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Usuario (Argentina)

Parte de guerra macrista Por Hugo Presman La evaluación de un año de gobierno de CAMBIEMOS, medido a través de sus resultados, es un parte de guerra en el que sólo puede hacerse en lo sustancial y significativo un listado de las demoliciones, de lo destruido, de los daños centrales y colaterales, de los heridos que temen por su trabajo y de los caídos a los que les costará mucho subirse de nuevo al barco de los ocupados. En la macroeconomía, todo lo que debía subir, bajó y todo lo que debía bajar, subió. Debía subir la demanda, el consumo, la inversión, el PBI, las exportaciones, el saldo de la balanza comercial, la recaudación impositiva en valores constantes, el poder adquisitivo de los sueldos y jubilaciones, pero todo ello ha retrocedido. Debían bajar la inflación, la desocupación, el déficit fiscal, las importaciones, los intereses de la deuda, la recesión, pero todo ello subió. Y alguna promesa, como bajar la emisión monetaria, permanece casi empatada con la del gobierno kirchnerista. Más de 6000 negocios han bajado sus persianas, más de 400 empresas de la construcción han cerrado, la caída de la industria a niveles cercanos al 2002, cerca de un millón de personas entre trabajadores formales e informales y sus familias afectadas por la desocupación. Caída en el consumo per cápita de leche y de carne a niveles desconocidos, se triplican los asistentes a los comedores y el número de los mismos. Se destruyen planes como el FINES. Se reduce la entrega de computadoras. Se privatiza el funcionamiento de los satélites ARSAT. Se contrae el presupuesto en ciencia y tecnología y se reduce el número de investigadores. Se subejecuta a niveles injustificable el presupuesto de obras públicas. Se achica YPF, con fines posiblemente privatizadores. Se denuesta a Aerolíneas Argentinas con fines tal vez similares. Se termina con el Fútbol para Todos, una de las tantas promesas enterradas. Se solventan gastos corrientes con endeudamiento. Se absorbe la emisión monetaria con LEBACs al costo de mil millones de dólares mensuales; y en un año se emiten más bonos de banco central que masa monetaria. Se permite la liquidación de las exportaciones hasta el insólito plazo de cinco años. Se financia con endeudamiento la fuga de capitales. Se alienta la bicicleta financiera. Se endeuda al país a niveles que empiezan a preocupar a los propios prestamistas. Se abre desaprensivamente la economía. La política exterior es una retahíla de derrotas desde Malvinas, a la idea de ser el alumno preferido de EE.UU promoviendo la Alianza Transpacífico de Cooperación Económica, cuando el imperio la abandona. La lista del parte de guerra es interminable. Las declaraciones de los integrantes del “mejor equipo de los últimos cincuenta años” es un catálogo de insolencias, mentiras y provocaciones. La falsa idea de la independencia del Poder Judicial tropieza con los operadores del gobierno denunciados en los mismos medios dominantes. Lo mismo sucede con la supuesta independencia del Banco Central, una mentira convertida en dogma, a la cual el Presidente violó como es razonable exigiendo a la caricatura de Milton Friedman que bajara la tasa de interés, cosa que Federico Sturzenegger realizó a regañadientes. El Banco Central no es una trinchera enemiga sino que forma parte del Estado Argentino. La institucionalidad quedó herida seriamente con el intento de designación de dos jueces de la Corte Suprema por decreto; el desmembramiento de la ley de medios de la misma forma y la ampliación de los beneficiarios del blanqueo extendida a los padres, hijos y cónyuges de los funcionarios por bienes adquiridos con anterioridad al 2010. La detención de Milagro Sala ya tiene repercusión internacional y pronunciamientos claros. Un panorama con periodistas “independientes” convertidos en militantes oficialistas; medios protegiendo lo sustancial del macrismo; corporaciones y entidades financieras cogobernando. Pero más allá del cerco protector, el zafarrancho concretado lleva a los medios dominantes y a integrantes del “círculo rojo” a puntualizar preocupación y errores. La teoría del derrame enarbolada como bandera, es la misma que violenta la ley de gravedad, porque en la economía neoliberal la riqueza se desplaza de abajo hacia arriba. La transferencia de ingresos hacia los sectores concentrados de la economía se realizó con rapidez y eficiencia. Las migajas del festín son retaceadas desde los mismos sectores satisfechos. Prometieron pobreza cero y avanzan decididamente en sentido contrario. Pensaron ingenuamente que ser el primer partido PRO-negocios y PRO-mercado garantizaba una lluvia de inversiones, y lo que han concretado con sus falsos postulados y su inoperancia supina es una lluvia de penurias sobre la mayoría de los argentinos. Se muestran sorprendidos porque no se obtienen los resultados esperados, más allá de sostener un optimismo de cartón, de libros de autoayuda. No hay que ser egresado de Harvard, para entender que si se aumentan superlativamente las tarifas, se incrementan los salarios y las jubilaciones por debajo de la inflación, se aumenta la desocupación, se infunde el miedo a perder el empleo en aquellos que lo conservan, la caída de la demanda es una consecuencia de manual. El discurso con el que se vende el relato macrista es un agujero relleno de vacío. El Doctor en Ciencias Sociales, Nicolás Isola, lo desmenuza: “Un periodista indagó a uno de estos pensadores con la pregunta ¿Qué es el macrismo? Recibió la siguiente respuesta: “Es un gobierno que viene a hacer lo mejor posible, de alguna manera”. La distancia imperceptible-pero abismal- entre contestar simple y no decir absolutamente nada. Luego lo detalló: “Lo importante es que cada vez más gente nos crea que somos buena gente tratando de hace las cosas lo mejor posible” El gobierno puede enorgullecerse de haber tenido éxitos políticos para lo cual ha contado con el apoyo en algunos casos, la complicidad en la mayoría de los proyectos aprobados de las bancadas del PJ y del FR. Las negociaciones, según el diario La Nación, “le costó al gobierno aproximadamente unos 72.000 millones de pesos”. Hasta el año pasado esto se denominaba el uso discrecional de la caja, expresión que el periodismo actualmente oficialista ha archivado. No es un listado exhaustivo, apenas una muestra de una hecatombe realizada y socialmente aceptada a la sombra de machacar con la corrupción kirchnerista y la pesada herencia. Todo esto está sazonado con la sed de venganza de sectores poderosos por motivos reales e ideológicos, y de franjas medias y populares que privilegiaron cuestiones secundarias que consideraron fundamentales. Entre los argumentos falaces y contra todas las evidencias, se cuenta el de las expectativas de un futuro mejor con el que el gobierno mantiene aún un apoyo superior al 50%. Es posible que la explicación esté en que en el 2015 había dificultades económicas pero el voto a favor de Macri y fundamentalmente contra Cristina Fernández, fue político y muy lejanamente económico. Encontrados diferentes Ministros y funcionarios en situaciones endebles o complicadas, las explicaciones tienen la profundidad exhibida por Eduardo Amadeo: "Los Kirchner son el fondo del tacho de basura, nosotros somos gente honorable" Por todo ello la autoevaluación del presidente Macri que se calificó con un 8 es mezquina. Acá no hay errores sino objetivos buscados que generosamente se los califica de equivocaciones. Para llegar a la idea de refundar a la Argentina primaria-extractiva- exportadora atravesada por el modelo de rentabilidad financiera tiene que ganar las elecciones del año próximo y estar plebiscitado para avanzar sobre lo que falta: poner bandera de remate al país, avanzando con las privatizaciones. Si el presidente lo consigue, en el retiro espiritual del 2017 no exagerará si se califica con un 10. De ser así, el escritor francés Gustave Flaubert se vuelve contemporáneo cuando afirmaba: “Lo peor del presente es el futuro” O aquella frase que el novelista Andrés Rivera pone en boca de Castelli, el mejor orador de la Revolución de Mayo: “Si ves al futuro, dile que no venga” 06-12-2016
