases Felicidad La diferencia entre la alegría y la felicidad es que la alegría es un líquido y la felicidad un sólido. Vivir Lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansía morir orgullosamente por una causa, mientras que el segundo aspira a vivir humildemente por ella. Encontrar Ese es el gran problema. Nunca puedes encontrar un lugar que sea agradable y tranquilo, porque no existe. A veces puedes pensar que sí existe pero una vez que estas allí alguien se acerca sigilosamente y escribe -jódete- en tus propias narices. Feliz Soy un paranoico al revés. Siempre sospecho que la gente está planeando algo para hacerme feliz. Poeta El verdadero poeta no elige los materiales, el material claramente lo elige. Voz La voz humana conspira para profanar todo en la Tierra. Grito Qué terrible es gritar te amo y que la otra persona en el otro extremo grite ¿qué? Humor Dijo que no estaba equipado para la vida porque no tenía sentido del humor. Pez Los peces son los que no se van a ninguna parte. Los peces se quedan en el lago. Esos sí que no se mueven. Cuento completo (largo pero vale la pena. Disfrútenlo) Un día perfecto para el pez banana En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda. No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad. Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y-ya era la cuarta o quinta llamada-levantó el auricular del teléfono. -Diga-dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño. -Su llamada a Nueva York, señora Glass-dijo la operadora. -Gracias-contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero. A través del auricular llegó una voz de mujer: -¿Muriel? ¿Eres tú? La chica alejó un poco el auricular del oído. -Sí, mamá. ¿Cómo estás?-dijo. -He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien? -Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han... -¿Estás bien, Muriel? La chica separó un poco más el auricular de su oreja. -Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde... -¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada... -Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente -dijo la chica-. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después... -Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad. -Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo. -¿Cuándo llegasteis? -No sé... el miércoles, de madrugada. -¿Quién condujo? -Él-dijo la chica-. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada. -¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que... -Mamá-interrumpió la chica-, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad. -¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles? -Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles... se notaba. Por cierto, ¿papá ha hecho arreglar el coche? -Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para... -Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para... -Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás... -Muy bien-dijo la chica. -¿Sigue llamándote con ese horroroso...? -No. Ahora tiene uno nuevo -¿Cuál? -Mamá... ¿qué importancia tiene? -Muriel, insisto en saberlo. Tu padre... -Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948-dijo la chica, con una risita. -No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo... -Mamá-interrumpió la chica-, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza... -Lo tienes tú. -¿Estás segura?-dijo la chica. -Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la... ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él? -No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído. -¡Pero está en alemán! -Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia-dijo la chica, cruzando las piernas-. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma... nada menos.. . -Espantoso. Espantoso. Es realmente triste... Ya decía tu padre anoche... -Un segundo, mamá-dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama-. ¿Mamá?-dijo, echando una bocanada de humo. -Muriel, mira, escúchame. -Te estoy escuchando. -Tu padre habló con el doctor Sivetski. -¿Sí?-dijo la chica. -Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas... ¡Todo! -¿Y...?-dijo la chica. -En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro. -Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra -dijo la chica. -¿Quién? ¿Cómo se llama? -No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno. -Nunca lo he oído nombrar. -De todos modos, dicen que es muy bueno. -Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa... -Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma -Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la... -Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí-dijo la chica-. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover. -¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está... -Lo usé. Pero me quemé lo mismo. -¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado? -Me he quemado toda, mamá, toda. -¡Qué horror! -No me voy a morir. -Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra? -Bueno... sí... más o menos...-dijo la chica. -¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste? -En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí. -Bueno, ¿qué dijo? -¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando al bingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije... -¿Por que te hizo esa pregunta? -No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé-dijo la chica-. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo... -¿El verde? -Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas...! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison... la mercería... -Pero ¿qué dijo él? El médico. -Ah, sí... Bueno... en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo. -Sí, pero... ¿le... le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela? -No, mamá. No entré en detalles-dijo la chica-. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar. -¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse... ya sabes, raro, o algo así...? ¿De que pudiera hacerte algo...? -En realidad, no-dijo la chica-. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar. -En fin. ¿Y tu abrigo azul? -Bien. Le subí un poco las hombreras. -¿Cómo es la ropa este año? -Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados. -¿Y tu habitación? -Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra-dijo la chica-. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un camión. -Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile? -Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo. -Muriel, te lo voy a preguntar una vez más... ¿En serio, va todo bien? -Sí, mamá-dijo la chica-. Por enésima vez. -¿Y no quieres volver a casa? -No, mamá. -Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos... -No, gracias-dijo la chica, y descruzó las piernas-. -Mamá, esta llamada va a costar una for... -Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando unapiensa en esas esposas alocadas que... -Mamá-dijo la chica-. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento. -¿Dónde está? -En la playa. -¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa? -Mamá-dijo la chica-. Hablas de él como si fuera un loco furioso. -No he dicho nada de eso, Muriel. -Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz. -¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no? -No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca. -Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas? -Lo conoces muy bien-dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas-. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje. -¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra? -No, mamá. No, querida-dijo la chica, y se puso de pie-. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana. -Muriel, hazme caso. -Sí, mamá-dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha. -Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro..., ya me entiendes. ¿Me oyes? -Mamá, no le tengo miedo a Seymour. -Muriel, quiero que me lo prometas. -Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá-dijo la chica-. Besos a papá-y colgó. -Ver más vidrio-dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre-. ¿Has visto más vidrio? -Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor. La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años. -No era más que un simple pañuelo de seda... una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo-dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter-. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad. -Por lo que dice, debía de ser precioso-asintió la señora Carpenter. -Estáte quieta, Sybil, cariño... -¿Viste más vidrio?-dijo Sybil. La señora Carpenter suspiró. -Muy bien-dijo. Tapó el frasco de bronceador-. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna. Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel. Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas. -¿Vas a ir al agua, ver más vidrio?-dijo.* El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil. -¡Ah!, hola, Sybil. -¿Vas a ir al agua? -Te esperaba-dijo el joven-. ¿Qué hay de nuevo? -¿Qué?-dijo Sybil. -¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos? -Mi papá llega mañana en un avión-dijo Sybil, tirándole arena con el pie. -No me tires arena a la cara, niña-dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil-. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas. -¿Dónde está la señora?-dijo Sybil. -¿La señora?-el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo-. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres. Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba. -Pregúntame algo más, Sybil-dijo-. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul. Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga. -Es amarillo-dijo-. Es amarillo. -¿En serio? Acércate un poco más. Sybil dio un paso adelante. -Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy. -¿Vas a ir al agua?-dijo Sybil. -Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio. Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón. -Necesita aire-dijo. -Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir-retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena-. Sybil-dijo-, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti-estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil-. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo? -Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano-dijo Sybil. -¿Sharon Lipschutz dijo eso? Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho. -Bueno -dijo-. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto? -Sí que podías. -Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice? -¿Qué? -Me imaginé que eras tú. Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena. -Vayamos al agua-dijo. -Bueno-replicó el joven-. Creo que puedo hacerlo. -La próxima vez, échala de un empujón -dijo Sybil. -¿Que eche a quién? -A Sharon Lipschutz. -Ah, Sharon Lipschutz -dijo él-. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos.-De repente se puso de pie y miró el mar-. Sybil-dijo-, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez plátano. -¿Un qué? -Un pez plátano-dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz. Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil. Los dos echaron a andar hacia el mar. -Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces plátano-dijo el joven. Sybil negó con la cabeza. -¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces? -No sé-dijo Sybil. -Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio. Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró. -Whirly Wood, Connecticut-dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga. -Whirly Wood, Connecticut-dijo el joven-. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut? Sybil lo miró: -Ahí es donde vivo-dijo con impaciencia-. Vivo en Whirly Wood, Connecticut. Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos. -No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso -dijo él. Sybil soltó el pie: -¿Has leído El negrito Sambo?-dijo. -Es gracioso que me preguntes eso-dijo él-. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche.-Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil-. ¿Qué te pareció? -¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol? -Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres. -No eran más que seis-dijo Sybil. -¡Nada más que seis! -dijo el joven-. ¿Y dices «nada más»? -¿Te gusta la cera?-preguntó Sybil. -¿Si me gusta qué? -La cera. -Mucho. ¿A ti no? Sybil asintió con la cabeza: -¿Te gustan las aceitunas?-preguntó. -¿Las aceitunas?... Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas. -¿Te gusta Sharon Lipschutz?-preguntó Sybil. -Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto. Sybil no dijo nada. -Me gusta masticar velas-dijo ella por último. -Ah, ¿y a quién no?-dijo el joven mojándose los pies-. ¡Diablos, qué fría está!-Dejó caer el flotador en el agua-. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro. Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador. -¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso?-preguntó él. -No me sueltes-dijo Sybil-. Sujétame, ¿quieres? -Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo-dijo el joven-. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez plátano. Hoy es un día perfecto para los peces plátano. -No veo ninguno-dijo Sybil. -Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas. Siguió empuiando el flotador. El agua le llegaba al pecho. -Llevan una vida triste-dijo-. ¿Sabes lo que hacen, Sybil? Ella negó con la cabeza. -Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos-empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte-. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta. -No vayamos tan lejos-dijo Sybil-. ¿Y qué pasa despues con ellos? -¿Qué pasa con quiénes? -Con los peces plátano. -Bueno, ¿te refieres a después de comer tantos plátanos que no pueden salir del pozo? -Sí-dijo Sybil. -Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren. -¿Por qué?-preguntó Sybil. -Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible. -Ahí viene una ola-dijo Sybil nerviosa. -No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia-dijo el joven-, como dos engreídos. Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer. Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó: -Acabo de ver uno. -¿Un qué, amor mío? -Un pez plátano. -¡No, por Dios!-dijo el joven-. ¿Tenía algún plátano en la boca? -Sí-dijo Sybil-. Seis. De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta. -¡Eh!-dijo la propietaria del pie, volviéndose. -¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante? -¡No! -Lo siento-dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del carnino lo llevó bajo el brazo. -Adiós -dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel. El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel. En el primer nivel de la planta baja del hotel-que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia- entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada. -Veo que me está mirando los pies-dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha. -¿Cómo dice?-dijo la mujer. -Dije que veo que me está mirando los pies. -Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo -dijo la muier, y se volvió hacia las puertas del ascensor. -Si quiere mirarme los pies, dígalo-dijo el joven-. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo. -Déjeme salir, por favor-dijo rápidamente la mujer a la ascensorista. Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás. -Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos-dijo el joven-. Quinto piso, por favor. Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz. Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas. Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha. (* la nena entiende el nombre del protagonista, Seymour Glass, como see more glass: ver más vidrio) Traducción: Javier Marías Referencia: http://www.apocatastasis.com/dia-perfecto-pez-platano-j-d-salinger.php#ixzz0trqWzPPO © Apocatastasis: Literatura y Contenidos Seleccionados
