InicioCiencia EducacionPara los adultos jóvenes de hoy: Kepler y Cusa II


Dinámica: de Arquitas a Einstein

El fundamento de la ciencia moderna es, como debía serlo, la astrofísica moderna de Johannes Kepler. Los dos descubrimientos más señeros de Kepler, el de la gravitación universal primero, y segundo, el de la composición armónica del ordenamiento interno del sistema solar, son los fundamentos de los que sigue dependiendo toda la práctica general científica moderna competente.
Este conjunto de descubrimientos de Kepler nos dio la base para el restablecimiento moderno, por parte de Leibniz, de ese concepto de dúnamis que en gran medida había estado sepultado bajo pilas de cenizas desde que murió Platón y, en especial, desde la muerte de Eratóstenes y su colaborador Arquímedes, hasta el destacado protagonismo de Cusa en la puesta en marcha de nuevo de la ciencia física experimental. La introducción de ese principio de dinámica de Leibniz, del cual depende ahora toda la ciencia moderna competente, surge de cómo éste, de hecho, llevó a cabo lo que Kepler había prescrito como el desarrollo necesario de un cálculo infinitesimal, una necesidad que se identifica con el papel que desempeña lo infinitesimal en la función de la gravitación universal.
Así, sobre los fundamentos aportados sobre todo por Cusa, Leonardo da Vinci y Kepler, respectivamente, y el descubrimiento de Pierre de Fermat de un principio de acción mínima, Leibniz desarrolló los fundamentos de una forma extensiva de la ciencia física moderna universal.
Desde esta óptica, Leibniz demolió de hecho las pretensiones del sofista Descartes y, con la ampliación del cálculo mediante el principio físico universal de acción mínima fundado en la catenaria, estableció el principio de dinámica del cual ha dependido todo método científico competente de entonces a la fecha.
Sin embargo, a pesar de ese logro de Leibniz y tales de sus seguidores notables como Gauss y Riemann, los partidarios del oligarquismo y antiguos enemigos de la libertad humana desde los tiempos brutales del vasallaje de la esclavitud han persistido, incluso en el campo de la ciencia física misma. El epítome de esa regresión obscena dentro de la ciencia moderna y su sociedad, ha sido la obra y pasión del malvado Bertrand Russell y de tales de sus lacayos en el campo de la ciencia como Norbert Wiener y John von Neumann. No obstante, a pesar de los sofistas modernos, los logros indelebles de la ciencia moderna siguen vivos en lo fundamental; el descubrimiento de Kepler de la gravitación universal todavía es el paradigma más eficiente para hacer patentes los principales problemas de la ciencia actual. Es desde este punto de vista que la maldad intelectual brutal de Wenck cobra mayor claridad.
El descubrimiento de Kepler del principio físico de la gravitación universal hoy nos proporciona la representación pedagógica necesaria del significado, no sólo del término “principio físico universal”, sino de la refutación del absurdo de todos esos supuestos físico-matemáticos y afines, como los de los ahora populares dogmas económicos que se fundamentan en lo que con razón cobra expresión como una perspectiva euclidiana. He aquí la continuación esencial del crimen de Wenck y compañía contra el hombre, la ciencia y el Creador.
Albert Einstein goza de todo el crédito por aclararme a mí, como a otros, el hecho de que el descubrimiento de Kepler del principio de la gravitación universal define al universo de la ciencia física, en esencia, como riemanniano. Ésta es, como señalo arriba, la prueba de que la gravitación se expresa de manera singular en la forma local de un infinitesimal matemático, como lo hace Kepler, que no sólo la define como un principio universal, sino como uno cuya eficiencia abarca al universo. Kepler no lo afirmó de modo explícito en esos términos, pero así lo reconocieron Einstein y otros que estaban calificados para ver en retrospectiva la obra de Kepler desde la distancia histórica apropiada. Kepler ya entendía esto de modo implícito o una conclusión equivalente.

“El epítome de esa regresión obscena dentro de la ciencia moderna y su sociedad, ha sido la obra y pasión del malvado Bertrand Russell (izq.) y de tales de sus lacayos en el campo de la ciencia como Norbert Wiener (centro) y John von Neumann (der.)”. (Foto de Russell: Biblioteca del Congreso de EU).


Este concepto, como lo expresa Einstein, había sido la posición adoptada ya por Leibniz en su refutación de Descartes, y la de Carl Gauss en su disertación doctoral de 1799, contra aquellos como Euler y Lagrange que porfiaban en negar las implicaciones infinitesimales del descubrimiento de Leibniz del llamado cálculo moderno. Lo que implica la versión relativamente perfeccionada del cálculo de Leibniz, su principio físico universal de acción mínima basado en la catenaria, luego evolucionó en la forma riemanniana de la hipergeometría física, como Einstein reconocería los nexos del caso en su momento.
Lo que logró Riemann de ese modo, fue el establecimiento de la noción de una dinámica general. He aquí la prueba medular de la acusación específica de Wenck y todos los necios que lo han seguido.
En el universo real, el aumento de las facultades productivas del trabajo, medidas por cápita y por kilómetro cuadrado, es posible gracias al descubrimiento y el uso por parte del hombre de conceptos que califican de modo eficiente, ya sea como principios físicos universales o como sus derivados. Todos esos principios, tales como el de la gravitación universal, delimitan el universo de nuestra experiencia. Es la exploración de las implicaciones prácticas de un concierto de principios físicos universales y otros comparables, lo que capacita a la humanidad para aumentar el poder que expresa el universo, obtenido por las acciones del individuo o de la sociedad mediante la aplicación de esos principios y de sus acciones combinadas.
Todos esos principios son invisibles a los sentidos, pero sus efectos, como los de la gravitación, como es obvio, no lo son. Estos principios son los objetos de la penetración cognoscitiva, una cualidad perceptiva única de las facultades de la mente humana individual (y de las del Creador).
De ahí el principio de la Docta Ignorantia de Cusa.
Como debiéramos saber del avance en los descubrimientos científicos a partir del siglo 15, tales como, por ejemplo, el de Kepler del principio de la gravitación, éstos no sólo fueron revolucionarios con respecto al poder potencial del hombre en el universo desconocido, ¡sino que la existencia de principios físicos desconocidos era conocida! En tales casos, como lo deja claro la obra científica de Cusa, nuestro conocimiento paradójico de que existe algo como principio eficiente, pero que ese “algo” es aún desconocido, es la esencia de la pasión, como la del gran contrapunto de Bach o como la expresa su gran seguidor, Ludwig van Beethoven, y es el motor de la ciencia y la creatividad humana en general.
Entonces, la civilización moderna explora el espacio entre el sistema solar, no porque sepamos lo que hay ahí, sino porque no osamos pasar por alto lo que pudiese existir, y porque tenemos que descubrir lo que hay más allá de nuestras certidumbres actuales. Es por esta precisa razón que Nicolás de Cusa es el fundador de todas las corrientes válidas de la ciencia física europea moderna. Cualquiera que se oponga a este enfoque por este motivo, claramente es un adversario de la ciencia y, por tanto, de la intención del Creador hacia la humanidad.

