La realidad es la ilusión en la que vivimos.
El día pasa lento como el movimiento de las nubes que se mecen sobre mi cabeza.
Las horas se convirtieron ya en años y este inmenso aburrimiento ya se apodero completamente de mí, haciéndome retractar de haber venido.
Llegué esperando una aventura, una historia interesante que contar sobre esta enigmática isla.
Los lugareños me hablan de leyendas ya muy antiguas y muy increíbles por cierto, pero eso no es lo que vine a buscar.
Díganme loco, pero yo vine para vivir una historia que de muy pequeño escuche de parte de mi abuelo.
Él había peleado en la segunda guerra mundial y me contó sobre una antigua ciudad donde se escuchan voces enterradas.
Terminó varado aquí tras el naufragio de su embarcación, lamentablemente, todos sus compañeros dejaron este mundo tras el impacto.
Dice haber vagado por el lugar hambriento y con la garganta seca como el desierto.
Caminó horas siguiendo el sonido de una cascada que se negaba a aparecer hasta que encontró algo más impresionante: Ruinas de metal y concreto donde el silencio calla para dejar hablar a los que se fueron.
Camino hacia el lugar y parecía como si la gente hablase, como si siguieran su rutina diaria como de costumbre, como siguiendo con vida…
Pero una voz entonces lo comenzó a seguir como si se tratase de su propia sombra, la voz de una dulce mujer que le susurraba al oído, un susurro que se confundía con la brisa marina y que estaba cargada de un encantador misticismo.
Estuvo atrapado en este lugar dos semanas, y las siluetas luminosas seguían apareciendo además de las voces que seguían sonando, en especial la de esa mujer.
Sin querer, entonces, se enamoró de ella.
¡Enamorarse de alguien que nunca has visto, eso sí es estar demente!
Un día, a lo lejos sonaron las sirenas de un barco.
Mi abuelo entonces, tomó la suela de su bota y le prendió un fuego tan intenso, que el humo pudo haberse visto a kilómetros en el mar.
El buque giro hacia la isla, la expresión de alegría de mi abuelo debió de haber sido inimaginable.
Tanta felicidad que con palabras no podría describir.
Entonces casi se elevó hasta las nubes para enseñarle su sonrisa a Dios, pero de un golpe, bajó hasta el infierno de tristeza al recordar que dejaría esa voz, que dejaría a “Amanda”.
Inmediatamente comenzó a correr hacia el corazón de la isla, pasando por la densa selva hasta, pisando serpientes y arañas, incluso esquivando miles de espinas en las ramas para llegar a las ruinas d la ciudad.
Nunca en su vida escucho un silencio tan... silencioso.
Pero sobretodo, era un silencio doloroso, un silencio macabro, un silencio que puso a llorar a mi entonces rudo abuelo.
Un silencio que se llevó su corazón.
-¡Amanda! ¡Amanda! -Grito a todo pulmón, esperando aquel bello susurro en su oído izquierdo, pero Amanda no contestó.
Se fue incluso hasta una pequeña loma y siguió gritando con las esperanzas casi por los suelos.
Tanta fue su pena que se arrojó al suelo a llorar desconsoladamente como un bebe, y ahí entonces una luz se hizo apreciar, era ella.
Mi abuelo levanto lentamente su mirada, iluminada por tal resplandor, y ella dejó ver por primera vez su rostro.
¡Era hermosa!
Su pelirrojo cabello parecía un fuego celestial en el que se perdieron por un segundo los pensamientos de mi abuelo, pero nada tan cautivador como esos dos ojos que brillaban más que el sol.
Y cuando las lágrimas de alegría le comenzaron a rodar por las mejillas a mi abuelo, ella se desvaneció en la luz del día y desapareció para siempre.
Entonces esas lágrimas de alegría se convirtieron en lágrimas de tristeza, una tan profunda que la llevó por el resto de su vida.
Lo único que pudo hacer fue entonces dejar su inmaculadamente blanco gorro de marinero esperando que si seguía allí, ella lo recordase.
Abandonó la isla entre lágrimas que se perdían con el mismo océano, y con recuerdos que se llevaba la neblina.
Sin embargo, yo no encontraba algo más aburrido en el mundo, que estar encerrado en este pedazo de tierra.
Hoy será mi última noche aquí, y no he encontrado absolutamente nada, solo cuentos fantásticos ya muy antiguos.
Mis maletas ya estaban todas empacadas y mi vuelo saldría en menos de ocho horas.
Sin embargo esa frustrante sensación me perseguiría por el resto de mis días si no me la sacaba de algún modo.
Esta noche me escapé por la ventana del hotel y sólo con una linterna, me adentré en las viejas ruinas.
No había nada de interesante, ninguna voz, ninguna silueta, nada.
Solo esa frustración otra vez, esa ira de no haber encontrado algo.
Estuve a punto de irme del lugar cuando en el suelo, e iluminada perfectamente por la luz de la luna llena, encontré una gorra blanca.
Tenía una nota de papel adentro, ya muy amarillenta y deteriorada, era polvo de historia que decía:
Te amo Amanda.
Las lágrimas comenzaron a caer de mis ojos, mientras me decía a mis adentros: Abuelo, decías la verdad.
Y en eso escuche una voz en mi oído izquierdo.
-Dile a tu abuelo que también lo amé.
Voltee y no había nadie, solo la brisa marina que daba contra mi rostro.
Daniel OJ (112DO211)