Las dichosas consignas no son otra cosa que ejercicios disparadores de la imaginación y la diversión No debería ser otra la finalidad la escritura creativa: una buena excusa para dar rienda suelta a nuestro mundo interior y entretenernos. Lo demás -si eso que hemos escrito tiene valor literario, por ejemplo- se escribirá después. Ahora es el momento del libre pensamiento y la emoción *Las frases pueden ser un comienzo, final o estar ubicadas en cualquier parte del texto. *La idea es sentir cuál de estas frases nos inspiran más para armar un pequeño relato (no más de 20 renglones) *El único requisito es que la inclusión de la frase en el relato se de con naturalidad. anímense que después les gusta Murio atragantada por sus propios dientes. El tren venía lento, como sensible al paisaje. -Está bien -dijo el hombre- ¿qué decidiste? -No -dijo la muchacha- No puedo. Bárbara era rubia y vegetariana. Su prometido, Arturo Cancela, era de mirar fijo. Ella tardó varios meses en saber lo que era de dominio público; se lo ocultamos para que no sufriera. Perfumes, recuerdos ajados como las flores que se guardan en los armarios, sensaciones secretas, de eso, Perla mía, está hecha la memoria. Miró la nuca de su marido y sin poder evitarlo, se escuchó decir: cornudo. Todo empezó cuando quise embromar al viejo. -Hacés bien. Vos seguí. Que después crecen y te dejan sola. la fuente soy yo
Marilyn Monroe (1 de Junio de 1926 - 5 de Agosto de 1962) Truman Capote en “Música para Camaleones”, hace una bellísima semblanza de su amiga, la actriz Marilyn Monroe. Escena: La capilla de la funeraria Universal en la Avenida Lexington y la calle Cincuenta y dos, Nueva York. Un interesante grupo representativo se apretuja en los asientos: celebridades, en su mayoría, del ambiente teatral, cinematográfico y literario internacional presentes todos en homenaje a Constance Collier, la actriz nacida en Inglaterra, que murió el día anterior, a los setenta y cinco años. Nacida en 1880, Miss Collier comenzó su carrera como corista de teatro de variedades, pasando de allí a convertirse en una de las principales actrices shakesperianas de Inglaterra (y novia, de por vida, de Sir Max Beerbhom, con quien nunca se casó, siendo tal vez por esa razón la inspiración de la traviesa e inconseguible heroína de la novela de Sir Max, Zuleika Dobson). Después de un tiempo emigró a los Estados Unidos, donde se convirtió en una importante figura en el teatro de Nueva York y en el cine de Hollywood. Durante las últimas décadas de su vida vivió en Nueva York; allí daba clases de teatro de alto nivel: sólo aceptaba profesionales como estudiantes, y por lo general profesionales que ya eran “estrellas”. Katharine Hepburn fue su alumna permanente. Otra Hepburn, Audrey, fue igualmente una de las protegidas de la Collier, igual que Vivian Leigh y, unos meses antes de su muerte, una neófita a quien Miss Collier llamaba “mi problema especial”: Marilyn Monroe. Marilyn Monroe, a quien conocí por intermedio de John Huston cuando dirigía La jungla de asfalto, la primera película en que Marilyn habló, pasó a ser protegida de Miss Collier por sugerencia mía. Conocía a Miss Collier desde hacía unos seis años, y la admiraba como mujer de mucho valor en el aspecto físico, emocional y creativo, y por ser, a pesar de sus modales altaneros y de su voz de gran catedral, una persona adorable, levemente malvada pero excesivamente cálida, digna pero gemütlich. Me encantaba ir a los pequeños almuerzos que ofrecía con frecuencia en su oscuro estudio victoriano en el centro de Manhattan; tenía una infinidad de historias acerca de sus aventuras como primera figura con Sir Beerbhom y el gran actor francés Coquelin, su relación con Oscar Wilde, Chaplin de joven y la Garbo en los primeros años de la sueca, en las películas mudas. En realidad, era una delicia, igual que su fiel secretaria y compañera, Phyllis Wilbourn, una solterona brillante pero callada que, después de su muerte pasó a ser, y sigue siendo, acompañante de Katharine Hepburn. Miss Collier me presentó a muchas personas de quienes me hice amigo: los Lunt, los Olivier y especialmente Aldoux Huxley. Pero fui yo el que le presentó a Marilyn Monroe, y al principio no le interesó conocerla, no veía muy bien, no había visto las películas de Marilyn, y en realidad no sabía nada de ella, excepto que era una especie de bomba sexual de pelo platinado, de fama mundial. En fin, no parecía arcilla adecuada para la severa y clásica formación de Miss Collier. Pero yo pensé que podían hacer una combinación estimulante. Así fue. “Oh, sí”, me informó Miss Collier. “Tiene algo. Es una hermosa niña. No lo digo por lo obvio, tal vez demasiado obvio. No es una actriz, en absoluto, en el sentido tradicional. Lo que ella tiene, esa presencia, esa luminosidad, esa inteligencia deslumbrante, nunca podría salir a relucir en el escenario. Es algo tan frágil, tan sutil, que sólo la cámara puede captarlo. Es como un colibrí en vuelo: sólo la cámara puede congelar su poesía. Pero quien piense que la chica es otra Harlow, o una puta, está loco. Hablando de locura, es de eso que nos estamos ocupando: de Ofelia. Supongo que la gente se reiría de sólo pensarlo, pero realmente podría ser la Ofelia más deliciosa del mundo. Estaba hablando con Greta la semana pasada, y le hablé de Marilyn como Ofelia, y Greta dijo sí, que lo creía porque la había visto en dos películas, muy comunes y vulgares, pero que de todos modos dejaban entrever las posibilidades de Marilyn. En realidad, Greta tiene una idea divertida. ¿Sabes que quiere hacer una película de Dorian Gray? Con ella como Dorian, por supuesto. Bueno, dijo que le gustaría que Marilyn fuera una de las chicas que Dorian seduce y destruye. ¡Greta! ¡Tan desaprovechada! Y qué talento, bastante parecido al de Marilyn, cuando se piensa. Por supuesto, Greta es una actriz consumada, de máximo control. Esta hermosa criatura carece de todo concepto de disciplina o sacrificio. No sé por qué, pero me parece que no llegará a vieja. Es absurdo que lo diga, pero siento que morirá joven. Espero, ruego, que viva lo suficiente para liberar ese talento tan extraño y encantador que es en ella como un espíritu prisionero.” Ahora Miss Collier ha muerto, y yo estaba en el vestíbulo de la capilla Universal esperando a Marilyn. Hablamos por teléfono la noche anterior y quedamos en sentarnos juntos en el servicio, que empezaría al mediodía. Ya llevaba más de media hora de retraso. Siempre llegaba tarde, pero pensé que, por una sola vez, podía llegar a horario. ¡Por el amor de Dios! ¡Maldición! De repente llegó, pero no la reconocí hasta que me dijo... MARILYN: Querido, perdóname. Pero como ves, me maquillé y luego pensé que no debería ponerme pestañas postizas ni pintarme los labios ni nada, de modo que me lavé la cara, y no sabía qué ponerme... (Lo que se había puesto finalmente habría sido apropiado para la abadesa de un convento que asiste a una audiencia privada con el Papa. Tenía el pelo totalmente cubierto por un pañuelo de chifón negro, un vestido negro suelto, largo, que parecía prestado, medias de seda negra que opacaban la rubia belleza de sus esbeltas piernas. Seguro que una abadesa no se habría puesto los zapatos de tacos altos, negros y vagamente eróticos, que había elegido, ni los anteojos oscuros, de lechuza, que tornaban dramática la palidez de vainilla de su fresca piel.) TC: Se te ve muy bien. M: (royendo la uña del pulgar, ya totalmente comida): ¿Estás seguro? Estoy tan nerviosa, ¿sabes? ¿Dónde está el baño? Si pudiera ir un momento... TC: ¿A tomarte una píldora? ¡No! Shhh. Esa es la voz de Cyril Ritchard: ya ha empezado el panegírico. (De puntillas, entramos en la capilla llena de gente y logramos ubicarnos en un espacio estrecho en la última fila. Cyril Ritchard terminó de hablar. Lo siguió Cathleen Nesbitt, colega de toda la vida de Miss Collier, y finalmente Brian Aherne se dirigió a los presentes. Durante todo este tiempo, mi acompañante no cesaba de quitarse los anteojos para enjugar las abundantes lágrimas que brotaban de sus ojos azul grisáceos. Algunas veces la había visto sin maquillaje, pero hoy presentaba una nueva experiencia visual, un rostro que no había observado antes, y al principio no me di cuenta de qué pasaba. ¡Ah! Era por el pañuelo de cabeza. Con el pelo oculto, el cutis sin cosméticos, parecía de doce años, una virgen pubescente recién admitida en un orfelinato, que se lamenta por su suerte. Por fin la ceremonia terminó, y la congregación comenzó a dispersarse.) M: Por favor, sentémonos aquí. Esperemos a que se vayan todos. TC: ¿Por qué? M: No quiero tener que hablar con todo el mundo. Nunca sé qué decir. TC: Siéntate tú aquí, que yo esperaré afuera. Tengo que fumar un cigarrillo. M: ¡No me puedes dejar sola! ¡Dios mío! Fuma aquí. TC: ¿Aquí? ¿En la capilla? M: ¿Por qué no? ¿Qué vas a fumar? ¿Marihuana? TC: Muy graciosa. Vámonos. M: Por favor. Hay un montón de fotógrafos abajo. Y por supuesto que no quiero que me saquen fotos con esta ropa. TC: No te culpo. M: Dijiste que se me veía muy bien. TC: Y es verdad. Estás perfecta para el papel de la novia de Frankenstein. M: Te estás riendo de mí ahora. TC: ¿Te parece? M: Te ríes por dentro. Y ésa es la peor clase de risa. (Frunciendo el ceño; mordiéndose la uña del pulgar.) En realidad, podía haberme puesto maquillaje. Todo el mundo aquí estaba maquillado. TC: Incluso yo. M: Hablando en serio. Es el pelo. Necesito tintura, y no tuve tiempo. Todo fue tan inesperado. La muerte de Miss Collier. ¿Ves? (Se levantó un poquito el pañuelo para mostrarme una franja negra en la raya del pelo.) TC: Pobre e inocente de mí. Yo que creía que eras una rubia auténtica. M: Lo soy. Pero nadie es tan natural. ¿Por qué no te vas a la mierda? TC: Bueno, ya se han ido todos. Vamos, levántate. M: Estos fotógrafos están ahí todavía. Lo sé. TC: Si no te reconocieron al entrar, no te reconocerán cuando salgas. M: Uno me reconoció. Pero me metí por la puerta antes de que empezara a gritar. TC: Debe haber una puerta posterior. Podemos salir por ahí. M: No quiero ver ningún cadáver. TC: ¿Por qué vamos a ver cadáveres? M: Esto es una funeraria. Deben guardarlos en alguna parte. Lo único que me falta, entrar en un cuarto lleno de muertos. Ten paciencia. Iremos a alguna parte y te invitaré a tomar champagne. (De modo que nos quedamos sentados y Marilyn dijo: “Odio los funerales. Me alegro de no tener que ir al mío. Sólo que no quiero funeral, y que uno de mis hijos, si tengo alguno, tire mis cenizas al viento. Hoy no habría venido de no ser porque Miss Collier me quería, se preocupaba por mi porvenir y era como una abuelita, una abuelita severa, pero que me enseñó muchas cosas. Me enseñó a respirar. Lo he aprovechado, y no sólo cuando actúo. Hay otros momentos cuando respirar es un problema. Pero cuando me enteré de la muerte de Miss Collier, lo primero que pensé fue: Oh, Dios mío, ¿qué pasará con Phyllis? Miss Collier era toda su vida. Pero me enteré de que se fue a vivir con Miss Hepburn. Feliz de Phyllis. Lo pasará tan bien ahora. Me gustaría cambiar con ella. Miss Hepburn es una persona maravillosa. En serio. Ojalá fuera amiga mía. Podría llamarla a veces y... bueno, no sé, charlar con ella”. Hablamos de cómo nos gustaba Nueva York y de cuánto aborrecíamos Los Angeles. “Aunque nací ahí, no se me ocurre nada bueno que decir de Los Angeles. Si cierro los ojos, y me imagino Los Angeles, todo lo que veo es una gran várice.” Hablamos de actores y actuaciones. “Todos dicen que no sé actuar. Decían lo mismo de Elizabeth Taylor. Y se equivocaron. Estuvo magnífica en Ambiciones que matan. A mí nunca me darán el papel apropiado, algo que realmente quiera hacer. No me ayuda el aspecto físico. Demasiado específico”; hablamos un poco de Elizabeth Taylor; quería saber si yo la conocía y le dije que sí, y ella dijo bueno, cómo es, cómo es en realidad, y yo dije bueno, es algo parecida a ti, es muy franca y dice cualquier cosa, y Marilyn dijo vete a la mierda y me dijo bueno, si alguien me preguntara cómo era Marilyn Monroe, cómo era Marilyn Monroe en realidad, qué diría, y le dije que tenía que pensarlo.) TC: ¿Te parece que podemos irnos de una vez? Me prometiste champagne, ¿recuerdas? M: Recuerdo. Pero no tengo dinero. TC: Siempre llegas tarde y nunca tienes dinero. Por casualidad, ¿no estás bajo la impresión de que eres la reina Isabel? M: ¿Quién? TC: La reina Isabel. La reina de Inglaterra. M (frunciendo el ceño): ¿Qué tiene esa mierda que ver conmigo? TC: La reina Isabel nunca lleva dinero encima. No le está permitido. El vil metal no debe mancillar la palma de la mano real. Hay una ley, o algo así. M: Ojalá pasaran una ley parecida para mí. TC: Sigue así y a lo mejor sucede. M ¿Cómo paga cuando va de compras? TC: Su dama de compañía trota a su lado con una bolsa llena de peniques. M: ¿Sabes una cosa? Te apuesto a que le dan todo gratis. Como pago cuando ella dice que usa el producto. TC: