En esa noche como cualquiera, rodeado por la majestad de la oscuridad, conmovido por el viento frío sobre mi piel y admirado por las nubes moviéndose alrededor de la luna, fui inmerso contra mi voluntad a un pedazo del infierno, bueno, no totalmente en contra de mi voluntad.
De alguna forma lo deseé cuando, presionado por mi alma y en busca de desahogo, vertí sobre mi conciencia los eternos recuerdos del horroroso día y sus fieles compañeros.
No deseaba amar, ni ser feliz. Porque el amor y le felicidad eran ilusiones, o al menos, dones otorgados arbitrariamente a quienes por principios naturales poseían belleza y gracia en todas las artes. Cuando no se desea ser feliz y se considera insuficiente para un amor auténtico, no queda otra alternativa que ser para sí de la peor forma: la soberbia.
Pero creo que ya he descrito con suficiencia la condición que describía mi estado anímico, y por ello diré que en el infierno me disolví de forma unísona con los pesimistas recitando incansablemente sus himnos en apariencia sublimes: "La vida es la peor tragedia", "He venido al mundo para sufrir, y "me glorío en el sufrimiento", "No soy libre de hacerme o de definir mi destino, sólo soy una consecuencia de mis actos".
La luz se fue atenuando poco a poco, la perversión del mal corría por las venas de mis perturbadas cogitaciones y poco a poco fui agregando a mis pecados, de forma insospechada me alejé de la verdad abusando de la retórica nacida de la ira contra el logos universal de lo que es.
Sumergido en el infierno desde esa noche, seguí muriendo mi vida justificando todo en nombre de haber alcanzado el verdadero aisthetikê: la exploración profunda del misterio del ser en mí mismo, a través de la mutabilidad extrema, necesaria y continua de emociones que me destruían. Todo porque obtenía un extraño gozo de destruirme, de ir en contra de lo que había deseado pues ya nada me satisfacía.
Esa noche del alma y el indeseado sufrimiento me persiguen más que como vago recuerdo de inmersión al infierno, me persiguen como tentación deseable y suicidio óntico, me persiguen cuando la felicidad parece absoluta, todo, para formar una hermosa sinfonía, de notas bajas y notas altas todas admirables no por sus efectos o su naturaleza intrínseca sino por la sintestesia obtenida de su contemplación.
Esa sinfonía es a veces interrumpida en algunas partes, discontinua, indecisa, entonces, es cuando los dedos dubitativos del primer principio alternan entre las notas altas y las notas bajas. El sentido nuevo que toma la sinfonía está determinada por el grado de correspondencia entre las notas tocadas y la vibración de mi alma.
Una vibración que a veces me exalta y a veces me destruye.
Una nueva luz ha tocado mi vida, la vida que no leo como un devenir ordinario sino como una substancia llena de símbolos, símbolos de otras realidades y en este caso, de algo -al menos para mí- totalmente insospechado. Hoy permití que un símbolo de esperanza fuera parte de mi ser. La sinfonía sigue siendo de notas bajas, pero un violín en el fondo de esa sinfonía canta como señalando el advenimiento de algo sorprendente. Salí del infierno espiritual y estoy atrapado en el limbo vital, entre el paraíso vital y el hades vital.
Me encuentro entre el yo que me destruye y el yo que quiere exaltarse.
De alguna forma lo deseé cuando, presionado por mi alma y en busca de desahogo, vertí sobre mi conciencia los eternos recuerdos del horroroso día y sus fieles compañeros.
No deseaba amar, ni ser feliz. Porque el amor y le felicidad eran ilusiones, o al menos, dones otorgados arbitrariamente a quienes por principios naturales poseían belleza y gracia en todas las artes. Cuando no se desea ser feliz y se considera insuficiente para un amor auténtico, no queda otra alternativa que ser para sí de la peor forma: la soberbia.
Pero creo que ya he descrito con suficiencia la condición que describía mi estado anímico, y por ello diré que en el infierno me disolví de forma unísona con los pesimistas recitando incansablemente sus himnos en apariencia sublimes: "La vida es la peor tragedia", "He venido al mundo para sufrir, y "me glorío en el sufrimiento", "No soy libre de hacerme o de definir mi destino, sólo soy una consecuencia de mis actos".
La luz se fue atenuando poco a poco, la perversión del mal corría por las venas de mis perturbadas cogitaciones y poco a poco fui agregando a mis pecados, de forma insospechada me alejé de la verdad abusando de la retórica nacida de la ira contra el logos universal de lo que es.

Sumergido en el infierno desde esa noche, seguí muriendo mi vida justificando todo en nombre de haber alcanzado el verdadero aisthetikê: la exploración profunda del misterio del ser en mí mismo, a través de la mutabilidad extrema, necesaria y continua de emociones que me destruían. Todo porque obtenía un extraño gozo de destruirme, de ir en contra de lo que había deseado pues ya nada me satisfacía.
Esa noche del alma y el indeseado sufrimiento me persiguen más que como vago recuerdo de inmersión al infierno, me persiguen como tentación deseable y suicidio óntico, me persiguen cuando la felicidad parece absoluta, todo, para formar una hermosa sinfonía, de notas bajas y notas altas todas admirables no por sus efectos o su naturaleza intrínseca sino por la sintestesia obtenida de su contemplación.

Esa sinfonía es a veces interrumpida en algunas partes, discontinua, indecisa, entonces, es cuando los dedos dubitativos del primer principio alternan entre las notas altas y las notas bajas. El sentido nuevo que toma la sinfonía está determinada por el grado de correspondencia entre las notas tocadas y la vibración de mi alma.
Una vibración que a veces me exalta y a veces me destruye.
Una nueva luz ha tocado mi vida, la vida que no leo como un devenir ordinario sino como una substancia llena de símbolos, símbolos de otras realidades y en este caso, de algo -al menos para mí- totalmente insospechado. Hoy permití que un símbolo de esperanza fuera parte de mi ser. La sinfonía sigue siendo de notas bajas, pero un violín en el fondo de esa sinfonía canta como señalando el advenimiento de algo sorprendente. Salí del infierno espiritual y estoy atrapado en el limbo vital, entre el paraíso vital y el hades vital.
Me encuentro entre el yo que me destruye y el yo que quiere exaltarse.


