Estoy bastante lejos de ser un tadinga. El documento no me ayuda para nada. A medida que uno crece y se convierte en adulto comienza a hacer comparaciones de la vida actual con respecto a la niñez que le tocó vivir. Una de las cosas en las que siempre entro en comparaciones es con respecto a la escuela.
En mi época de alumno ni bien entrabas al colegio tenías la dirección, ese lugar tan temido, a donde podías ser conminado a cumplir una condena por alguna falta disciplinaria. En pocos casos era un lugar de prestigio: tal vez por ser un buen alumno te mandaban a buscar algo que se hubiera olvidado la maestra, si eras candidato a llevar la bandera en alguna fiesta patria, pero de la misma forma que ocurre en las prisiones eras mal visto por tus compañeros si ibas por buenas razones a codearse con la autoridad.
Si te portabas demasiado mal y además de pasar por la dirección te mandaban a tu casa con una nota para tus viejos, ¡para qué!, eso era tremendo. Te transpiraban las manos, no comías, no querías salir a jugar, porque sabías que tarde o temprano se los ibas a tener que decir, y por supuesto mientras más tarde peor. A esto se le combinaban dos cuestiones: el reto de la maestra y de la directora, quienes eran una institución en sí misma, y el de tus viejos, que además de ir al colegio al otro día después, indefectiblemente, se ponían del lado de las autoridades y a la vuelta a casa te esperaba una dura sanción, estabas seguro de que tus viejos te iban a colgar.
Ahora en cambio, los pibes no sólo no muestran ningún tipo de respeto por los maestros sino que además los docentes corren el riesgo de ser increpados o hasta incluso agredidos físicamente por los padres por sancionar a su hijo, desautorizándolos además en su rol de formadores.
Creo que para que un proceso educativo sea saludable y correcto los dos protagonistas fundamentales e irreemplazables (docentes y alumnos) deben contar con las mejores condiciones. Eso implica fortalecer el estatus profesional del docente, es decir, ingresos, reconocimiento, autoridad y capacitación para que pueda consagrarse efectivamente a su función, y establecimientos acordes para que los chicos puedan estudiar.
Otro tema eran las malas notas: en cuanto te empezaba a ir mal con las notas la maestra llamaba a tus viejos, si antes no iban a ellos a hablar con ella. No habían dudas, había que mejorar. O clases particulares o más tiempo con tareas, pero había que aprender. Ahora los padres van a reclamarle a los maestros por las notas de sus hijos. No les preocupa que aprendan, les preocupan las notas. Se supone que los objetivos del proceso educativo se centran principalmente en logros de aprendizaje por medio de un nivel de exigencia que premie el esfuerzo.
En la clase se creaba una especie de orden natural desde el primer día de clases: de acuerdo a donde te sentabas era tu rol dentro del aula. Adelante siempre los estudiosos, varones o mujeres. Siempre impecables, eran los que generalmente iban a la dirección en rol de auxiliares de los maestros. También eran los que prestaban las carpetas para la famosa foto que te sacabas con la maestra, porque la tuya seguramente era un desastre.
Atrás siempre, sin excepción, los quilomberos. Amparados en el supuesto anonimato que entrega la lejanía física con respecto a las autoridades, el fondo del aula representaba un submundo muy particular, cuna ideológica de casi todas las maldades que durante el año se desarrollaran en el aula. La maestra, quien casi nunca lograba descifrar puntualmente al autor material e intelectual del ataque, apelaba al llamado al orden a todos lo s que estaban por el lugar. Frustradas ante la imposibilidad de dar con el responsable, finalmente las maestras remataban el reclamo con el tradicional “fulanito y compañía”… Claro, tal vez no había sido, pero era el sospechoso número uno, su pasado lo condenaba, y terminaba pagando, a veces en dirección, por propios y extraños.
El centro del salón estaba reservado para los más débiles: no estaban adelante porque no eran lo suficientemente inteligentes, amparados por los maestros, ni atrás de todo por no ser lo suficientemente quilomberos.
De todas maneras, y a pesar de que siempre hubiera un “preferido” a la hora de las cargadas, no pasada de ahí. No había bullying escolar, ningún pibe se moría porque lo cargaran, de última siempre se arreglaba en el recreo o a la salida.
Hoy los pibes se hostigan y se denigran de una manera lamentable, ayudados por las posibilidades que entrega la tecnología. Cadenas de mail o posteos en el Facebook alentando el odio contra algún compañero, o lo filman en el baño haciendo sus necesidades y luego se burlan de él. Triste.
Los recreos daban para todo. Fútbol (se armaba una pelota con cualquier cosa, aunque estuviera prohibido), jugar a las figuritas, a las bolitas, a las escondidas, alguna que otra peleíta. Recreábamos escenas de películas o series que veíamos en casa y entrábamos al aula transfigurados, transpirados y con la ropa dada vuelta. Hoy los pibes se mandan mensajes de texto con amigos que están en otro colegio
No soy de los que piensan que necesariamente todo tiempo pasado fue mejor, pero realmente disfruté mucho de esos momentos. Había mucha menos locura, menos canales de TV, no existía internet ni los teléfonos celulares, tampoco la Play. Salías del cole y en tu casa te esperaba tu vieja, no te pasaba a buscar una piba que te cuidaba, porque con el sueldo de tu viejo alcanzaba para vivir. Y tener la tarde libre significaba armar historias en el patio, en el jardín, o jugar la final del mundial en el potreto de la esquina.