Es muy posible. No me sorprendería en lo más mínimo. Proveedores de Su Majestad. Perros galeses. Todas esas golosinas Fortum & Mason. Marihuana. Preservativos. M: ¿Para qué quiere ella preservativos? TC: Ella no, tonta. Para ese bobo que la sigue dos pasos atrás. El príncipe Felipe. M: Para él. Oh, sí, me gusta. Debe tener un lindo aparato. ¿Te conté esa vez que Errol Flynn sacó el aparato y tocó el piano con él? Bueno, fue hace cien años. Yo recién empezaba y fui a una fiesta tonta. Estaba Errol Flynn, muy contento consigo mismo. Aporreó las teclas. Tocó Eres mi rayo de sol. ¡Cristo! Todo el mundo dice que Milton Berle tiene el schlong más grande de Hollywood. Pero ¿a quién le importa? Eh, ¿tienes dinero encima? TC: Unos cincuenta dólares. M: Eso nos debe alcanzar para un poco de champagne. (Afuera, Lexington estaba vacía de sospechosos: nada más que inofensivos transeúntes. Eran como las dos de una linda tarde de abril, ideal para caminar. Deambulamos hasta la Tercera Avenida. Unos pocos dieron vuelta la cabeza, no porque reconocieran a Marilyn como Marilyn, sino debido a su atavío funerario. Ella rió con esa sonrisa suya tan especial, tentadora como cascabeles, y dijo: “A lo mejor siempre debería vestirme así, verdaderamente anónima”. Mientras nos acercábamos al bar de P. J. Clarke, dije que éste sería un buen lugar para tomar un refresco, pero Marilyn lo vetó. “Está lleno de esos idiotas de publicidad. Y esa perra Dorothy Kilgallen siempre está allí, emborrachándose. ¿Qué les pasa a estos irlandeses? Chupan más que los indios.” Me sentí obligado a defender a la Kilgallen, que era algo amiga mía, y dije que en ocasiones podía llegar a ser muy graciosa. Marilyn dijo: “Sea como sea, ha escrito cosas terribles acerca de mí. Todas esas perras me odian. Hedda, Louella. Sé que supuestamente una debe acostumbrarse a eso, pero yo no puedo. Lo que dicen, duele. ¿Qué he hecho yo a esas brujas? El único que escribe cosas decentes de mí es Sidney Skolsky. Pero él es hombre. Los tipos me tratan bien. Como si fuera un ser humano. Por lo menos me otorgan el beneficio de la duda. Y Bob Thomas es un caballero. Y Jack O’Brian”. Miramos las vidrieras de las tiendas de antigüedades. En una había una bandeja con anillos viejos y Marilyn dijo: “Ese es bonito. El granate con las perlitas. Me gustaría poder usar anillos, pero no me gusta que la gente se fije en mis manos. Son demasiado gordas. Elizabeth Taylor tiene las manos gordas. Pero con los ojos que tiene, ¿quién se va a fijar en sus manos? Me gusta bailar desnuda frente a un espejo y ver cómo se me mueven las tetitas. No son feas. Ojalá no tuviera las manos tan gordas.” En otra vidriera vimos un hermoso reloj de péndulo, lo que le hizo decir: “Nunca tuve un hogar. Una casa verdadera, con muebles míos. Pero si vuelvo a casarme, y gano mucho dinero, voy a alquilar un par de camiones y recorreré la Tercera Avenida comprando todo lo que se me ocurra. Una docena de relojes de péndulo. Los pondré todos en un cuarto, y todos a la misma hora. Eso sería como un verdadero hogar. ¿No te parece? ¡Eh! ¡Mira! ¡Enfrente!” TC: ¿Qué? M: ¿Ves el letrero con la palma de la mano? Ahí deben leer el futuro. TC: ¿Tienes ganas de entrar? M: Bueno, vamos a ver cómo es. (No es un lugar acogedor. Por una vidriera sucia percibimos un cuarto desprovisto de muebles con una mujer flaca, con aspecto de gitana, sentada en una silla de lona debajo de una lámpara roja como el infierno que colgaba del techo y que esparcía un brillo torturador. Estaba tejiendo un par de escarpines. No nos miró. Marilyn estuvo a punto de entrar, luego cambió de idea.) M: Hay veces que me gusta saber qué pasará. Pero después pienso que es mejor no saberlo. Me gustaría saber dos cosas, sin embargo. Una, si voy a adelgazar. TC: ¿Y la otra? M: Es un secreto. TC: Vamos, vamos. Hoy no puede haber secretos. Hoy es un día de dolor, y los que sufrimos compartimos los pensamientos más recónditos. M: Bueno, es acerca de un hombre. Hay algo que quiero saber. Pero no diré más. Realmente es un secreto. (Y pensé: Eso es lo que tú crees. Ya te lo sacaré.) TC: Estoy preparado para invitarte con champagne. (Terminamos en la Segunda Avenida, en un restaurante chino vacío, decorado chillonamente. Pero tenía un bar bien provisto, y pedimos una botella de Mumm. Llegó, pero sin helar y sin balde. La tomamos en vasos altos, con cubitos adentro.) M: Esto es divertido. Como filmar en exteriores. Si a una le gusta. A mí no. Niagara. Qué película mala. Horrible. TC: Hablemos de tu amor secreto. M: (silencio). TC: (silencio). M: (risitas). TC: (silencio). M: Conoces a tantas mujeres. ¿Cuál es la mujer más atractiva que conoces? TC: Barbara Paley. No tiene rival. M (frunciendo el ceño): ¿Esa a la que le dicen “Babe”? A mí no me parece una beba. La he visto en Vogue. Es elegante. Encantadora. Mirando las fotos una se siente como una chancha. TC: Le divertiría oír eso. Te tiene celos. M: ¿Celos de mí? Te estás burlando de nuevo. TC: No. Está celosa. M: Pero ¿por qué? TC: Por lo que dijo en los diarios una periodista, creo que la Kilgallen. Algo así: “Se rumorea que Mrs. Di Maggio tuvo una cita con el mayor magnate de la televisión, y no precisamente para hablar de negocios”. Ella leyó la nota y creyó que era verdad. M: ¿Que era verdad qué? TC: Que su marido tiene un asunto contigo. William S. Paley. El mayor magnate de la televisión. Le gustan las rubias bien formadas. Las morochas también. M: Eso es un disparate. No conozco a ese tipo. TC: Ah, vamos, vamos. Conmigo puedes ser franca. Este amante secreto es William S. Paley, n’est-ce pas? M: ¡No! Es un escritor. El es un escritor. TC: Eso es mejor. Ya vamos a alguna parte. De modo que tu amante es un escritor. Debe de ser malísimo, o no te avergonzarías de decirme su nombre. M (furiosa, frenética): ¿Por qué es la “S”? TC: La “S”. ¿Qué “S”? M: La “S” en William S. Paley. TC: Oh, esa “S”. No quiere decir nada. La metió allí porque quedaba bien. M: ¿Sólo una inicial que no reemplaza nada? Por Dios. Mr. Paley debe de ser un poquito inseguro. TC: Tiene un montón de tics. Pero volvamos a tu misterioso escriba. M: ¡Basta! No entiendes. Tengo tanto que perder. TC: Mozo, otra botella de Mumm, por favor. M: ¿Estás tratando de aflojarme la lengua? TC: Sí. Te diré una cosa. Hagamos un trato. Yo te cuento un cuento, y si te parece interesante, tal vez podamos hablar de tu amigo el escritor. M (tentada, pero renuente): ¿Un cuento de qué? TC: De Errol Flynn. M: (silencio). TC: (silencio). M (enojada consigo misma): Bueno, empieza. TC: ¿Recuerdas lo que me contaste de Errol? ¿Lo contento que estaba con su pito? Yo soy testigo de eso. Una vez pasamos juntos una noche muy agradable. Si me entiendes. M: Lo estás inventando. Estás tratando de engañarme. TC: Lo juro. Estoy jugando limpio. (Silencio. Pero veo que está muy interesada, de modo que después de encender un cigarrillo, prosigo.) Bueno, sucedió cuando yo tenía dieciocho años. O diecinueve. Durante la guerra. El invierno de 1943. Esa noche daba una fiesta Carol Marcus, que no sé si ya estaba casada con Saroyan, en honor de su mejor amiga, Gloria Vanderbilt. La fiesta fue en la casa de su madre, en Park Avenue. Una gran fiesta. Habría unas cincuenta personas. Como a la medianoche entra Errol Flyn con su doble, un playboy que hacía las escenas de capa y espada, llamado Freddie McEvoy. Los dos estaban bastante borrachos. De todos modos, Errol se puso a charlar conmigo. Era inteligente, y nos reíamos mucho. De pronto dijo que quería ir a El Morocco, y por qué no iba con él y con su amigo McEvoy. Dije que sí, pero McEvoy no quería irse de la fiesta, que estaba llena de jovencitas recién presentadas en sociedad, de manera que Errol y yo nos fuimos solos. Sólo que no fuimos a El Morocco. Tomamos un taxi hasta la zona de Gramercy Park, donde yo tenía un departamento de un ambiente. Se quedó hasta el día siguiente, al mediodía. M: Y ¿cómo calificarías? ¿En una escala de uno a diez? TC: Francamente, si no hubiera sido Errol Flynn, ni siquiera me acordaría. M: No es un gran cuento. No mereces el mío. Ni por asomo. TC: Mozo, ¿y el champagne? Los dos tenemos sed. M: Y no me has dicho nada nuevo. Ya sabía que Errol caminaba en zigzag. Tengo un masajista que es como mi propia hermana, que era masajista de Tyrone Power, y él me contó la relación que había entre Errol y Tyrone. De modo que tendrías que contarme algo mejor. TC: Es difícil hacer tratos contigo. M: Estoy lista a escuchar. De modo que cuéntame cuál fue tu mejor experiencia. En ese sentido. TC: ¿La mejor? ¿La más memorable? Mejor que contestes tú primero. M: ¡Y dices que yo soy difícil! ¡Ja! (tomando champagne) Joe no es malo. Juega bien al béisbol. Si fuera por eso, aún seguiríamos casados. Todavía lo amo. Es sincero. TC: Los maridos no cuentan. En este juego. M (mordisqueándose la uña; pensando, realmente): Bueno, conocí a un hombre, medio pariente de Gary Cooper. Un corredor de bolsa, no gran cosa: sesenta y cinco años, usa anteojos gruesos. No sé qué era, pero... TC: Puedes parar ahí. Sé todo acerca de él por otras chicas. Ese viejo espadachín sigue recorriendo mundo. Se llama Paul Shields. Es el padrastro de Rocky Cooper. Se supone que es sensacional. M: Lo es. Bueno, vivo. Tu turno. TC: Olvídalo. No tengo por qué contarte nada. Porque ya sé quién es tu maravilla oculta: Arthur Miller. (Bajó los anteojos negros. Si las miradas mataran...) M (tartamudeando): Pero ¿cómo? Quiero decir, nadie... Es decir, casi nadie... TC: Hace por lo menos tres o cuatro años, Irving Drutman... M: ¿Irving qué? TC: Drutman. Un escritor del Herald Tribune. El me contó que tú andabas con Arthur Miller. Que estabas enamorada de él. Soy demasiado caballero para haberlo mencionado antes. M: ¡Caballero! (tartamudeando de nuevo pero con los anteojos negros en su lugar) Tú no entiendes. Eso fue hace mucho. Eso terminó. Pero esto es nuevo. Todo es diferente ahora y... TC: No olvides invitarme a la boda. M: Si dices algo de esto, te mato. Te hago eliminar. Conozco un par de hombres que me harían ese favor con todo gusto. TC: Es algo que no dudo ni por un minuto. (Por fin regresa el mozo con la segunda botella.) M: Dile que se la lleve. No quiero más. Quiero irme de aquí. TC: Siento haberte molestado. M: No estoy molesta. (Pero lo estaba. Mientras pagaba la cuenta, fue al toilette. Deseé tener conmigo un libro para leer: sus visitas al toile-tte a veces duraban tanto como la preñez de una elefanta. Mientras pasaba el tiempo, me puse a pensar si estaría tomando píldoras tranquilizantes o estimulantes. Tranquilizantes, sin duda. Había un diario en el bar. Lo tomé. Estaba escrito en chino. Después de unos veinte minutos, decidí investigar. A lo mejor se había tomado una dosis letal, o cortado las muñecas. Encontré el baño de damas y llamé a la puerta. Dijo: “Pasa”. Estaba frente a un espejo mal iluminado. Pregunté: “¿Qué estás haciendo?”. Ella contestó: “Mirándola”. En realidad, se estaba pintando los labios color rubí. Además, se había quitado el pañuelo de la cabeza y peinado ese pelo brillante y finito que tenía.) M: Espero que te quede bastante dinero. TC: Depende. No como para comprar perlas, si es tu idea de hacer las paces. M (riendo, nuevamente de buen humor. Decidí no volver a mencionar a Arthur Miller): No. Para un viaje en taxi, nada más. TC: ¿Adónde vamos, a Hollywood? M: Diablos, no. A un lugar que me gusta. Ya verás cuando lleguemos. (No tuve que esperar tanto, pues no bien subimos al taxi, oí que le decía que nos llevara al muelle de la calle South, y pensé: “¿No es allí donde se toma el ferry para Staten Island?”. Y mi conjetura fue: tomó píldoras además del champagne, y está loca ahora.) TC: Espero que no vayamos a tomar un barco. No llevo dramamine encima. M (feliz, riendo): Vamos al muelle, nada más. TC: ¿Puedo preguntar por qué? M: Me gusta. Huele a otro país, y puedo dar de comer a las gaviotas. TC: ¿Qué les darás? No tienes nada. M: Sí, tengo la cartera llena de bizcochitos chinos. Los robé del restaurante. TC (haciendo una broma): Sí, sí. Mientras estabas en el baño abrí uno, y el papelito de adentro era un chiste verde. M: Por Dios. ¿Obscenidades en vez del porvenir? TC: Seguro que a las gaviotas no les importará. (Pasamos el Bowery. Tiendas diminutas de empeño, estaciones de donación de sangre, cuartos con camas por cincuenta centavos, pequeños hoteles sórdidos de alojamiento por un dólar, bares de blancos, bares de negros y por todas partes vagos, vagos jóvenes, ancianos vagos en cuclillas sobre la vereda sentados en medio de vidrios rotos y de vómitos, vagos apoyados contra las puertas y acurrucados como pingüinos en las esquinas. En una oportunidad, al detenernos ante una luz roja, un espantapájaros de nariz roja avanzó tambaleándose hacia nosotros y empezó a limpiar el parabrisas del taxi con un trapo húmedo que aferraba su temblona mano. Nuestro conductor protestó, gritando obscenidades en italiano.) M: ¿Qué es esto? ¿Qué pasa? TC: Quiere una propina por limpiar el vidrio. M (cubriéndose la cara con la cartera): ¡Qué horrible! No lo aguanto. Dale algo. Apúrate. ¡Por favor! (Pero ya el taxi partía, derribando casi al viejo borracho. Marilyn lloraba.) Estoy descompuesta. TC: ¿Quieres irte a casa? M: Se ha arruinado todo. TC: Te llevaré a casa. M: Espera un minuto. Ya estaré bien. (Así seguimos hasta la calle South; ya allí, el ferry anclado, la vista de Brooklyn del otro lado, las gaviotas que revoloteaban y se divertían, blancas contra el horizonte marino y el cielo veteado de vellones de nubes, diminutas y frágiles como encaje, pronto tranquilizaron su espíritu. Al bajar del taxi vimos a un hombre que llevaba a un perro chino de una correa. Era un pasajero que se dirigía al ferry. Al pasar junto a él, mi compañera se detuvo a acariciar el perro.) EL HOMBRE (firme y poco amistosamente): No debería tocar perros desconocidos. Especialmente a éstos. Podrían morderla. M: Los perros nunca me muerden. Sólo los humanos. ¿Cómo se llama? EL HOMBRE: Fu Manchu. M (riendo): Oh, como en el cine. Qué amor. EL HOMBRE: Usted, ¿cómo se llama? M: ¿Yo? Marilyn. EL HOMBRE: Eso pensé. Mi mujer no me creería. ¿Me puede dar su autógrafo? (Sacó una tarjeta y una lapicera. Utilizando su cartera como apoyo, ella escribió: Que Dios lo bendiga - Marilyn Monroe). M: Gracias. EL HOMBRE: Gracias a usted. Voy a mostrar esto en la oficina. (Seguimos hasta el borde del muelle, donde nos pusimos a escuchar el ruido del agua.) M: Yo solía pedir autógrafos. Todavía lo hago, a veces. El año pasado vi a Clark Gable sentado cerca de mí en Chasen, y le pedí que me firmara la