No des lo que te sobra Por Max Delupi Recuerdo por esta época a un compañero que iba con nosotros a todos lados; que luchaba por lo que él consideraba que era "un país mejor"; la igualdad de derechos, justicia social y demás banderas. Estaba trabajando; iba intentando abrirse camino, hasta que un día se cansó y se puso una pizzería. Una noche fuimos a comer a su pizzería. Cuando entramos a la cocina a saludarlo, nuestro compañero estaba a las puteadas. Le preguntamos qué le pasaba: le habían faltado dos empleados del delivery, dos tipos de la motito... Gritaba: "estos negros de mierda no vienen a laburar. Claro, les pagué el viernes, y hoy ya no vinieron a laburar". Nosotros estamos todos atravesados lógicamente por una cultura que nos ganó, y que hay que reconocer que nos ganó; porque si uno no reconoce las derrotas, difícilmente pueda conducir algo a una victoria. No se trata solamente de la mística de pintar un trapo, de asistir a una reunión. Se trata de tener determinada capacidad de análisis para saber que la cultura de los 90´ nos impregnó a todos. No sólo a los que militan para el PRO, para Macri, o a los que andan diciendo en un taxi "con los militares estábamos mejor"; no solo a aquellos que dicen "bien, bien Laura Alonso. Mirá que opinión bien formada que tiene esta mina": Nos atravesó a todos; y en ese atravesarnos a todos, entra en juego el entender la batalla cultural, que en Argentina es un poco como la saliva: Todo el mundo la tiene en la boca y muy pocos saben para qué sirve. Cuando los políticos no salen del movimiento obrero; cuando los políticos no salen de las luchas en las universidades; cuando no salen de los barrios, se produce una disociación en el hacer cotidiano de la gente (esto que parece un eufemismo en los noticieros, en los programas de debate político: "la gente dice; la gente está harta; la gente no quiere; la gente siente la inseguridad", con esto que parece ser una elite de periodistas; una elite de políticos que hace años que no militan en ningún lado. No van al barrio, no laburan en ningún lugar; y si tienen un laburo, no están organizados con sus compañeros. Esto es lo que realmente molesta. He visto muchísima gente llamada "progresista", o que se proclama de izquierda, que cuando va a puestos de dirección en algunas empresas o en algunos lugares del estado, le molesta lo mismo que le molesta a la denominada "oligarquía argentina": el movimiento obrero organizado. Esto de lo que nos hablaba tanta gente, y en lo que hacía foco Germán Abdala y tantos otros compañeros. Lo que molesta en general no es la posición que tenga una determinada asamblea, o hacia donde van los miles de trabajadores: lo que molesta es el trabajador organizado con otro trabajador… Eso les hace mucho ruido: que un tipo con los mismos intereses que otro, entienda con conciencia crítica quien carajo los está explotando; quien los está segregando; quien los está dejando de lado. Y esto le da miedo a cualquier individuo que esté en la dirección de cualquier cosa, salvo que ese tipo venga de ese lugar organizado, y con plena conciencia y memoria de ello. Como decía Eva Perón: "Le tengo más miedo al frío de los corazones de los compañeros que se olvidaron de dónde vienen, que al de los oligarcas". Si estos tipos no se olvidan, es porque estamos ganando la batalla cultural. La batalla cultural es exactamente eso: que cada persona entienda la igualdad a partir de la organización. Digo esto porque ya está pasando en todas las provincias, no sólo en ese microclima que genera la Capital Federal, con sus periodistas ilustrados que están viendo "futbolísticamente" como se la ponen al otro: cómo soy más inteligente que el otro; cómo participo en una discusión diciendo algo que sea más inteligente que lo que ha dicho el interlocutor previo; cómo yo puedo mostrar a través de mi conocimiento, mi viveza, que estoy "poniéndosela" de alguna manera al que habló antes… Pero eso no es la batalla cultural: esa es la disputa de determinados periodistas, que por un cachet salen a defender una cosa u otra. La batalla cultural es cuando esos periodistas realmente ponen foco donde hay que poner el foco para que el otro mire. La función del periodista es poner la luz sobre el problema de la organización del país; cómo se organiza un país. Un país no se organiza solamente de arriba hacia abajo diciendo "estas son las políticas del Estado"; porque si fuera así, los presidentes hubieran hecho mucho antes las cosas que después nosotros salimos a pedir a la plaza. En realidad los presidentes, el poder ejecutivo, y tambien el congreso (también) hacen lo que el pueblo es capaz de pedir y exigir organizadamente. Y esto es a lo que le teme todo el arco político y los medios. Fundamentalmente para esto en Latinoamérica se han puesto dictaduras violentas, y luego el neoliberalismo: primero te mataban sin ningún derecho, dejando al Estado de derecho de lado con un terrorismo de Estado; y después durante mucho tiempo los medios de comunicación junto a la oligarquía organizada, le dijeron a los presidentes latinoamericanos que hacer para evitar la organización del movimiento obrero, para evitar que vos militaras en una facultad; para evitar que los barrios se pusieran de pie. Entonces, el tema es: la batalla cultural tiene una arista; tiene un lugar por el que están viniendo. Yo creo que nosotros no nos estamos dando cuenta o hay muchos compañeros que se están haciendo los boludos. Durante mucho tiempo supimos que venían por el lado de Billiken; por el lado de las revistas del grupo Atlántida; sabíamos que venían con Clarín; sabíamos que éstos eran los lugares donde operaba el enemigo. Ahora, ojo, porque también están viniendo en forma de políticos que no viven en un barrio; que nunca militaron en ningún lado (por que no laburan hace años; hace años que laburan de políticos), y porque creen que laburar de político es la legitimidad que te dan los aparatos. Pero eso se cae; eso se cae, a la larga se cae. Hay tipos que han tenido muchísima legitimidad en muchísimas provincias porque se produce un bache; o porque determinado medio de comunicación los pondera; y salimos todos a avivarlos de un lado y del otro. Y ahí aparecen figurones que después se caen, y que nadie entiende por qué se cayeron. Después están los otros, que sin tanto bombo, pasan a la historia (y por eso me acordaba de Germán Abdala) por haber trabajado en esto que es fundamental para la batalla cultural: la organización; el saber por qué nos estamos organizando; saber por qué yo voy a buscar a otro. A veces me dicen "en definitiva hoy hay una batalla mediática y en las redes". ¡Pero por supuesto! ¡Claro que quieren que esa batalla se dé en las redes sociales! ¡Claro que quieren que todo el mundo putee de un lado y de otro en Facebook! ¿Qué organiza el Facebook? ¿La voluntad de qué? ¿De una marcha pedorra de la que después nadie se va acordar, ni siquiera el que fue? "Che, yo fui el primer cacerolazo..." ¡No importa! ¡El tema es que no pienses!: el tema es que te pueden aislar; el tema es que te puedan poner en un partido de fútbol, y que la foto sea esa… Vos estás con un equipo o estás con el otro… También existe esto de: “Ok… Yo tengo necesidad de estar junto a este tipo; pero ¿qué somos capaces de hacer?". La batalla cultural, cuando está del lado de ellos (como en los 90´), cuando gana en algunos lugares gracias a los medios, haciéndote creer que puede haber gente honesta de derecha que no robo tanto; ahí es nos están la están ganando. Pero cuando nos ganan la batalla cultural, no lo reconocemos. Nosotros no reconocemos que en Capital Federal nos han ganado esa batalla cultural. ¿Que tenemos que ganarla?: estoy totalmente de acuerdo. Pero también se demuestra saliendo a laburar; no sólo discutiendo y dejando mal parado a un conservador de derecha; no sólo saliendo a laburar para ganar elecciones: salir a laburar para ganar la batalla cultural. ¿Cuándo uno gana la batalla cultural? Hay miles de ejemplos de que se ha ganado una batalla cultural. Esto lo explicaba el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera: “no se trata de que la gente vote a Evo, se trata de que la gente entienda lo que está haciendo”. Este proyecto lo tiene que entender hasta el último de la fila, no el más vivo de todos. A mí no me sirve de nada que Ricardo Forster entienda este proyecto mejor que nadie; a mí me sirve que lo entienda el último chico que está militando en una facultad; o el pibe que entran su primer trabajo. Y que esos pibes no le tengan miedo a la autocrítica; no le tengan miedo a caminar organizadamente con el otro. Porque lo peor que nos puede pasar es creer que estamos dando una batalla cultural que no estamos dando, juntándonos en Facebook para repetir como loros que "la patria del otro". ¿Y qué hago yo para que realmente la patria sea del otro? ¿Qué hago yo para que el que me esté mirando, aun pensando distinto a mí, se quiera sumar a ese proceso de construcción colectiva porque tiene intereses parecidos, o porque entiende que sólo no va a poder derribar esa pared? Nosotros convivimos con una de las oligarquías más fuertes de Latinoamérica, y le estamos echando la culpa a la clase media; esa clase media que muchas veces es víctima de todo este proceso. Te ponen a discutir superficialidades que no tienen ningún sentido, y vos como un gil las discutis; y los periodistas que teóricamente tienen que defender ese proceso de batalla cultural, también se ponen a discutir esas coyunturas insípidas en los canales, que después se distribuyen en cadenas nacionales por todo el país… Así termina uno viendo y discutiendo en la sobremesa el problema que tiene la Capital Federal, que es el lugar que menos problemas tiene a nivel de distribución de riqueza: un lugar absolutamente subsidiado, donde una persona que vive al lado del café Tortoni paga mucho menos gas que un tipo que vive en Neuquén. ¡Y vos no te preguntas eso! ¡Vos no te preguntas por qué la gente vota así! ¡Vos no te preguntas por qué los tipos que más han obtenido, son los que están en contra! ¿Y por qué pasa eso? Porque te están ganando la batalla, que es la más importante de todas: la batalla cultural. Aquello por lo cual lucharon muchísimos, desde la concepción del trabajo. A veces cuando decimos "batalla cultural" parece que eso fuera que Ignacio Copani cante una canción; decimos batalla cultural, y