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Sin lugar adonde ir Nació en Lituania y llegó a Nueva York en 1955, donde conoció a Andy Warhol. Cámara en mano, se integró a las vanguardias. Caja Negra publica sus diarios, que narran su reclusión en la Alemania nazi y cuya escritura abandonó cuando empezó a filmar. Por Jonas Mekas Al releer estos diarios ya no sé si se trata de verdad o ficción. Todo retorna con la nitidez de un mal sueño que te hace saltar temblando de la cama; leo esto, no como mi propia vida, sino como la vida de otro, como si el sufrimiento nunca hubiera sido mío. ¿Cómo podría haber sobrevivido? Debo estar leyendo acerca de la vida de otro. Cuando empecé a escribir estas anotaciones en el diario estaba en Alemania, en un campo de trabajo forzado. Había algunas cosas que tenía que dejar fuera del diario. Entre ellas, el principal motivo de mi pasaje por Alemania, la Alemania nazi. Durante los años 1943 y 1944, en los que Lituania estuvo ocupada por los alemanes, me involucré como muchas otras personas de mi edad en distintas actividades anti-alemanas. Me uní a un pequeño grupo clandestino que, entre otras cosas, publicaba un boletín semanal. Lo componían principalmente noticias transcriptas de la BBC. Daba información a las personas sobre las actividades alemanas en Lituania y otros países ocupados. Era uno de los muchos boletines de este tipo publicados por grupos clandestinos durante la ocupación alemana. La policía secreta alemana hacía todo lo posible para descubrir a los editores. Las únicas pistas que tenían eran las de los modelos de máquinas de escribir utilizadas para tipear los boletines. El modo en que entro yo en todo esto es que mi tarea consistía en el tipeo. Una vez por semana recibía material informativo, y preparaba las páginas. En esa época vivía en el altillo de la casa de mi tío en Bir?ai. Mi tío era un pastor protestante y la casa en la que vivía pertenecía a la iglesia y se encontraba a la orilla de un lago, muy alejada de las otras casas. Ahí también había un granero, y un enorme montón de leña para calentar la casa en invierno. Solí esconder la máquina de escribir en la pila de leña. Sentía que ahí estaba segura. Pero estaba equivocado. Un anoche fui a buscarla para tipear y no estaba? La única explicación que encontraba era que un ladrón la hubiera robado. Informé esto a mis amigos en la clandestinidad y todos estuvimos de acuerdo en que lo mejor para mí era desaparecer. No podíamos arriesgarnos a que el ladrón vendiera la máquina de escribir y que los alemanes descubrieran el modelo que habían estado buscando desesperadamente. Estaba claro para nosotros que, en ese caso, el ladrón revelaría el origen de la máquina. Tenía que tomar decisiones rápido. Había muchos modos de "desaparecer". Una posibilidad era unirse a los partisanos y esperar la retirada alemana. Pero había dos problemas importantes. Uno era mi constitución extremadamente frágil en aquellos años; el otro era que había dos grupos de partisanos, los partisanos pro-comunistas, pro-soviéticos, y los partisanos nacionalistas. A los comunistas no podía unirme. Había publicado un poema anti-estalinista y sabía que era un hombre marcado. En 1971, durante mi visita a Lituania, mi madre me dijo que la policía secreta rusa, cada noche durante un año, detrás de la casa, entre los arbustos, esperó a que volviera: creían que me había unido a los partisanos nacionalistas. Se llevaron todos mis primeros escritos, mis hermanos fueron arrestados, mi padre interrogado una y otra vez. Tampoco quería unirme a los nacionalistas. Me había aconsejado con seriedad y sabiduría personas mayores con mucha más experiencia -y, en primer lugar, mi tío (sólo años más tarde iba a descubrir cuán en lo cierto estaba) y es a él a quien tengo que agradecer hoy por estar vivo- que no tenía sentido unirse a ninguno de los dos bandos: todos los grupos iban a ser eliminados, o bien por los alemanes en retirada, o bien por los soviéticos que avanzaban. Me aconsejaron que viajara de inmediato a Viena. La opinión de mi tío fue que lo mejor para los dos, para mí y para Adelfas, era desaparecer, y cuanto más desapareciéramos, mejor. Así que ahora, según nuestros documentos fabricados con extremo cuidado, éramos estudiantes camino a la Universidad de Viena. Una vez en Viena, nuestro tío nos había dado nombre de personas a las que contactar. Por supuesto, esperábamos meternos en problema y ser interrogados, pero imaginábamos que saldríamos airosos. Era un riesgo que teníamos que correr. Los contactos en Viena nos conducirían luego a Suiza. Dos días después estábamos en camino hacia lo desconocido. Y es aquí donde comienza mi diario. * * * 19 de julio, 1944 Hoy nuestro tren llegó a Dirschau, cerca de Danzig. Este es nuestro octavo día de viaje. No soy un soldado ni un partisano. No estoy apto física ni mentalmente para ese tipo de vida. Soy un poeta. Que los países grandes luchen. Lituania es pequeña. En toda nuestra historia las grandes potencias han marchado sobre nuestras cabezas. Si uno se resiste o no tiene cuidado, termina convertido en polvo bajo las ruedas de Oriente y Occidente. Lo único que podemos hacer los pequeños es, de alguna forma, intentar sobrevivir. Ese es el motivo por el que, si nos acompaña la suerte, nos dirigimos a la Universidad de Viena. No quiero tomar parte en esta guerra. No es mi guerra. Muchos huyen de Vilnius y Kaunas. Los alemanes están agregando divisiones, pero no pueden detener a los soviéticos. El espíritu de lucha decae, la retirada es desordenada. Más cerca de los frentes de combate, en torno a Bir?ai y Paneve?ys, hay bandas de partisanos y desertores alemanes. Quienes logran echar mano a un arma corren hacia el bosque, se esconden. Como no tengo intenciones de vivir en el bosque y, además, no tengo conocimientos sobre armas, mi decisión es huir, y cuanto antes mejor. Si me critican por falta de "patriotismo" o "coraje", a la mierda. Ustedes crearon esta civilización, estas fronteras, y estas guerras, yo no puedo ni quiero entenderlos, a ustedes ni a sus guerras. Por favor, manténganse alejados de mí, ocúpense de sus propios asuntos. Eso es, si llegan a entenderlos. En cuanto a mí, soy libre incluso en sus guerras. [...] 8 de octubre, 1944 El belga que trabaja a mi lado hoy cumplió años. Está esclavizado desde hace cuatro años. En el descanso para almorzar otros trabajadores le trajeron flores y las colocaron sobre su máquina. Las flores y las máquinas. La vida y el dolor. Las flores del campo eran rojas, azules y amarillas. Nos quedamos parados, observándolas, recordando las flores de nuestros propios campos. [...] Sin fecha. 1947 Cuando repaso mi infancia, cuando doy vuelta sus páginas, revivo, me fortalece. Del mismo modo en que revivo cuando doy vuelta las páginas de la cultura: esas son las páginas de mi otra infancia. Al crecer, uno se rebela contra ambas... Quieren que sea más racional. Lo más racional es la máquina. Vayan a las máquinas. Todas sus partes separadas funcionan juntas. Pero yo vivo sin propósito, irracionalmente. Construyamos nuestras casas con nuestras propias manos. Y cultivemos el trigo, y hagamos pan. Entonces sabremos qué es la tierra. Ahora abrimos un grifo y sale agua. No tengo idea de dónde viene o cómo. Electricidad... Compramos el pan: no sabemos quién lo hace, cómo, dónde. Lo mismo pasa con nuestras vidas. Vivimos pero no sabemos cómo, dónde, por qué. Y no tiene sabor. [...] 10 de enero, 1948 Invito a leer todo esto como fragmentos de la vida de alguien. O como una carta de un extranjero que siente nostalgia. O como una novela, ficción pura. Sí, invito a leer esto como una ficción. El tema, la trama que anuda estas piezas, es mi vida, mi desarrollo. ¿El villano? El villano es el siglo veinte. [Traducción: Leonel Lifschitz] Fuente
El lingüista Luis Montoto cuenta el origen del dicho "decirle a uno las tres verdades del barquero:" Érase un barquero muy humilde que se vio en el trance de tener que pasar de balde a un estudiante universitario (se supone que de Salamanca) de una a otra margen del río. Porfiaron hasta llegar al acuerdo de que el viaje sería gratis si el estudiante le dijera al barquero tres verdades que le pudieran ser útiles. El avispado estudiante le espetó estas tres verdades después de haber sido transportado a la otra orilla: “Pan duro, duro, más vale duro que ninguno; Zapato malo, malo, más vale en el pie que no en la mano; si a todos les pasas como a mí, dime, barquero ¿qué haces aquí?”. Hace poco he leído un artículo sobre recomendaciones para buscar empleo. Me ha parecido didáctico, ideas conocidas y transmitidas de una forma breve y directa que incluso pueden aplicarse a ámbitos diferentes al profesional. Son verdades del barquero, iconos del sentido común que pueden ser parafraseadas como “cuanto más trabajes más suerte tendrás”; “a quien madruga Dios le ayuda” (¿si eres agnóstico puedes poner dios en minúscula?); “solo no puedes, pero con amigos sí” (célebre slogan de Barrio Sésamo); “si no lo consigues, sigue intentándolo”; y “cuando te rechazan en una entrevista, no le rompas las piernas al seleccionador a ver si luego le va a dar por hablar mal de ti”. En fin, parece que los conceptos están claros, y mi abuelo y unos 30 millones de personas más en España los comparten. Bueno, vale, de acuerdo, los adolescentes llevarían un poco la contraria.Los consejos tienen su aquél, pero lo que no me queda tan claro es que la peña les haga mucho caso. Seguro que alguna ley de Murphy predice que “si un consejo puede no seguirse, no se seguirá”, y seguro que tiene el corolario “si se sigue un consejo, no funcionará”. La cosa es que orientadores/as, expertos/as y otra gente de mal vivir y mucho aconsejar, solemos estar tol-santo-día diciéndoles a los demás lo que tienen que hacer para mejorar sus vidas. Es más, casi todas las personas humanas en general (y las otras, en particular) estamos prestas a ofrecer lecciones a quien las pida, a quien no pueda escaquearse y a quien pase por allí y nos pille calentitos. Pero la mayoría de los/as clientes que acuden a los servicios de orientación, para decepción del profesional, dan muestras de conocer gran parte de las recomendaciones, o de haberlas ya aplicado, generalmente sin mucho éxito. A ver si va a ser que el barquero también les ha cruzado más de una vez. En resumen, que la eficacia del consejo para ayudar a cualquiera a definir, a perseguir y a conseguir sus objetivos no está muy clara. Es más, las recomendaciones no solicitadas pueden funcionar como críticas, y las criaturas aconsejadas suelen reaccionar justificándose o defendiéndose: “yo ya he intentado todo