El Presidente se sentó y llamó a su secretaria por el interconmunicador. Pidió una hoja con el membrete de la Presidencia. Tomó su lapicera y comenzó a escribir: "Buenos Aires, 20 de diciembre...". Algo lo molestaba. Levantó la vista y vio a sus ministros que conversaban al otro lado del escritorio.
—¿Se quieren correr que no me puedo concentrar? —ordenó con su voz ronca.
Sólo Adalberto Rodriguez Giavarini se quedó a su izquierda y le ayudó a redactar el texto hasta el final, hasta la firma: De la Rúa. Eran minutos después de las 19 del jueves 20 de diciembre de 2001. Era la renuncia.
Aquel día tan cercano ya es parte de la historia argentina. Porque cayó un presidente que sólo dos años y dos meses antes había sido elegido por el 48,5 por ciento de los votos y disfrutaba de un 70 por ciento de imagen positiva; porque un Gobierno de coalición, que había llamado a reconstruir la credibilidad en los políticos, acabó en la disolución; porque lo que se vislumbró como una esperanza de cambio terminó entre saqueos, cacerolazos, protestas masivas, represión y muertes.
No se trató del derrocamiento "tradicional" de un gobierno argentino. Si se quiere, fue el primer derrocamiento de un gobierno constitucional cuyos protagonistas y ejecutores fueron civiles. Y en ese drama intervinieron varios factores: los errores reiterados y la obstinación del propio Presidente; una oposición, en el peronismo pero también en la Unión Cívica Radical, que no vaciló en empujar a una administración tambaleante; un cerco económico internacional capitaneado por el FMI y un frente político interno que asfixió al Gobierno con la exigencia del abandono de la convertibilidad para pasar a la dolarización total de la economía, o a la devaluación.
De la Rúa sembró de piedras su camino al fracaso desde los primeros días de su gobierno:
Aplicó un impuestazo y un recorte de salarios públicos que destrozó los ingresos de la clase media, su sostén electoral.
Toleró, hasta más allá de lo razonable, una campaña contra su vicepresidente que había denunciado coimas en el Senado: Carlos lvarez renunció apenas diez meses después de haber asumido.
Ató su suerte a la de Domingo Cavallo y reformuló su gabinete para terminar con lo poco que quedaba en pie de la Alianza que lo llevó a la presidencia.
En octubre de 2001, cuando la Alianza fue derrotada en las urnas, el justicialismo olió que el poder estaba al alcance de la mano. Y empezó a actuar. Inició una fuerte embestida desde el Congreso y las provincias que gobernaba; se negó a firmar un acuerdo con el Gobierno en vísperas de un viaje de De la Rúa a Washington; presionó hasta transformar a uno de los suyos en jefe del Senado y virtual vicepresidente y terminó por consentir o alentar los saqueos en el Gran Buenos Aires.
El 10 de diciembre el FMI dio por incumplido el acuerdo del blindaje económico y no giró el tercer tramo del megapréstamo de 1.264 millones de dólares. El ahogo económico disparó la embestida de políticos, empresarios y sindicalistas que exigieron la renuncia de Cavallo.
Cercado por la realidad, por su propia debilidad e ineptitud y por su obstinación en no modificar el rumbo de la economía, De la Rúa aceptó el plan que propuso Cavallo: se estableció así un corralito que confiscó los ahorros e inmovilizó los salarios depositados en los bancos. La conmoción alcanzó a desocupados y comerciantes, a indigentes y ahorristas. Hasta que sectores habitualmente desmovilizados de la sociedad salieron a la calle a manifestar su ira: habían nacido los cacerolazos.
La desesperación de los sectores más postergados, alentada desde el sistema político, derivó en saqueos que nacieron en el interior y llegaron al conurbano.
Al final, el Gobierno ya era incapaz de manejar a la Policía Federal, que reprimió a los manifestantes y dejó un tendal de cinco muertos a metros de la Casa Rosada.
El Equipo de Investigación, a lo largo de los últimos tres meses, reconstruyó las horas finales del Gobierno de De la Rúa. Lo que sigue es la crónica de una nueva tragedia argentina que, por los ásperos hechos que le siguieron, no tuvo hasta hoy tiempo de ser contada. Esta historia tiene, entonces, los ojos de sus protagonistas.