parece que va a venir Víctor Heredia con una manifestación atrás de 800 tipos a tocar el bombo y tocar la guitarra; decimos batalla cultural y pensamos en los intelectuales, o en alguien que venga a decir algo. La batalla cultural es otra cosa. Hemos perdido la cultura del laburo, hemos perdido la cultura de agremiarnos con otro. ¿Saben la cantidad de gente que tengo alrededor, que se llenan la boca hablando de la batalla cultural y no está afiliada a su gremio, que no participa en ninguna organización? Entonces creo que acá hay un punto interesante: tratar de decirle a los propios "no me hables más de la batalla cultural si vos no militas en un gremio… Si me seguís diciendo "son todos burócratas". ¿Dónde crees que militaba Agustín Tosco? ¿Dónde crees que militaba René Salamanca? ¿Cómo crees que hizo lo que hizo Atilio López o Elpidio Torres? ¿Cómo creés que se hizo el Cordobazo? ¿Creés que el movimiento obrero hizo lo que hizo con todos tipos que decían "son todos unos burócratas bárbaros, vámonos todos a casa"? O sea, como hay burocracia, vos no militás… Entrás a la facultad, y como no te gusta determinado signo político te fuiste a tu casa y no participaste ni como estudiante, ni en tu barrio. Hay gente que se vanagloria de no conocer sus vecinos… ¿¡Sos tarado flaco!? ¿Cómo que te vanaglorias de no conocer a tus vecinos? ¿Naciste en los 90´? ¿Te comiste a un Macri? ¿Vivís en un country?. "No tengo ni idea quién vive acá lado… Yo a mi vecino no le doy bola”. ¿Vos me venís a hablar de batalla cultural? ¿Vos, que ni siquiera te interesan los hijos de tu vecino? Ese doble discurso nos está matando: ahí es donde no están ganando la guerra. Hay que salir uno a uno, y dar esa batalla para que la victoria sea finalmente nuestra; para no volver atrás. No volver atrás con el voto femenino, por ejemplo; para no volver atrás del matrimonio igualitario. ¿A quién se le ocurriría hoy decir "Che, a ver, hagamos que las mujeres no voten más"? ¿Quién podría llevar adelante esta propuesta? ¿Quién podría llevar la propuesta hoy de "Mirá, sabés que, no nos podemos divorciar más"?: nadie. La batalla cultural se gana entendiendo el discurso de la gente. Hace años, cuando una persona adoptaba un chico, a veces a la mujer hasta la sacaban a Europa o a otra provincia para que no se viera el embarazo, y poder decir que el bebé era de ella. Ser un niño adoptado en este país era una vergüenza. A veces se escuchaba "es adoptada, pero ella no lo sabe"; o lo loco era: "Uh… ¡Es adoptado ya se lo dijeron, ahora sabe!". Una persona va, adopta un niño, y muchísima gente en este país hoy en día le parece lo más normal del mundo; y le parece absolutamente igual a tenerlo biológico. Matrimonios que tienen uno o dos hijos biológicos, y dos o tres adoptados: eso ya no se discute. Ahí es donde vos ganaste la batalla cultural; eso es la batalla cultural, no ganarle a Miguel Del Sel. Empecemos a entender cómo damos esa batalla cultural todos los días. Aún hay tipos que vienen y me dicen "bueno, ¿pero qué vamos a poder modificar?". Para el que salvás, no sabes cuánto modificás; modificás muchísimo. Para él significa muchísimo…. Y eso no es lo mismo que el voluntarismo: el voluntarismo, la dádiva, Cáritas y todo eso, es lo que te sobra. ¡No! Demos lo que no tenemos. Militemos: no demos lo que nos sobra.

César Isella, ex PC pide un aplauso para Hernán Lombardi, ex PC, y recibe una silbatina en Cosquin. link: https://www.youtube.com/watch?v=3mHazRS0JPQ Moraleja 1: el PRO ha sido una anomalía, un producto tardío en un mundo que vive una dramática transición, del neoliberalismo progresista con indigenistas, ecologistas y feministas que lo cosmetizaron, a otra cosa que no sabemos aún qué será. Las bicisendas, las bolsas reciclables y las estaciones saludables, son parte del inmediato pasado. Lo vemos, lo vivimos como una novedad, parece hegemónico, pero es como un fenómeno parapsicológico: la imagen de algo que pasó y que ya no está pero que alguno, o muchos, recuperan y sintonizan como si fuera una antena. El PRO es nuestro museo de grandes novedades. Desde hace 2 días, Trump volvió ese pasado definitivamente lejano. Su estilo termina con la corrección política que es hipocresía, cárcel de barrotes blandos y guardias sonrientes. Ojo: la estética de Trump tal vez sea su verdadero aporte. Sus modos. Nota: Trump es un guarango. Recuperar lo que es etimológica y políticamente un guarango en la historia argentina. Ya lo desarrollaremos un día. Moraleja 2) Una de las bases culturales para que ese estilo se desarrollara, perviviera y fuera funcional al poder de turno en Argentina fue la cultura de izquierda liberal. En la cultura popular, el papá de Libertad, la amiguita de Mafalda, que era socialista "pero un león jugando a las cartas" pasea con un super sport, Susana Brunetti le dice a Porcel "en casa todos somos socialistas, la mucama come lo mismo que nosotros... las sobras" y Capusotto se convierte en el latín american psycho. En política, un socialista romántico como Palacios, es embajador de una dictadura, y Américo Ghioldi dice frente a un mar de sangre "se acabó la leche de la clemencia". Cultura de la simulación, equivalente y paralela a una burguesía que nunca quiso serlo y que oculta su holganza en frases como "hay que poner el hombro" y "acá nadie quiere trabajar". Cultura per-versa, porque invierte las cosas. Cultura que le hace creer a la gente que las cosas son como no son y que ellos son algo bien distinto de lo que creen ser. Cultura de la forma, que vuelve esclavos de un pensamiento burgués hasta a los más lúcidos (Quino diciendo que Mafalda le diría a "la Cristina" que no sea tan soberbia y prepotente. Mudo ahora, frente a una barbarie que sus personajes denunciaron y anunciaron hace 50 años). Cultura de la levedad, ésta, la de la izquierda liberal, oculta bajo lo rotundo: la facundia de Pinti para no decir nada o fingir afirmaciones rotundas que dan vueltas sobre lugares comunes. Cultura que es, por su simulación e inversiones, campo fértil para el chanta: Fidel Pintos y Avivato (cita de Wikipedia: " En 1978, con motivo de la realización en Argentina del Mundial de Fútbol, la dictadura militar en ese momento en el poder sugirió al director de La Razón la suspensión de la tira con este personaje por considerar que podía afectar la imagen de los argentinos frente a los visitantes que se esperaban. Lino Palacio acató la sugerencia y decidió no dibujar más la tira." Nótese qué significativo e ilustrativo este dato para todo lo que estamos diciendo: no queremos que el "afuera" vea lo que nosotros no somos). Cultura que en definitiva nos vuelve inconsecuentes, tramposos, enrollados, pasto para que florezca y se hipertrofie el psicoanálisis. Moraleja 3: ese producto tardío que es el PRO derrotó a la mejor versión del peronismo. Lo hizo sobre la base cultural precedentemente descripta: la simulación, el "país burgués", la cosmetización de su neoliberalismo por el ecologismo que ya enunciamos, el indigenismo (la insistencia en la Pachamama como deidad ahistórica y turística, y en sentido inverso, el aplastamiento de Milagro, la coya real y metida en la historia), el feminismo reaccionario, light y estereotipadamente amable y sereno (Juliana, Gabriela y Mariu), cierta ortopedia de izquierda y personajes descontracturados: Rozitchner, Fernando Iglesias, Stolbizer. No es casual que su as de espadas fuera el icono de la impostura: un tipo que pasó de la izquierda decontracté a la derecha con un formato de show y un discurso periodístico sin el menor rigor en el contenido pero con la teatralidad necesaria para montar la impostura. El kirchnerismo colaboró en su derrota con muchos de esos aspectos que en el PRO son una mentira consentida y que de este lado son una traición a su mejor historia: no es lo mismo el exhibicionismo de Otavis que el del mago sin dientes. No es lo mismo ir al living de Susana que reunirse y brindar espacios a figuras mediáticas, con cholulos que favorecen jetones. De esta manera, también el kirchnerismo albergó su cultura de izquierda, y si bien los hubo benéficos (Rivas), hubo otros que resultaron un lastre (complete con el nombre que desee o piense en los aspectos más fallidos de ese peronismo hippie: "el amor vence al odio", "Argentina, un país con buena gente" Porque el PRO es la perversión argentina, la mala conciencia, la impostura, solo tiene que estilizar esos rasgos y potenciarlos (el timbreo como happening cívico) mientras que el peronismo tiene que intentar la versión más genuina del espíritu nacional, esa presencia de gigante que Scalabrini definía en "El hombre que está solo y espera" Ahora Trump nos obliga a barajar y dar de nuevo. Pero no es él, sino el cambio que representa. Es posible que las boutades de un D'elía o un Moreno ya no caigan tan mal (pero no fueron antes necesarias y.tampoco lo serán ahora, porque además el país de las buenas formas burguesas del que habló Cooke, sigue vivo) porque la corrección política se bate en retirada, porque, como se vio está noche, Isella y Lombardi, dos ex PC, dos tipos que son un oximoron político, pueden encontrarse con el chiflido de la gente; un ligero símbolo, casi nada, un eco del aleteo de Trump en el Norte que promete volverse terremoto en el Sur. Como sea, el viento sopla...