lo que usted me dice, ¿o se cree que me quedo quieto?”; “esas cosas no funcionaron, aquí todo va por enchufe”; “Sí, sé que ese tipo de empleos se consigue por contactos, pero yo ya he hablado con todo el mundo”. ¿Acaso los obesos desconocen que comer moderadamente y hacer ejercicio les vendría bien? ¿Las parejas, que decirse cosas bonitas, y compartir aficiones es fetén para su relación? ¿O los estudiantes, que estudiar todos los días un poquito evita el estrés pre-exámenes y mejora los resultados? Pero el problema tal vez no estriba tanto en saber qué hacer como en hacerlo. Benjamin Franklin, bastante menos finamente lo dijo así: “Los hombres sabios no necesitan consejos y los tontos no los siguen”. No sé si tontos, o simplemente no tan motivados como ellos mismos o los demás piensan. Pero hoy no voy a hablar de motivación, que eso es un entrar y un no salir. From my point of view el trabajo fundamental del asesoramiento (y el más difícil y cualificado) no es informar o recomendar, sino ayudar a que la gente haga lo que tiene que hacer, a que cambien. Recriminar a tu hijo por sacar malas notas y aconsejarle que siga la senda buena está chupao. Otra cosa es enseñarle a establecer hábitos de estudio y facilitar y apoyar gradualmente los avances. Y es que para gestionar el cambio con eficacia sí que hay que ser experto o ponerse a ello. Recomendar es un pelín más fácil: sólo es necesario tener opinión. Pero es que, además de inoperantes, los consejos que damos y recibimos también pueden ser contraproducentes por generalizados, por no adaptarse bien al caso de que se trate. El elfo Gildor le dijo a Frodo, cuando este le pidió consejo: “Raras veces los elfos dan consejos indiscretos, pues un consejo es un regalo muy peligroso, aún del sabio al sabio, ya que todos los rumbos pueden terminar mal. ¿Qué pretendes? No me has dicho todo lo que a ti respecta; entonces, ¿cómo podría elegir mejor que tú?” Oscar Wilde criticó, digamos que con poco tacto, a los que iban por la vida de sabihondos o de veladores en otros entierros: “Siempre es una necedad dar consejos, pero dar buenos consejos es absolutamente fatal”. Sin duda sobrestimamos nuestra capacidad de cambiar a los demás mediante los buenos deseos, y encima gastamos cartuchos porque la gente, tan desagradecida ella, al no aprovechar nuestras enseñanzas nos va restando credibilidad y confianza como consejeros. Ayudemos a generar alternativas y opciones, que la peña ya decidirá el camino a seguir si puede y si quiere. La manteca colorá, la sustancia, el quid de la cuestión, estarán después en ayudarle a mantenerse en la ruta hasta el final, aplicando técnicas de planificación, de modificación de conducta, de networking, y de aceptación y superación de los malos momentos y de los fracasos. Demasiados orientadores/as reparten consejos cual aspersores de autoayuda. Eso sí, unos lo hacen con cierta creatividad, grasia o similar, y usando metáforas y palabras del management y del coaching; y otros son más secos que la mojama y más cansinos que la sección de deportes (quiero decir fútbol) de los telediarios. Y, ojo, que a mi me gusta el cachondeo y buscar el cambio mediante el humor. Pero esos sólo son medios, no olvidemos que el objetivo del asesoramiento no es decir, sino ayudar a conseguir. Y por mucha retórica y vocablos que empleemos, sin metodología no hay tu tía. Cuando la orientación se implante con consistencia en el mundo privado, los clientes que paguen por los servicios exigirán resultados y entonces podemos acabar como el médico que aconsejó a un hombre que dejara de fumar y de beber alcohol y luego le pasó la factura. El sujeto le respondió: “no voy a pagar, puesto que no voy a seguir su consejo.” Fuente
Por Guillermo Saccomanno 1 ¿Quién se cree Tolstoi?, se pregunta uno. ¿Dios? La idea de Tolstoi como Dios no es nueva. “Este hombre es como Dios”, dice Máximo Gorki. León Trotsky, en uno de sus artículos de Literatura y revolución, comenta que al leer a Tolstoi su fuerza le recuerda La Ilíada y el Pentateuco. Lejos de Trotsky, Harold Bloom comparte a su modo la opinión: cuando lo lee a Tolstoi, como al leer a Homero, siente que la voz narradora es la de Dios. Tolstoi propugnaba la humildad en la fe, pero, ¿hasta dónde, con su omnipotencia, no se creía él mismo Dios? Al mirar sus fotos, como un coloso de Miguel Angel, su gran barba, su porte gigante, su mirada severa, Tolstoi impone un instintivo respeto. Dios, padre, patriarca. Tolstoi es un torrente. Las pasiones lo desbordan. Para bosquejar su ideología literaria puede ser un aporte internarse en esta recopilación (formato pocket, más de 600 páginas en tipografía diminuta) que incorpora relatos inéditos, otros poco conocidos y unos pocos clásicos. Como prodigio de orfebrería, lo integran también muchos relatos de los “libros de lectura” que Tolstoi compiló con ficciones de tono moral. Cuentos cortísimos, parábolas que, hacia acá, pueden asociarse con un anti La Fontaine, más próximo a Kafka o Monterroso. Tolstoi dio a leer algunos de estos textos a Scholem Aleijem y se publicaron antes en yiddish que en ruso. Sus fábulas suelen respirar un aire taoísta. En Buda anticipa, varias décadas antes y en pocas páginas, Siddharta, de Herman Hesse. Sus crónicas de aventuras y “hechos reales”, nouvelles introspectivas y amargas, pueden juzgarse un esbozo pionero de fiction non fiction. Como en su mayoría estos materiales fueron publicados originalmente en revistas, se recortan pequeños núcleos narrativos que, sin perder la gracia de lo autoconclusivo, enriquecen la lectura de sus grandes novelas. El escritor ajusta y perfecciona su técnica de la síntesis narrativa en función de una transparencia que le permita un impacto más directo, más certero. Porque Tolstoi pretende ser recordado no como el autor de Guerra y paz y Ana Karenina sino como el educador de estos libros de lectura. Este es el Tolstoi predicador pero, aun cuando pone en primer plano la cuestión de la fe, su bajada de línea no molesta. En muchas ocasiones, la incorporación de lo maravilloso (un milagro, una visión, una aparición celestial) produce el estupor de la literatura fantástica. Y si el gancho de cada pieza (en particular las más breves) sorprende, se debe sin duda a que Tolstoi extrema con austeridad el realismo de sus novelas. 2 “¿Quién me ha creado?” “¿Por qué soy? ¿Qué soy?”, se pregunta el narrador protagonista de Las memorias de un loco, cuento ejemplar del angst tolstoiano en el que, a través del monólogo interior, un terrateniente se ilumina al reparar en la injusticia de su clase. “Dicen que no hay que hacerse preguntas sino rezar”, recapacita el protagonista. Pero Tolstoi no se queda en el rezo. Las preguntas lo impulsan a actuar. El protagonista de estas “memorias” reparte sus tierras (como lo hará Tolstoi en su vejez) a sus legítimos trabajadores, los campesinos. Las preguntas que se hace Tolstoi se podrían en parte contestar con su misma biografía, en la que, además de experimentar desde lo abyecto hasta lo sublime, no cesa de plantearse el sentido de su pasaje por la tierra. Tolstoi fue presumido, estudiante, camorrero, jugador, soldado, mujeriego, marido, adúltero, noble, anarquista, pecador, vegetariano, místico. Defensor del campesinado. Precursor de la antiglobalización. Desconfiado de la política y, sin embargo, intelectual comprometido. Tolstoi es el novio que antes de la boda le muestra a su prometida sus diarios en un acto que cree de entrega, de una presunta sinceridad que en verdad más que desnudar su alma es un aviso a la futura madre de sus hijos de aquello que les espera: los celos y el infierno, que en La sonata a Kreutzer denominará técnicamente “la tragedia del dormitorio”. Tolstoi se esfuerza tanto en una fidelidad que no le sale como en superarse en una escritura que nunca termina de convencerlo. Su primer libro, Juventud, fue auspicioso. Continuó con relatos épicos como Sebastopol y Los cosacos, y ganó la atención crítica. Cada vez más afirmado en su escritura, aspira a una comunicación sencilla y directa de los hechos antes que a la palabra justa. Por supuesto, se contradice. A esta altura es redundante aclararlo: la contradicción es su rasgo más coherente. Con Guerra y paz y Ana Karenina despliega la perfección de un genio narrativo que todavía hoy es paradigma del realismo. Turguenev, a quien llega a desafiar a duelo, permanecería comodísimo en su lugar de privilegio. Su obra “casi” completa se ha reunido en Rusia en noventa tomos: más de sesenta son correspondencias, y el resto novelas, cuentos, artículos y ensayos. Pero esta voluminosa escritura no responde del todo el misterio. En su producción desmesurada, martillan una y otra vez las mismas preguntas, interpelándonos. Si un objetivo persigue Tolstoi es advertirnos que, así como él duda en definirse únicamente por su escritura, nosotros tampoco somos los que creemos ser. Pero Tolstoi no es un hombre de letras sino uno de acción. No sólo pretende superarse a sí mismo sino también transformar a los otros y la sociedad. En su ensayo Tolstoi y la ilustración, Isaiah Berlin rebate el axioma de que Tolstoi es un excelente literato y un mal pensador. “Las opiniones de Tolstoi son siempre subjetivas y pueden ser tremendamente perversas. Pero los problemas que en sus escritos más didácticos trata de resolver casi siempre son cardinales cuestiones de principio, siempre experimentadas en carne propia y que calan más hondo en la forma deliberadamente simplificada y escueta en que hábilmente las presenta, que las de pensadores más equilibrados y objetivos. La única compañía que le corresponde a Tolstoi es la muy subversiva de los cuestionadores a quienes no se haya podido dar una respuesta, ni sea probable dársela.” A su finca de Yasnaia Poliana, durante un viaje místico y poético visitando iglesias, acompañado por Lou Andreas Salomé, acude Rilke. A Tolstoi le escribe su admirador Bernard Shaw. Edison quiere fotografiarlo y grabarlo. Mahatma Gandhi lo consulta a través de un sostenido epistolario. Más tarde se comprobará la influencia doctrinaria que ejerció sobre el líder hindú con respecto a la rebelión pacífica de su pueblo. Tolstoi es capaz de enfrentarse al zar y no hay enemigo que le pueda infundir temor. Porque desafiarlo es meterse con Dios. La pregunta sobre su identidad, la incógnita de su propia naturaleza, puede respondérsela sólo a través de la fe y el amor. Pero no hay salvación individual sino en relación con los otros. Si el amor es responsabilidad, la responsabilidad es trabajo. Es decir, al modo de Kierkegaard, el amor se vuelca en obras. Escritor consagrado, ya no le importan los libros si no cumplen una función. El arte debe tener una utilidad. La educación debe ser una herramienta de transformación social. 