servilleta. (Apoyada contra un poste de amarras, la observé, de perfil: Galatea oteando las distancias no conquistadas. La brisa le esponjaba el pelo. Volvió la cabeza hacia mí con gracia etérea, como si la hiciera girar la brisa.) TC: ¿Cuándo alimentamos los pájaros? Yo también tengo hambre. Es tarde, y no almorzamos. M: Recuerda, te dije que si alguna vez te preguntaran cómo era yo, cómo era, en realidad, Marilyn Monroe, ¿cómo contestarías esa pregunta? (Su tono era juguetón, burlón, sin embargo sincero al mismo tiempo: quería una respuesta honesta): Apuesto a que dirías que era una palurda. TC: Por supuesto, pero también les diría... (Ya se iba la luz. Ella parecía desvanecerse con la claridad, mezclarse con el cielo y las nubes, retroceder y ocultarse detrás. Yo quería alzar la voz por encima de los gritos de las gaviotas y preguntarle: “Marilyn, Marilyn, ¿por qué todo tuvo que salir así? ¿Por qué es una mierda esta vida?”) TC: Yo diría... M: No te oigo. TC: Diría que eres una hermosa niña. Filmografía: # La tentación vive arriba, The seven year itch (1955) # Río sin retorno, River of no return (1954) # Luces de candilejas, There's No Business Like Show Business (1954) # Los caballeros las prefieren rubias, Gentlemen prefer blondes (1953) # Cómo casarse con un millonario, How to marry a millionaire (1953) # Niebla en el alma, Don't Bother to Knock (1952) # Cuatro páginas de la vida, O. Henry's Full House (1952) # Clash by Night (1952) # Me siento rejuvenecer, Monkey Business (1952) # No estamos casados, We're Not Married (1952) # Niágara, Niágara (1952) # Home Town Story (1951) # Love Nest (1951) # As Young As You Feel (1951) # Let's Make It Legal (1951) # Right Cross (1950) # The Fireball (1950) # La jungla de asfalto, The asfalt jungle (1950) # Eva al desnudo, All About Eve (1950) # A Ticket to Tomahawk (1950) # Ladies of the Chorus (1949) # Amor en conserva, Love Happy (1949) # Scudda-Hoo! Scudda-Hay! (1948) # Dangerous Years (1947) # The Shocking Miss Pilgrim (1947) # Something's Got to Give, (inacabada, 1962) # Vidas rebeldes, The Misfits (1961) # El multimillonario, Let's Make Love (1960) # Con faldas y a lo loco, Some Like It Hot (1959) # El príncipe y la corista, The Prince and the Showgirl (1957) # Bus Stop, Bus Stop (1956) El 5 de agosto de 1962, la actriz estadounidense Marilyn Monroe, el gran mito erótico de los años cincuenta, fue hallada muerta en su casa de Hollywood. Aunque el forense dictaminó que la actriz se había suicidado con una sobredosis de somníferos, las causas de su muerte permanecen aún confusas; se apreciaron algunas contradicciones en el informe médico de su trágico fin. Las dificultades profesionales y su agitada vida sentimental parecieron estar en el origen de su muerte. En cualquier caso, la jovialidad y el vivir desenfrenado y despreocupado que muchas veces había representado en el cine y fuera de él se corresponden poco con el verdadero perfil de su vida, marcada por las contradicciones y los complejos de una niñez y una juventud desgraciadas, seguidas después de un éxito arrollador al que no supo hacer frente, ni siquiera cuando creyó encontrar, junto a personalidades como Arthur Miller, la estabilidad y la seguridad que persiguió durante toda su vida. http://www.biografiasyvidas.com/monografia/marilyn_monroe/ http://cartasamarilynmonroe.blogspot.com/2010/01/marilyn-monroe-en-un-encuentro-con.html
Las personas llamadas "fenómenos" o freaks, los personajes marginales, las posturas sin pose y los gestos fronterizos, fueron la meta de la fotógrafa norteamericana Diane Arbus. Decía Diane Arbus en su Diario: “una fotografía es un secreto sobre un secreto, cuanto más te cuenta menos sabes”. Los secretos siempre cuentan cosas que no deben ser contadas, las fotos también. Una fotografía en sí misma explica cosas pero no todas, solamente aquellas que es capaz de captar el que la mira o el que la toma. Las fotos de Arbus son imágenes de sus secretos. Sus temas son recurrentes: seres extraordinarios, deformes, gemelos, discapacitados, transexuales, pervertidos, prostitutas, orgías, mendigos, cafishios; personas fuera de lo que se considera "lo normal". Mostraba los secretos de otras personas pero a la vez mostraba los propios. La fotografía fue una manera de luchar contra sus fantasmas. Estaba atrapada por la Diane que debía ser y aquella que quería ser. Era capaz de cruzar la linea e ir más allá de la normalidad pero siempre acompañada con su cámara. En muchas ocasiones la cámara es un refugio frente a la realidad, especialmente de aquella que nos disgusta y asusta. El objetivo de la cámara crea distancia y somos observadores. Este comportamiento, típico de los reporteros de guerra, no fue el de Diane Arbus quien siempre se implicó. A Diane la asustaba y atraía la gente poco común y segregada de la sociedad tanto como lo hacía la alta sociedad a la que ella pertenecía. Retratando a unos y a otros los asimilaba al mismo tiempo que los mantenía lejos. Como un exorcismo a sus demonios. Diane Arbus nació el 14 de marzo de 1923 en Nueva York. Hija de una familia adinerada, se quejaba de haber sido “demasiado cuidada” en su fabuloso piso de la Quinta Avenida. Algunas de sus primeras fotografias famosas son de niños luchando con energia y desesperación por sobre sus limitaciones psíquicas o físicas; como "Niño exasperado con una granada de mano de juguete", tomada en Central Park en 1961, que forma parte de su serie en la que fotografió a niños ricos “ya que yo tambien soy una niña rica”. "No sabía que era judía cuando era una cría.¡No sabía que era desafortunado serlo! Como me crié en una ciudad judía y en una familia judía, y como mi padre era un judío rico y yo iba a un colegio judío, adquirí un firme sentido de irrealidad. Lo único que sentía era mi sensación de irrealidad" Diane era una persona extremadamente sensible y se dejaba influenciar por amigos, libros y situaciones que ella previamente había decidido que formaran parte de su vida. Aunque era muy tímida exploró el mundo fuera de su círculo y se aventuró por el subte (metro) de Nueva York. Los pordioseros, los borrachos y los artistas callejeros llamaban de manera especial su atención y pasaba horas estudiando todos sus movimientos. En muchas de estas exploraciones por el subte acosa a los exhibicionistas. Poco después ella misma se convierte en una exhibicionista y se masturba con las ventanas abiertas, sabiendo que los vecinos pueden estar mirándola. Según su biógrafa, su novio Allan Arbus fue quien la inició en los dulces encantos de la masturbación. Lo había conocido cuando ella tenía 14 años y él era fotógrafo aficionado, cuando cumplió los 18 desafiando a sus padres se casaron. El matrimonio, al regresar él de la guerra, decidió convertir la fotografía en su medio de vida y abrieron un estudio que funcionó con éxito durante más de 10 años, haciendo campañas publicitarias y de moda para revistas como Vogue y Harpers`s Bazaar. Allan Arbus le regaló a Diane su primera máquina de fotos. En ese tiempo el fotoperiodismo era la moda indiscutible: la foto como la poesía de la vida cotidiana. Los fotógrafos del momento eran Cartier-Bresson, la joven promesa de Richard Avendon, incluso el director de cine Stanley Kubrick daba sus primeros pasos en fotografía. autorretrato con hija Tuvieron dos hijas. Diane trabajaba como ama de casa y asistente de su marido, pero ese rol típico la hacía oscilar entre etapas de depresión profunda y miedos: se sentía "rara". Detestaba la imagen publicitaria, el mundo de la alta sociedad y de los negocios. Valoraba su filosofía de vida pero se sentía insegura respecto de su propia valía, no ayudaba a su autoestima el que en las revistas donde publicaba le pagaran la mitad que a sus compañeros varones. Decidida a ser una gran artista del lado oscuro de la vida, buscó un mundo en la realidad que pareciera fantástico e irreal y lo encontró. Sintiéndose afuera de la sociedad en la que vivía e inspirada por la obra de Tod Browning: "Freaks", (película que cuenta las vicisitudes de una pareja de enanos que vive en un circo) sale a retratar a los que ella llamaba "sobrevivientes". Actúa sin atenerse a las reglas sociales, morales o artísticas. Odia la máscara que la gente se ponía para parecer lo que no eran, intentaba que sus retratados se despojaran de ella porque quería mostrarlos tal y como eran. Desde el principio esto produjo cierta incomprensión de su obra por parte de la "buena" sociedad. Decidió dejar de ser la asistente de su marido para empezar con su propia carrera. Comienza a estudiar con una fotógrafa consagrada por su trabajo de impacto documental que buscaba sacudir al espectador. Ella la alentó a concentrarse en fotos personales, en un realismo crudo, en captar la parte para llegar al todo. "Hasta que estudié con Lisette Model, yo soñaba con fotografiar en lugar de hacerlo. Lisette me aconsejó disfrutar cuando fotografiaba, así que comencé a hacerlo, y después aprendí a disfrutar del propio trabajo de fotografiar". Mientras su matrimonio comenzaba a deteriorarse salía a recorrer el lado marginal de la ciudad en busca de personajes. A partir de los 30 años decididamente va al encuentro de lo bizarro. Andaba con su cámara a la pesca de lo bellamente horrible. Recorría las peores calles de Nueva York con su cámara preparada. Sus incursiones a altas horas de la noche fueron una experiencia que la marcaría para el resto de su vida. Habla con negros, prostitutas, locos, linyeras, travestis, enanos, deformes, discapacitados, personajes pesadillescos, gente en soledad, explicándoles su pasión por la fotografía y convenciéndolos de dejarse retratar. Su obra se va enriqueciendo con todos los dejados de lado por el "sueño americano". Esos seres siempre habían sido para ella motivo de atracción y de terror, porque constituían un desafío a las convenciones de su clase. "Los monstruos eran una cuestión que yo fotografié mucho. Fue una de los primeros motivos que fotografié y poseía un tipo de excitación terrorífica para mí. Yo empecé como a quererlos. Todavía hoy aprecio y quiero a mucho de ellos. Yo realmente no quiero aseverar que ellos son en sí mis amigos, sino más bien que ellos me hicieron sentir una mezcla de vergüenza y temor. Hay una cantidad de leyendas sobre los monstruos. Todo para ellos sucede como en un cuento de hadas. Los monstruos (freaks) nacieron con su trauma. Ellos ya han pasado su prueba en la vida. Ellos son aristócratas.” Arbus siempre trabajó en blanco y negro, todos sus modelos miran a cámara y los ilumina con luz directa. Para ella el tema a fotografiar era más importante que el cuidado de la imagen. Por eso su estética solía ser descuidada. Eso la hacía dudar de su talento, pensar que lo suyo era cuestión de suerte, pensamiento que agudizaba las depresiones profundas que sufrió durante toda su vida. Todas sus fotos trabajan profundamente la luz y la sombra, los personajes retratados son tan impactantes que el espectador se fija muy poco en la calidad de la composición. Tienen también algo de morbo amarillista. En la década del 60 la fotografía de Arbus comenzó a atraer las miradas de la comunidad artística, recibe dos becas Guggenheim, colaboró con retratos en la revista Harpers´s Bazaar, su reputación empezó a ser reconocida a nivel local como pionera del nuevo estilo documental. En 1967 se inaugura la muestra New Sensations en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y los retratos de freaks cazados por Diane provocan distintas reacciones. Algunos rechazan las fotos de manera rotunda, otros subrayan su tono decadente y de mal gusto. Los espectadores más atentos saben que se encuentran ante una fotógrafa inusual. Por esos años revistas como Harper’s Bazar y Esquire le encargan una serie de retratos de escritores, actores, actrices y poetas. Por su lente desfilan Norman Mailer, Mae West, Borges. Después de su gran exhibición en el MOMA, en una entrevista para la revista Newsweek, comenta sobre la irrealidad en la que ella decia que había crecido: “Es irracional haber nacido en un cierto lugar y un cierto momento y de ser de un determinado sexo. Es irracional que uno pueda cambiar muchas circunstancias y que no pueda cambiar muchas otras. La simple idea de haber nacido rica y judia es parte de esa irracionalidad. Pero si naces siendo algo, podes tener la osadia (la aventura) de ser otras diez mil cosas”. Se convirtió en una fotógrafa de culto y su trabajo era respetado y admirado por fotógrafos consagrados. Por otro lado su vida, tan convulsa y deforme como los personajes de sus fotos, formaba ya parte de su mitología. Vestía de manera descuidada, sin cambiarse de ropa durante semanas. Su vida sexual era agitada y promiscua. Se acostaba indistintamente con hombres y mujeres. Hasta se aseguraba que en algunas oportunidades tuvo sexo con muchos de los monstruos a los cuales retrató. Fue especialista en fotografiar orgías. Las depresiones se hicieron más frecuentes. A pesar de que su reputación de artista siempre fue ascendente, su situación económica fue precaria. La razón era que recibía pocos encargos y muchas de sus fotos, donde dejaba el alma, despertaban todas las admiraciones posibles pero las revistas tenían desconfianza en publicarlas. El 27 de julio de 1971, a los 48 años, se suicida. Se había cortado las venas. Presentaba además síntomas de sobredosis de somníferos. Un año más tarde se convertía en la primera fotógrafa norteamericana cuya obra se exponía en la Bienal de Venecia. Su mirada sobre el mundo trascendió los estereotipos culturales que la época imponía a las mujeres. Su trabajo es tomado como referencia por muchos otros artistas. Su reputación mundial la llevó a estar entre las pioneras del nuevo estilo documental. Fue una de las fotógrafas más grandes del siglo XX. En este video hay una recopilación de obras. La música (rara y sugerente) es de Jon Rose. link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=OF3JgdaASa8 Libros: "Diane Arbus. Una biografía", Patricia Bosworth. Editorial Circe, 1999. Fotos: lamiradafotografica.es/tag/diane-arbus/ www.artnet.com www.artphotogallery.org www.radiomontaje.com.ar/.../dianearbus.htm http://www.masters-of-photography.com/A/arbus/arbus3.html Videos: http://www.youtube.com/watch?v=Dy-7nbAvm9k *** Link: http://www.entretodas.net/2007/05/10/diane-arbus-cazadora-de-la-belleza-convulsiva-por-carlos-yusti/ Películas: FUR (An imaginary portrait of Diane Arbus), Retrato de una obsesión. Dirigida por: Steven Shainberg. Interpretes: Nicole Kidman, Robert Downer Jr, Ty Burrel, Harris Yulin. Producción: EE.UU., 2006. Duración: 122 min.