La dinámica en la economía

Por las mismas razones que sustentan mi razonamiento hasta aquí en este informe, es que casi todos los economistas del mundo que he conocido, de mis estudios, son relativamente incompetentes en sus esfuerzos por tratar las clases más urgentes de problemas que enfrenta el mundo entero en la actualidad. Casi todos esos economistas dependen de un método estadístico cartesiano o cuasicartesiano para tratar el espacio económico, como si el ordenamiento de éste fuera mecánico, es decir, cinemático. Ni el universo ni ninguna economía real opera acorde a normas congruentes con tales métodos cartesianos.
Esto no significa que ninguno de esos economistas sean buenas personas. Muchos de ellos son inteligentes y útiles, además de que, en algunos casos, tienen buenas intenciones. Significa, en términos llanos, que la eficiencia de cualquier economista o profesionista semejante que crea en la existencia propia de un sistema monetario-financiero como fundamento de la organización de cualquier sistema de economía nacional o de las relaciones entre naciones soberanas en el mundo en general, es limitada. El único sistema competente es uno de economía física, cuyas relaciones financieras estén organizadas más o menos como pretendía hacerlo el de Bretton Woods: como un sistema de crédito internacional con tipos de cambio relativamente fijos, de una calidad tal, que hubiera complacido a nuestros Henry C. Carey y Benjamín Franklin, y a Alexander Hamilton también.
Cualquier estado de organización de una economía que funcione acorde a las formas generales de guías de acción existentes está de suyo condenado a la destrucción, por el simple hecho de que opera, más o menos, sobre la base de un conjunto falso de principios universales supuestos de modo implícito. Las peores de todas las doctrinas económicas importantes son las que se fundan, como el actual sistema global de “libre comercio”, en la función primordial de la usura, sin importar cuál sea la corriente del liberalismo angloholandés de su sistema monetario.
De hecho, de no abolirse más o menos en lo inmediato las normas que en la actualidad rigen el comercio internacional, la tecnología y los asuntos monetarios, la civilización en este planeta, están ya a punto de desaparecer por un buen tiempo. No es segura cuál pueda ser la fecha de su expiración; nunca lo es, lo cual es uno de los motivos colaterales por los que mis rivales entre los pronosticadores de costumbre siempre se equivocan respecto a la derrota funcional trazada por las matrices de formulación de planes que hoy imperan. No obstante, ya estamos al borde de un derrumbe general de la civilización en todo el orbe, salvo que se abandonen, más o menos de una vez, las reglas por las que hoy se rige este planeta, en especial las mortíferas políticas monetaristas y “pro maltusianas”, y se cambien por unas más apropiadas y honestas.
La verdadera función de los procesos físico-económicos no puede ubicarse en el ámbito de la cinemática estadística. Tanto la ciencia de la economía como la política económica nacional competentes se fundamentan en la dinámica, no en la cinemática estadística. La verdadera función de las economías se ubica en la forma riemanniana pertinente del conjunto de la dinámica en el que ahora opera el proceso económico.
Cualquier conjunto de principios físicos universales, como el descubrimiento de la gravitación universal de Kepler ilustra la noción de un principio tal, ha de considerarse como una condición límite en la que la economía del caso opera en la actualidad; los confines, como las paredes de un acuario, en los cuales opera dicha economía.
En cualquier estado tal relativamente fijo de una economía, operan tres condiciones generales. El ritmo de cambio de una forma capital intensiva de densidad relativa potencial de población, cuyo acercamiento a una condición límite lo define una gama limitada de principios físicos universales en uso, y los límites impuestos por la falta de desarrollo de la infraestructura económica general en que opera la economía. Estas condiciones definen un límite relativo en el que opera un estado relativamente fijo de ese sistema. En breve: en tanto el proceso físico-económico se acerca a esos límites, aparece una barrera. A menos que se introduzca una forma de cambio tecnológico cualitativo, la tasa de crecimiento de la economía, medida en términos físicos, per cápita y por kilómetro cuadrado, pasará a una fase de disminución acelerada y, de ahí en adelante, a una condición de crecimiento negativo. En cuanto se entra a esta fase del proceso, las tasas de cambio a este efecto tienden a volverse hiperbólicas, como el proceso complejo de decadencia y desintegración inminente de la economía estadounidense del que hemos sido testigos durante el período de 2001 a 2007 del Gobierno de George W. Bush hijo (ver gráfica 1).



Esta desintegración que amenaza, podría ocurrir si la economía estuviese operando sin apartarse para nada de las tendencias preexistentes en la formulación de planes, como fue el caso con la caída de la economía de EU durante el Gobierno del presidente Clinton. Fuere de una cualidad peor, con relación a los del Gobierno de Clinton, si el ritmo de desintegración económica acelerara de manera radical por los cambios en la directriz que se introdujeron, una y otra vez, de manera irresponsable y lunática, bajo la presidencia de George W. Bush hijo, en especial un cambio como los monstruosos efectos económicos de ruina y despilfarro que acarrearon las políticas bélicas y de seguridad nacional del Gobierno de Bush.
En realidad, la situación es mucho, mucho peor que eso. Contrario al mito del economista de hechura británica, Karl Marx, las “crisis decenales del mercado” ni nada parecido, jamás son inevitables en términos científicos. Cierto, hubo crisis que más o menos encajaban con esa descripción, del mismo modo que un animal rellenado por el taxidermista puede parecerse a uno vivo, pero nunca ocurrieron por las características intrínsecas del sistema moderno de economía agroindustrial de progreso tecnológico. Todas esas crisis tuvieron causas subyacentes específicamente políticas, no económicas; todas esas crisis de las economías modernas fueron consecuencia de “maltrato infantil” contra las economías nacionales por parte de intereses político-financieros rapaces.
Por supuesto, hubo depresiones económicas modernas, como la que ya arremete en EU y más allá. Pero, la causa misma nunca fue económica. Más bien, siempre fueron, en efecto neto, las ofensas políticas contra el bienestar de la economía. La causa y los remedios de dichas crisis y calamidades afines, ha de entenderse desde la óptica de la ciencia de la economía física; pero, ni la economía mejor diseñada ni el niño más educado pueden necesariamente aguantar las consecuencias del abuso depredador.