3 Tolstoi comienza El padre Sergio contando cómo un joven y ascendente coracero de la corte del zar, a punto de casarse con una fräulein bellísima, rompe con todo y se hace monje. La proyección de los dilemas existenciales de Tolstoi está contenida desde el principio en esta trama, que va ganando en densidad al enfrentar al joven oficial Stepan Kasatski (más tarde rebautizado como el padre Sergio) con sus vacilaciones non sanctas. Pero en su renuncia tan tolstoiana a la feria de vanidades hay también vanidad, una vanidad silenciosa y superior que fluye subterránea en la mortificación del cuerpo y un simulacro de castración. La renuncia se debe a un desengaño amoroso y al orgullo herido. Cuanta más distancia fija el monje del mundo, cuanto más se aísla en busca de la pureza, más se le revela lo fallido de su propósito de redención. Una divorciada apuesta que puede seducirlo. En el momento en que ella despliega su sensualidad, la escena remite a Maupassant, único escritor francés que Tolstoi respeta. El padre Sergio es, al igual que la célebre La sonata a Kreutzer (esa diatriba impiadosa contra el matrimonio, la posesión y los celos), el registro minucioso de una caída como lo es, a su vez, otro relato emblemático, El diablo, donde se obsede con la imposibilidad de rebelarse contra la tentación. Para Tolstoi, el sexo es lo irreductiblemente animal que tenemos los humanos. En ciertas circunstancias, como en El diablo, los encuentros furtivos entre el terrateniente Yevgueni y una campesina adúltera fingen una distraída higiene sexual. El hábito saludable pronto se convertirá en un sino fatídico que determina la perdición de Yevgueni. Estos tres relatos tienen otras características en común, además de estar anclados en la resistencia tormentosa al deseo. El tiempo que Tolstoi se tomó en escribirlos: treinta años para La sonata a Kreutzer, ocho para El padre Sergio, y diez para El diablo, que se publica ahora con dos variantes de final, indica la meditación, quizá más de forma que de contenido, que a Tolstoi le llevaba ajustar la moral de una ficción. Es aquí donde el contenido, la moraleja, importan menos al lector que la historia, no frenar hasta el desenlace. En otro nivel, estos relatos no pueden aislarse de otros donde Tolstoi manifiesta el desprecio contra su propia clase y la renuncia a las prebendas: Pierre, en Guerra y paz; y Levin, en Ana Karenina. Renuncias y fugas. Siempre. Las huidas de Pozdnyshev, el uxoricida de La sonata a Kreutzer, Yevgueni, el marido adúltero de El diablo, y Stepan, El padre Sergio, son tránsitos geográficos que los conducen al fondo de sí mismos. Pozdnyshev confiesa su historia mientras un tren cruza el campo de noche; Yevgueni se muda de su finca arrastrando a su esposa embarazada e intentando desterrarse del adulterio; y Stepan, retrocediendo ante la fantasía sexual, se encierra en una cueva en la piedra. Pero toda renuncia, dice Tolstoi, por más corset que uno le ciña a lo animal, todo esfuerzo, toda negación, son una causa perdida, no tanto frente al demonio sino con nosotros mismos. Aquello de lo que huimos concluye por alcanzarnos, sugiere Tolstoi. 4 No hay chance de enfrentar el designio de la naturaleza, dice. La naturaleza, se pregunta, ¿tiene moral? Entre los humanos, no la hay. A menos que se recurra a la fe. Pero la fe tolstoiana no es una creencia ciega sino voluntarismo. Entonces, lo que puede deparar la salvación, un absoluto y un imposible, no es ya la obediencia debida a un dogma, aplicar la razón. El amor, en Tolstoi, no es un sentimiento manso y tranquilo sino responsabilidad, el reconocimiento del otro y las diferencias. Comprender, aceptar, ayudar, proponer. Esta convicción terminará acarreándole al cristiano insumiso la excomunión. Lo que vale para mí, parece decirnos Tolstoi, vale para todos. Si conoce al prójimo se debe a que antes él mismo fue su objeto de análisis. Vale para la literatura, vale para su pedagogía. En este aspecto, al admitir su afán de predicar, no se le escapa cuánto subyace de vanidad en sus bajadas de línea. “Vanidad de vanidades, dijo el predicador”, ha leído en el Eclesiastés, el texto bíblico que no casualmente influiría en otros dos apartados: Faulkner y Onetti. Si el predicador admite que su acción evangelizadora incurre, desde el vamos, en la vanidad, a Tolstoi no le pasa inadvertido lo que de egotismo hay en su personalidad. La lucha que sus personajes libran contra la tentación y la caída no son diferentes de las suyas: su cuerpo es el campo de batalla. Y su alma, el espacio infinito de un desgarramiento que lo arrasa en vida y en obra. 5 Para analizar la línea apenas visible entre lo humano y lo animal, Tolstoi prueba observar a los hombres poniéndose en cuatro patas. En cuatro patas y castrado. Anticipándose en el uso del punto de vista animal que emplearían Virginia Woolf en Flush y John Berger en King, Tolstoi escribe Jolstomer, historia de un caballo. Nadie mejor que un caballo castrado para contar los dilemas de un indomable. En su monólogo, Jolstomer reflexiona: “La vejez puede ser majestuosa, repugnante o lamentable. A veces puede ser majestuosa y lamentable a un tiempo. La vejez del castrado es precisamente de ese tipo”. De nuevo su gran tema: deseo y represión. Pero además, superándolo con un filo cortante, otro de sus blancos predilectos: la propiedad. Y, con énfasis, su causa personal: orientar a los humillados y ofendidos en el camino de liberación. La Rusia zarista es tierra de hambrunas, ignorancia, pestes, esclavitud. El sometimiento del campesinado espeluzna. El caballo castrado, todo un símbolo, medita: “Muchas personas que me consideraban de su propiedad ni siquiera me montaban: lo hacían otros. El hombre dice ‘mi casa’, pero nunca vive en ella, tan sólo se preocupa de su construcción o de su mantenimiento. Así como hay gente que considera su tierra parcelas que nunca ha pisado ni pisará. Hay gente que llama suyos a hombres que jamás ha visto y toda su relación con ellos consiste en hacerles daño, así como hay hombres que llaman suyas a mujeres que viven con otros hombres”. Una lectura complementaria de la preocupación tolstoiana por lo social es Divino y humano, la historia en paralelo de Svetlogub, un estudiante revolucionario condenado a muerte por dinamitero, en contrapunto con la de un viejo cismático para quien la verdadera fe está fuera de los templos. Tolstoi abarca diferentes puntos de vista: desde la madre del condenado hasta el verdugo de su hijo, pasando por un funcionario que podría indultar al joven y el líder de una nueva secta. La narración presenta nuevamente la cuestión de la fe pero, como siempre en Tolstoi, la religión, tal cual la entiende, es política. Tolstoi extrema la discusión política, que comprende, al menos, las diferentes perspectivas ideológicas de tres generaciones revolucionarias. En prisión, Svetlogub sólo accede a un texto, los Evangelios. Mientras se pregunta si la vida no es más que un sueño y la muerte un despertar, su angustia retoma la problemática dostoievskiana de Los demonios: la violencia como despertador de los oprimidos. Una vez más Tolstoi es pionero en lanzar un tema de debate que resuena en Pastoral americana de Philip Roth y Salto mortal de Kenzaburo Oé. Lo que está en juego es nada menos que el “No matarás”. Abrumado, Svetlogub se pregunta por qué los hombres no pueden vivir como dictan los Evangelios, si el amor y no la violencia será la estrategia para conquistar una sociedad más justa. A diferencia de Dostoievski, Tolstoi no discute la intervención de Dios: más bien es Dios discutiendo consigo mismo acerca de su creación. George Steiner titula su ensayo minucioso sobre estos dos escritores, “Tolstoi o Dostoievski”, como si fueran dos elecciones existenciales. Sin restarle mérito a la narrativa dostoievskiana, adentrándonos en Tolstoi se advierte que tal vez no estamos ante la diferencia entre dos escritores: Dostoievski, escribiendo en un sótano; y el otro, Tolstoi, al aire libre. En todo caso se trataría de que Tolstoi contiene, totalizador, a Dostoievski, pero esto no ocurre a la inversa. 6 A los cincuenta años, cuando podría reposar en su fama de artista y hacendado, Tolstoi lanza Mi confesión: “Sentí que aquello en que se apoyaba mi vida se rompía, que no encontraba ningún asidero, que lo que había construido mi vida ya no existía, que moralmente no podía vivir”. En el mismo período de crisis escribe el ensayo ¿Qué es el arte?, dueño de una mordacidad que le significará un camino sin retorno. Le indigna que una gorda soprano gesticulando a los gritos, como si alguien pudiera así expresar sus sentimientos con tanta estridencia, o un director de orquesta, con ese autoritarismo caprichoso típico, puedan ganar más que el obrero detrás de escena que se amasija como tramoyista. Le indigna que se gasten millones de rublos en academias, teatros y conservatorios, y apenas la centésima parte en educación. Le indigna que, en las grandes ciudades, centenares de millares de obreros –carpinteros, albañiles, pintores, tapiceros, sastres, peluqueros, joyeros, impresores– consuman su vida en trabajos forzados para satisfacer la necesidad de “arte” de un público aburrido y pretencioso. Tolstoi traza un relevamiento concienzudo de las discusiones sobre estética desde la antigüedad. No hay disciplina como la estética que se haya prestado, según Tolstoi, a tantas y tantas lucubraciones abstrusas. Y la definición de belleza, en tanto, sigue en discusión. Cualquier petimetre habla de arte, pero nadie sabe para qué sirve. A una edad en que tantos se jubilan y apoltronan, Tolstoi carga contra los críticos, las modas y la frivolidad, da vuelta otra página de su biografía y se dedica a construir escuelas, redactar un Nuevo Abecedario, una compilación de relatos brevísimos, y cuatro Libros rusos de lectura. Contra los juicios más adversos, estos libros venden más de un millón de ejemplares. Tolstoi se explica: “Mi ambicioso sueño es el siguiente: que durante dos generaciones todos los niños rusos, tanto los de la familia imperial como los de los mujiks, se formen con estos libros y extraigan sus primeras impresiones poéticas, y yo pueda morir en paz”. Hilarantes y filosos, cuentos como El abuelo se había vuelto viejo, La niña ratón o Las liebres exceden el género “para chicos”. Pero Tolstoi, el educador, no se engaña: sabe que no basta con predicar y cada uno debe ingeniárselas para descubrir su verdad. En todos los relatos que Tolstoi crea y también adapta para la educación popular (saqueando, cuando una historia