El día de la Bestia (1995) es una película española dirigida por Álex de la Iglesia, director especializado en cine sangriento, que lo consagró como uno de los realizadores de más éxito del cine español al conseguir, entre otros premios internacionales, el Goya al mejor director. Uno de los logros de la película fue conquistar tanto a la crítica como al público utilizando el género de la llamada comedia satánica, un registro al que se consideraba menor. Es una historia delirante a la vez que una visión apocalíptica del fin de milenio. Angel Berriartua (Álex Angulo), un curita vasco del Santuario de Aránzazu, que no ha salido de su pueblecito en la vida, descubre en el Apocalipsis según San Juan un secreto inimaginable: que el Demonio va a nacer en Madrid el día de Nochebuena de 1995. Convencido de que debe impedir este nacimiento satánico, se dedica a hacer el mal todo lo posible en la víspera para que, al día siguiente, pueda invocarlo y venderle su alma. Ganándose la confianza del Anticristo espera poder matarlo y librar al mundo de su presencia, aún a costa de su propia alma inmortal. El cura se une a un joven aficionado al death metal, José María (Santiago Segura), para intentar encontrar el lugar de Madrid en el que tendrá lugar esa venida. La tares se complica porque es muy difícil contactar con el "maligno" y sobre todo encontrar el lugar del nacimiento. Además de la ayuda que le brindará José María se contacta con un famoso presentador de un programa de ciencias ocultas, convencido de que este sabe invocar al diablo. Tras el ritual de invocación, el maligno se presenta en forma de macho cabrío. El sacerdote y José María siguen buscando por todo Madrid alguna señal, topándose con un pastor sospechoso, un grupo extremista violento que actúa en las calles de Madrid. Finalmente es el presentador, el Dr Cavan, quien descubre el lugar del nacimiento a través de algunos signos publicados en su libro de ciencias ocultas. Los diálogos, rápidos, auténticos y graciosos, hacen mucho para que la gente se identifique con la historia. Cura: ¿Tú eres satánico, verdad? Jose María: Sí señor. Y de Carabanchel. Alex de la Iglesia resume las razones que lo llevaron a hacer esta película: “Creo que la peña está un poco harta de tanto Disney, tanto Bambi y tanto espíritu navideño chorra, creo que les puede venir bien un poco de caña”. Variación diabólica de la figura del nacimiento de Jesús, viaje alucinógeno en busca de una quimera que nunca se sabe si es cierta o producto de las drogas, comedia negra desenfrenada y arrolladora, con momentos terroríficos, ‘El día de la bestia fue una de las mejores películas del cine español. En una carrera arrolladora, A. de la Iglesia crea una atmósfera insuperable en el Madrid cursi de cada fin de año (llegando incluso a “matar” a tres extras vestidos de reyes magos en un tiroteo), transformando las calles de la capital de España en una vorágine de imágenes dantescas filmadas en locaciones que todos los madrileños podían reconocer (la Plaza de Callao con el cartel de Schweppes, a lo Hitchcock) mostrando que la posibilidad de lo diabólico está a la vuelta de la esquina. No sólo en el Demonio está la encarnación del mal, también en los asesinos que prenden fuego a indigentes, o en la actuación de la madre del metalero (Terele Pávez) que es más brutal que el propio demonio. El director Álex de la Iglesia en la escena del nacimiento caracterizó al diablo en forma grotesca, lo que le valió muy buenas críticas por parte de la prensa y los espectadores, además del excelente final del film. En 1995, Álex de la Iglesia fue demandado junto al guionista Jorge Guerricaechevarría y la productora Iberoamericana Films por presunto plagio. Un joven autor denunció ante los juzgados de primera instancia de Madrid que El día de la bestia era en realidad una transformación no autorizada de una obra suya: "La luz", que nunca había sido publicada y que el mismo había remitido a la productora del filme, El Deseo S. A; la productora de Almodóvar. link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=r3FDscxtaCo La banda sonora, fundamental en la película, incluye las siguientes canciones: Def Con Dos: El día de la Bestia Ministry: Just One Fix Headcrash: Scapegoat Soziedad Alkoholica: Feliz falsedad Ktulu: Apocalipsis 25D Extremoduro con Albert Pla: El día de la Bestia Negu Gorriak: Dios salve al Lehendakari Eskorbuto: Mucha policía, poca diversión The Pleasure Fuckers: Socio de Satán Pantera: By Demons Be Driven Sugar Ray: Snug Harbor Sugar Ray: Rhyme Stealer Parálisis Permanente: Un día en Texas Siniestro Total: Mi nombre es Legión Silmarils: Love Your Mum Def Con Dos: El día de la Bestia (remix) El tema principal de la película lo compuso Def Con Dos, grupo que había participado en la banda sonora de Acción mutante; la primera película de de la Iglesia. Extremoduro aportó una canción que fue incluida en su disco Agíla, esta versión contaba con la colaboración del compositor y cantante Albert Pla. También se incluyó el tema Feliz falsedad de Soziedad Alkoholika, que hasta aquel momento sólo había sido editado dentro de un maxi-single homónimo. Extremoduro Abre la puerta que soy el diablo y que vengo con perras; abre chiquilla, las piemas que vengo a clavarte semillas. Como cada día en el infierno me aburria y me filí de bar en bar; vi a la virgen Maria, cansada de ser virgen, metida en un portal. Si llega la policía no es pecado, vida mía, ponerse a disparar, guardé la artillería, es que me estoy haciendo viejo y ya empiezo a razonar. ¡Como me vuelvas a tocar! ¡Alógrame el día, voy a merendar! ¡Como me vuelvas a decir! ¡que me quieres, claro, y yo también a tí! El patio de mi casa es particular cuando llueve se moja, como los demás. El patio de mi casa está lleno de tios, unos son malincuentes y otros asesinos. ¡Eih, colega, ¿hacemos una banda? -¿pa qué? - ¿pa qué va a ser? pa hacer una matanza, quiero ser carnicero con nuestros carceleros. Ya llega el olor, meto la cabeza y ya no hay más que hablar. Me gustaría sonreir pero no tengo tantas drogas hoy aquí. Si me quieres arrodillar, córtame las piernas y aún podré volar. ¡Eih tío que me tienes harto! ¡Que yo me como a dios por una pata! ¡Que tú no sabes con quién te juegas los cuartos! ¡Conmigo y tranquilo! soy un hombre bueno en todos los sentidos. Pero es que como cada día en el infiemo me aburría me vine a malear; vi a la virgen Maria, cansada de ser virgen, metiendo en un portal. Si llega la policía no es pecado, vida mia, ponerse a disparar, saqué la artilleda y me falló la puntería y le metí al dueño del bar. .................................... ......................... Desde los cuatro puntos cardinales me llegan todos los vientos no sé lo que me pasa que tengo todos los aires metidos en el cuerpo. link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=7CADHLndaZc fuentes: http://www.blogdecine.com/criticas/el-dia-de-la-bestia-quemando-el-hipocrita-espiritu-navideno http://es.wikipedia.org/wiki/El_d%C3%ADa_de_la_Bestia
Jean-Jacques Sempé, nacido el 17 de agosto de 1932, en Burdeos, Francia, es un dibujante de historietas que firma sus trabajos simplemente con su apellido: Sempé. Vive y trabaja en Paris, tiene ahora 74 años. Sin ningún entrenamiento formal en arte, Jean-Jacques Sempé está considerado como el mejor de los dibujantes humorísticos de la actualidad.Jean-Jacques Sempé, en su estudio del boulevard de Montparnasse de París, donde trabaja, "a veces unas horas, a veces todo el día" Empezó su carrera como ilustrador de prensa colaborando en muchas revistas y diarios, a la vez que trabajaba en historietas franco-belgas. Sus acuarelas, donde sus personajes prácticamente no hablan, ganaron la atención internacional por su facilidad para llevar mensajes a pesar de su simpleza. Ha dibujado durante muchos años para revistas de prestigio como Paris Match y la satírica The New Yorker. Es famoso por sus carteles, sus libros de dibujos humorísticos y por su personaje "El pequeño Nicolás" (Le petit Nicolas), basado en recuerdos de su infancia y que empezó a publicar a partir de 1950 junto con René Goscinny, el guionista de Astérix y Lucky Luke, entre otros. El París que dibuja Sempé está protagonizado por edificios, sombras y luces, patinadores, parejas peleadas y enamoradas, gente paseando perros, balcones de hierro, hombrecitos y mujercitas, policías, Citroëns. Un conjunto que presenta un París real y a veces agotador de tan caótico. Hechos con un trazo elegante y preciso, tal vez muy francés, Sempé hace simple lo sublime. Sus pequeños personajes, a los que trata con ternura, están siempre envueltos en un entorno que los supera, a través de ellos Sempé elabora una crítica lúcida y constante de la sociedad. Esto se ve en libros de su sola autoría como "Nada es simple" (1962), "Todo se complica" (1962), "El gran pánico", o "La ascensión del señor Lambert" (1974), entre muchos otros. El pequeño NicolásNarradas en primera persona (por Nicolás) estas historias siempre fueron muy bien recibidas por chicas, chicos y jóvenes, que se sienten tratados con respeto, encuentran en las aventuras de Nicolás un eco de las suyas propias y disfrutan con los líos en los que se mete, con la caracterización burlona que hace de directores, maestras y todas las autoridades en general, y con el lenguaje y los dibujos que los interpretan fielmente. Dice Nicolás: Joaquín no vino ayer a la escuela y hoy llegó tarde, con pinta de fastidiado, y nos quedamos muy asombrados. No nos quedamos asombrados de que Joaquín llegara tarde y fastidiado, porque a menudo llega tarde y siempre está fastidiado cuando viene a la escuela, sobre todo cuando hay examen escrito de gramática; lo que nos asombró fue que la maestra le lanzó una gran sonrisa y le dijo: —¡Enhorabuena, Joaquín! Debes de estar contento, ¿no?… (la gran noticia era que Joaquín tuvo una hermanita) Sempé retrata a la sociedad actual ofreciendo un delicioso conjunto de personajes y situaciones, todas llenas de detalles sorprendentes, con una minuciosa mirada de ingenio y ternura. Dice Sempé que ordena por temas sus miles de dibujos: "Multitudes", "Parejas", "Parques", "Bicicletas" etc. En el boulevard de Montparnasse, en el centro de la ciudad, en un séptimo piso, frente a un ventanal inmenso por el que se asoma la mitad de París, Jean-Jacques Sempé se sienta cada día frente a su tablero y dibuja. "Y a veces sale y a veces no. Si no sale, pues sigo". Y acaba saliendo ¿no? "Pues a veces no; a veces sigue sin salir". Su estudio es blanco, limpio, luminoso, muy sencillo. Sempé es alto, amable, burlón, fuma como un carretero y tose como un asmático. Empezó a dibujar a los 19 años porque no encontraba trabajo de otra cosa. Logró el éxito dibujando las historias que escribía René Goscinny, del Pequeño Nicolás. Ha publicado más de 30 libros llenos de humanidad, ironía, de gentes, de sus vidas cotidianas, de restaurantes llenos, esquinas y calles vacías, parques, gatos y bibliotecas. Da la impresión de que va por la calle anotando mentalmente lo que ve para luego subir al séptimo piso y reflejarlo. "No, no. Yo cuando voy por la calle voy pensando en otra cosa, no soy capaz ni de reconocer a un amigo si me lo cruzo". Trabaja en sus propios libros y colabora con revistas. Por eso, todos los días se sienta frente a la mitad exacta del París que se amontona en su ventanal. A veces por la mañana. A veces por la tarde. A veces unas horas. A veces todo el día. "Me gustaría ser más disciplinado. Tengo una amiga escritora que empieza a las nueve, y a las doce, paf, lo deja, incluso a la mitad de la frase. Yo soy incapaz". Sus dibujos son simpáticos. Como sus personajes. Como él mismo. Además de la pintura, adora el fútbol, el billar y la música. Sobre todo el jazz. Sobre todo Duke Ellington. Cuenta orgulloso que un día lo conoció. Y que le hizo una pregunta memorable: "Señor Ellington, cuando un trompetista de su orquesta que mide 1,80 se pone enfermo de repente y tiene que sustituirlo de un día para otro por uno de 1,60, ¿cómo hace para la cuestión de los uniformes?". Ellington le respondió: "Sinceramente, amigo, ese tipo de cosas son las que me han estado siempre amargando la vida". Cuando el músico murió en Nueva York, en 1974, Sempé, durante mucho tiempo, se levantaba por la mañana en su casa de París y, antes de sentarse a dibujar, se echaba a llorar sin poder evitarlo. Pese a dibujar desde hace más de 40 años, se lo reconoce internacionalmente por su trabajo en El pequeño Nicolás más que por sus creaciones en solitario. Son dibujos cargados de ironía muy sutil, que obliga a quien los mira a detenerse un buen rato hasta captar lo que está diciendo el autor. ¿Y cómo está lo de tu juicio? Con "Nada es fácil", Sempé comienza a publicar libros de forma periódica en Francia y no tarda en despertar el interés de otra editoriales europeas. El salto lo dio con "Las Mujeres y los niños primero", publicado en 1962 con gran éxito en Inglaterra y Estados Unido; a partir de entonces empezó a publicar en revista New Yorker, cuyas portadas se han convertido en objeto de culto. Sempé retrata los sinsabores de la sociedad actual, la alienación moderna, el placer oculto de las pequeñas cosas de la vida y los detalles, como un verdadero cronista. Su estilo se caracteriza por el detallismo y la creación de personajes que se convierten inmediatamente en entrañables. Reconoce que después de tanto años de trabajo y con el reconocimiento que ha conseguido, puede dedicar hasta una semana para plasmar una idea en una única viñeta. /www.soitu.es/soitu/2009/06/02/info/1243950134_134442.html lambiek.net/artists/s/sempe_jj.htm www.biografiasyvidas.com/biografia/s/sempe.htm es.wikipedia.org/wiki/Jean-Jacques_Sempé /www.elpais.com/articulo/semana/Sempe/mitad/Paris/elpepuculbab/20090718elpbabese_2/ www.riff-fanzine.com/InfoArticulo.php?idArticulo=129
