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Duelos de honor entre caballeros

Info1/14/2013
Con la llegada de la modernidad en todos los ámbitos de la ciencia, la tecnología y la política, los caballeros más granados de las principales capitales europeas dirimían las más fútiles disputas con la justicia del acero o la pólvora. La moda de los duelos sacudió las sociedades europeas, masculinas, que veían como muchos de sus mitos se venían abajo. Revivía una moda que había nacido en la oscura Edad Media y que tuvo su momento álgido con los espadachines del siglo XVII. Los duelos podían efectuarse con la espada de duelo europea o —desde el siglo XVIII en adelante— con pistolas. Con este fin se fabricaban artesanalmente bellos pares de pistolas de duelo para uso de los nobles ricos. Cada parte en disputa debía elegir un rpadrino que acordaría el sitio del «campo de honor», cuyo principal criterio de elección era que estuviera aislado para impedir interrupciones. Por la misma razón, los duelos se efectuaban tradicionalmente al amanecer. También era deber de cada parte comprobar que las armas fueran iguales y que el duelo resultara justo. A elección de la parte ofendida, el duelo podía ser «A la primera sangre», en cuyo caso finalizaba tan pronto como uno de los duelistas resultaba herido, incluso si la herida fuera leve. Hasta que uno de los contrincantes fuera «severamente herido», de forma tal que se encontrase físicamente incapacitado para continuarlo. «A muerte», en cuyo caso no habría satisfacción hasta que la otra parte estuviera mortalmente herida. En el caso de duelos «a pistola», cada parte podía disparar un tiro. Incluso si ninguno acertaba el disparo, si el desafiante se considerase satisfecho, el duelo podía declararse terminado. También un duelo a pistola podía continuar hasta que uno de los duelistas fuera herido o muerto, pero un intercambio de más de tres series de disparos era considerado bárbaro, además de ridículo por la falta de puntería. El honor, esa abstracta vestimenta que ungía al hombre, se convirtió de repente en un pedestal del que nadie se quería bajar y por el que bien valía la pena morir o dar muerte, como si de un caballero medieval se tratara. Las más absurdas de las disputas acababan en un duelo, muchas veces poniendo en un verdadero aprieto a sus protagonistas, como fue el caso del escritor norteamericano Mark Twain que evitó por poco enfrentarse en duelo con el editor de un periódico rival, posiblemente por la rapidez mental de su padrino, que exageró la puntería de Twain con la pistola. En la década de 1880 los duelos hacían furor y, aunque no lo parezca, siguieron de moda hasta bien entrado el siglo XX. No en vano, el último duelo con espada del que se tiene noticia en Francia fue en 1967, entre Gaston Defferre y René Ribière, ni más ni menos que dos diputados de la Asamblea Nacional. Y es que los duelos entre los políticos franceses eran muy habituales, el mismo primer ministro Georges Clemenceau (1849-1929), se batió a lo largo de su vida en doce duelos: siete con pistolas y cinco con espadas, de las que era una especialista. El último duelo con espada del que se tiene noticia en Francia fue en 1967, entre Gaston Defferre y René Ribière, ni más ni menos que dos diputados de la Asamblea Nacional. Pero los duelos no eran solo terreno de militares y políticos, destacados y refinados miembros de la cultura francesa como Marcel Proust se batieron en duelo en multitud de ocasiones, en su caso para defenderse de acusaciones de homosexualidad. O reconocidos pacifistas como Léon Blum, futuro primer ministro en el gobierno del progresista del Frente Popular, o Jean Jaurès, fundador del diario L’Humanité, no dudaron en empuñar sus armas para defender su honor. El mismo Anatole France, premio Nobel de Literatura en 1921 afirmaba que el duelo era “la primera herramienta de la civilización, el único medio descubierto por el hombre para reconciliar sus instintos brutales con el ideal de justicia”. En la Alemania imperial de Guillermo II los duelos eran una institución en las hermandades de estudiantes (Burschenschaft), donde los jóvenes borrachos e inflados de los valores prusianos se batían en duelo con pesados sables (nada de las espadas ligeras francesas o las pistolas, armas de muchachas) bajo el ritual del Mensur, su estricto reglamento. Para los estudiantes de la hermandad las cicatrices en el rostro serían un valor seguro para el ascenso, un mérito que reconocerían unos superiores comprensivos que también habían pertenecido a alguna de esas hermandades. Era la realidad de un mundo y una sociedad que estaba por terminarse, paradójicamente en un horrible baño de sangre del todo injusto. link: https://www.youtube.com/watch?v=OXFjeBXJrkU link: https://www.youtube.com/watch?v=x_9e4-N6svA
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