Una lista de personas con mas o menos notoriedad y que apoyan al kirchnerismo. Aca otra lista, pero de macristas. 1.Alejandro Dolina 2.Victor Hugo Morales 3.Ricardo Forster 4.Victor Laplace 5.Adrian Paenza 6.Florencia Peña 7.Pablo Rago 8.Norberto Galasso 9.Hernan Brienza 10.Arturo Bonin 11.Teresa Parodi 12.Peteco Carabajal 13.Federico Luppi 14.Fito Paez 15.Daniel Santoro (el artista plástico, no el periodista) 16.Carlos Barragan 17.Nancy Duplaa 18.Darío Sztajnszrajber 19.Gabriel Schultz 20.Daniel Tognetti 21.Lola Berthet 22.Pablo Echarri 23.Esther Goris 24.Horacio ¨El negro¨ Fontova 25.Gustavo Garzon 26.Claudio Villarruel 27.Dario Villarruel 28.Rita Cortese 29.Andrea Del Boca 30.Anabel Cherubito 31.Mercedes Moran 32.Dady Brieva 33.Raul Rizzo 34.Susana Rinaldi 35.Cecilia Roth 36.Dante Palma 37.Ignacio Copani 38.Fena Della Maggiora 39.Adriana Varela 40.Osvaldo Santoro 41.Jose Pablo Feinmann 42.Juan Palomino 43.Fernan Miras 44.Leonardo Sbaraglia 45.Camilo Garcia 46.Estela de Carloto 47.Hebe de Bonafini 48.Jorge Marrale 49.Edgardo Mocca 50.Gabriel Rolon 51.Jorge Dorio 52.Leon Gieco 53.Gustavo Santaolalla 54.Merdeces Sosa 55.Jean Pierre Noher 56.Diego Maradona 57.Hugo Presman 58.Sandra Russo 59.Roberto Caballero 60.Mex Urtizberea 61.Mariana Moyano 62.Ana Maria Picchio 63.Alejandro Apo 64.Javier Romero 65.Diego ¨El Chavo¨ Fucks 66.Pablo Llonto 67.Mirtha Busnelli 68.Federica Pais 69.Osvaldo Quiroga 70.Daniel Fanego 71.Nora Veiras 72.Pedro Brieger 73.Julia Mengolini 74.Carlos ¨El Indio¨ Solari 75.Diego Capusotto 76.Gustavo Fabián "Chizzo" Nápoli (La Renga) 77.Telma Luzzani 78.Roberto Navarro 79. Jorge Halperin 80.Moria Casan y Sofia Gala 81.Lito Cruz 82.Gaston Pauls 83.Luisa Kuliok 84.Julieta Ortega 85.Dario Grandinetti 86.Juan Minujin 87.Carla Czudnowsky 88.Victor Heredia 89.Gerardo Romano 90.Victoria Onetto 91.Eduardo "Cabito" Massa Alcántara 92.Luciano Galende 93.Ricardo Mollo 94.Natalia Oreiro 95.Eduardo Aliverti 96.Mempo Giardinelli 97.Maria Fiorentino 98.Ivan Noble 99.Gabo Correa 100.Carlos Polimeni 101.Carolina Papaleo 102.Guillermo Fernández 103.Horacio Gonzalez 104.Luis Ziembrowski 105.Graciela Dufau 106.Carolina Peleritti 107. Alberto Spinetta
Sobreactuaciones Por Jorge Halperín Expongo mis ideas en los micrófonos de la radio y, con alguna frecuencia, en las páginas de este diario, pero vuelco cuando discuto con un votante de Maurizio, como si se desmoronaran mis modestas habilidades retóricas Me informo con esfuerzo –y no sólo porque ese es mi oficio–, y me siento preparado para argumentar y respaldar mis opiniones con datos surgidos de fuentes confiables, que colecciono obsesivamente. Pero caigo en la trampa de mis interlocutores, que le hacen pito catalán a la discusión racional lanzando al aire dos o tres frases que podrían ser títulos de tapa de Crónica: “Se robaron todo”; “Dejaron al país en estado terminal”; “Ella mandó a matar al fiscal” Les muestro lo equivocados que están citando una docena de medidas de fondo de la década pasada que reconstruyeron al país y ampliaron derechos, y les describo cada una de las flaquezas de las denuncias de Nisman y de quienes buscan instalar la idea de un crimen. Les reclamo que discutamos de lo relevante, es decir de políticas que impulsan o destruyen al país, porque no se puede debatir en base a denuncias seriales que no están comprobadas y porque ningún período de la Argentina, bueno o malo, es explicable por la corrupción, ni siquiera por mafia alguna. Pero alegan que las fuentes de mis datos no son confiables (“Indec, etc.”; por supuesto que no aportan otras), y se muestran irreductibles en sus certezas de que ha sido derrotado un gobierno corrupto y criminal. Por supuesto que también están indignados, con un enojo republicano que no percibí en los años en que Menem fue reelecto y que tampoco les noto cuando se habla de las 214 denuncias que hay contra Mauricio Macri. Llegado a este punto, empiezo a entender que un gran truco del ciudadano antipopulista es su analfabetismo político y su sobreactuación del republicano indignado. En tiempos de la posverdad parece inútil respaldar un juicio con información veraz. Paga mejor la certeza ciega y la sospecha sobre el político, sobre todo del que no pertenece al elenco de los republicanos indignados. No estoy afirmando que el universo antipopulista carezca de cuadros capaces de sostener una discusión inteligente sobre políticas. No. Más bien hablo de las expresiones más comunes en los medios y de infinidad de sobremesas entre familia y amigos, muchos de ellos graduados universitarios. Entablar una discusión seria en este caso es tan productivo como intentar que acepte que efectivamente el hombre llegó a la Luna uno de esos conspirativos que no dudan de que se trató de una filmación en un set del desierto de Nevada. No hay argumento que lo saque de su certeza porque una premisa de la creencia es no confrontarse con la realidad. Así planteadas las cosas, es el populismo, esa “enfermedad de la república que tiene como síntoma pueblos ciegamente obedientes a un líder autoritario”, el que dispone en realidad de políticas y argumentos racionales, mientras que desde la vereda de los civilizados se responde con chicanas, mentiras (“Hace 5 años que no crecemos”) y exabruptos de barrabrava. Es fácil pensar que este es el efecto conseguido por los medios hegemónicos, que fogonean como nunca antes. Sin embargo, el impacto de los medios consiste en reforzar prejuicios, no en inventarlos. Olvidemos por un instante a los medios. ¿Por qué el ciudadano anti K fingiría su certeza de que ha derrotado con el voto a un gobierno corrupto y criminal y ha hecho posible que gobierne el cambio? ¿Por qué sobreactuaría una indignación republicana que, sin embargo, no se ceba con las muchas causas contra su presidente y sus colaboradores? A esta altura sólo puedo proponer algunas hipótesis: El mundo de los K es demasiado revulsivo para muchos. No les gusta el populismo, los liderazgos personales fuertes, la costumbre de las movilizaciones masivas, las denuncias contra el poder económico, y judicial, contra los diarios, canales y radios que consume la clase media, el papel protagónico reclamado para el Estado, la confrontación con Estados Unidos. Rechazan a los gobiernos latinoamericanos con los cuales los Kirchner han hecho sociedades, empezando por Venezuela. Les parece intolerable la amplísima libertad otorgada a piqueteros y sectores carenciados para cortar calles y rutas. No les gusta el lugar destacadísimo asignado a personajes como Hebe Bonafini, que cuestiona como una topadora los silencios cómplices frente a la dictadura, ni aceptan los beneficios concedidos a viejos que no tenían los aportes jubilatorios en regla ni a las embarazadas de los sectores humildes. Cuando pagan sus impuestos pensando en que una parte grande va destinada a esos sectores, sienten que les roban todo. No toleran el “garantismo” que protege a los menores pobres ni la hospitalidad ofrecida a los bolivianos, paraguayos y peruanos. Odian que se cuestione a los patrones. Estos rasgos de las políticas K, gran parte de ellos inherentes a un modelo de inclusión, violentan una idea tradicional de país donde imperan las jerarquías. Las iniciativas igualitarias se dan de patadas con las jerarquías. Y muchos creen que las jerarquías preservan un orden, sean por presuntos merecimientos o por patrimonio. Por ejemplo, la riqueza provoca en muchos ciudadanos una idea de superioridad, si no moral, al menos de espíritu de progreso. Si estas hipótesis dan cuenta de parte de la realidad, el “Se robaron todo”, el asimilar el populismo a una mafia criminal, expresan un profundo choque cultural. En lo que el kirchnerismo llamó la “Década ganada” ha sido puesto en cuestión un orden cultural, un sistema de valores que una parte considerable de la población sintió que se le estaba arrebatando, y que confió en aquellos que en 2015 invocaron “El cambio” para que procedieran a reinstalar. No en vano se juzga este tiempo que nos toca vivir como el de una restauración conservadora. Su punto débil, por suerte, es que se viene ejecutando contra la voluntad de la mitad de los argentinos.