Dice la Wikipedia: Dorothy Parker (Long Branch, Nueva Jersey, 22 de agosto de 1893 – Nueva York, 7 de junio de 1967) fue una cuentista, dramaturga, crítica teatral, humorista, guionista y poeta estadounidense. Muy conocida por su cáustico ingenio, su sarcasmo y su afilada pluma a la hora de captar el lado oscuro de la vida urbana en el siglo XX. Pero además de esas características que apunta la virtual enciclopedia, o tal vez por ellas mismas, Dorothy Parker se transformó en una conciencia cívica y literaria que aborda sin rodeos la condición de la mujer y con valentía los deberes cívicos Para que vayan haciéndose la idea del personaje, sus cáusticas y humorísticas Citas "A un hombre sólo le pido tres cosas: que sea guapo, implacable y estúpido." "Las dos palabras más bellas de la lengua inglesa son: cheque adjunto." "Cualquier mujer que aspire a comportarse como un hombre, seguro que carece de ambición." "Cuatro cosas hay que me hubiera pasado mejor sin ellas: amor, curiosidad, pecas y dudas." "Él y yo teníamos una oficina que de haber sido una pulgada más pequeña habría constituido adulterio" "La brevedad es la esencia de la lencería" "Ésta no es una novela que deba ser apartada a la ligera; debería ser arrojada con gran fuerza" "Perdonen por el polvo" (su epitafio) Y como ejemplo de su ágil e inventiva escritura, para muestra basta un botón: aquí va "El vals", perteneciente al libro La soledad de las parejas. … - Muchas gracias. Me encantaría. No quiero bailar. No quiero bailar con nadie. Y aunque quisiera, no seria ni mucho menos con él. Estaría entre los últimos diez de la lista. He visto la manera en que baila; parece lo que se hace la noche de San Walpurgis. Imagínate, no hace ni un cuarto de hora que estaba aquí sentada y sentía mucha pena por la pobre chica que bailaba con él. Y ahora seré yo, la pobre chica. Ay, ay, que pequeño es el mundo. Y además es un mundo fantástico. Un auténtico paraíso. Lo que pasa es tan fascinadoramente imprevisible… Yo estaba aquí, sin meterme donde no me pedían, sin hacer daño a nadie. Y entonces él entra en mi vida, todo sonrisas y urbanidad, para rogarme que le conceda una mazurca memorable. Caramba, si difícilmente sabe como me llamo, y no hablemos de qué significa mi nombre. Significa desespero, perplejidad, futilidad, degradación y asesinato premeditado, pero él sabe muy pocas cosas. Yo tampoco se como se llama; no tengo ni idea. Sospecho que Jukes, por su mirada. ¿Como está, Señor Jukes? ¿como está su hermano pequeño, el de las dos cabezas? Ah, ¿Porque tenia que venir a solicitarme cosas bajas? ¿Porque no podía dejar que hiciese mi vida? Pido tan poco… sólo que me dejaran sola en mi rincón silencioso de la mesa, para poder pensar en mis penas como cada noche. Y ha tenido que venir él, con sus reverencias, y sus me-concede-este. Y yo voy y le digo que me encantaría bailar con él. No entiendo por qué no he caído muerta en el acto. sé, caer muerta sería como ir de excursión al lado del esfuerzo de bailar con este chico. Pero, ¿que podía hacer? En la mesa todos se habían levantado para bailar, excepto yo y él. Estaba atrapada. Atrapada como una trampa en una trampa. ¿Qué puedes decir cuando un hombre te pide para bailar? No bailaré de ningún modo contigo, antes nos veremos en el infierno. Gracias, me gustaría muchísimo, pero tengo las contracciones del parto. Oh, si, bailemos, es tan agradable conocer un hombre que no tiene miedo que le contagie el beri-beri. No, no podía hacer nada, a parte de decir que me encantaría. Bien, vale más que empecemos. De acuerdo, bala de cañón, corramos por el campo. Has ganado el sorteo, tú guías. - Pues me parece que en realidad es un vals, ¿no? Podríamos escuchar un segundo la música, ¿eh? Oh, sí, es un vals. ¿Si me molesta? simplemente me entusiasma. Me encantaría que bailásemos un vals. Me encantaría que bailásemos un vals. Me encantaría que bailásemos un vals. Me encantaría que me quitaran las amígdalas, me gustaría encontrarme en un incendio a media noche y en alta mar. Bien, ahora es demasiado tarde. Nos ponemos en marcha. Oh. Oh, ostras, ostras, ostras, ostras. Oh, hasta es peor de lo que me pensaba. Supongo que es la única ley que no falla nunca en esta vida: todo es siempre peor de lo que te pensabas. Oh, si hubiera tenido una idea real de como sería este baile habría insistido en no bailarlo. Probablemente al final será lo mismo. Si continúa así, de aquí a un momento estaremos sentados en el suelo y tendremos que terminar. Estoy muy contenta de haberle hecho notar que esto que tocan es un vals. Quien sabe que habría pasado si se hubiese pensado que era una cosa rápida; nos habríamos cargado las paredes del edificio. ¿Por qué siempre quiere estar donde no esté? ¿Por qué no nos podemos quedar en un sitio el tiempo suficiente para aclimatarnos? Esta prisa, prisa, prisa constante, la maldición de la vida americana. Es por esto que todos estamos… ¡Ay! por el amor de Dios, no me des una patada, idiota; solamente estamos en el segundo down. Oh, la pierna. Mi pobre, pobre pierna, que tengo desde que era pequeña. - Oh, no, no, no. Dios mío, no. No me hecho nada de daño. Y de todas maneras ha sido por mi culpa. Y tanto que si. De verdad. Bien, eres muy amable, diciendo eso. Realmente solo ha sido culpa mía. No se que es mejor que haga: matarlo ahora mismo, con mis propias manos, o esperar y dejar que caiga reventado. Quizás es mejor no hacer una escena. Me parece que intentaré pasar desapercibida y miraré como el ritmo le envía al otro barrio. No puede seguir así indefinidamente, solamente es de carne y huesos. Pero debe morir, y morirá, por lo que me ha hecho. No quiero ser muy susceptible, pero que no me digan que la patada no estaba premeditada. Freud dijo que no había accidentes. Yo no he vivido precisamente enclaustrada. He conocido parejas de baile que me han destrozado las zapatillas y me han roto el vestido, pero cuando se trata de dar patadas, soy Feminidad Ultrajada. Cuando me da una patada en la pierna, sonríe. Quizás no lo ha hecho con malicia. Quizás es la manera que tiene de demostrarme su entusiasmo. Supongo que debería estar contenta de que uno de los dos se lo pase tan bien. Supongo que me debería considerar afortunada si me devuelve viva. Quizás es ser muy exigente exigir que un hombre que es prácticamente un desconocido te deje las piernas tal y como las ha encontrado. Después de todo, pobre, lo hace tan bien como puede. Es probable que se criara en el campo, y que nunca haya ido a la escuela. Seguro que tenían que sentarlo para atarle los zapatos. - Si, es fantástico ¿eh? Es simplemente fantástico. Es el vals mas fantástico, ¿no? Oh, yo también creo que es fantástico. Caramba, verdaderamente cada vez me siento mas atraída por la triple amenaza. Es mi héroe. Tiene un corazón de león, y la fuerza de un búfalo. Míralo: nunca piensa en las consecuencias, nunca le asusta la cara que tiene, se lanza a cualquier pelea, los ojos brillantes, las mejillas encendidas. ¿Y se puede decir que yo me quedo atrás? No y mil veces no. ¿Y a mi qué si he de pasar los próximos dos años enyesada? ¡Venga, forzudo, adelante! ¿Quien quiere vivir eternamente? Oh, ostras, ostras. Oh, no se ha hecho nada gracias a Dios. Por un momento he pensado que lo habrían de retirar de la pista. Ah, no soportaría que le pasara nada. Lo amo. Es la persona que más amo del mundo. Mira que espíritu que pone, en un vals aburrido y vulgar; que amanerados que parecen el resto de bailadores a su lado. Es la juventud, el vigor, el coraje, es la fuerza, la alegría, y… ¡Ay! No me pises el pie, ¡idiota! ¿Que te crees que soy? ¿Una plancha? ¡Ay! - No, claro que no me has hecho daño. Nada de nada. De verdad. Y ha sido culpa mía. Este pasito que haces… bien, es fantástico, pero al principio es un poco complicado de seguir. Oh ¿lo has inventado tú? Si, ¿de verdad? ¡Eres admirable! Me parece que ya lo he cogido. Me parece que es fantástico. Antes, cuando bailaba, miraba como lo hacías. Es terriblemente eficaz cuando lo miras. Es terriblemente eficaz cuando lo miras. Seguro que soy terriblemente eficaz cuando me miras. Tengo los cabellos que me cuelgan en las mejillas, se me ha enredado la falda, siento el sudor frío en la frente. Debo parecer salida de “La caida de la casa Usher”. Una mujer de mi edad destrozada, bailando así-. Y él mismo, con su astucia de degenerado, ha perfeccionado el pasito. Y al principio era un poco complicado, pero ahora me parece que ya lo tengo. Dos pasos, resbalar, y carrera de veinte yardas; si, ya lo tengo. También tengo unas cuantas cosas más, incluyendo un hueso roto y el corazón amargo. Detesto esta criatura a la cual estoy encadenada. Lo detesto desde el momento que he visto su cara lasciva y bestial. Y he estado prisionera de su abrazo pernicioso durante los treinta y cinco años que hace que dura este vals. ¿Es que esta orquesta no parará nunca de tocar? ¿O es que esta parodia de baile indecente ha de continuar hasta que el infierno se queme? - Oh, tocarán otro bis. ¡Que bien! Es fantástico. ¿Cansada? Creo que no. Me gustaría seguir así por siempre. No creo que esté cansada. Solamente estoy muerta. Muerta, ¡y por que causa! Y la música no se parará nunca, y seguiremos así, los dos, Double time Charlie y yo, durante toda la eternidad. Supongo que después de los primeros cien mil años ya no será igual. Supongo que entonces nada no importará, ni el calor, ni el sufrimiento, ni la pena, ni una fatiga cruel y dolorosa. Bien, por mí ya deberíamos estar. No sé porque no le he dicho que estaba cansada. No sé porque no le he sugerido que volviéramos a la mesa. Habría podido decir escuchemos la música y ya está. Sí, y sería la primera vez que la escucharía en toda la noche. George Jean Nathan dijo que los ritmos fantásticos de los valses se deberían escuchar en calma y sin acompañarlos de extraños movimientos giratorios del cuerpo humano. Creo que fue esto lo que dijo. Creo que lo dijo George Jean Natha. En fin, dijera lo que dijera, fuera lo que fuera, y haga lo que haga ahora, esta mejor que yo. Eso seguro. Todo el mundo que no está bailando un vals con este campesino que tengo aquí, se lo está pasando bien. De todas maneras, si hubiera vuelto a la mesa probablemente habría tenido que hablarle. Míralo; ¿que se le podría decir a una cosa así? ¿Has ido al circo este año? ¿Cual es el helado que más te gusta? ¿Como se escribe la palabra gato? Me parece que estoy bien aquí. Tan bien como si estuviera dentro de una hormigonera en plena acción. Ahora ya he dejado de sentir. El único modo de adivinar cuándo me pisa es por el ruido de huesos fracturados. Y ante mis ojos pasan todos los acontecimientos de mi vida. Recuerdo aquella vez que estuve en huracán en las Antillas, y aquel día en que me partí la cabeza cuando chocó el taxi, y aquella noche en que la dama borracha le lanzó un cenicero de bronce a su amor verdadero y en vez de darle a él me dio a mí, y aquel verano en que el barco zozobró. Ah, que tiempos tranquilos y sosegados los míos hasta que fui a toparme con don Veloz. No sabía lo que eran los problemas hasta que me vi arrastrada a esta danse macabre. Creo que empiezo a divagar. Casi tengo la impresión de que la orquesta va a dejar de tocar. Imposible, claro; nunca, nunca sucederá. Sin embargo, en mis oídos hay un silencio como el sonido de voces angelicales… Oh, han dejado de tocar, los muy perversos. Ya no tocarán más. ¡Qué rabia! Oh, ¿le parece que lo harían? ¿De veras le parece que seguirán si les da veinte dólares? Oh, sería maravilloso. Ah, y pídales que toquen la misma pieza. Sencillamente me encantaría seguir bailando este vals.