En mi época de alumno ni bien entrabas al colegio tenías la dirección, ese lugar tan temido, a donde podías ser conminado a cumplir una condena por alguna falta disciplinaria. En pocos casos era un lugar de prestigio: tal vez por ser un buen alumno te mandaban a buscar algo que se hubiera olvidado la maestra, si eras candidato a llevar la bandera en alguna fiesta patria, pero de la misma forma que ocurre en las prisiones eras mal visto por tus compañeros si ibas por buenas razones a codearse con la autoridad.
Si te portabas demasiado mal y además de pasar por la dirección te mandaban a tu casa con una nota para tus viejos, ¡para qué!, eso era tremendo. Te transpiraban las manos, no comías, no querías salir a jugar, porque sabías que tarde o temprano se los ibas a tener que decir, y por supuesto mientras más tarde peor. A esto se le combinaban dos cuestiones: el reto de la maestra y de la directora, quienes eran una institución en sí misma, y el de tus viejos, que además de ir al colegio al otro día después, indefectiblemente, se ponían del lado de las autoridades y a la vuelta a casa te esperaba una dura sanción, estabas seguro de que tus viejos te iban a colgar.
Ahora en cambio, los pibes no sólo no muestran ningún tipo de respeto por los maestros sino que además los docentes corren el riesgo de ser increpados o hasta incluso agredidos físicamente por los padres por sancionar a su hijo, desautorizándolos además en su rol de formadores.
Creo que para que un proceso educativo sea saludable y correcto los dos protagonistas fundamentales e irreemplazables (docentes y alumnos) deben contar con las mejores condiciones. Eso implica fortalecer el estatus profesional del docente, es decir, ingresos, reconocimiento, autoridad y capacitación para que pueda consagrarse efectivamente a su función, y establecimientos acordes para que los chicos puedan estudiar.
Otro tema eran las malas notas: en cuanto te empezaba a ir mal con las notas la maestra llamaba a tus viejos, si antes no iban a ellos a hablar con ella. No habían dudas, había que mejorar. O clases particulares o más tiempo con tareas, pero había que aprender. Ahora los padres van a reclamarle a los maestros por las notas de sus hijos. No les preocupa que aprendan, les preocupan las notas. Se supone que los objetivos del proceso educativo se centran principalmente en logros de aprendizaje por medio de un nivel de exigencia que premie el esfuerzo.

En la clase se creaba una especie de orden natural desde el primer día de clases: de acuerdo a donde te sentabas era tu rol dentro del aula. Adelante siempre los estudiosos, varones o mujeres. Siempre impecables, eran los que generalmente iban a la dirección en rol de auxiliares de los maestros. También eran los que prestaban las carpetas para la famosa foto que te sacabas con la maestra, porque la tuya seguramente era un desastre.

Atrás siempre, sin excepción, los quilomberos. Amparados en el supuesto anonimato que entrega la lejanía física con respecto a las autoridades, el fondo del aula representaba un submundo muy particular, cuna ideológica de casi todas las maldades que durante el año se desarrollaran en el aula. La maestra, quien casi nunca lograba descifrar puntualmente al autor material e intelectual del ataque, apelaba al llamado al orden a todos lo s que estaban por el lugar. Frustradas ante la imposibilidad de dar con el responsable, finalmente las maestras remataban el reclamo con el tradicional “fulanito y compañía”… Claro, tal vez no había sido, pero era el sospechoso número uno, su pasado lo condenaba, y terminaba pagando, a veces en dirección, por propios y extraños.

El centro del salón estaba reservado para los más débiles: no estaban adelante porque no eran lo suficientemente inteligentes, amparados por los maestros, ni atrás de todo por no ser lo suficientemente quilomberos.
De todas maneras, y a pesar de que siempre hubiera un “preferido” a la hora de las cargadas, no pasada de ahí. No había bullying escolar, ningún pibe se moría porque lo cargaran, de última siempre se arreglaba en el recreo o a la salida.
Hoy los pibes se hostigan y se denigran de una manera lamentable, ayudados por las posibilidades que entrega la tecnología. Cadenas de mail o posteos en el Facebook alentando el odio contra algún compañero, o lo filman en el baño haciendo sus necesidades y luego se burlan de él. Triste.

Los recreos daban para todo. Fútbol (se armaba una pelota con cualquier cosa, aunque estuviera prohibido), jugar a las figuritas, a las bolitas, a las escondidas, alguna que otra peleíta. Recreábamos escenas de películas o series que veíamos en casa y entrábamos al aula transfigurados, transpirados y con la ropa dada vuelta. Hoy los pibes se mandan mensajes de texto con amigos que están en otro colegio
No soy de los que piensan que necesariamente todo tiempo pasado fue mejor, pero realmente disfruté mucho de esos momentos. Había mucha menos locura, menos canales de TV, no existía internet ni los teléfonos celulares, tampoco la Play. Salías del cole y en tu casa te esperaba tu vieja, no te pasaba a buscar una piba que te cuidaba, porque con el sueldo de tu viejo alcanzaba para vivir. Y tener la tarde libre significaba armar historias en el patio, en el jardín, o jugar la final del mundial en el potreto de la esquina.

Espero que les haya gustado. Saludos.
Post de mi autoria, las fotografías tienen el crédito (botón derecho del mouse, información de la imagen)