La geopolítica y las crisis económicas

La muerte del presidente Franklin Roosevelt representó un desastre relativo para lo que hubieran sido, de otro modo, las perspectivas de la economía de EU y el estado del mundo en general. No obstante, en tanto que las medidas del sistema monetario internacional y estadounidense siguieron haciéndose eco del patrón “proteccionista” de las reformas de Franklin Delano Roosevelt en la conducta de la política nacional e internacional, todavía pudo mantenerse una tendencia de crecimiento físico neto, per cápita, en la economía nacional y mundial. A pesar de todas las insensateces del presidente Truman y las posteriores, este estado relativamente mejor de la economía estadounidense siguió hasta después del asesinato del presidente John F. Kennedy.
Sin embargo, dicho asesinato fue el comienzo de una crisis existencial para EU, y para la seguridad y el bienestar económico del mundo en general. Esta tendencia descendente ya se había asentado casi desde la toma de posesión de Kennedy; su asesinato desató la pesadilla que su Gobierno había tendido a resistir o hasta detener. Varias tendencias en la formulación de la política de su Gobierno, entre ellas su progresividad en lo físico-económico, su resistencia a la pretendida extensión de la guerra en Indochina y su cometido de enviar un hombre a la Luna, fueron motivo para que ciertos estamentos angloamericanos desearan la eliminación del presidente Kennedy y una probable candidatura presidencial futura de su hermano Robert. Kennedy estaba empeñado en repetir los logros del Gobierno de Franklin Roosevelt, una posición diametralmente contraria a lo que los intereses financieros angloamericanos de marras querían lograr. Este mismo eje de intereses financieros angloamericano había llevado al poder a Benito Mussolini, Adolfo Hitler, Francisco Franco y a otros de esa ralea en el período desde el Tratado de Versalles, hasta que Hitler inició la guerra.
La Primera y Segunda Guerras Mundiales no fueron inevitables; los preparativos y el lanzamiento de esos conflictos geopolíticos se iniciaron en aras de lo que la facción liberal angloholandesa percibía como sus intereses mundiales; fueron intervenciones deliberadas contra el modo en que tendían a moverse los asuntos internacionales desde el intervalo que siguió al triunfo estadounidense del presidente Abraham Lincoln contra los agentes británicos de la Confederación de lord Palmerston.
El triunfo de Lincoln había hecho realidad el propósito del compromiso del ex secretario de Estado y ex presidente John Quincy Adams con la consolidación de una república soberana ubicada entre dos océanos y sus fronteras canadiense y mexicana. Con el desarrollo sólido logrado por el Gobierno de Lincoln, EU se había convertido en una potencia independiente que no podía ser conquistada por ningún invasor, sólo induciendo desde afuera la corrupción de su política y moral.
Frente a este hecho de un EU soberano en tanto potencia continental, lo acaecido a partir de la conmemoración del centenario de su fundación en Filadelfia en 1876, la influencia en Eurasia continental de inspiración estadounidense, trajo los preparativos británicos para una guerra geopolítica contra ese continente eurasiático, por considerar que era una amenaza a los intereses imperiales de la potencia marítima liberal angloholandesa. Ésa era la opinión de dicha potencia y sus cómplices dentro y fuera de los centros financieros del propios EU. En el transcurso de los 1870, como muestran los casos de las reformas a la americana adoptadas en Japón, la Alemania de Bismarck, la Rusia de Mendeléiev y Alejandro III, y en otras partes, la imitación de la economía estadounidense amenazaba con levantar el poder económico de Eurasia, al grado que amenazaba el dominio imperial por la potencia marítima del liberalismo angloholandés.
Las dos Guerras Mundiales del siglo 20 fueron el producto típico de la reacción liberal angloholandesa al conflicto geopolítico entre las potencias independientes emergentes de EU y sus amigos de Eurasia continental, y lo que lord Shelburne de Gran Bretaña se había propuesto establecer como un imperio mundial angloholandés liberal permanente que superara la durabilidad del Imperio Romano.
No fue la rivalidad económica como tal lo que llevó a los intereses liberales angloholandeses a su ininterrumpido, hasta ahora, empeño geopolítico-imperial en lograr un imperio unipolar “unimundista” (ni a la destrucción de las economías de EU y Europa continental que ahora embiste, dirigida por el liberalismo angloholandés, y desatada por Thatcher y Mitterrand a partir de 1989). Fue un conflicto entre dos sistemas sociales opuestos irreconciliables: el imperial liberal angloholandés, que apunta a un gobierno mundial permanente (por ejemplo, la “globalización”), versus el concepto de un sistema de Estados nacionales republicanos, cada uno de ellos perfectamente soberanos, como el que representa el Sistema Americano que describe el secretario del Tesoro de EU, Alexander Hamilton, quien fue asesinado por un espía británico, el Aaron Burr de lord Shelburne y Jeremías Bentham.
No existe la inevitabilidad de las depresiones recientes o futuras en este planeta, sino sólo la oposición, de la que es típica la perspectiva que expresan H.G. Wells y Bertrand Russell, a ese desarrollo económico impulsado por la ciencia que pasaría al planeta por las capas límite en ciernes, en lo que toca a revoluciones científico-tecnológicas sucesivas de la economía mundial. Mientras persistíamos en las políticas económicas implícitas en nuestra lucha por la independencia, nuestra Constitución y el sistema de crédito nacional que establece, en vez de un sistema monetario, nunca hubo ninguna inevitabilidad sistémica inherente de crisis económica generada a lo interno de nuestra república soberana.
El reto que nos presenta la presente crisis mundial y el papel perverso que desempeña un Gobierno de EU de Bush y Cheney, cuya corrupción es monstruosa, no es una crisis económica inevitable, ni ningún otro enemigo potente externo, sino los cómplices nacionales y extranjeros de esa administración de gobierno y su política nacional y exterior. De cambiar EU el binomio de Bush y Cheney por un ejecutivo competente —y tenemos los medios para realizar ese cambio de modo constitucional—, ya están a mano los medios de cooperación con las principales potencias del mundo, y otras, para dominar, y rápido, la económica y otras amenazas siniestras contra la civilización.
Por tanto, en cuanto entendamos quién y cuál es, a fin de cuentas, el adversario de nuestra república, y actuemos acorde, estaremos en posición de bregar con lo que debiéramos atender: el verdadero asunto de la economía mundial y nacional. En ese momento, el objeto de la política económica viene a ser la materia de un enfoque inteligente para enfrentar el desafío de transformar una economía, ya en gran medida en ruinas, en una saludable y siempre próspera.