Elecciones decisivas Por Edgardo Mocca Hay quienes creen que hablar de las próximas elecciones equivale a desviar la atención de los problemas de todos los días; de esos problemas que se han acentuado profundamente a partir del triunfo electoral de Macri. En un registro parecido, actúan quienes sostienen que aceptar la agenda de la corrupción estatal-familiar, el desenfreno de la patria judicial y el empleo de la maquinaria de los servicios para atacar a la oposición significa aceptar una maniobra de distracción respecto de las penurias que vive buena parte de nuestra sociedad. Desde aquí sostenemos que no es así, que la acción política consiste en la constitución de una trama interpretativa capaz de darle coherencia a una mirada y a una práctica abarcativa de la vida de una sociedad. Es cierto que el núcleo duro de la política oficial del gobierno de Cambiemos es la transferencia masiva de recursos desde los sectores populares al sector más concentrado de la economía: como dato que ilustra penosamente el proceso, según datos del CEPA (Centro de Economía Política Argentina), el salario mínimo argentino perdió un 29 por ciento de su poder adquisitivo entre diciembre de 2015 y octubre de 2016. Ahora bien, no puede mirarse ese indicador -y muchos otros que apuntan en la misma dirección- de manera separada, por ejemplo, de la represión policial a la protesta social o a la acción psicológica que despliegan los medios hegemónicos (hoy oficialistas) contra la oposición o a la privación ilegal de la libertad de Milagro Sala. El neoliberalismo no se reduce a una política económica, es una cosmovisión, un modo de pensar el país y el mundo, una escala de valores en la que, como dice el Papa, el dinero (la acumulación infinita de dinero) ocupa el lugar principal, el lugar de Dios. Hablemos entonces de las elecciones. Para muchos, las legislativas de octubre definirán en buena parte la suerte del gobierno actual, insinuarán o descartarán una rápida “alternancia” en la Casa de Gobierno. La alternancia –ya se ha dicho en esta columna– es la palabra clave de un modo de pensar la política. Es la disputa civilizada y pacífica entre partidos para sucederse entre sí en el gobierno. Para que esa sucesión funcione tiene que existir un cierto piso de acuerdos y de certidumbres entre las partes; de otro modo, no hay alternancia, hay antagonismo. Los valores que suelen enunciarse como sustento de las “políticas de Estado” son plausibles; consisten en la garantía de las libertades, el pluralismo, el respeto por la Constitución. La experiencia de las últimas décadas en el país y en el mundo hablan de otros pilares sobre los que se sostienen las democracias neoliberales: el corazón de estos pactos contemporáneos de gobernabilidad está en la irrestricta posibilidad de concentrar las riquezas en el polo privilegiado de la sociedad, en un Estado concebido como garante de los negocios del gran capital. La alternancia civilizada y las libertades políticas son la otra cara y la condición de posibilidad para que un pequeño número de magnates acumulen proporciones enormes y geométricamente crecientes de la riqueza del planeta. Está claro que esa pax neoliberal está entrando en una profunda crisis de legitimidad a lo largo y a lo ancho del mundo; lo ilustra el Brexit británico, el avance de las fuerzas antisistema y antiélite en Europa y la crisis política que vive Estados Unidos después de la asunción de Trump; también los procesos transformadores en Sudamérica que se inician a fines del siglo pasado y que sufrieron y sufren la erosión sistemática del poder económico nacional y mundial. Claro que, ciertamente, las elecciones de octubre son una prueba de fuego para Macri y su equipo. Vistas así las cosas, el modo en que empieza el año electoral convierte ese test en un asunto muy complejo para la coalición gobernante. No hubo segundo semestre ni brotes verdes, como no sea en la frondosa imaginación de algunos funcionarios. Sí caída del salario, cierres de empresas y despidos cada vez más masivos, inflación sostenida más allá de los buenos augurios, inexplicables en un contexto de aumentos de tarifas públicas y privadas y de los insumos productivos básicos. Los incentivos a guarecerse en el paraguas oficialista no han desaparecido pero han disminuido visiblemente. Fuera de la coalición pero también dentro de ella: el radicalismo empieza un minué que combina las disconformidades puntuales con algunas prácticas gubernamentales con las exigencias de posiciones en las listas comunes. Dicho sea de paso, la UCR tiene dos peligros: que le vaya mal al gobierno y que le vaya bien. Un macrismo amenazado de rápido declive dejaría en pésimas condiciones a la conducción radical y un macrismo en condiciones de construir un orden político sólido para la reestructuración neoliberal profundizaría la colocación del partido como un adorno cada vez menos necesario. Desde diciembre de 2015 hasta ahora, el gran enigma electoral es el peronismo, lo que significa la estructura del PJ y los amplios círculos concéntricos que siempre tiene a su alrededor. El enigma ha tenido ya un recorrido. El punto de partida fue una poderosa onda centrífuga que en los primeros meses del año pasado proponía la renovación peronista bajo la voz de orden de la responsabilidad, la gobernabilidad y la autocrítica (entendida esta última como la censura al kirchnerismo). En ese clima se alcanzó la normalización legal del partido rodeada de un clima de fin de época que no atenuaba demasiado la presencia en el interior de la nueva conducción formal de algunos dirigentes identificados con el gobierno anterior. Desde entonces cambió el clima político, al compás del cambio del clima social con el rechazo movilizado a los tarifazos y con los datos declinantes del favor popular con el Gobierno que los sondeos de opinión fueron registrando. Y la síntesis de este movimiento fue y es la popularidad de Cristina, inesperadamente resistente a la persecución judicial y a la calumnia sistemática y cada vez más inescrupulosa a la que la somete la maquinaria mediática. Los “números” de Cristina son uno de los atractivos de estos días. La razón es que, si bien es cierto que en la superestructura justicialista no predominan sus simpatizantes, tampoco abundan los que estén dispuestos a inmolar sus carreras políticas en el altar de un antikirchnerismo clarinista militante; la mayoría del sistema político justicialista es y será pragmático y calculador o no será. La estructura de intendentes peronistas de la provincia de Buenos Aires ha pasado de una centrifugación en la que el lugar central lo ocupaba la diferenciación respecto del kirchnerismo a una especie de prudente armisticio que permite una compleja convivencia envuelta en un renovado optimismo electoral y en lo que podría llamarse una “ideología de la unidad”, según la cual lo importante es ir juntos, de lo demás ya habrá tiempo para hablar. Por otro lado el carácter legislativo de la elección permite y alienta esa política: no estará en juego una candidatura nacional ni las gobernaciones; pueden florecer las mil flores, de manera que la aritmética electoral funcione bien para el conjunto y que los desempeños distritales –especialmente en las provincias decisivas– construyan un inequívoco mapa de la representatividad popular de cada uno. También en los anillos más amplios del panperonismo –incluidos centralmente quienes apostaron a Massa después de su rutilante despegue de 2013– las cosas han ido cambiando. Varios de sus referentes más representativos han construido una especie de paraguas discursivo en el que dan por sentado que no son partidarios de Cristina, pero a partir de ese hecho muy evidente han intensificado su crítica al Gobierno en los principales aspectos de su gestión. Hay algo así como el grupo de los peronistas dentro del Frente Renovador que periódicamente dan señales de unidad interna y autonomía respecto de Massa, lo que tiene la doble virtualidad de mejorar la disputa de poder interno y mantener las antenas abiertas a otras formas posibles de ser peronistas. Se verá si esas formas incluyen la disposición a formar listas comunes con “procesados” según la fórmula proscriptiva que suele emplear el dirigente de Tigre. Un capítulo central de esta escena es el que concierne a las organizaciones sindicales y sociales conducidas o centralmente influidas por el peronismo. Marzo asoma como el fin de la tregua de la CGT y el Gobierno. Las múltiples resistencias populares al atropello neoliberal pueden ser también parte del clima en el que finalmente los argentinos hagamos nuestro balance. El problema de las mesas de arena del panperonismo es que las estructuras –las dibujadas y las realmente influyentes– tienen una capacidad de control del voto popular en lenta pero sensible declinación. La amplitud política es un requisito crucial en una época en que el sectarismo equivale a complacencia con el gobierno de los Ceos. Pero sin un discurso político claro y una hoja de ruta más o menos perceptible, la unidad puede ser –o ser percibida, lo que en política es lo mismo– como un amontonamiento oportunista, como un reflejo defensivo de una burocracia política que se siente amenazada y está dispuesta a tragar sapos para mantener un lugarcito en la distribución de cargos. A la hora de pensar en renovaciones peronistas no habría que olvidar que en 2003 el movimiento sufrió en plenitud la indignación del pueblo contra la estafa de la alternancia de la época. No habrá un debate programático posible entre quienes se oponen a la ofensiva neoliberal capaz de prescindir del balance de una época. Pretender una unidad nacional-popular haciéndose los distraídos respecto de la discusión política sobre el sentido de los años kirchneristas puede parecer un buen recurso de marketing electoral pero no sintonizar con un humor popular que está haciendo las necesarias comparaciones de cómo se vivía en diciembre de 2015 y cómo se vive ahora.