le entusiasma, tanto Las mil y una noches como Herodoto), es el lector quien debe tomarse el trabajo de pensar. Qué hace vivir a los hombres, un relato fantástico con un ángel caído (y hay que animarse a un relato con un ángel, a menos que se sea García Márquez), tiene un sinfín de citas bíblicas como epígrafes, pero su capacidad para conseguir que el extrañamiento sea verosímil deslumbra. Mientras muchos escritores practican el cuento como entrenamiento para la novela, en Tolstoi pareciera que el proceso es al revés: del todo al uno, sus novelas monumentales devienen el laboratorio de ensayo para adquirir, en el relato corto, una sutileza que, más tarde, será influencia poderosa en Chejov. Tolstoi cuestiona la utilidad del arte. No jugar, no sorprender: enseñar. El cuento como sermón que propicia la meditación. Su contundencia es tal que impide saltar con apuro de un cuento a otro. El prisionero del Cáucaso, “un hecho real”, como relato trasciende el género de la aventura. Como lo demostraría en Hadji Murat, su novela corta sobre este territorio que domina desde su juventud en el ejército, Tolstoi ofrece pistas para comprender las tensiones del país. Siempre visionario, da con sus relatos una explicación sobre las masacres que vendrán. Hace unos años, Juan Goytisolo, cronista en Chechenia, se ocuparía de subrayar cómo Tolstoi vaticinó las carnicerías políticas, religiosas y étnicas, es decir, qué sucedería en esta tierra casi cien años más tarde. La habilidad de Tolstoi para captar un ambiente no afloja en Canciones en la aldea, festejo campesino. Música y risas van cediendo lugar al llanto: los jóvenes de la aldea parten hacia la guerra. En estos relatos es difícil no pensar en Hemingway, en el origen de su teoría del iceberg: sólo se puede contar la superficie cuando se conoce lo que hay por debajo. Tolstoi afirma empecinado que no le importan ni la forma ni la palabra justa, pero de ¿Cuánta tierra necesita un hombre? (el cuento que Joyce calificaría como “el mejor cuento jamás escrito”), escribe 33 versiones. Lo desvela ser claro, llegar al otro: “No amemos de palabra y con la lengua sino con obra y de verdad”, había escrito Kierkegaard en Las obras del amor. Pues bien, para Tolstoi cada cuento, en tanto aspira a la elevación de su pueblo, es obra en el sentido material del término y no en el de carrera literaria. “Sólo hay un momento importante y es el ahora”, escribe en Tres cuestiones. Porque en Tolstoi la literatura es, además de esparcimiento, denuncia, cuestionamiento y búsqueda. 7 En una carta a Gorki, escribe: “Cuando un hombre ha aprendido a pensar, todos sus pensamientos se ocupan de su propia muerte”. Esta idea, la muerte que se presenta como revelación, impregna, además de su clásico La muerte de Ivan Illich, varios de estos relatos. La oración es un ejemplo. En tiempos de la guerra ruso-japonesa, un bebé muere de hidrocefalia. En sus rezos, la madre interpela a Dios. Tiene una alucinación: divisa un viejo libertino con una puta. En el viejo reconoce los rasgos de su bebé. Despierta horrorizada. La mucama le explica que Dios supo lo que hacía al llevarse al bebé. Dios, ese azar que llamamos Dios, en este cuento se comporta como un demonio implacable a lo Stephen King, que abdujo esa almita. El cuento puede leerse como fantástico, pero también, por qué no, como de terror. Cabe consignarlo: el terror, en su eficacia, nubla el mensaje. Se vuelve boomerang: Dios es un poder arbitrario y letal. Una digresión y no tanto ahora: si este cuento, que se pretende evangelizador, opera como relato de terror; si transmite, contra su voluntad, una concepción monstruosa de Dios, ¿no será porque a Tolstoi le importa más escribir una buena historia, ser potente en la seducción, cincelar la forma, subyugar el lector, tenerlo agarrado, antes que suministrar una monserga? Desde esta interpretación, ¿no pesa más su vanidad de escritor que su intención predicadora? De ser así, estaría en juego ya no su idea de Dios tanto como su poder demiúrgico. “Vanidad de vanidades.” Con variaciones distintas, en estos relatos fluye la desesperación por vencer el dolor y superar el miedo a la muerte. Si un sentido se encuentra en este tránsito, machaca Tolstoi, es en el amor, pero el amor es un compromiso con los otros. Inflexible, Tolstoi es un creador de ficciones memorables, pero en su imaginar no abandona nunca la denuncia. Chejov, menos expansivo y más desencantado, coincidirá en su mirada: “Si los hombres pudieran ver cómo viven, el mundo sería tal vez mejor”. 8 Si bien Trotsky no sortea que las interpretaciones de la Rusia pre–revolucionaria de Tolstoi pecan de anarcocristianismo, una posición tibia y burguesa, cuando el escritor cumple ochenta años lo saluda, elogiando su literatura como un fresco social tan desgarrador como inigualable que desmenuza, sin enmascaramientos, el estado de conciencia de la sociedad. A los ochenta años, escribe Trotsky, “Tolstoi puede estar vencido, pero no destruido”. La misma frase empleará Hemingway, medio siglo más tarde, para definir al pescador de El viejo y el mar. En el final de Las memorias de un loco, Tolstoi pareciera vaticinar el propio: “Entonces la luz me iluminó por completo y me convertí en lo que soy. Y allí mismo, en el atrio, di a los pobres todo lo que llevaba, treinta y seis rublos, y regresé a casa a pie, conversando con los campesinos”. Pero la realidad es más sombría: reparte la herencia entre sus hijos y la tierra entre sus campesinos, hastiado de lo doméstico, de los menesteres de su ajetreada celebridad y de sí mismo. Tolstoi huye de su mujer y de su familia, y abandona Yasnaia Poliana acompañado por su hija menor. Se pierden en la nieve. Tolstoi arrastra una pulmonía. Muere en una estación de tren. Dos días después es enterrado, cumpliendo su voluntad, sin cruz, en un bosque de Yasnaia Poliana. Al despedir a Tolstoi, Lenin escribe: “Ha muerto Tolstoi, y quedó en el pasado la Rusia anterior a la revolución, la Rusia cuya debilidad e impotencia se expresaron en la filosofía del genial artista y vemos reflejadas en sus obras. Pero en su herencia hay cosas que no pertenecen al pasado sino al futuro. Porque explicará a las masas trabajadoras y explotadas la significación de la crítica del Estado, de la Iglesia, de la propiedad privada de la tierra. Tolstoi es conocido como artista sólo por una minoría insignificante, incluso en Rusia. Para hacer efectivamente sus grandes obras patrimonio de todos hay que luchar, y esta lucha debe estar encauzada contra el régimen social que ha condenado a millones y millones de seres a la ignorancia, al embrutecimiento y a la miseria. Hay que hacer la revolución socialista”. Un siglo casi después de su muerte, si Tolstoi ha sobrevivido a autoritarismos, hecatombes, genocidios y derrumbes, cabe preguntarse: ¿no será porque la buena literatura en vez de arrogarse respuestas nos interroga? Fuente
Registrate y eliminá la publicidad! El derecho de los humanos: A 60 años de su Declaración Diciembre de 1948-2008 “Todos los seres nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros” DUDH por: cristóbal durán Derechos y deberes Hay cosas que existen entre nosotros desde que el hombre es hombre, como la habilidad para obtener alimento, capacidad de asombro por los sismos o por la lluvia, así como el acto de “creer” que muchas cosas nos son dadas por obra de un ente superior, del que estamos sujetos a su absoluta voluntad (Dios). Otras cosas han venido construyéndose a lo largo de la historia, como los idiomas, la forma de organizarse en grupo y formar sociedades, determinar cómo gobernarse, conformar un cuerpo de conocimientos para ser aplicados en la vida de las personas (ciencia y cultura), y un sinfín de elementos que se le deben al propio ingenio del hombre. Y podríamos pensar que los llamados Derechos Humanos (DH) son algo que el hombre posee desde que es humano, pero la realidad es que no es así. El hombre ha pintado superficies, esculpido en piedra, hueso o madera, ha cantado y danzado desde tiempos inmemoriales, pero sabemos que el concepto “arte” -en sentido estricto- es una invención reciente (alrededor de 200 años). Igual sucede con los derechos y libertades que consideramos el hombre debería tener desde siempre por el solo hecho de vivir en sociedad y ser humano; en realidad los DH, como concepto, norma, sistema, incluso ley, tristemente hemos de reconocer que son una invención muy tardía, apenas concebidos en nuestros ayeres inmediatos. En un sentido literal, los DH “son los derechos que tiene una persona por el simple hecho de ser humana”; y aun cuando esta definición pudiera parecer sencilla y simple, lo cierto es que tiene fuertes “repercusiones sociales y políticas”. En ese sentido, es claro que toda persona posee derechos y adquiere poder a causa de ellos. La “idea” de que una persona, por el simple hecho de ser humana, posea ciertos derechos que lo protejan de la sociedad y de sus gobernantes, otorgándole garantías, era desconocida e impensable en las sociedades “premodernas”, es decir, antes del siglo XVIII. Si tomamos en cuenta que los antiguos reyes eran gobernantes bajo designio divino, la sociedad -gobernados-, actuaba más con un sentido del “deber” que del “derecho” o merecimiento. Las personas tenían el “deber” de actuar conforme a los monarcas puesto que eso significaba actuar en conformidad con los designios de Dios; además, con ello contribuían a mantener el orden de las cosas, y en ese sentido, la jerarquía estamental de la sociedad no daba ningún valor al ser humano como un sujeto singular e individual, eran una “masa” social que tenía que obedecer. La sociedad y el individuo Las opiniones son diversas y contrarias, y no sería éste el espacio para desarrollar esta larga discusión. Lo que sí podemos señalar es que, si bien podríamos rastrear sus orígenes desde la antigua Grecia o en Oriente, si fuera necesario, no debemos perder de vista que una sistematización y reglamentación de los DH, y su construcción como concepto, sólo fue posible cuando dos elementos fundamentales se hicieron presentes en la historia: una progresiva “valorización del individuo” como tal, y un “proceso de secularización” que le permitió tener una visión del mundo desacralizada y entendida en términos más mundanos y menos divinos. Esto fue posible a partir del siglo XVI, con su momento más crucial entre el XVII y XIX. Si hablamos del surgimiento del individuo, singular, con un nuevo valor social, como una condición de los derechos del hombre, esto sólo sería posible una vez que se cuestionara el carácter divino de los reyes, es decir, ante la derrota de las monarquías. En Inglaterra