El principio de la prosperidad

La intención apropiada de la política económica, no es la de hacer rica a la gente, sino la de hacerla feliz, en el sentido en que los autores de la Declaración de Independencia de EU eligieron la devastadora repulsa de Godofredo Leibniz al depravado John Locke, “la búsqueda de la felicidad”, como la intención manifiesta esencial de lo que nos proponíamos que fuese la política dominante de nuestra recién creada república.
Dado que tarde o temprano todos morimos, para la gente cuerda, la felicidad no podría encontrarse en alcanzar la condición de la muerte, sino en nuestra certeza de haber vivido una vida con el feliz resultado de contribuir a las aspiraciones virtuosas de las generaciones previas y al provecho de las futuras.
Para esto, tenemos que desarrollar nuestra economía física de manera congruente con esa definición de felicidad. Para un entendimiento más claro de esa intención, debemos emplear el término “felicidad” como corolario del término ágape, del modo que lo emplean Platón y el apóstol Pablo en Corintios I:13. Esto no significa que simplemente debemos divertir a otros o a nosotros mismos; más bien debiéramos divertir a nuestro Creador, en cuya custodia reposa nuestra inmortalidad. Estoy seguro de que ese Creador tiene un sentido del humor muy bien desarrollado, porque si no, ¿cómo podrían tolerarse las necedades generales de los pueblos? A condición de que pongamos nuestra parte en hacer avanzar el desarrollo del universo y de la humanidad, Él se divertirá con nuestras pequeñas necedades, como todo buen padre muestra amorosa tolerancia hacia sus hijos a menudo necios. La felicidad, para nosotros, consiste en lo que hacemos para garantizar el futuro de la humanidad, y en lo que hacemos para lograr esto mediante empresas tales como mejorar el estado habitable de nuestro planeta hoy, y de nuestro sistema solar para el futuro.
De este modo, un abuelo amoroso, sabio, le dice a su nieto: “¡Yo ayudé a construir eso!”
El desafío económico característico de la humanidad consiste en la urgencia de aumentar lo que podría describirse como la densidad relativa potencial de población, per cápita y por kilómetro cuadrado. Para lograrlo, tenemos que tomar en cuenta el hecho de que cada descubrimiento de principio físico universal constituye tanto una fuente de aumento del poder de la especie humana como una condición límite, que amenaza con convertirse en una crisis, a medida que nuestras actividades convergen en ella.
Hoy el más obvio de esos límites de principio lo representa la urgente tarea de desarrollar con celeridad el uso de la fisión nuclear y, asimismo, la de dominar las tecnologías propias de la fusión termonuclear. Estamos acercándonos a una situación en la que humanidad está a punto de “quedarse sin recursos”; nos acercamos al punto en que el costo físico relativo de proveer esos recursos aumentará de manera acelerada, a menos que introduzcamos las tecnologías más avanzadas necesarias para abaratar esos costos relativos en términos físicos. Al respecto, con relación a casos tales como la mengua en el agua potable para el consumo humano, si no desatamos el uso de aplicaciones de energía de fisión nuclear de modalidades de alta temperatura, la condición de gran parte de la humanidad podría tornarse desesperada dentro de poco.
Con eso en perspectiva, debe ser evidente que la expresión esencial de la producción es la cualidad de progreso tecnológico en los modos de producción física que representan un aumento neto en la producción real utilizable, per cápita y por kilómetro cuadrado, sobre el cual avanza el progreso secular en la tecnología impulsada por la ciencia. Es la ciencia, en tanto producción de los medios para generar la calidad superior necesaria de los medios de producción, y también del producto, que debe reconocerse como el principio subyacente que gobierna todas las nociones competentes sobre la práctica de la economía.
Ésta no es una obligación que se le impone a la humanidad. El desarrollo de las facultades intelectuales del individuo humano es, tanto una obligación moral de toda persona, como el principio fundamental de las nociones competentes de economía.
Esta tarea sólo puede lograrse fomentando el desarrollo del individuo en la sociedad a estados de una superioridad cualitativa, y significa, por supuesto, precisamente lo que destacaba Nicolás de Cusa como el principio de la docta ignorancia.

¿Qué es el alma humana?

El académico Vladimir I. Vernadsky, quien en 1935-1936 le dio al mundo una comprensión científica rigurosa sobre la naturaleza de la vida, también nos aportó la base para uno de los descubrimientos más grandes: ¿cómo podríamos definir el alma humana ontológicamente respecto al descubrimiento de Vernadsky del significado relativo de la vida, la vida como algo distinto en lo absoluto a los procesos no vivientes?19 Más adelante, Vernadsky hizo un razonamiento similar al distinguir el intelecto humano de la forma relativamente inferior de existencia llamada “vida”. Me referí a esta cuestión en mi escrito de 2005, Vernadsky y el principio de Dirichlet.20 Resumo aquí los aspectos de ese razonamiento que son pertinentes a la materia de la teología en el actual contexto inmediato.
Sobre la cuestión de la vida, Vernadsky afirmó que, aunque los componentes químicos que participan en los procesos vivientes eran en apariencia los mismos que se encuentran en la tabla periódica, la organización de los procesos vivientes que empleaban este material era de una dinámica y calidad diferente a la de los no vivientes.
Vernadsky también llegó a reconocer que esta distinción de los procesos vivientes de los químicos que usan los mismos constituyentes químicos, es una cuestión de dinámica riemanniana.21


El científico ruso Vladimir Ivánovich Vernadsky, “en 1935-1936 le dio al mundo una comprensión científica rigurosa sobre la naturaleza de la vida, también nos aportó la base para uno de los descubrimientos más grandes: ¿cómo podríamos definir el alma humana ontológicamente respecto al descubrimiento de Vernadsky del significado relativo de la vida, la vida como algo distinto en lo absoluto a los procesos no vivientes?”