Xenofobia y violencia Por Roberto Samar Algunos discursos construyen las identidades colectivas a partir de la diferenciación del otro. Excluimos al “otro”, nos diferenciamos y nos definimos en oposición. Ese otro generalmente será ocupado por un sector históricamente vulnerado, con poca capacidad para defenderse. Ese sector será colocado en el lugar de chivo expiatorio. Es decir, sobre él canalizaremos nuestras angustias y lo responsabilizaremos de nuestros problemas estructurales. En nuestro país en momentos de crisis los migrantes de los países limítrofes ocuparon ese lugar. En la década del noventa ese discurso racista responsabilizaba a los migrantes de la desocupación. De esa manera, como el árbol que nos tapa el bosque, perdíamos de vista la convertibilidad, las privatizaciones y la importación indiscriminada. A este discurso no le molestan las personas que nacieron en otros territorios, simplemente. Como estamos atravesados por una mirada eurocéntrica, idealizamos las sociedades que nos dominaron y dominan. A colectivos de migrantes europeos los asociamos a valores positivos. Mientras tanto, miramos despreciativamente a los hermanos y hermanas con quienes padecimos el mismo genocidio, las mismas dominaciones y las mismas dictaduras impulsadas por los países del norte. Actualmente estamos viviendo una exaltación del discurso racista y xenófobo: el senador Miguel Ángel Pichetto sostuvo que “el problema es que siempre funcionamos como ajuste social de Bolivia y ajuste delictivo de Perú”. La ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, responsabilizó a ciudadanos “peruanos, paraguayos y bolivianos” por el aumento del narcotráfico en la Argentina. Nuevamente no pensamos en nuestros problemas estructurales. Nos olvidamos de la asistencia a las personas que tienen un consumo problemático y de los vínculos entre las drogas y los poderes del Estado. La culpa es de “ellos”. Cabe aclarar que según un informe de la Dirección Nacional Política Criminal del Ministerio de Justicia de la Nación el 82% de los detenidos por infracción a la ley de Drogas son argentinos. Lamentablemente, los discursos no quedan ahí. Cuando se estigmatiza a un sector social, estos se transforman en prácticas violentas: el Consulado de Bolivia dio a conocer el maltrato sufrido por una mujer, que cursa el quinto mes de gestación, por parte de una obstetra de un hospital público de Salta, quien, según sus dichos, la acusó de ser boliviana buscando atención gratuita, sin prestar atención al carnet que acreditaba su residencia en Neuquén. Recordemos que según nuestra ley de Migraciones: “No podrá negársele o restringírsele en ningún caso el acceso al derecho a la salud, la asistencia social o atención sanitaria a todos los extranjeros que lo requieran, cualquiera sea su situación migratoria”. En torno a la percepción de estas situaciones, según el Mapa de la Discriminación del Inadi, en la Argentina 71 de cada 100 personas considera que se discrimina mucho o bastante a las personas migrantes de los países limítrofes. Como sociedad deberíamos cuestionar los discursos que exaltan la xenofobia, los cuales son funcionales a la reproducción de nuestros problemas estructurales y alimentan la violencia que sufrirán sectores particularmente vulnerables de nuestra sociedad. *Licenciado en Comunicación Social, docente de Comunicación y Seguridad Ciudadana, UNRN
Unidad nacional Por Edgardo Mocca La consigna de unir a los argentinos tiene una larga historia en la política argentina. La usó el nacionalismo popular en apoyo de un proyecto soberanista e inclusivo. La usaron todos los golpes de estado como sostén retórico de la proscripción y la persecución de fuerzas a las que se calificaba de foráneas y antinacionales, conformadas, claro está, por luchadores sociales y políticos que resistían la orientación política de los usurpadores. El extremo de la utilización política de la apelación a la unidad lo constituye el recurso de la última dictadura cívico-militar del llamado a los argentinos a enfrentar la campaña internacional “antiargentina” que consistía, como se sabe, en las denuncias de la masacre genocida que recorrían el mundo. Tiene algún valor la idea de unidad nacional? Después de la derrota militar en Malvinas, se fue construyendo una suerte de consenso intelectual crítico a la fórmula, en obvia sintonía con los vientos neoliberales que empezaban a recorrer el mundo. La fallida e irresponsable operación militar en las islas sirvió de soporte a la idea de que toda apelación a la unidad nacional traía escondido en su interior el doble fantasma de las unanimidades autoritarias y de las aventuras chovinistas. La única patria son, se decía y se dice, la constitución y las leyes. Con el triunfo de la reestructuración neoliberal operada en los noventa por el menemismo y trágicamente completada por la “primera Alianza”, la sola mención a la idea de patria o a la de soberanía despertaba conjuros descalificadores: el patriotismo era una expresión de incomprensión del nuevo mundo que había terminado de nacer con la caída del muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética. Lo nacional no había sido más que una etapa de la historia de la humanidad que rápidamente estaba extinguiéndose bajo el peso de una globalización a la que, sin ningún reparo, se entendía como un gigantesco paso de progreso humano. El entusiasmo insolvente de cierta academia llegó a argumentar la necesidad imperiosa de un “gobierno mundial”. Después vinieron tiempos de crisis. De una crisis nacional de inédita profundidad y de catastróficas consecuencias sociales, culturales y políticas, que a la vez era un capítulo de la larga crisis de la globalización capitalista, que en los últimos meses se ha agudizado y proyectado a la esfera política, al modo político de ejercicio de la dominación. Así lo testimonian el triunfo de Trump y el Brexit británico, así lo insinúan los negros presagios sobre la estabilidad del sistema político que acompañó y sostuvo la transformación neoliberal en Europa. En el país y la región, la crisis fue seguida por un profundo estremecimiento político, en cuyo interior reaparecieron actualizadas y ampliadas las viejas demandas de independencia, soberanía e integración regional. El establishment local y global se declaró rápidamente en pie de guerra contra este retorno de lo nacional y construyó una amalgama entre el nacionalismo popular de los nuevos gobiernos y el supuesto designio autoritario en cuyo sostén se activaba nuevamente la retórica soberanista. Curiosamente la cuestión de la unidad nacional ha vuelto a ser el centro de una controversia. Desde la campaña electoral y después de su asunción, Macri ha puesto la cuestión en el centro de su discurso: unir a los argentinos es una de las tareas que se ha autoimpuesto. ¿Qué significado real tiene esta nueva apelación a la unidad? Es claro que la idea de unir a los argentinos en el contexto de una política de concentración de la riqueza, apertura de la economía y alineación plena con los grandes centros mundiales de poder económico, financiero y político, no puede significar otra cosa que la tarea de construir un consenso político que le dé consistencia al nuevo ciclo neoliberal. Como las unidades y los consensos nunca son absolutos (ni siquiera en los más autoritarios de los regímenes que conoce la historia) se puede interpretar el objetivo como la recuperación de los niveles de apoyo que el proyecto alcanzó durante la década de los noventa y su capacidad para invisibilizar y neutralizar las resistencias a su ejecución. Todo lo que se hace en términos de operaciones mediático-judicial-serviciales para estigmatizar líderes y pertenencias políticas colectivas es, ni más ni menos, que el soporte práctico de esta curiosa “unidad nacional”. ¿Vale la pena disputar el significado de la unidad nacional desde una perspectiva antagónica con el curso asumido por el actual gobierno? Se puede entrar en el tema con la escena dramática de cierres de empresa que se viene desarrollando en los últimos meses y se agudiza en estos días. El telón de fondo sobre el que se recorta el drama es la reaparición del discurso contra la producción nacional, aquel que inspiró el tristemente célebre spot de propaganda