la “revolución gloriosa” (1688) derrocó a Jaime II y entonces el filósofo inglés John Locke publicó su Segundo tratado de gobierno, considerada la primera teoría plenamente desarrollada sobre los “derechos naturales”. En Francia, un siglo después, Luis XVI fue derrotado y se consolidó con ello una nueva era en la manera de entender a la sociedad y a los individuos. Al poder divino de los reyes se había impuesto el poder del hombre, y eso obligó a replantearse el papel de éste como centro de todo (secularización). Nació entonces la primera Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, que todavía faltarían algunos años para que se universalizara. Siglo XX El proceso llevaría poco menos de 200 años y volvería a repetirse una situación parecida: hubo de darse un fuerte conflicto bélico en el que murieron miles de personas, para darnos cuenta que era necesario sistematizar de una vez por todas “los derechos del hombre”, derecho a vivir, a ejercer su libertad, entre otras cosas, y que esta sistematización tendiera a la universalidad, es decir, que estuviera por encima de las regímenes políticos, credos, diferencia de raza y cultura de los distintos pueblos del mundo. Ese conflicto fue la segunda guerra mundial, misma que hizo cuestionar, entre otras cosas, el supuesto asenso del hombre hacia el progreso. Una crisis mundial exigía una solución mundial; después de todo, la globalización empezaba a vivir momentos claves de su historia. Terminada la conflagración, y luego del “recuento de daños”, era imposible evadir la creación de un organismo que atendiera estas situaciones internacionales en un acelerado siglo XX. Se creó entonces la Organización de las Naciones Unidas en 1945, y una de sus primeras tareas fue aplicar todo el conocimiento del pasado para establecer nuevas formas de relación entre las naciones y entre las personas. Se creó una Comisión integrada por 18 representantes de Estado, seguramente los más influyentes de aquellos años, entre los que destacó Eleanor Roosevelt, esposa del presidente norteamericano y quien tuviera especial participación en la ONU y en la política internacional. De manera intensa se dieron a la tarea de trabajar sobre lo que en realidad sería una redefinición del ciudadano moderno, individual y libre. Luego de importantes debates, el 10 de diciembre de 1948 se firmó la “Declaración universal de los derechos humanos” (DUDH), los cuales plantearon que el hombre, por el solo hecho de ser humano, y de manera inalienable, debía tener garantías para el ejercicio de su vida en sociedad, en un sentido de igualdad y justicia. En medio de conflictos que aún les faltaba mucho por concluir, la Asamblea de la ONU, en París, firmó la Declaración con 48 votos a favor, cero en contra y 8 abstenciones; al mismo tiempo que en Beirut, el literato mexicano Jaime Torres Bodet asumía la dirección de la UNESCO y denunciaba que ya era momento de plantear proyectos sociales que fueran reales y posibles. La Declaración de Derechos se planteaba como un proyecto posible, urgente y necesario, y si bien sabemos que no han cesado las violaciones a los derechos de las personas en el mundo, el saber que por el solo hecho de ser humanos tenemos garantías que nos protegen, alimenta la esperanza de que se pueda vivir con dignidad. Ya Erich Fromm advirtió que desde la antigüedad, y hasta el fin de la segunda guerra mundial, más de mil tratados de paz se habían firmado en todo el mundo: ¿cuántos más necesitamos firmar para estar “en paz”? Y como también escribió el maestro Dylan: ¿cuántas muertes más faltan para descubrir que demasiados han muerto ya? La Declaración de Derechos Humanos y los premios Nobel de la Paz, son clara muestra de que las cosas no están bien, pero también de que tenemos la esperanza que algún día lo estén. Fuente

Registrate y eliminá la publicidad! Marcel Duchamp (1887-1968) Los Duchamp eran una familia burguesa y aficionada a las artes. No es casual que sus tres hijos varones -Gaston (conocido como Jacques Villon), Raymond y Marcel acabaran siendo famosos artistas decantados, además, por las incipientes corrientes vanguardistas que irrumpieron con fuerza en la escena francesa de la segunda década del siglo. Marcel, el menor, nació en Blainville-Crevon, cerca de Rouen, y en 1906, antes de cumplir los veinte años, ya está en Montll!artre, en pleno meollo del París artístico. Al tiempo que empieza a pintar, publica caricaturas y dibujos humorísticos en la prensa, avanzando así una veta decisiva en toda su insólita obra posterior: el humor, la ironía y la parodia. El grupo de Puteaux Desnudo bajando una escalera, 1912.Retirado de los Independientes de 1912 y aclamado el año siguiente en Nueva York, este cuadro establece ya claras distancias entre Duchamp y el cubismo. En 1908 se muda a Neully, población cercana a la capital donde residirá en casi todas sus estancias parisinas. Ese año expone por primera vez en el Salón de los Independientes, foro por excelencia, junto con el de Otoño, de las últimas tendencias artísticas. Hasta 1911 explora todas las propuestas pictóricas que le ofrece el panorama moderno, desde los jirones del posimpresionismo hasta el color arbitrario de los fauves, para recalar finalmente en el cubismo, que empieza a cobrar presencia pública. Desde el año anterior, sus hermanos vienen convocando informales reuniones dominicales en su estudio de Puteaux, donde Marcel coincide con Kupka, de la Fresnaye, Picabia y Archipenko. De allí nacería una facción más o menos definida al exponer todos juntos en la sala 43 de los Independientes de 1911, a la que se ha dado en llamar grupo de Puteaux. Frente al cubismo ortodoxo de Gleizes, Metzinger, Le Fauconnier o Gris, los artistas de Puteaux representan una vertiente más conceptual, que cuaja en la fundación en 1912 de la Section d'Or, cuya exposición se celebra en otoño en la galería de la Boétie. Los parecidos y diferencias entre unos y otros son sutiles y complejos, pero las tensiones se ponen de manifiesto en los Independientes de ese año, cuando Duchamp retira su Desnudo bajando una escalera ante la abierta hostilidad mostrada por Le Fauconnier hacia el cuadro. Influencia futurista La novia, 1912 Ese mismo año Duchamp asiste con Picabia y Apollinaire a la representación de Impressions d'Afrique, obra teatral de Raymond Roussel cuya delirante fantasía maquinista les causa gran impresión. Marcel pasa algún tiempo en Munich trabajando en pinturas centradas en el movimiento entendido como tránsito entre dos estados. Sus pinturas no se venden y se emplea en la biblioteca de Santa Genoveva, donde estudia tratados de perspectiva, geometría y matemáticas. La incomprensión parisina se torna éxito resonante en Nueva York, en cuya Exposición Internacional de Arte Moderno de 1913 --conocida como Annory Show- cuelga el Desnudo junto a otras tres significativas obras de este periodo. Como consecuencia, Duchamp viaja a Nueva York en 1915. Ya por entonces había acusado la influencia del futurismo que venía de Italia desde 1910 y, sobre todo, de Dadá, el más radical de los frutos de la vanguardia florecido en 1914 en el Cabaret Voltaire de Zurich. En Nueva York cuenta con el apoyo del matrimonio Arensberg, en adelante los mayores coleccionistas de su obra, y su reencuentro americano con Picabia o la relación con personajes como Beatrice Wood y el fotógrafo Man Ray refuerzan la orientación dadaísta. Nueva York, un aire Dadá El gran vidrio, 1915-1922 A tono con esa nueva corriente, Duchamp realiza en 1913 su primer ready-made (Rueda de bicicleta), con el que inaugura la idea del objeto "estéticamente anestesiado". Paralelamente, sus tentativas pictóricas van tomando forma en la obra clave de su producción y, a la vez, una de las pocas imprescindibles para entender el arte moderno: La mariée mise a nu par ses célibataires, meme, también llamada el Gran Vidrio. Duchamp trabajó en ella desde 1915 hasta 1923, dándola entonces por "definitivamente inacabada". Con el Gran Vidrio -una pintura que empieza a dejar de serIo, pero también un mecanismo virtual- finaliza oficialmente su carrera como pintor, aunque en 1918 acaba Tu m' , una suerte de diorama anamórfico que resume los ready-mades hechos hasta entonces. Desde principios de los años veinte, Duchamp vive a caballo entre Nueva York y París. En la ciudad americana protagoniza iniciativas de inequívoco aire dadá como las revistas The Blind Man y Rongwrong, fundadas en 1917 y que no sobrepasan el segundo número, o New York Dada, publicada con Man Ray en 1921. De entonces data su alter ego Rrose Sélavy, que aparece por primera vez en la etiqueta del ready-made Belle Haleine, y la Société Anonyme Inc. , creada en 1920 con Katherine Dreier y Man Ray para promover y organizar exposiciones de arte moderno. Ëtant donnés, 1948-1949 Duchamp compatibiliza su peculiar dedicación artística con el ajedrez, que llegó a practicar de forma semiprofesional. Además de los ready-mades construye máquinas ópticas e interviene en películas de Man Ray, Picabia y Hans Richter, entre las que destaca Anemic Cinema (1925). A lo largo de los años treinta y cuarenta mantiene estrechas relaciones con André Breton y los surrealistas, para los que realiza el montaje de distintas exposiciones -como la famosa Exposición Internacional del Surrealismo de París, en 1938- o la Puerta Gradiva (1937), para la galería del mismo nombre fundada por Breton. Entre 1946 y 1966 trabaja de forma reservada en Étant donnés, una instalación que no se conocerá públicamente hasta después de su muerte y que constituye su gran legado, al mismo nivel del Gran Vidrio. En 1955 adquirió la ciudadanía de los Estados Unidos, donde tuvo gran influencia en la escena artística de los años cincuenta y sesenta, tanto sobre pintores como Rauschenberg y Jasper Johns como sobre el músico John Cage o el coreógrafo Merce Cunningham. En Europa también es perceptible su huella en las prácticas artísticas no convencionales de grupos como Fluxus o lo que se dará en llamar "arte de acción". Cuando muere en Neully, en 1968, el carácter axial de su figura en el arte de nuestro siglo está ya plenamente reconocido. Fuente