Como recalqué en el mismo informe de 2005, la razón creativa humana constituye una cualidad específica de principio dinámico que está por encima de los procesos vivos del cuerpo humano que la hospeda. Entonces, en tanto que la vida sólo viene de la vida, y nunca es producto de material no viviente como tal; del mismo modo, la razón creativa humana sólo viene del principio superior de la razón humana, y no del seno de los límites de organizaciones vivientes en tanto tales. Debemos decir que el cuerpo viviente del individuo humano es de un tipo biológico apropiado para sostener la función dinámica de la razón creativa humana.
Por ejemplo, así como un principio físico universal como la gravitación es, tanto para Kepler como para Leibniz, al mismo tiempo, una forma de existencia tan extensa como el universo y, por ende, en apariencia infinitesimal en su expresión localizada, esas funciones cognoscitivas de la mente humana que en propiedad asociamos con las funciones de principios físicos universales, expresan un principio físico universal superior al de los procesos vivientes, en tanto principio que actúa de modo eficiente sobre las expresiones apropiadas de los procesos vivientes. En suma, la intervención de este principio universal de la cognición en los procesos biológicos de marras, emplea esos procesos como un medio para su manifestación eficiente.22
De este modo, mediante la acción sintética de las facultades creativas universales de la razón humana, la dinámica de la razón creativa utiliza los aspectos pertinentes de los procesos biológicos, así como el principio dinámico de la vida utiliza el material inorgánico de los vivientes.
Así, el dominio no viviente, la vida, y la razón creativa humana, expresan principios dinámicos del universo en su conjunto relativamente distintos, pero que interactúan.
Como lo expresa Cusa en su crítica al error de Arquímedes sobre la cuestión del principio isoperimétrico que expresa el círculo, que es similar al concepto del caso, las facultades cognoscitivas de la mente individual de suyo humana no son una secreción del cuerpo viviente, sino un principio que lo incluye dinámicamente.
Este principio dinámico de la razón humana refleja la idea de la imagen del Creador. No hay lugar a dudas sobre esta comparación específica, dado que sólo el intelecto humano creativo, cuyas características no existen en las formas inferiores de vida, puede participar en la cualidad de ideas que asociamos con la persona del Creador. Al respecto, el hecho de que los intelectos creativos de los individuos humanos son creativos desde la óptica de las normas de la dinámica, no permite dudar de la existencia del Creador en tanto ser intencional.
Una cuestión de importancia correlativa, es que el acto de verdadera creatividad, en la ciencia física o en las modalidades clásicas de composición artística, o en ambas, se asocia con la forma más elevada del placer, placer que expresa una cualidad que experimentamos como serenidad, como una sensación apasionada de agradable contento. Las más grandes composiciones musicales clásicas, por ejemplo, que se apegan a los principios corales del bel canto florentino y del contrapunto de J.S. Bach y sus seguidores, como Joseph Haydn, Wolfgang Mozart y Ludwig van Beethoven, tienen el poder maravilloso de tocar algo que resuena en el interior de la persona. Es la misma cualidad de pasión clásica que se experimenta con relación a un descubrimiento científico, que es también fundamental para la ciencia.
El tratamiento que le da Cusa al círculo, al corregir el error de Arquímedes, es, por tanto, de significación clínica fundamental en nuestro afán de intuir, de extendernos en nuestro celo por tocar la sustancia del alma humana dentro de nosotros mismos o en otros. Nosotros, con facultad similar, podemos oler la maldad, o si no, el vacío espiritual en uno, como el farsante que trabaja como mercachifle en el púlpito, quien, en efecto, ha perdido su alma o más bien parece nunca haberla tenido. Yo he visto que a menudo, si no siempre, puedo “olfatear”, en el sentido espiritual, a un farsante en mi entorno, y reaccionar como corresponde a esa sensación.
La creatividad, tanto la artística clásica como su gemela necesaria, la científica, no son tanto medios para un fin, sino un fin, un verdadero bien, en y de por sí. Sé paciente; hará bien cuando toque la ocasión. La creatividad, así definida, es el verdadero manantial del genio, de las grandes creaciones artísticas clásicas y científicas de y para la humanidad. Es mediante el bien expresado por el acto de descubrir un principio físico universal, como el de experimentar de nuevo el descubrimiento de la gravitación universal de Kepler, que el estudiante vive la cualidad ontológica de la existencia humana individual, la famosa cualidad “espiritual” que la personalidad humana comparte con el Creador. Tal es la cualidad ontológica de la espiritualidad de la interpretación, con la pasión apropiada y el bel canto florentino, de una obra de contrapunto coral como el Jesu, meine Freude de Bach. Tal es la creatividad de Wolfgang Mozart y Ludwig van Beethoven.
Es ese sentido del alma humana lo que falta por completo en la lectura de la traducción de Wenck que da Hopkins. Mi excelente juicio en esta materia es que esa deficiencia no vino de la habilidad académica de Hopkins. De manera similar, la obra de Norbert Wiener sobre el tema de la “teoría de la información” nunca expresó verdadera creatividad, ni tampoco el razonamiento a favor de la “inteligencia artificial” de John von Neumann. A los que tenemos alma, y la conocemos, nos entristecen los “teóricos de la información”, en quienes, como en las criaturas o el autor de La isla del doctor Moreau de H. G. Wells, no se encuentra el rastro de la actividad de un alma humana cerca.

La teología fracasada de Wenck

Desde esta perspectiva, debiéramos reconocer que el problema de Wenck no es su diferencia manifiesta con Cusa, tanto como sus propias dudas no resueltas respecto a la idea misma de Dios. Quiere creer que puede presentarse como creyente en el Creador, quizás hasta como creyente apasionado, a pesar de lo que su propio documento revela como su carencia implícita de una prueba rigurosa o apasionamiento por lo que desea creer. De todas las obras de Cusa que pudo haber atacado, es decisivo en términos clínicos que Wenck haya escogido la fundación de la ciencia física experimental moderna de Cusa como su objetivo; esa elección es singular y en esencia reveladora de la existencia y naturaleza de sus propias dudas teológicas, bastante típicas y bien arraigadas. Su polémica contra Cusa no manifiesta una mente que conoce al Creador.
Por ejemplo, la noción de la existencia de un Creador es en potencia problemática para casi todo supuesto creyente o ateo, por igual. No hay vergüenza en eso en sí; la ignorancia honesta no es vergonzosa. El riesgo está en que la ignorancia no reconocida pueda tentar a la mente humana descarriada, como por desesperación, a un supuesto más o menos nominalista, como sofista, a uno que parezca explicar dudas penosas, pero que, en realidad, contamina la incertidumbre con la locura. Esto a menudo atañe a una experiencia personal con una crisis existencial, como la de los existencialistas confesos respecto a la creencia en la realidad del sentido de uno, incluso de la existencia de uno mismo. De no resolverse, esto puede llevar a concebir creencias de una falsedad peligrosa tocantes a las nociones de la mortalidad e inmortalidad individual humana.23
Por ejemplo, la idea misma de la muerte plantea la cuestión de la inmortalidad, una que aflige a todo niño en cuanto experimenta la muerte de un miembro de la familia o algo parecido.
Por ejemplo: “¿Corresponde el ‘yo’ cartesiano a una existencia real, inmortal?” Aquí viene al caso el dilema existencial del retoño de Husserl y filósofo del partido nazi, Martin Heidegger, y sus amigos neokantianos sin credencial nazi, Max Horkheimer, Theodor Adorno y Hannah Arendt: “De ser así, ¿cuál sería una expresión eficiente de esta inmortalidad después de que yo muera?” “Si soy un alma sin cuerpo, incluso ‘arrojado’, por depender de los métodos reduccionistas como los de los cartesianos, a una sociedad de la cual yo no soy una parte integral en términos funcionales, ¿cómo puede un ser inmaterial, que imagina que vive en un mundo tal, actuar de modo eficiente sobre el universo material? ¿Por qué deberían siquiera tratar de hacerlo un Heidegger o un Descartes o un John Locke?”
Por tanto, por ejemplo, en razón de tales consideraciones, lo que el supuesto creyente, con frecuencia angustiado, pensaba que era su Creador, ha sido un reflejo de lo que su creencia religiosa lo lleva a creer sobre el modo en que está organizado el universo. Éste es el caso, sea que la persona considere o no al individuo humano como parte funcional de ese universo, o al universo como sólo un vehículo en el cual da la casualidad que esté de pasajero en ese momento, pero cuya naturaleza verdadera le sea de otra forma ajena.
En la sociedad moderna hay implícito un problema conceptual que hace al caso. “¿Permiten las doctrinas ahora aceptadas de la ciencia oficial la forma incluida, eficiente, de existencia de un alma humana inmortal?”
Es de notar que la reacción de Wenck en este respecto a la De docta ignorantia, no es un suceso singular en ese período general de la historia. A los intentos de Wenck, que de manera manifiesta estaban arraigados en motivos políticos del momento, le siguieron los ataques a la De docta ignorantia de Cusa por nada menos que el espía veneciano Zorzi (alias Giorgi), quien fungió en el papel singularmente desagradable de consejero matrimonial del ogro conocido como el rey Enrique VIII de Inglaterra.24
Por ejemplo, durante las vidas de Cusa y Wenck, el principal enemigo contra el cual el verdadero cristianismo tenía la obligación de luchar era, en lo inmediato, la influencia pasada y renaciente de una oligarquía financiera veneciana, una oligarquía que antes había gobernado Europa durante el período que va de la época de la cruzada albigense y la conocida como la conquista normanda, y después.
Es notable, en este sentido, que la sociedad de los cruzados normandos, dominada por la intervención de la oligarquía financiera veneciana, fue, de modo sistémico, una sociedad forjada en el modelo “espartano” del Zeus olímpico pagano que describe el Prometeo encadenado de Esquilo, una llamada sociedad “oligárquica” o “tradicional” que le prohibía a la mayoría de sus súbditos expresar esos poderes creativos de la mente individual que distinguen al ser humano individual de las bestias, una sociedad en la cual la imagen de un Dios reinante se moldea en la de una bestia que es una bestia para la humanidad, como lo fueron el gran inquisidor Tomás de Torquemada, el conde francmasón martinista revolucionario Joseph de Maistre, y como lo fueron los seguidores de éste, Napoleón Bonaparte y Adolfo Hitler, o como el vicepresidente de EU, Dick Cheney, hoy.
Así que los conflictos experimentados por esos contemporáneos de Cusa, Wenck y Zorzi estuvieron dominados por el proceso que llevó, a partir de 1459, a lo que vinieron a ser las guerras religiosas de 1492-1648 emprendidas a través del mismísimo gran inquisidor Tomás de Torquemada. Éste fue el Torquemada que también fue el Gran Inquisidor de la perceptiva novela de Fiódor Dostoievski, y que fuera empleado por la francmasonería martinista del conde Joseph de Maistre para defender el Terror jacobino, el reino del Terror francés, y para el diseño que hizo Maistre de la personalidad rehecha de ese emperador Napoleón Bonaparte que luego serviría como modelo para la tiranía de Adolfo Hitler.
Este mismo período de 1492-1648 fue también el de la transición en Venecia a la influencia hegemónica del modelo empirista, a imitación del dogma de Guillermo de Occam, un viraje iniciado por el Paolo Sarpi que es la figura central de esas corrientes de la cultura europea moderna que constituyen ahora la principal fuente intelectual de las amenazas contra la existencia de nuestra república constitucional de EU. Occam y Sarpi constituyen la raíz especial de los dogmas basados, al igual que ese promotor de apuestas, Galileo, en la irracionalidad usurera de las estadísticas de los juegos de azar, tanto en la ciencia como en la teología, del liberalismo angloholandés imperial. Fue contra ese liberalismo angloholandés, sobre todo, que yo me vi obligado a luchar desde la niñez hasta el presente.
La cuestión política de la obra más destacada de Nicolás de Cusa fue el efecto combinado de su esbozo del principio del Estado nacional republicano soberano moderno, como en Concordantia cathólica, y el establecimiento complementario de la ciencia física moderna, con sus obras a partir de De docta ignorantia. Ambas de estas contribuciones al surgimiento de la sociedad moderna, que se levanta de la podredumbre de los sistemas de gobierno oligárquico precedentes, han sido motivo, en combinación con los acostumbrados, para toda suerte de ataque a la obra de Cusa, e incluso para los ataques contra Kepler, Leibniz y demás lanzados por los seguidores del empirismo, tales como los liberales angloholandeses pro imperialistas creados por la influencia del neooccamista Paolo Sarpi.