La escritura del diario íntimo, o personal, se origina en la necesidad del yo y de sus múltiples máscaras por expresarse sin censuras propias y ajenas. “Tenemos la impresión de estar contemplando una mente que se halla a solas consigo misma; una mente que piensa tan poco en su público que de vez en cuando recurre a una especie de taquigrafía particular, tal como acostumbra a hacer el pensamiento en su soledad, se divide en dos y habla consigo misma”, escribe Virginia Woolf en el prólogo del Diario de Katherine Mansfield, publicado cuatro años después de su muerte. El diario es una práctica de escritura hondamente arraigada en la sociedad. Al ser una escritura del vivir cotidiano, de carácter secreto, y usada por personas de toda edad y condición, ha sido poco valorado como registro, y su práctica se relegó a una región menor en la consideración intelectual o artística. Eso fue hasta el reciente auge de las escrituras del yo, de las teorías sobre el cuidado de sí y de la expansión de la figura del Autor como personaje. Disciplinas relativamente nuevas como: la teoría literaria, la historia de las ideas, o las nuevas corrientes historiográficas que indagan en las manifestaciones populares en lo público y en lo privado, (George Duby, pej), advierten que desde hace 50 años a esta parte hay un crecimiento de la esfera privada y un retraimiento de la esfera pública. La intimidad es la marca del sujeto moderno, el sujeto en intimidad es sujeto frente a sí mismo. La nueva dimensión que adquiere lo íntimo como construcción subjetiva del yo, permite redimensionar postulados como la muerte de las ideologías o el fin de la Historia como lucha entre ideologías, y entenderlos como muestras del desinterés individual ante propuestas de masas. Paralelamente hay un corrimiento de las clasificaciones ante manifestaciones del yo, perceptible en los géneros literarios por ejemplo: la novelización de la propia vida o de hechos verídicos sin mayor intención de narrar, o en el discurso público, por ejemplo: en la exposición de la propia experiencia o de los recuerdos como ilustración de propuestas políticas. La expresión de la diversidad individual, cobra una relevancia inédita en el caso del diario íntimo porque, de ser relegado a costumbre cuasi confesional de mujer y también de adolescentes, pasa a ser un lugar de escritura preferente en el que se develaría diferencias entre los sexos. En esta práctica de escritura en la que la necesidad de expresar está en primer plano, es complejo establecer los límites entre público y privado, que son categorías antagónicas, y es atinado incorporar la dimensión de lo íntimo. El concepto de lo íntimo puede estar en relación tanto con lo privado como con lo público, el hecho de que existan diarios que son publicados en vida de la autora/autor es una prueba de ello. Es interesante ver cómo una práctica expresiva circunscripta al ámbito mujer, por tanto entendido como débil, por tanto improductivo, no dejó de ser usada y, en su permanencia, se adelanta a un estado de cosas que sólo recientemente puede valorarse en su real magnitud. También podríamos reflexionar sobre la realidad que supuso para muchas mujeres la escritura de un diario, hecha en un tiempo propio, despreciable para el afuera: un espacio conquistado, una zona de libertad. La imagen de la muchacha o el muchacho escribiendo en un cuaderno todo lo que nace de su corazón, a solas y sin pretensiones literarias, es verosímil más allá del aura de estampa. Conjuntamente con esta impronta romántica, la situación alude al encierro doméstico: hay numerosos ejemplos de esto en las biografías femeninas de la burguesía del siglo XIX cuando, a la vez que se perpetuaba el modelo enclaustrado, se vaticinaba la incorporación de la mujer al mercado del trabajo. Otra relación interesante es la que guarda el diario personal con la soledad: la escritura como la vía de comunicación privilegiada desde la soledad permanente o temporaria, elegida o inevitable. La intimidad sería el ámbito específico donde se debe mover el diario personal. La escritura y la lectura del cuerpo, el sitio más íntimo e intransferible de cada ser, sería la consecuencia lógica de ese intimismo. También es interesante el significado semántico y etimológico de la palabra íntimo . * Intimidad, amistad íntima: una zona espiritual íntima y reservada de una persona o grupo, especialmente el familiar. * Intimo (del latín intimus), lo más interior o interno. * Intimar (del latín intimare), exigir el cumplimiento de algo, con autoridad o fuerza para obligar a hacerlo. * Introducirse en el afecto o ánimo de alguien, o de algo material. * Intimidar (del latín intimidare), causar o infundir miedo. La denominación íntimo significa, por un lado, interno o interior, relación estrecha y, por otro, intimar,o intimidar, introducir temor. Haciendo uso de una extrapolación fecunda, se define intimidad como ámbito de acción del diario y también espacio del temor. De un modo quizás no exacto pero inapelable porque habla en poesía, Cesare Pavese, expresa: “La literatura es una defensa contra las ofensas de la vida”. El diario es ambivalente por naturaleza porque contiene el hoy y el germen de la posteridad del escribiente. Caben en él, según la autoestima, la certeza o la esperanza de que el tiempo vuelva trascendente el dato que en el presente de la escritura es apenas remarcable. Tiene también carácter de documento testamentario y esa particularidad, como las características de ser alusivo y cifrado, hace que la participación de la lectora/lector sea activa pues se hace necesario curiosear, pesquisar, confrontar datos para sacarle el jugo al texto. No menos interesante es la hechura de este objeto literario, que físicamente ocupa el lugar del secreto porque se guarda en cajones y sitios ocultos que se quieren inviolables y, en sí mismo, contiene secretos. Con una impronta de verdad que permanece pese a las correcciones o a la posible edición, quien escribe un diario íntimo conoce la fascinación que produce espiar una vida mirando por la cerradura. En el diario subyace cierta idea de trascendencia, en ese punto todo diario se sabe leído más allá de una real posibilidad de publicación. Genera un vaivén permanente entre lo público y lo privado con el que se juega y con el que se cuenta, en el caso de escritoras y escritores el vaivén es esencia misma porque la vida real y la literatura se intercambian y porque los límites entre una y otra se diluyen y funden. Ante la eventual publicación de un diario póstumo es frecuente que la familia, amigos y editores de la/el diarista, intervengan con argumentos morales de protección de la imagen tanto de quien lo escribió como del entorno. Tales polémicas e intervenciones surgieron con los Diarios de Sylvia Plath, de Elizabeth Smart, de Cesare Pavese, de Katherine Mansfield o de Virginia Woolf, corregidos por sus respectivos maridos, madres, amigas, amigos o albaceas. En todo caso, la de los deudos es la segunda parte de la censura, la inicial ha corrido por cuenta de l@s autores/as en infinitas relecturas, valoración de lo escrito y compulsa de cronologías. El diario tiene la fruición del coleccionismo pero su accionar es intermitente, está impregnado de preguntas sin respuestas, no contiene confesiones sino elaboraciones recurrentes. Es evolutivo, no es conclusivo, es un texto que se va haciendo. Conversación a solas con un grado extremo de familiaridad, soliloquio que va construyendo un montaje de la propia vida sin abandonar la sinceridad, territorio de definiciones incompletas y fragmentos. Es una anotación de sucesos reales o ficcionales que sigue una pauta regular, no estrictamente diaria, puede tener cortes de meses o años si bien mantiene el carácter de día a día; de ahí el nombre idéntico al del periódico. Katherine Mansfield denomina al diario que lleva: “carnet de apuntes”, Virginia Woolf, imagina su uso: “Me gustaría que se asemejara a algún profundo escritorio de antaño, o a un espacioso baúl al que se arroja una gran cantidad de trapos y retazos sin detenerse a elegirlos”. En el diario íntimo de mujeres es común la referencia de sucesos privados para ubicar temporalmente los hechos públicos; nacimientos, muertes, mudanzas. El diario pasa a ser una ayuda y una descarga de la memoria, el testimonio del gentío que nos habita, una forma de conocimiento personal. Fechar las entradas es intrínseco de este género literario que, junto a las cartas, la autobiografía o las memorias, forma parte de la literatura confidencial. Su discurso fragmentario, no necesariamente en prosa ni generado por afinidad con la Literatura, avanza por impresiones auténticas e inmediatas, pura subjetividad. Contar una jornada tal como fue o reescribirla tal y como se deseó, especular sin pudor sobre sí mism@, desplegar la sombra y las contradicciones de la personalidad, dar libre cabida a la reflexión, el chisme, la confesión, la vanidad, son posibilidades que alimentan un espacio de escritura poco atado a las formas literarias. Los primeros diarios aparecieron en el siglo XVIII como una necesidad de la naciente burguesía por encontrar su lugar en la sociedad. En un principio los diarios fueron crónicas familiares llevadas por pastores de la iglesia, reyes o comerciantes adinerados, que consignaban acontecimientos de la familia (número de hijos, casamientos, muertes), climáticos (en función de cosechas, siembras), sociales; eran pragmáticos y útiles como puede serlo una bitácora. Dentro del género autobiográfico el prestigio correspondía a las Memorias porque suponen un protagonista excepcional y masculino, difícilmente una mujer accedía a pensarse como sujeto de la Historia, las cartas y los diarios eran los subgéneros admitidos en los que podía ensayar la reflexión. La escritura de un diario personal o íntimo es perfecta para expresar las distintas máscaras del yo, las dudas, ensayos e interrogantes de esos yoes. Katherine Mansfield escribe en su Diario: “Me pregunto ¿escribo ahora peor que antes? ¿Es menos urgente el ansia que siento de escribir? ¿Sigue siendo natural en mi el buscar esta forma de expresión?”. Según Roland Barthes, hay cuatro motivos por los que un escritor (él no agrega una escritora) lleva un Diario: la invención de un estilo, la construcción de una imagen, testimoniar una época, y como un laboratorio de frases. Los postulados de Barthes dan por sentado que la escritora o el escritor que lleva un diario reserva un amplísimo margen a la posibilidad de que sea publicado. Hay autores (por ejemplo Witold Gombrowicz) que escriben un Diario directamente para publicarlo. Tal decisión, que tiene que ver con la construcción de la figura de autor, no incluye el movimiento de retiro, de maceración en silencio, que requiere el diario, tampoco incluye otra probable acepción del término retiro: el Diario como el lugar en el que no es necesario el afuera, que permite evadir o ignorar la realidad mundana. [elaboración personal] Autoras/es citados Sylvia Plath, poeta estadounidense Virginia Woolf, escritora inglesa Katherine Mansfield, escritora neocelandeza Roland Barthes, crítico literario francés Cesare Pavese, poeta italiano Elizabeth Smart, escritora canadiense Witold Gombrowicz, escritor polaco