El Greco (1540-1614) Tanto la vida como la persona del Greco, hasta hace poco han sido un misterio. Y aún ahora desconocemos casi por completo la vida de este extraño personaje, griego de origen, que ha sido uno de los más grandes pintores de la historia del arte español. Las investigaciones en los archivos de Toledo y de Venecia han ido arrojando luz sobre estos temas. La fecha de su nacimiento nos la proporcionó él mismo en 1606, durante un proceso en Illescas (Toledo), en el que confiesa tener 65 años. Doménikos Theotokópoulos nació, pues, en Candia, capital de la isla de Creta, a finales de 1540 principios de 1541, donde recibiría su primera formación como pintor y alcanzando título de maestro. Se sabe que muchos pintores de Candia estaban organizados en una Cofradía colocada bajo la advocación de San Lucas (Roma) y que el proceso de aprendizaje estaba regulado de manera que los aprendices entraban en los talleres a los 14 o 15 años y no podían conseguir el título de maestro hasta los 20. Pues bien: en una de aquellas escuelas de humanidades y en uno de estos talleres candiotas debió formarse Doménikos. Y esto si es que no recibió una formación integral en el propio taller. Aún así, el problema de la formación inicial del pintor presenta aún grandes sombras. Hoy sabemos que en la pintura cretense del siglo XVI existía una doble dirección. Había una rama tradicional, fiel a los modos bizantinos heredados de la época de los Paleólogos, y otra "moderna", ecléctica, en cuyo desarrollo jugó un gran papel el comercio de estampas y en la que se mezclaban elementos de raigambre bizantina con otros italianos (estos últimos, sobre todo, de índole compositiva e iconográfica). Por otro lado, está documentada la existencia de pintores que trabajaban, según los casos, en una u otra manera, practicando lo que se ha denominado un "bilingüismo". El dato de que el cuadro vendido por El Greco en 1566 mediante el sistema de lotería era dorato (esto es, hecho "a la griega" hace presumible que El Greco -que ya firmaba como "maistro" en 1566- debió ser adiestrado en las dos maneras usadas en la isla. Es decir: que también él fue en su extrema juventud un pintor "bilingüe". Y también parece acertada la idea de que el taller al que asistió debió ser uno de los más avanzados. Por otra parte, su nombre también ha sufrido varias transformaciones, desde el auténtico Domenikos Thotokopoulos (hijo de Dios) hasta el españolizado Doménico Theotocópuli o simplemente Doménico Greco, debido tal vez a la dificultad de su nombre. Pero entre diciembre de 1566 y agosto de 1568, lo más probablemente a lo largo de 1567 y quizás antes de julio, El Greco abandonaría Creta para instalarse durante unos tres años en Venecia. El Greco en Venecia En fecha aún desconocida pero situada con toda seguridad entre enero de 1567 y agosto de 1568, El Greco se traslada a Venecia para convertirse en un pintor occidental. No sabemos cómo realizó el viaje ni cuáles eran los apoyos con que contaba en la ciudad, aunque cabe suponer que estos estarían entre el círculo de relaciones de su hermano Manussos -diez años mayor que él y que gozaba de un buen "status" siendo recaudador de impuestos-, o pertenecerían a la colonia de artistas cretenses que trabajaban allí. No tenemos ningún dato seguro de la estancia del Greco en Venecia (salvo, obviamente, que su presencia está documentada allí en agosto de 1568). Una serie de testimonios contemporáneos sugieren que estuvo en el taller de Tiziano. En las obras del Greco se aprecian elementos de neta estirpe tizianesca, pero también otros que proceden de Tintoretto, de Bassano e incluso de Veronés. A este propósito no deja de ser significativo que buena parte de estos cuadros estuviesen hasta la segunda mitad del siglo pasado atribuidos a Tintoretto (el Retrato de Giovanni Battista Porta o La huída a Egipto) a Veronés (La expulsión de los mercaderes de Minneapolis y La curación del ciego de Parma (arriba)) o alguno a Bassano (El Soplón de Nápoles, La adoración de los pastores del Duque de Buccleuch y la Curación del ciego de Dresde (abajo)). No ha de extrañar, por tanto, que muchos críticos hayan puesto en cuestión el aprendizaje del cretense junto a Tiziano. Tal vez El Greco obtuvo del Tiziano la promesa de consejos ocasionales y el permiso para asistir al taller o para copiar alguna obra. Pero es difícil creer en una relación prolongada y firme entre ambos. De hecho El Greco no se comportó durante el tiempo que permaneción en Venecia como el discípulo leal de un solo maestro. Llegó allí en un momento de esplendor pictórico, con Tiziano viviendo una gloriosa senectud y Tintoretto, Veronés, Bassano y Schiavone en plena expansión vital. Y ante este panorama y como un pintor ya formado, reaccionó con independencia de juicio recogiendo, eclécticamente, de cada uno aquello que convenía a su propia naturaleza expresiva. En sus obras se harían innegables las enseñanzas técnicas de Tiziano pero también la profundidad del color y el sentido escenográfico del Veronés, la actitud ante la naturaleza o el interés por los problemas lumínicos artificiales de Jacopo Bassano y, sobre todo, la inquietud espirutual, el dramatismo, el gusto por los escorzos y las actitudes contrapuestas y algo del sentimiento especial de Tintoretto. El Greco en Roma En el verano o el otoño de 1570 Doménikos abandonó Venecia para dirigirse a Roma. No conocemos sus razones. Como se ha señalado con frecuencia, en Venecia la competencia era demasiado fuerte como para aspirar a abrirse camino con rapidez. Pudo pensar que en Roma, donde tras la desaparición de Miguel Angel en 1564 no quedaba nadie que pudiera codearse con los grandes pintores venecianos, había mejores expectativas, pero ello parece improbable. El era aún un pintor en proceso de formación, totalmente desconocido y además educado en los principios venecianos de primacía del color sobre el dibujo. Y aunque el sentimiento de su propio valer parece haber sido siempre muy elevado, debía ser consciente de que ésas no eran precisamente las mejores cartas de presentación en una Roma donde los seguidores de Miguel Angel dominaban el panorama artístico y acaparaban los encargos. Es muy posible, por tanto, que la estancia romana fuese concebida en principio únicamente como una etapa más, la final, dentro de su proceso de conocimiento y asimilación de los modos renacentistas. Se sabe que estuvo en Parma donde pintó la cúpula de la Catedral, la Magdalena de La Virgen con el Niño, San Jerónimo y María Magdalena de Correggio, que hasta 1712 estuvo en su emplazamiento original, la iglesia de San Antonio. En cuanto a su estancia en Roma, El Greco vivió en palacio trabajando al servicio del Cardenal Farnesio, seguramente por recomendación de Giulio Clovio, miniaturista croata nacido en 1498 que trabajaba en Roma al servicio de los Farnesio. Dos cuadros del Greco, El soplón del Museo de Capodimonte y La curación del ciego de Dresde, pertenecieron a la colección Farnese, y en el inventario de la de Fulvio Orsini, bibliotecario del Cardenal, se registran otros siete: una Vista del Monte Sinaí (que debe ser la que hoy se halla en Viena), el Retrato de Giulio Clovio (arriba) del Museo de Nápoles, y cinco más hoy desaparecidos. Y esto, unido a la vaga alusión a un "pittore greco" que se hallaba al servicio del Cardenal en 1572 (contenida en una carta enviada el 18 de julio de ese año por Ludovico Tedeschi, mayordomo de los Farnesio, a su señor) parece certificar, aunque sea de modo indirecto, la presencia de Theotocopuli en el palacio al menos durante dos años. Bajo la protección del Cardenal Alessandro, El Greco accedió a un círculo selecto de eruditos, literatos y artistas, que debió colmar inicialmente todas sus espectativas. Sin embargo éstas no se cumplirían sino a medias ya que, por lo que sabemos, los Farnesio no llegaron a ofrecerle la posibilidad de explayar sus dotes mediante la realización de algún gran encargo. Los dos cuadros que pintó para ellos, El Soplón de Nápoles y La curación del ciego de Parma, aunque muy importantes para seguir su trayectoria, son obras de formato bastante reducido y fueron realizadas muy probablemente por sugerencia de Fulvio Orsini. Por otra parte no deja de ser significativo que no fuese utilizado para retratar a los miembros de la familia cuando éste era un género de cuyo dominio se vanagloriaba. Es probable que durante su estancia en palacio su "status" no sobrepasara el de un simple ayudante de Giulio Clovio en sus tareas de miniaturista. Hacia 1575 El Greco tenía bastantes razones para intentar la aventura española. La primera, seguramente, era la de su propia situación personal en Roma, la de un pintor ya maduro y, con toda seguridad, orgulloso de su propio valer, que sin embargo no lograba abrirse camino. Y este hecho, unido a su incapacidad para abrirse paso en los medios de la Curia y quizá la enemiga de los sectores de Miguel Angel, pudo persuadirle de que Roma se había cerrado para él. Al menos, la parte de Roma que a él le interesaba primordialmente. El Greco en España No se sabe la fecha exacta en que El Greco llegó a España ni quién lo trajo. Sólo se afirma que su viaje a España no estuvo motivado por ningún asunto de índole privada, y hay quienes piensan que debió originarse por el deseo de encontrar remuneración digna de sus aspiraciones en las obras de El Escorial, que por el año 1575 se impulsaron con febril actividad. Nuestro pintor ya había dejado en Venecia a Tiziano ocupado en concluir sus últimos cuadros para el monarca español, Felipe II, y había hallado a Clovio en Roma pintando miniaturas encargadas por el mismo rey. La atmósfera era, pues, propicia para que El Greco se acercase a la corte española. Fuera esto o que, directamente de Roma fuera traído por el deán de Toledo don Diego de Castilla, cofundador de la nueva iglesia de Santo Domingo el Antiguo, lo único cierto es que las primeras y más antiguas noticias de su estancia en España consisten en la fecha del 2 de julio de 1577, en que El Greco recibe 400 reales a cuenta del Expolio (arriba), para la Catedral de Toledo. En esta ciudad trabajaba ya para la iglesia de Santo Domingo el Antiguo, cuya Asunción lleva, con la firma, la fecha de 1577 (la fecha de este último contrato es del 8 de agosto del mismo año). Algunos investigadores afirman que vivió en Madrid alguna temporada, aunque no se ha encontrado prueba documental de ello, por lo que se acuerda que desde entonces vivió en Toledo para cuyas cercanías -Madrid, El Escorial, Illescas,...