“Ahora hace 18 meses que he visto el primer rayo de luz, hace tres meses que he visto el alba, pero hace muy pocos días que el Sol de ese estudio, más radiante que nunca, se mostró sin velos ante mis ojos; nada me detiene. Soy libre de mofarme de los mortales, con la franca confesión de que he robado los vasos de oro de los egipcios para erigir con ellos un tabernáculo a mi Dios, muy lejos de los confines de Egipto. Si me perdonan, me regocijaré; si se enojan, lo soportaré. La suerte está echada, y escribo mi libro; lo leerán mis contemporáneos o bien la posteridad, pero eso no importa. Bien puede esperar cien años un lector, puesto que Dios mismo ha esperado seis mil quién lo interprete”.
—Johannes Kepler, en La armonía del mundo.


Al repasar lo que he planteado hasta aquí en este informe, el problema de Wenck es que comparte con el malvado Zeus olímpico del Prometeo encadenado de Esquilo, la intención oligárquica de degradar a la masa de individuos humanos a un estado casi de ganado, domesticado o de caza. Negarle a esas personas el derecho a cumplir con su obligación esencial como criaturas hechas a imagen del Creador, como se estipula en Génesis I, y como lo expresa el principio omnipresente de De docta ignorantia.
La falla de Wenck, por tanto, coincide con la acusación que Filón de Alejandría hace contra Aristóteles: que las doctrinas de éste degradan el papel del Creador mismo a la condición de una Personalidad que se hace impotente por la Mano de Su Propia Creación de un universo de un orden fijo, en el cual la existencia del poder antientrópico de la Creación continua se le niega hasta al propio Creador, para degradarlo. Wenck es el lacayo de un sistema oligárquico, un sistema que niega la existencia de esa cualidad de acción específica que define al individuo humano como hecho a semejanza del Creador, como lo expresa el principio de Cusa del aprendizaje desconocido.
Mi propia experiencia con estas cuestiones, desde la niñez y la adolescencia, ilustra con precisión esta naturaleza general de la disputa teológica que expresa el ataque por motivos políticos de Wenck contra Cusa.

3. Euclides: la paradoja apropiada


Repasa la cuestión que acabo de situar ante nosotros desde mi propio punto de vista autobiográfico. Compárala con tu propia experiencia del caso. Ya que el desafío esencial que enfrentamos es cómo velar por el fomento del desarrollo de los niños, para que sean adultos jóvenes de la calidad necesaria hoy día, examina esto desde la perspectiva de mi propia experiencia personal aplicable, al tratar el desafío que señalo aquí.
Un discernimiento perspicaz, a modo de examen clínico de las raíces de semejantes paradojas existenciales aparentes como esas, exige tanto la adopción del punto de vista de la dinámica riemanniana como un reconocimiento correlativo de que dicha dinámica es un renacimiento, en forma amplificada, de lo que ya se entendía como el principio de acción de la esférica (dúnamis). Es decir, la dinámica de Leibniz y la dinámica física antirreduccionista de Gauss y Riemann, legadas a la era moderna por los antiguos griegos de esa tendencia, tales como los pitagóricos y los otros en el entorno de Sócrates y Platón.25


“En la cuestión de la ciencia, muchos teólogos han tendido a hacer lo mismo que ese sofista, el notorio apriorístico Euclides [a quien mostramos aquí], el de los Elementos, en su mutilación de la obra original que parodió, de modo destructivo, sobre todo, de los pitagóricos y del entorno de Sócrates y Platón”.


Las paradojas existenciales esenciales encarnadas en las creencias más acostumbradas de hoy, se expresan en una forma patológica que equivale a la del reduccionista radical: “Tu no puedes evadir las tendencias inevitables de la historia actual”. El pesimista que manifiesta este punto de vista reduccionista, rechaza la idea de actuar sobre el cuerpo de supuestos, en apariencia axiomáticos, que parecen regir. Ese pesimista se ve a sí mismo como un trebejo mecánico-estadístico que se mueve estadísticamente como si fuese el habitante típico de un sistema gaseoso machiano de Boltzmann. La popularidad de las muy admiradas proyecciones de tendencias económicas de suyo mecánico-estadísticas, es emblemática de lo infectadas que están la opinión vulgar y otras corrientes dominantes con la patología de semejante pesimismo cultural existencialista.