videlista, en el que se mostraba a un hombre caerse al suelo por intentar sentarse en una silla de fabricación argentina. Vuelve toda la retahíla: la importación baja los precios, mejora la calidad de los productos que consumimos; los empresarios de empresas “inviables” tienen que “transformarse”, “readaptarse”; el estado no tiene por qué hacerse cargo de la improductividad de los empresarios…Por eso ahora estaríamos en una “transición” que terminará cuando la industria argentina haya alcanzado grados de “productividad” y “competitividad” que lógicamente exigirán progresivos ajustes regresivos, caída del salario, mayor desocupación y así de seguido; así, parece, llegaremos a ser como Australia. Un hermoso proyecto de futuro que se quiere alcanzar (¡una vez más!) sobre la base de la miseria popular y el desmantelamiento del aparato productivo nacional. A este ejemplo se podrían sumar otros, en realidad casi toda la política que aplica la Alianza Cambiemos; el endeudamiento, el vaciamiento del Estado, el avance estatal-familiar contra la aerolínea de bandera, la reducción de la política científico-técnica y así de seguido. La idea de unidad nacional en una coyuntura como ésta tiene un lugar central en la discusión de ideas. El debilitamiento nacional es evidentemente inseparable del empobrecimiento de la sociedad argentina. La unidad nacional no es, vista desde esta perspectiva, una cuestión abstracta. Es un asunto político-programático de primer orden. Significa lo contrario del sectarismo, del cálculo electoral personal o de grupo, de la esperanza particularista y corporativa de salvarse solos en medio de la decadencia nacional. La unidad nacional es multisectorial, policlasista e ideológicamente amplísima: solamente excluye en principio al puñado, progresivamente más pequeño, de beneficiarios del despojo. Obviamente los que se quedan con las licitaciones, con las concesiones de telefónía celular, las rutas aéreas, las condonaciones de deuda, los favores financieros, las superganancias rentísticas, es decir con todo, no tienen interés en ninguna unidad nacional que no signifique el resignado consenso a la política en curso. Entonces la unidad nacional es el nombre de un acto de creación política, de hacer nacer algo que no existe. Algo, además, que ha sido erosionado fuertemente por algo que más que una ofensiva política merece llamarse una guerra psicológica a la que asistimos sin solución de continuidad en los últimos años. La llamada grieta es el resultado de una fuerte ofensiva antinacional ejecutada por los aparatos de formación autoritaria de opinión social, piadosamente designados con el nombre de medios de comunicación masiva concentrados. Y es un operativo con el que involuntariamente colaboran (colaboramos) quienes por momento prefieren refugiarse en las propias verdades, cultivarse como sectas elegidas y despegarse de las impurezas que todo proceso de unidad, de reunificación, arrastra. Marzo se insinúa como un mes crucial para enderezar la proa hacia la unidad nacional. Estarán la cuestión social, la cuestión obrera y la cuestión de género. Se juntarán, en todos los casos, multitudes integradas por un vastísimo arco social: docentes, trabajadores industriales y de servicios, desempleados, habitantes de barrios cadenciados, productores, pequeños, medianos (y no tan medianos) empresarios, profesionales y científicos, estudiantes universitarios, hombres y mujeres que ven la violencia y la discriminación de género como una amenaza central a la vida en común. Las acciones de protesta y las concentraciones no pueden ser pensadas como fragmentos dispersos sino como torrentes que hay que hacer converger para poner fin al atropello y la arbitrariedad. Y de alguna manera ya han empezado a converger. No, claro está, como una fórmula electoral para octubre, sino como un sistema de demandas que se va haciendo lugar en la política argentina. Una profundidad y una energía de lucha que ya ha permeado a todos los campamentos políticos. Decidió a los indecisos, hizo moverse a los que querían quedarse quietos, hizo regresar a otros de la luna de miel de Davos y hasta ruborizó a algunas figuras conspicuas de la Alianza, que dicen empezar a advertir un exceso de “errores” en la política del gobierno. La movilización multisectorial va diseñando un programa político. Una plataforma de defensa del empleo y la producción nacional, de reactivación de la demanda sobre la base del mejoramiento efectivo de los salarios, de recuperación de la inversión en el desarrollo social, educacional y científico-técnico, de freno del drenaje de recursos producido por el irresponsable endeudamiento contraído en pocos meses de gobierno, de soberanía en nuestras relaciones internacionales, de recuperación plena del estado de derecho, oscurecido por la ilegal detención de Milagro Sala y de cese de las operaciones de persecución político-judicial. Si este programa se fortalece y se amplían sus bases, todo lo que habrá que hacer en los próximos meses es darle una forma política a esa unidad nacional y asegurar que las candidaturas comunes en octubre den las mayores garantías de su plena representación.
Carta de Milagro Sala: "No hay nadie que le pare la mano a Gerardo Morales" La líder de la Tupac está detenida de manera irregular hace más de un año. Escribió una carta abierta al conocerse que quiso lastimarse con una tijera, luego de enterarse que le armaron otras tres causas en su contra. Por Milagro Sala Lo que pasó el miércoles a la noche me sacó de las casillas. Una de las mujeres que están internadas acá, inducida por el personal, supuestamente el personal tenía orden de arriba de que me comiencen a macanear, que me comiencen a molestar, y ella se puso a decir a los gritos en horario de visita que si afuera no me habían matado ella me iba a matar. Aduciendo que yo la había amenazado. Después recibo la notificación de que tenía que ir el otro día notificarme de tres causas por amenazas y fue la última gota que rebalsó el vaso. Porque hay que tener paciencia. Por lo que estoy molesta y cansada de que por cualquier estupidez me hacen causas. Uno es un ser humano. Y por mi familia también, que se la han pasado escuchando en los medios jujeños un montón de estupideces. Por eso es que llegó un momento que la verdad se metieron con mis hijos, con mi marido, con mi familia. Ahora, a la llegada de los organismos internacionales que vienen en mayo, ellos siguen armándome más causas. Y lo peor es que están tratando de tirarme un muerto, dos muertos, de relacionarme con el narcotráfico para que cuando vengan los organismos quien te habla sea la peor escoria de Jujuy y que le den la razón a Gerardo Morales en que tenerme detenida está bien. A mí todo esto me molesta. Y también me están usando para tapar los grandes negocios que están haciendo en Jujuy. Uno de los tantos grandes negocios es la desaparición de 300 millones de pesos, que ha hecho desaparecer Gerardo Morales con su hermano Freddy y su patota de funcionarios del Poder Judicial, el Legislativo y el Ejecutivo. Todo esto lamentablemente es lo que a mí me puso mal. Y la sentencia también que me han dado en diciembre, donde no tienen ninguna prueba. Y si los juicios contra mi persona van a ser así, de tantas causas que me han armado, voy a terminar con cadena perpetua. Todo esto es lo que a uno como ser humano, como persona, lo termina desequilibrando. Se los dije el otro día al juez y al fiscal. Que si la señora Titina Falcone está bajoneada por las causas que se le han abierto por todas las irregularidades que ella tiene en el Poder Judicial, se imagina cómo puedo estar yo, que me armaron 11 causas en un año y dos meses. Todos los días inventan juicios contra mi persona. Gerardo Morales ha puesto muchísima plata para que cualquier estúpido me invente una causa por amenazas o que he mandado a pegar a alguien o que estoy relacionada con el narcotráfico o que estoy relacionada con cualquier muerte. Esto es lo que me da bronca porque no hay nadie que le pare la mano a él. Es por eso que me encuentro de la manera que me encuentro; por eso es que el otro día me dio muchísima bronca y he intentado hacer lo que hice, lo que ya es público. Decir hasta aquí he llegado. Es el límite de una persona, ¿no?