- pintó sus grandes obras. En el pueblo toledano, Doménicos se ubicaría, aunque no todo el tiempo, en las casas principales del marqués de Villena, que ya no existen y que ocupaban, en general, todo lo que es hoy el paseo del Tránsito. Estas eran en realidad un viejo palacio gótico-mudejar construído en el siglo XIV y que, en el siglo siguiente pasaron a ser propiedad de los Marqueses de Villena que las conservaban, sin habitarlas, en época del Greco. La que se conoce hoy por Casa del Greco, reconstruída y convertida en Museo por el Marqués de la Vega Inclán a comienzo de nuestro siglo. El Greco comenzó a vivir en estas casas en agosto de 1585 y permaneció allí al menos hasta 1589. Después, en fecha desconocida, se mudó a unas casas propiedad de don Juan Suárez de Toledo en las que también debió de residir unos años. Pero en 1604 volvió a las casas del marqués de Villena y ya no las abandonaría jamás. Fruto de su relación con Jerónima de las Cuevas, de familia bastante relevante, nació su hijo Jorge Manuel, su más fiel ayudante y aprendiz. Pero la existencia de Jerónima es conocida solamente a través del poder que el pintor dio a su hijo en 1614 para que realizase testamento en su nombre. En él, Doménico consignaba que por su enfermedad no podía "... hazer ni otorgar ni hordenar mi testamento" y afirmaba que "...tengo tratado e comunicado con Jorge Manuel Theotocopuli mi hijo y de Doña Gerónima de las Cuevas, que es persona de confianza y de buena conciencia lo que cerca de ello se a de hazer". No ha vuelto a encontrarse ni una sola referencia más a doña Jerónima, por lo que su personalidad y la naturaleza de sus relaciones con el pintor son un enigma. Sin embargo es seguro que El Greco no se casó con ella. Toledo le dió la fama y consolidó al artista. En 1580 Felipe II le encargaría el Martirio de San Mauricio para una capilla del monasterio de El Escorial. Poco después, en octubre de 1584, Andrés Núñez, párroco de la iglesia de Santo Tomé en Toledo, recibiría la aprobación de la curia para el encargo del Entierro del conde Orgaz. Es la recompensa y el éxito del artista, que se ve saturado de trabajo y de encargos. En 1591 llegaría a Toledo su hermano Manusso, que se quedaría a vivir con él hasta su muerte. En este mismo año El Greco se compromete con la iglesia de Talavera la Vieja. Sus últimos años de vida El año 1607 marcó un punto de inflexión en la vida del Greco. En ese año el pintor acabó por plegarse en el largo litigio que le había enfrentado con los administradores del Hospital de la Caridad de Illescas, Tristán abandonó el taller y Preboste salió inopinadamente de su vida, ambos dos amigos y discípulos. El Greco recibiría aún dos grandes encargos en 1608 -el retablo para la Capilla Iballe en la Iglesia de San Vicente y el mayor y dos laterales para la iglesia del Hospital de Afuera- pero todo hace suponer que ya la edad y los achaques le impedían mantener su anterior capacidad de trabajo. Sus facultades se mantendrían intactas hasta el final: los retratos de estos años y cuadros como la Asunción de la Capilla Oballe (entregada en 1613) o el Laocoonte, son claros testimonios de una gloriosa vejez. Pero el gran número de obras dejadas sin terminar (entre ellas, algunas tan importantes como las del Hospital de Afuera) y la cada vez más patente intervención de su hijo Jorge Manuel en lienzos en los que en cierto modo se jugaba su prestigio, demuestran que Doménico era incapaz de un trabajo continuado. Ya en estos sus últimos años, decoraría la Capilla Oballe, el Hospital de Tavera, y pintaría su Laocoonte (arriba), La Vista, el Plano de Toledo, algunos cuadros de devoción como La expulsión de los mercaderes del templo, y algunos retratos (Licenciado Jerónimo Cevallos, Retrato del Cardenal de Tavera, de Fray Hortensio Felix de Paravicino, o el de Giacomo Bosio). El Greco murió, con 73 años de edad, el 7 de abril de 1614. Día antes, sintiéndose ya tocado por la muerte, había otorgado un poder (equivalente a un testamento) para que Jorge Manuel testase en su nombre. En él dejaba a su hijo como heredero universal y nombraba como albaceas al propio Jorge Manuel, a don Luis de Castilla y a fray Domingo Banegas, un dominico del monasterio de San Pedro Mártir. Y siguiendo las fórmulas habituales en los testamentos, aludió a la gravedad de su estado e hizo fervientes protestas de su fe católica y de su fidelidad a los mandatos de la iglesia. Según se dice en el testamento que redactó su hijo casi dos años después, el 20 de enero de 1616, el cretense fue "metido en un ataud y depositado en una bóveda de la iglesia del monasterio de Santo Domingo". Esta bóveda, frontera a la Capilla de los Gomaras, había sido cedida en 1612 a Jorge Manuel y su padre por el pago de 32.600 reales. Sin embargo, en 1618 y ya muerto don Luis de Castilla (que como patrón del convento lo habría evitado), las monjas de Santo Domingo obligaron a Jorge Manuel a renunciar a la sepultura que le habían cedido en 1612 "para siempre jamás" y quedó en Toledo la fama del traslado que nunca se hizo de los restos de su padre a nuevo enterramiento familiar que construyó en la iglesia de San Torcuato. Después, esta iglesia desaparecería. Los restos del Greco se encuentran hoy en la iglesia de Santo Domingo el Antiguo donde descansan al auspicio de las monjas. Fuente
Dom Calmet y el tratado de los Vampiros por Jose Luis Pereyra En el “Dictionnarie Philosophique” (1764), Voltaire se permitía llamar la atención acerca de la calamidad que en pleno siglo de las Luces se había desatado, la creencia acerca de los vampiros. Y atribuía mucha de la culpa de esta epidemia al ilustre benedictino de la congregación de S. Vannes y de San Hidulfo, el abate de Senone, el reverendo padre Dom Augustin Calmet. En 1746, Calmet se permitió publicar un largo tratado, la “Dissertation sur les apparitions des esprits et sur les vampires et revenants”, texto que podemos traducir como el Tratado acerca de las apariciones de espíritus y acerca de los vampiros y revinientes, en dos volúmenes. El libro logró un amplio éxito. El Tratado del padre Calmet en su parte dedicada a los vampiros, no deja de prescindir de los espectros y apariciones; mas puede aseverarse que es el primer estudio amplio respecto a los vampiros en Europa. En el texto de Voltaire al que hacíamos referencia, se comentaba un hecho curioso, que muestra el interés del filósofo por erradicar una creencia “que provenía de la Grecia cristiana”. Traduzco parte de la argumentación: “Después de algún tiempo, los cristianos del rito griego imaginan que los cuerpos de los cristianos del rito latino enterrados en Grecia no se pudren, porque están excomulgados. Lo cual es precisamente lo contrario por parte de nosotros, los cristianos del rito latino. Creemos que los cuerpos que no se corrompen están marcados por el sello de la beatitud eterna… “Los griegos están persuadidos que esos muertos hacen sortilegios, los llaman brucolacas o vrucolacas, dependiendo como pronuncian las letras del alfabeto. Estos muertos griegos van a las casas para chupar la sangre de los niños, comer la sopa de los padres y madres, beber su vino y romper todos los muebles. Sólo se pueden matar quemándolos cuando los atrapan. Pero debe metérseles al fugo tras haberles arrancado el corazón, que se quema aparte”. La principal queja de Voltaire, resumamos, es la facilidad con que se comunican la superstición, el fanatismo, los sortilegios y los cuentos de revinientes. Mas agrega un dato de interés: sólo se oyó hablar de vampiros y no de broculacas en Europa a partir de 1730. Calmet advierte en su opúsculo que el término vampiro proviene de upyr, que significa en lengua eslava “sanguijuela”. Y advierte que es el nombre que se les da en las regiones de Moravia, Polonia, Hungría y Silesia, principalmente, a los revinientes. Asimismo, los lectores de Calmet coinciden en subrayar el interés del tratadista por hacer un análisis de las circunstancias que favorecían el origen de las supersticiones en Europa y las diversas narraciones alrededor del tema, para contrarrestarlas al modo de los grandes disertadores; sin embargo, su trabajo fue un excelente compendio de las leyendas que él deseaba desterrar, aunque prevalecieron. Veamos algunas de las más notables. Una de las más antiguas inspira ciertamente el opúsculo de Calmet cuando refiere que Charles Ferdinand de Schertz escribió e imprimió en Olmuz –en 1706– un pequeño trabajo intitulado Magia póstuma, dedicada al príncipe Carlos de Lorena, obispo de Olmuz y Osnabruch. Relevante de la historia contada por Charles Ferdinand de Schertz –conforme al tratado de Calmet– es el siguiente episodio: Había muerto en un pueblo una mujer. Se le habían administrado los sacramentos y se le enterró en el cementerio de manera ordinaria. Mas pasados cuatro días del suceso, los habitantes del lugar escucharon un gran ruido y un extraordinario tumulto, “y vieron un espectro que se aparecía, tanto bajo forma de perro como bajo forma de hombre, no a una persona sino a varias, a las que causaba grandes dolores, apretándoles la garganta y comprimiéndoles el estómago hasta sofocarlas; casi les rompía el cuerpo, y los reducía a una extrema debilidad, de suerte que se los veía pálidos, flacos y extenuados.” El remedio contra estos revinientes era el método explicado por Voltaire: el fuego. Aunque en una narración posterior, atribuida al Conde de Cabreras en 1730 se notifica de un segundo procedimiento: cortar la cabeza. Pero tenemos uno más parecido al método adoptado por la literatura procede de la misma época, 1730, cuando un comisario hizo desenterrar a un reviniente y ordenó que con un clavo de gran tamaño le atravesasen las sienes y lo volvieran a enterrar en su tumba. Cita Calmet el libro del Marqués d’Argens: las Cartas judías referentes a 1738 y alude a la carta 137 donde se menciona una epidemia de vampirismo ocurrida en Kisilova, aldea próxima a Belgrado, donde se solicitó la presencia de dos oficiales y un verdugo para erradicarla. Se abren las tumbas, y “cuando se llegó a la del anciano, lo encontraron con los ojos abiertos, de color bermeja, la respiración natural, aunque inmóvil como muerto; de lo que se concluyó que era un vampiro señalado. El verdugo le atravesó el corazón con una estaca, se hizo una hoguera, y redujeron el cadáver en cenizas.” Por lo general, las historias de vampiros que cita Calmet deben atribuirse a una publicación o a algún personaje ilustre. Sin embargo las referencias históricas que permitieran una adecuada interpretación de las anécdotas pocas veces ocurren: o bien ha muerto el narrador o contador, o las referencias a los pueblos y personas que involucra la historia son imprecisos. Esto no ocurre con Arnold Paul, heiduque de Medreïga en Hungría, quien fuera aplastado por un carro de heno cerca de 1729. Al mes de su muerte hubo cuatro fallecimientos súbitos, que debieron atribuirse al vampiro. En este caso fue sencillo identificar que el culpable era Arnold Paul, quien alguna vez había relatado que en una época de su vida había sido atormentado por un vampiro turco cerca de Cassova, en las lindes de la Servia turca. Arnold Paul confió en la receta de que para curarse del hostigamiento de un vampiro debe comerse la tierra de su sepulcro y frotarse con su sangre. Y ahora él era un vampiro activo. Por ello la autoridad del lugar hizo clavaran su corazón con una estaca, y se le oyó dar un espantoso grito. Luego, cortaron su cabeza y quemaron el cuerpo. Se hizo lo mismo con aquellos que Arnold Paul había atormentado. Basten estas citas para subrayar la minuciosa colección de ejemplos que integran el trabajo de Calmet, donde se concentran ciertamente la mayor parte los comentarios y referencias de la primera mitad de su siglo respecto a las historias de vampiros. Fuente