Una enseñanza de la experiencia

Es probable que el paradigma más provechoso para el estudio pedagógico de esa forma de pesimismo implícitamente existencialista, sería el caso del sofista Euclides, a quien conocemos, sobre todo, por la influencia de la enseñanza de sus Elementos o de algún derivado. Como he propuesto aquí, tome mi propia experiencia a manera de ilustración.
En algún momento de mi niñez cobré conciencia de la existencia de la causa real de mi duda sobre el origen de mis creencias más incómodas, por lo general inducidas, aunque también producto del hábito.
Comencé a entender este conflicto en el momento en que me vi enfrentado a un curso normal de geometría plana (pro euclidiana) para adolescentes secundarianos. Para entonces, después de estudiar la geometría de las vigas estructurales en una base cercana de la Armada de EU, yo ya había reconocido, como los reformadores de la torre Eiffel en tiempos más recientes, la importancia de la elección de geometría para optimizar la proporción de la fuerza con respecto el peso de la masa en dichas estructuras. Pero, hasta ese primer día en la clase de geometría, no me había enfrentado con eficacia y a conciencia con las implicaciones contrarias, y sin duda falsas, de la idea de una geometría abstracta fundada en las llamadas definiciones, axiomas y postulados de Euclides. Hasta ese día, sencillamente nunca se me había ocurrido la idea de una matriz apriorística euclidiana. En consecuencia, contaba con la ventaja relativa de reconocer, más o menos de inmediato, la falsedad de los sistemas euclidianos y relacionados desde el principio de ese encuentro.
Mi reacción a este encuentro en el aula vino dos años después de que empecé a desarrollar lo que vino a ser un hábito de leer traducciones al inglés, del francés y el alemán, además de las obras inglesas de filósofos notables de los siglos 17 y 18. La experiencia del encuentro con la clase de geometría tuvo dos efectos complementarios principales. Encaminó mi atención hacia lo que pronto vino a ser mi apego a la obra disponible de Leibniz, a la vez que aclaró mi propia renuencia, en apariencia instintiva y de una poderosa persistencia, a aceptar la mayor parte de lo que me habían presentado como el dogma convencional del aula y la sociedad en general, por igual.
En esa época, excepto por los escritos de Leibniz, casi no se me presentó una perspectiva clara de las fuentes disponibles, hasta después que regresé de prestar mi servicio militar durante la guerra. Yo tenía claras mis opiniones desde la adolescencia, al igual que ciertos elementos esenciales que había adoptado de Leibniz. Sin embargo, por otra parte, hasta bien entrada mi adolescencia, apenas si estaba cada vez mejor informado de las perversiones del empirismo en general, y del kantianismo en particular. Al respecto, mi situación reflejaba el grado al cual la mayoría de los jóvenes ciudadanos de esa época compartían mi saludable desprecio, típicamente americano, por las tradiciones oligárquicas europeas imperantes. Por otra parte, estaba atrapado en un ambiente más o menos dominado por la corrupción anglófila general de la cultura estadounidense. Esta corrupción de mi entorno cultural incluía el ambiente de la educación pública y superior de entonces, que era, como el grueso de la opinión popular, casi un desierto de empirismo desenfrenado o una ideología aun peor.
Mi primera reacción filosófica de posguerra a esa situación fue mi lucha por entender el concepto de un principio de vida como tal, una preocupación de la que mi batalla con un texto de Pierre Lecomte de Noüy fue apenas un ejemplo.26 No obstante, el suceso decisivo fue mi posterior reacción hostil a la noción de la “teoría de la información”, que se destacaba de mi lectura, por otra parte afable, a principios de 1948, de una versión de reseña de la Cibernética27 del profesor Norbert Wiener. Mi reacción al dogma sectario del culto a la “teoría de la información” a partir de esta lectura de la obra de Wiener, se convirtió de inmediato en el objeto central de mi vida intelectual hasta el momento en que, en 1952-1953, el estudio sucesivo de los escritos más destacados de Georg Cantor y, luego, de la disertación doctoral de 1854 de Bernard Riemann, provocó mi definición del principio de densidad relativa potencial de población, como la distinción funcional esencial de la economía del individuo humano y su especie, de la de las bestias.
Esta reacción contra la “teoría de la información” de Wiener, integrada a mi interés continuo en lo que distingue a la vida de los procesos no vivientes, y a las ideas de principio físico universal del mero formulismo matemático, se complementó con mi fascinación por el tema de la función de la ironía clásica en la poesía, la prosa y los efectos afines de la composición e interpretación musical clásica. Luego de forcejear con la tesis de disertación doctoral de Riemann, todos esos temas se unificaron para mí como facetas de un solo concepto abarcador. El mismo sustenta mi reacción al título de marras de Hopkins, y puede concentrarse en un solo foco sobre el tema de la sofistería de los Elementos de Euclides.
Yo ya había rechazado la geometría euclidiana en mi adolescencia, a favor de la influencia ejercida por los escritos notables de Leibniz. La idea de una geometría física le dio a mis pensamientos cierta dirección, si bien no una definición completa de dicha geometría hasta más o menos cumplir los treinta años, cuando la disertación doctoral de Riemann me arrancó la venda de los ojos y aclaró mis pensamientos sobre esta materia. Las influencias esenciales que definieron el rumbo de mi razonamiento en el intervalo de 1945 a 1953, fueron, primero, la noción de que los procesos vivientes y sus residuos eran un espacio físico distinto y no sencillamente parte de una física de procesos no vivientes, y segundo, de 1948 en adelante, que, contrario a Wiener, las facultades creativas de la mente individual constituían un proceso de una calidad diferente, tan distinto de los procesos vivientes y no vivientes, como los procesos vivientes lo eran de los no vivientes. La disertación doctoral de Riemann cristalizó este mapa de la realidad para mí, y allanó el camino para mi posterior adopción gradual de la obra de Vernadsky, cada vez más, como algo fundamental para un entendimiento más adecuado del universo.
En todo esto, desde mi adolescencia en adelante fui siempre un defensor de la noción de un principio de la dinámica leibniziana, a diferencia de un sistema mecánico-estadístico euclidiano y cartesiano.
Al presente la experiencia y sus correlativos me han aclarado muchas cosas, una clarificación que se corresponde con el concepto de “docta ignorancia” de Cusa. El grueso del provecho así obtenido no fue del estudio individual como tal, sino de tratar con algunos científicos destacados de mi generación y la anterior, y con otros, lo cual incluye las obligaciones en las que incurrí en mi colaboración con mis colaboradores inmediatos y muchos otros. En todo esto, el paso más decisivo del indispensable “desaprendizaje” ha sido mi reconocimiento de los efectos inhumanos y de suyo destructivos de una creencia en la forma de la sofistería conocida como geometría euclidiana.