"¿Qué significa este milagro? Significa que en el arte es imposible llegar tarde; que no importa de qué se nutra ni qué busque resucitar; el arte es de por sí mismo avance. Que en el arte no hay retorno, que es movimiento contínuo, es decir: irreversible." Marina Tsvietáieva b]Poeta rusa -claramente la mejor del siglo XX- nacida en Moscú, donde pasó sus primeros años de infancia y en la casa de verano de su rica familia, en Tarusa. Estudia piano y a los 14 años ya se interesa por la poesía de los románticos alemanes y franceses. En 1909 viaja a París donde asiste a lecciones sobre literatura francesa en la Sorbonne y un año después a Dresden. En 1910 publica su primer libro de poemas "Álbum de la tarde" y abandona la escuela antes de terminar los estudios. En 1912 contrae matrimonio con Serguiei Efron, hijo de una familia revolucionaria ruso-judía, con el cual tiene tres hijos y se publica su segundo libro "La lámpara maravillosa", dedicado a su marido. Más tarde publica "De dos libros" (1913), "Poemas de juventud" (1915), publicado póstumamente en 1976. En "Historia de una dedicatoria" (1916) y "Poemas de Moscú" (1916) describe su mutuo enamoramiento con el también poeta Osip Mandelstam. De 1917 a 1922 escribe seis piezas de teatro y tres libros de poemas "Versti II", "El campo de los cisnes" y "Oficio". A partir de 1918 vive separada 5 años de su esposo, los cuales describe en sus diarios "Signos terrenales" (1919). En 1922 viaja a Berlín tras conocer que su marido estudia en Praga adónde ha huido tras la derrota del ejército blanco, en el que se había enrolado. Publica en esta ciudad "Versti I" que había escrito 5 años antes, "La doncella del zar", "Poemas a Blok", el escritor ruso, "El fin de Casanova" y el poema Despedida. Ese mismo año comienza su correspondencia con Boris Pasternak, el gran poeta ruso del cual fue su musa y apoyo moral, de la que se conservan 19 cartas de ella y 84 de él. En 1923 se instala en Praga y escribe su ciclo de poemas dedicados a Pasternak, "Cables" y "El poeta". De esa misma época son "Poema de la montaña" (1924), "El poema del fin" (1924), y sus dramas "Borrasca", "Fortuna", "Una aventura" y "Fénix". En 1925 vuelve a viajar a París, dónde inicia una correspondencia con Rainer María Rilke y decide quedarse en esa ciudad. Reúne y publica todos sus poemas desde 1922 a 1925 bajo el título "Después de Rusia". En 1933 escribe un ensayo sobre Mayakovski y Pasternak, "Epos y Lírica en la Rusia de hoy", y varias de sus prosas autobiográficas: "Madre y música", "Los cuentos de la madre", "El diablo", dedicadas a su madre; "Las Kirilovnas", dedicada a sus temporadas de verano en Tarusa; "Inauguración de museo", "La corona de laurel" y "El museo Alejandro III", dedicadas a su padre. Escribe sobre Alexander Pushkin, mítico poeta ruso, "Mi Pushkin" (1937) y "Pushkin y Pugachov" (1937). En octubre de ese mismo año tiene noticia de la implicación de su marido en el asesinato de un ex-militar ruso y del hijo de Trotski; atentados en los que nunca se probó fehacientemente su participación. Eran épocas de terrorismo de estado creciente que no se detenía en fronteras: sufre un registro domiciliario y un interrogatorio por la policía francesa. Un año después se traslada a vivir a un hotel donde escribe "Poemas a los checos", con motivo de la ocupación por los nazis. En 1939 vuelve a la URSS. Su hermana Anastasia está en un campo de trabajo, su marido y su hija viven bajo vigilancia cerca de Moscú, dos meses más tarde serán detenidos. Marina vive de traducciones, en la más absoluta pobreza y temor constante por la vida de los suyos, con el apoyo de algunos amigos como el de la poeta Anna Akhmatova y el de su querido Boris Pasternak. En 1941 en plena invasión nazi y después de que su marido fuera fusilado y su hijo enviado a trabajar en un campo de minas donde muere a una edad muy joven, Marina Tsivietaieva es evacuada a Yelabuga, donde el 31 de agosto se suicida ahorcándose. En agosto del 41, Marina Tsvietáieva se ahorcó, dicen que con la cuerda que había utilizado para su maleta del exilio. "Cómo no ahorcarse —diría años más tarde la escritora rusa Nina Berberova— cuando la adorada Alemania bombardea tu querido Moscú, los viejos amigos, asustados, se apartan de ti, los periódicos te acusan y no hay nada que comer". Su poesía no concede al lector respiro alguno, su escritura no admite facilidades. Es un objeto artístico basado siempre en la realidad pero que no deja en pie la más mínima creencia en la aceptabilidad de este mundo. Su ruptura, tanto por su visión como por su estilo, es algo único en la poesía rusa hasta hoy. Marina Tsvietáieva parecía necesitar amores vehementes, con finales desgraciados a veces, como una manera de nutrir su creatividad poética. Amó a hombres y mujeres. Amó tiernamente a su hija y a su hijo que no la sobrevivieron, y a una pequeña hija muerta poco después de nacer. Amó con inteligencia y creatividad el don de la escritura, en poesía y en prosa, que ejerció con excelencia. Su carácter fogoso y valiente, su delicioso humor, no fueron suficientes para salvarla en aquellos, como nunca, malos tiempos para la lírica. A Ajmatova ¡Oh musa del llanto, la más bella de las musas! Oh loca criatura del infierno y de la noche blanca. Tú envías sobre Rusia tus sombrías tormentas Y tu puro lamento nos traspasa como flecha. Nos empujamos y un sordo ah De mil bocas te jura fidelidad, Anna Ajmátova. Tu nombre, hondo suspiro, Cae en es hondo abismo que carece de nombre. Pisar la tierra misma que tú pisas, bajo tu mismo cielo; Llevamos una corona. Y aquél a que a muerte hieres a tu paso Yace inmortal en su lecho de muerte. Sobre esta ciudad que canta brillan cúpulas, Y el vagabundo ciego canta loas al Señor… Y yo, yo te ofrezco mi ciudad con sus campanas, Ajmátova, y con ella te doy mi corazón. (Versión de Monika Zgustová) A Alia mi hija Algún día, criatura encantadora, para ti seré sólo un recuerdo, perdido allá, en tus ojos azules, en la lejanía de tu memoria. Olvidarás mi perfil aguileño, y mi frente entre nubes de humo, y mi eterna risa que a todos engaña, y una centena de anillos de plata en mi mano; el altillo-camarote, mis papeles en divino desorden, Por la desgracia alzados, en el año terrible; tú eras pequeña y yo era joven. (Versión de Severo Sarduy) A Boris Pasternak Distancia: kilómetros y kilómetros? Nos han dispersado, transplantado nos han ¡y qué bien estamos en los lejanos horizontes! Distancia y lejanías? Des-pegados, des-soldados. Apartaron manos, crucificaron sin saber lo que destruían: la unión total. De suspiros y tendones nos malquistaron, nos esparcieron y exfoliaron. Muro y foso. Separados, como las águilas. Conspiradores y lejanías? No nos desbarataron; nos perdieron por los tugurios de las latitudes: disgregados como huérfanos. ¿Cuál es, pero cuál es, marzo? ¡Como a las barajas nos han cortado (Versión de Carlos Álvarez) A Rainier Maria Rilke Rainer, quiero encontrarme contigo, quiero dormir junto a ti, adormecerme y dormir. Simplemente dormir. Y nada más. No, algo más: hundir la cabeza en tu hombro izquierdo y abandonar mi mano sobre tu hombro izquierdo, y nada más. No, algo más: aún en el sueño más profundo, saber que eres tú. Y más aún: oír el sonido de tu corazón. Y besarlo. (Versión de Carlos Álvarez) Es sencilla mi ropa... Es sencilla mi ropa, pobre mi hogar. ¡Soy una isleña de islas remotas! ¡Nadie me hace falta! si entras -pierdo el sueño. Por calentarle la cena a un Extraño quemaría mi casa. Si me miras -ya nos conocemos, si entras -¡quédate a vivir! Es sencillo nuestro fuero, está escrito en la sangre. En la palma de la mano tendremos la luna, si nos place. Si te vas -es como si no existieras, y como si tampoco yo existiera. Miro la marca del cuchillo: ¿sanará antes de que venga otro extraño a pedirme agua? (Versión de Severo Sarduy) Se ha ido. Ya no como... Se ha ido. Ya no como: quedó sin gusto el pan. Se ha ido - todo es tiza si lo llego a tocar. ...Para mí, era el pan, era la nieve; ya la nieve no es blanca, el pan no sabe a nada. (Versión de Severo Sarduy) Tu alma y la mía son gemelas... Tu alma y la mía son gemelas como mis manos: la derecha y la izquierda. Tan cálidas y tiernas son unidas como dos alas de un pájaro dormido. ¡Por un ciclón quedamos separados, por un abismo, tú y yo, como dos alas! (Versión de Larisa Diakova) Mis versos, escritos tan temprano... Mis versos, escritos tan temprano que no sabía aún que era poeta, inquietos como gotas de una fuente, como chispas de un cometa, lanzados como ágiles diablillos al asalto del santuario donde todo es sueño e incienso, mis versos de juventud y de muerte -¡mis versos, que nadie lee!-, en el polvo de los estantes dispersos -¡que ninguna mano toca!-, como vinos preciosos, mis versos también tendrán su hora. (Versión de Severo Sarduy) Libertad salvaje Me gustan los juegos en que todos son arrogantes y malignos, en que son tigres y águilas los enemigos. Libertad salvaje Que cante una voz altiva: "¡Aquí, muerte, allí -presidio!" ¡Luche la noche conmigo, la noche misma! Volando voy -tras de mí van las fieras; y con el lazo en las manos yo me río... ¡Ojalá la tormenta me haga añicos! ¡Que sean héroes los enemigos! ¡Acabe en guerra el convite! Que sólo quedemos dos: ¡El mundo y yo! (Versión de Severo Sarduy) Insomnio 2 Así como me gusta besar las manos y ofrendar nombres, también me gusta abrir las puertas -¡de par en par!- a la oscura noche. Apoyando la cabeza, oír los recios pasos hacerse más ligeros, y cómo el viento mece el bosque somnoliento y desvelado. ¡Oh noche! Van creciendo los arroyos que en el sueño desembocan. Ya se me cierran los ojos. en medio de la noche alguien se ahoga. (Versión de Severo Sarduy) Insinuarse Quizás la mejor victoria sea sobre el tiempo y la atracción, pasar sin dejar huellas, pasar sin dejar sombra en las paredes... Quizás renunciando a vencer? Quién del espejo se borra? Así como Lermontov en el Cáucaso colarse sin inquietud en las rocas. Es quizás la mejor diversión con los dedos de Sebastián Bach del órgano provocar el son? Despedazarse sin dejar cenizas para la urna... Quizás por engaño vencer? De toda latitud darse de alta? Así en el tiempo tal océano colarse sin inquietar las aguas... Frases: Si Dios hace este milagro, conservarlo con vida, lo seguiré a todos lados, como un perro. Trago mis lágrimas en silencio. Recito como alguien que se ahoga, no, como un pez que se atraganta con su propio mar. Cuando duele es imposible comenzar de nuevo. Vivir. Y hacer lo posible porque los otros vivan. Para mí la posibilidad de conseguir lo deseado (un objeto o un alma) está en proporción inversa a la fuerza del deseo: mientras más deseado – más inalcanzable. Algún día lo diré, ahora no tengo el valor. Todo lo mío ha sido robado. Alia antes de dormir: - Marina, le deseo todo lo mejor que hay en el mundo. Quizá: lo que aún queda en el mundo… Es mejor perder a una persona en su totalidad, que retenerla en una centésima parte. Toda la vida se divide en tres periodos: el presentimiento del amor, el hecho del amor y el recuerdo del amor. Lo más valioso en los versos y en la vida es aquello que ha llegado involuntariamente. Así se me quedó grabada esta primera visión de la burguesía durante la Revolución: las orejas, escondidas bajo los gorros, las almas, escondidas tras los abrigos, las cabezas, escondidas en los cuellos, los ojos, escondidos tras los cristales. Una enceguecedora -por la chispa de la cerilla– visión de la piel. Salva Dios, y protege: a Marina, a Seriozha, a Irina, a Liuba, a Asia, a Andriusha, a los oficiales y los no oficiales, a los franceses y los no franceses, a los heridos y los no heridos, a los sanos y a los enfermos - a todos nuestros conocidos y también a los que no conocemos. En una palabra, yo no estoy: yo acompaño. Fuentes http://rusos.blogspot.com/2006/07/marina-tsvietaieva.html http://amediavoz.com/tsvetaieva.htm#A%20%20Ajmatova http://www.epdlp.com/escritor.php?id=2372