Los gestos del colonizado por Horacio Gonzalez A primera vista, Juliana Awada parece haber ganado la disputa contra Letizia con un vestido de tul labrado con aplique de hilos de seda. Pero no nos entusiasmemos porque los reinados no son fáciles y los borbones tienen una larga relación con América. Esos hilos de seda no presidieron la mayoría de las declaraciones de Macri que afirmó con Vargas Llosa su espíritu intervencionista contra Venezuela pero cuando el escritor peruano le preguntó sobre el peronismo se asustó. Los señores de Borbón pertenecen a antiguas dinastías, que se remontan al origen de Francia y en diferentes períodos la gobernaron –a través de distintas ramas, antes y después de la Revolución Francesa– y también a España hasta hoy, con diversas y muy conocidas interrupciones “napoleónicas”, y luego la República del 36, entre otras. ¿Es fácil competir con ellos? A primera vista Juliana Awada lo consiguió con un traje de “tul labrado con apliques en hilo de seda realizados exclusivamente para este vestido en color rosa con tinte saturado con visón, de falda campana con un corsage armado sobre una transparencia de nube”. ¡Bravo! Pero no nos entusiasmemos. Los reinados no son fáciles y los borbones tienen una larga relación con América. Fundaron el Virreynato del Río de la Plata, ejercieron nuevas presiones tributarias, expulsaron a los jesuitas, mantuvieron a medias el monopolio comercial, a medias lo abrieron, estimularon la producción de productos territoriales diversos con técnicas más modernas de administración y explotación, se especializaron en la minería de plata desde Potosí a México. ¿Se les puede enseñar algo, ganarle la competencia del look cuando la monarquía quiso lucirse con sus aires añejos, sin caza de elefantes, con viejos ornamentos en palacios barrocos, neoclásicos y tributos militares de la afiatada Guardia Real? Pongamos que sí, que un modisto porteño tiene el talento de usar tules en nubes transparentes y mostrar un resultado admisible en la pugna entre dos plebeyas. Más lo es la española, pues aquí no hay monarquía con la que comparar a una chica, especialista en modas y comercio textil de la burguesía portuaria (dejemos ahí esta anticuada denominación). La otra plebeya, la española, simboliza la recreación de la tradición de una rama borbónica en alianza con los grandes medios, todo lo simbólica que se quiera, pero con resultado efectivos de dominio. Letizia era una de las más populares presentadoras de la televisión, lo más parecido que hay a la creación de artefactos radiantes de las modas y la elaboración de las figuras femeninas primorosas del poder (más allá de sus intereses formativos, subjetivos o culturales más íntimos). Tanto Clarín como La Nación comentaron el sigiloso torneo entre las dos damas con una seriedad informativa que no mostraron cuando destrozaron las carteras de una supuesta marca elegante que para esta semiología obtusa, dominaba el período anterior. Esos hilos de seda, no obstante, no presidieron la mayoría de las declaraciones de Macri. En primer lugar, el intento intervencionista en Venezuela, que surge de la entrevista de Vargas Llosa. El escritor peruano es marqués de ese Reino, que en épocas más lejanos reprimió en el mismo país de él la insurrección de Tupac Amaru. Pero no empecemos con chicanas, que de todas maneras no lo son tanto. Con Venezuela, acuerdo total Macri-Rajoy-Vargas Llosa. Profusión de hilo de plata, tules y velos. ¿Con el peronismo? Vargas Llosa invitó a dar por terminado el ciclo peronista y asustó a Macri, que salió más o menos bien parado, pues debió primero, dejar constancia de sus alianzas borrosas con un núcleo parlamentario y funcionarios gubernamentales del partido fundado por Perón y luego admitir, para el gusto del novelista, un posterior segmento condenatorio. Así que en primer lugar, debió recordar que buena parte de sus votos en el parlamento vienen de las orientaciones de gobernadores peronistas a sus diputados. El embajador argentino en España, Puertas, ex gobernador peronista de Misiones, es un importante empresario yerbatero. Estaba allí. Le dio mate a Felipe VI. ¿No sabe que los educados monarcas europeos saben de artes militares, culinaria, filosofía al paso –como cosa menor–, la caza –como cosa mayor–, concursos de belleza, reglas de cortesía, política de la lengua, inversiones off-shore, estudian en universidades norteamericanas y hasta pueden ser economistas? Los jesuitas inventaron el mate tal como lo conocemos. Lanzamos un elogio, después mejoró la hierba el francés Thays. Queremos decir que si es así desde el siglo XVII, ¿qué cosa de Sudamérica no saben los antiguos colonizadores? ¿No es una vergüenza que el embajador les sirva mate como curiosidad folclórica en medio de los asuntos que se trataban? Gestos del colonizado que no conoce lo que el indulgente colonizador sabe verdaderamente de él. Veamos la conclusión de Macri sobre los fantasmas de Vargas Llosa: el populismo peligrosísimo, es el que se circunscribe al chavismo y al kirchnerismo. Nuevamente, desvió la pregunta hacia Venezuela y hacia el espectro circundante de Cristina. Aparte, señor Llosa, con Macri no intente derivas teóricas, como esa de que en nuestro país y otros de Latinoamérica, se descartó el golpe de estado por las derechas y la insurrección social por parte de las izquierdas, con lo que quedaría indemne solo el liberalismo de tul e hilos de oro que comanda el señor argentino, esposo de la triunfante Juliana con su falda campana. Macri no va en dirección a ese tipo de razonamientos, más difíciles de aprender frente al espejo, pero las saetas envenenadas que salen de una mente obstinada, sí que las dirige bien, por caso, esa observación sobre su preocupación “humanista” por Venezuela debido “a cómo recibió a los exilados por derechos humanos por la última dictadura?” ¿Cómo? Sí, escuchamos bien. Defensor de los derechos humanos, el aprendizaje que los partidos y corporaciones de la gran globalización hicieron en las últimas décadas; acusan a sus verdaderos portaestandartes de hipócritas y ellos se erigen en sus nuevos defensores, no importando nada lo que antes considerábamos una mínima validación de la realidad para afirmar cualquier cosa que sea. Ellos, que editorializan todos los días contra las políticas reales de derechos humanos que hubo en este país, con el alfonsinismo y el kirchnerismo, son los mismos que levantan esa bandera en el aire, apenas un “corsage de nube”, pero con una mano; con la otra ponen presa a Milagro Sala sin dar explicaciones o dando pretextos mezclados con evasivas. Oh, en eso sí abundó Macri. Se pone a disposición de los Juristas internacionales, que visiten Jujuy, que la Corte decida. Ante el partido de Rajoy todo le sale bien, cuando éste explica que él intercederá ante Trump para endurecer la posición ante Maduro. Y Macri –lo que Rajoy precisaba para enriquecer su figura de “Gerardo Morales” español pero de alcances “borbónicos”-, replica: ¡Hay presos políticos en Venezuela! ¡Es que Rajoy y Macri, no desean dejar nada en pie! ¡El peronismo no parece ser un problema, se “autopurifica”!, explica Macri en el máximo de su desprecio, y a Maduro, leña. Este es su momento, el momento de ellos, ahora o nunca, y encima reflotan el Mercosur con un tímido cosquilleo en Trump, al que “hay que darle tiempo” (es lo mismo que Macri dice para él) pues tarde o temprano se acomodará. Limitados pensamientos estos. Un editorialista perspicaz de La Nación señaló que Podemos estaba en contra de los pactos económicos regidos por el anterior gobierno norteamericano y ahora Trump también. Con lo que Macri y Rajoy serían los abanderados de una pequeña sublevación monárquico-yerbatera contra el Gran Imperio de los hijos desfigurados de Lincoln. No, otra vez no. No se conoce ninguna izquierda mundial que esté “tácticamente” con Trump; puede haber diferencias en el análisis de los “efectos” sobre el cuadro mundial. Los borbones, como se sabe, tienen una larga lista de alianzas en su historia de varios siglos. Siempre con los poderes económicos de cada época, además de los creados por ellos. Se pelearon con los jesuitas que según como se miren son también una fuerza económica, pero se aliaron con Bancos o los fundaron, con fábricas o las fundaron. Fueron los “liberales autoritarios” de las monarquías europeas, y ahora en asociación firme con el partido de Rajoy y con el sistema financiero entrelazado a la Telefónica, industria de las comunicaciones, las finanzas y la lengua (a propósito, se anunció que el próximo Congreso de la Lengua se hace en nuestro país). Ahí se ha desplazado el problema que trataba de considerar la Ley de Medios del kirchnerismo que había inhibido al “triple play” (condición de la oposición de entonces para votar la ley), o sea a la entrada de las telefónicas en el horizonte empresarial de los medios gráficos y televisivos. Ahora el macrismo tiene el tema adentro, la disputa de Telefónica y el “gran diario”, por la desmonopolización entrecruzada entre ellos mismos a propósito del control comunicacional del país. La proclama de Iñigo Errejón en el parlamento, definiendo con precisión la situación de la resistencia argentina, pareció una exclamación aislada que venía de lejos, apenas audible. Pero se escuchó, lo escuchamos. Esa voz es más profunda que la protocolar algazara del “cambiemos”, pues envuelve al acto mismo de cambiar, lo arropa, lo transforma de verdad en algo auténtico, y la vuelta no aparece, a su vez, como una fantasmagoría minoritaria sino como una corriente subterránea que postulan tarde o temprano los pueblos cuando perciben que un hecho desgraciado está a punto de disolverlos como tales, entre gasas flotantes, adventicias, e hilos de seda postizos.