Registrate y eliminá la publicidad! HISTORICO Una victoria de Obama, hijo de un padre negro de Kenia y de una madre blanca de Kansas, lo convertiría en el primer presidente afroamericano de Estados Unidos, en un hito histórico para el país 45 años después del movimiento de derechos civiles liderado por Martin Luther King. Una gran multitud de seguidores de Obama se reunió en Chicago para una noche de conteo de resultados que lo muestran con una importante ventaja. Obama y McCain luchaban codo a codo en Florida, Virginia, Carolina del Norte e Indiana, al tiempo que las estaciones de votación cerraron en más de la mitad de los estados de Estados Unidos. Una milagrosa victoria de McCain, un ex prisionero de guerra de Vietnam de 72 años, lo convertiría en el presidente de mayor edad en comenzar un primer mandato en la Casa Blanca y haría de su compañera de fórmula, Sarah Palin, la primera vicepresidenta en la historia del país. Largas filas de votantes fueron vistas en los estados clave, pero no se produjeron incidentes o irregularidades, al tiempo que se esperaba que al menos 130 millones de estadounidenses sufragaran para elegir a un sucesor del impopular Bush. El ganador enfrentará una serie de desafíos en los próximos cuatro años, incluyendo la crisis económica, los conflictos en Irak y Afganistán y una reforma al sistema de salud de Estados Unidos. La votación del martes pone fin a una extraordinaria campaña de dos años marcada por el meteórico ascenso de Obama y su victoria en la disputada primaria demócrata ante la ex primera dama Hillary Clinton, senadora por Nueva York, además de la recuperación de McCain el año pasado para quedarse con la nominación republicana. En las últimas horas, los candidatos remarcaron algunos temas que dominaron la campaña, con Obama acusando a McCain de representar un tercer mandato de las políticas de Bush y no estar en contacto con la economía. McCain, cuya campaña atacó a Obama calificándolo de socialista y lo acusó de ser "amigo" de terroristas, lo retrató como un liberal que podría aumentar los impuesto. Pero en un ambiente político difícil para los republicanos, McCain tuvo problemas para separar su imagen de la de Bush. Las encuestas mostraron que tres de cada cuatro estadounidenses piensan que la economía va por el camino incorrecto. Fuente <a href="http://ads.us.e-planning.net/ei/3/46bb/f9cfaf75666c1c8a?it=i&rnd=$RANDOM" target="_blank"><img width="728" height="90" alt="e-planning.net ad" src="http://ads.us.e-planning.net/eb/3/46bb/f9cfaf75666c1c8a?o=i&rnd=$RANDOM" border=0></a>
Registrate y eliminá la publicidad! ORIGEN Y TRAYECTORIA DEL PLAN JEFES Y JEFAS DE HOGAR Lecciones de la crisis El Estado destina aproximadamente 3500 millones de pesos anuales a los tres programas en curso: Jefes de Hogar, Familias, Seguro de Capacitación y Empleo. Por Diego Rubinzal El presidente electo norteamericano señaló que una de sus prioridades será ampliar el seguro de desempleo a los nuevos desocupados. Barack Obama afirmó que ante una crisis las respuestas gubernativas deberían ser rápidas y eficaces. Salvando las distancias, la Argentina del 2001 tenía un desafío similar. Arrastrando una recesión de más de tres años y con una tasa de desocupación que superaba el 25 por ciento, la conflictividad social era alarmante. En ese contexto, se emitió el decreto 165/02 estableciendo una prestación variable –entre 100 y 200 pesos– para los jefes de hogar desocupados. Ese beneficio tenía dos limitaciones importantes: se otorgaba solamente por un lapso acotado (tres meses) y la cantidad de prestaciones dependía de los fondos disponibles. A los pocos meses, la Mesa de Diálogo Argentino (un foro integrado por sectores sociales, políticos, empresariales, religiosos y laborales) recomendó “universalizar” ese plan. La dirigencia reunida en ese foro sostuvo que se debía asegurar un mínimo ingreso mensual a “todas las familias argentinas”. Luego, el gobierno nacional implementó el Plan Jefes y Jefas de Hogar. Los ejes de esa iniciativa eran el pago de una ayuda económica “no remunerativa” a cambio de la prestación de alguna tarea (actividades de capacitación o comunitarias con una dedicación no inferior a cuatro horas diarias ni superior a seis). En presencia de cuentas fiscales deterioradas, la decisión de elevar significativamente el nivel del gasto público contrariaba los dictados de la ortodoxia económica. En el primer trimestre del 2002, el déficit fiscal primario ascendía a 747 millones de pesos. A pesar de algunos reparos, la crítica situación social generó un amplio consenso acerca de la necesidad de dar una respuesta “universalizadora”. En los cálculos previos a su implementación, las autoridades calculaban que el total de potenciales beneficiarios sería cercano a las 500 mil personas. En tal caso, los recursos presupuestados alcanzaban los 750 millones de pesos. Sin embargo, las presentaciones efectuadas para el cobro del subsidio fueron siete veces superior. Eso obligó a una ardua tarea de depuración realizada por los funcionarios del Ministerio de Trabajo. Finalmente, dos millones de personas comenzaron a cobrar esa prestación. Así, el ejecutado del año 2002 alcanzó los 2257 millones de pesos. La investigadora del Cedes Laura Golbert señaló a Cash que “fueron las familias ubicadas en los deciles más bajos de ingresos las que más se vieron beneficiadas por este programa. Por otra parte, fue un programa que puede considerarse exitoso para reducir los altos niveles de conflictividad existente en esos momentos”. A partir del 2004, la cantidad de beneficiarios comenzó a decrecer por la confluencia de cuatro factores: * Incorporación de 750.000 beneficiarios al mercado laboral formal. * Traspaso al Plan Familias de 450.000 mujeres consideradas inempleables en el corto plazo. Ese programa asigna un ingreso no remunerativo que varía entre 155 y 305 pesos (de acuerdo con la cantidad de hijos). La percepción de ese ingreso está sujeto al cumplimiento de determinadas condiciones en materia de salud y escolaridad de los niños. A tal fin, la madre debe presentar dos veces al año los certificados de cumplimiento del Plan Nacional de Vacunación y la constancia de matriculación inicial y de regularidad escolar de los niños de 5 a 19 años. * Mudanza de 92.000 personas a un Seguro de Capacitación y Empleo del Ministerio de Trabajo de la Nación. En este caso se trata de un subsidio (225 pesos mensuales) que se asigna a aquellas personas que asisten a oficinas de empleo, que realizan tareas de formación y apoyo en la búsqueda laboral. * Se dieron de baja muchos beneficiarios que no cumplían con los requisitos establecidos para cobrar el subsidio. En síntesis, hoy el universo incluido en el Plan Jefes de Hogar se redujo a 700.000 personas. A la vez, la recuperación productiva post convertibilidad permitió mitigar muchos problemas. Aun así, las asignaciones pendientes continúan siendo numerosas. Actualmente, el Estado destina aproximadamente 3500 millones de pesos anuales a los tres programas en curso (Jefes de Hogar, Familias, Seguro de Capacitación y Empleo). Los posibles efectos de la crisis financiera internacional (despidos, suspensiones), obligan a repasar los resultados de esas coberturas y a imaginar nuevas respuestas oficiales. “Hay que mejorar los servicios de atención universal como la educación y la salud, coordinar las acciones que se realizan desde los distintos ministerios destinadas a la protección de la población y promover políticas desde los distintos municipios tendientes a fortalecer la cohesión social. Sobre todo hay que abrir el debate sobre estas cuestiones con distintos actores sociales y políticas para diseñar una estrategia consensuada, legítima y sustentable en el tiempo”, recomienda Golbert. Fuente
Registrate y eliminá la publicidad! Una sola teoría explica el movimiento de todos los seres vivos Un equipo internacional de científicos ha desarrollado una teoría unificadora que explica cómo y por qué se mueven todos los seres vivos, desde los elefantes a los árboles y las mariposas. La nueva teoría matemática modeliza los componentes básicos del movimiento, como el objetivo del individuo que se mueve y la capacidad de desplazamiento por sí mismo o con la ayuda de otros organismos. El investigador Eloy Revilla, de la Estación Biológica deDoñana (CSIC), es uno de los autores del estudio, que se publica hoy en la revista Proceedings de la Academia Nacional de Ciencias de EEUU (PNAS). "El desarrollo de la ecología del movimiento permitirá predecir no sólo adónde vamos, sino cómo y por qué nos movemos, cuestiones fundamentales en epidemiología y conservación de especies", explica. Según el biólogo español, esta teoría unificadora "permitirá saber en cuántas semanas llegará a España un virus de la gripe encontrado en Australia, o con qué probabilidad un lince de Doñana alcanzará Sierra Morena". Además de intervenir en el desarrollo teórico del modelo junto con otros investigadores en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad Hebrea de Jerusalén, Revilla ha participado en su aplicación a la población amenazada de lince ibérico. "Los resultados de esta investigación son fundamentales para la conservación de esta especie, dado que muestran hasta qué punto es importante el movimiento de individuos entre subpoblaciones para mejorar la conectividad de las poblaciones locales y, por tanto, aumentar la supervivencia del lince", subraya. A juicio de los autores, esta teoría unificadora es "esencial" para actuar frente a retos ambientales como el calentamiento global, las enfermedades infecciosas emergentes, la expansión de las especies invasoras y las plagas agrícolas. Dirección magnética En el mismo número de PNAS, biólogos de la Universidad de Carolina del Norte (EEUU) desvelan cómo algunos animales marinos encuentran el camino de vuelta a su lugar de nacimiento tras una migración de miles de kilómetros. Según los científicos, las tortugas y los salmones son capaces de volver a casa para criar porque cuando nacen leen el campo magnético del lugar y recuerdan esta dirección magnética durante toda su vida. Fuente