Para LaRouche, “el paso más decisivo del indispensable ‘desaprendizaje’ ha sido mi reconocimiento de los efectos inhumanos y de suyo destructivos de una creencia en la forma de la sofistería conocida como geometría euclidiana”. LaRouche dialoga el 18 de noviembre de 2006 con miembros del Movimiento de Juventudes Larouchistas en Leesburg, Virginia, EU. (Foto: George Hollis/EIRNS).


Para entender este efecto de la enseñanza de la geometría euclidiana, debemos remontarnos a una época en que se había completado la mayor parte del núcleo del antiguo conocimiento de geometría con los pitagóricos y los otros círculos de Sócrates y Platón. Casi no hay ningún teorema o material afín de cualquier importancia que esos círculos no entendieran correctamente, antes de la falsificación de ese conocimiento incorporado en lo que hoy conocemos como los Elementos de Euclides.
Ese hecho debería llevar a cualquier persona pensante a preguntarse: “¿Por qué habría cometido Euclides un crimen intelectual de esa especie específica contra la humanidad?” Como he señalado antes, la respuesta esencial a esa interrogante es que Euclides era un sofista. La importancia de ese hecho se hace accesible a través del estudio de las pruebas que sobreviven de los verdaderos principios de la geometría física que desarrollaron los círculos de Pitágoras, Sócrates y Platón durante un período que concluyó con la muerte de Platón.
Los sofistas fueron la más importante de las sectas reduccionistas engendradas, en lo principal, por el culto al Apolo délfico. Éste introdujo un método, después copiado por agencias corruptoras tales como la de los fanáticos existencialistas del Congreso a Favor de la Libertad Cultural, para pervertir las mentes de los jóvenes de las familias importantes de Atenas, en una forma luego imitada para condicionar a los recién nacidos de las familias de la categoría encorbatada de una clase media promedio o alta entre 1945 y 1956. Las peores expresiones de la generación sesentiochera, que en lo esencial han contribuido a destruir la economía y la vida social de EU y Europa Occidental y Central desde la primavera, verano y otoño de 1968, son brotes del tipo de influencia que representaban las odiosas criaturas existencialistas que seguían a Heidegger, Horkheimer, Adorno, Arendt y similares, y de la influencia del brazo de guerra psicológica británica de la Clínica Tavistock de Londres.
La importancia de Euclides, durante su vida y hasta el presente, ha sido usar la enseñanza de su geometría como un medio para destruir el potencial creativo de la mente humana. Toma esto en cuenta para entender el papel de una interpretación de Euclides llamada “teoría de la información” e “inteligencia artificial” en la destrucción de la moralidad y la productividad de la mente de los ciudadanos estadounidenses hoy día.

La peste del ‘ambientismo’

Euclides fue producto precisamente de esa clase de intención y producto en su época y desde entonces. La clave para entender este hecho es una referencia a las implicaciones históricas reales del Prometeo encadenado de Esquilo.
Como el lavado cerebral casi idéntico de las capas más descollantes de la generación “sesentiochera”, la antihumana secta “ludita” neodionisíaca del llamado “ambientismo”, fue una idea que surgió en el intervalo posterior a 1945 como un elemento decisivo de una política social que tiene el propósito de erradicar la existencia e influencia de EU de la futura historia universal.
La batalla de EU contra la Confederación fue incitada por el Imperio Británico al lanzar esa rebelión esclavista como herramienta de lord Palmerston. Nuestra guerra civil fue una batalla contra el propósito declarado del Imperio Británico de dividir a EU en un conjunto de feudos en pugna entre sí, cuyas pendencias garantizarían la degradación de los elementos en disputa a un estado virtual de imbecilidad bucólica rural, del tipo difundido en las regiones de los estados esclavistas.
La intención de los intereses liberales angloholandeses hoy, es hacer real el mismo tipo de intención: inducir un estado bucólico de imbecilidad económica en las América y en toda Europa continental. Ése es el propósito imperial de la forma liberal angloholandesa del imperialismo financiero-oligárquico neoveneciano. Ése es el significado de “mundo unipolar”, de la torre de Babel llamada “globalización”, y del lanzamiento del actual régimen títere estadounidense de Bush y Cheney como instrumento para ocasionar la autodestrucción del propio EU.
Es un choque entre dos sistemas sociales opuestos, el de la forma liberal angloholandesa de un imperio unimundista, y el Estado nacional republicano soberano que EU se creó para ser. Ésa era la cuestión en febrero de 1763, en julio de 1776, y en lo que el presidente Franklin Delano Roosevelt pretendía que sería el orden de cosas en todo el mundo de la posguerra. Sólo mediante el establecimiento de Estados nacionales republicanos de verdad soberanos, en tanto derecho de todos los pueblos del mundo, como se lo proponía el presidente Franklin Roosevelt, en oposición a Winston Churchill de Gran Bretaña, puede este planeta ser un lugar seguro para que alguien viva en la próxima generación o dos. Esto es, a condición de que un compromiso que promueva la realización de los beneficios económicos del progreso fundamental, científico, cultural clásico y tecnológico, sea la norma moral para la educación, la política económica y la moralidad personal en los tiempos por venir.
Las implicaciones del caso de la defensa de John Wenck por ciertos círculos hasta el presente, han de reconocerse a esa luz.


Y para quienes lo deseen, se pede generar un mp3 descargable aquí . Solamente copian el texto y lo pegan.
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o@ourgon11/9/2015+0-0
Gracias, pero se me olvidó decir que el autor es Lyndon Larouche, no yo.
P@PabloMarcos111/9/2015+1-0
Buen post, se conoce la gente que ha estudiado filosofia..Saludos!!
o@ourgon11/8/2015+0-0
21. Casi a finales de los 1980, el profesor Robert Moon de la Fundación para la Energía de Fusión, reaccionó a mi razonamiento sobre la importancia de la La armonía del mundo de Kepler para las cuestiones físicas contemporáneas, retomando su propio trabajo previo de desafiar la doctrina de reduccionismo radical de los “números mágicos” con respecto a los isótopos. Esto llevó a la consideración de las implicaciones de fondo del mismo ordenamiento acorde con los sólidos truncados arquimedianos que…
o@ourgon11/8/2015+0-0
12. No es la acción como tal, sino la dinámica (la geometría física en la que se ubica la acción) lo que es primario. Por tanto, la obra fundamental de Bernhard Riemann data de su disertación de habilitación de 1854: Über die Hypothesen, Welche der Geometrie zu Grunde liegen, en Bernard Riemanns Gesammelte Mathematische Werke, H. Weber, ed. (Nueva York; Dover Publications, reedición de 1953). Ver también Vernadsky y el principio de Dirichlet, por Lyndon H LaRouche (Resumen ejecutivo de EIR de la…
o@ourgon11/8/2015+1-0
NOTAS:1. Cabe señalar, desde el principio, que las categorías fundamentales a las que se hace referencia implícita en este escrito están relacionadas incluso con las categorías establecidas para la ciencia experimental por las definiciones del académico V.I. Vernadsky de la biosfera y de la noosfera, respectivamente, dinámicas. Los procesos vivientes en general pertenecen a la biosfera, mientras que la función de la inteligencia creativa específicamente singular al individuo humano (entre las cr…

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