Houston, tenemos un problema
Techint genera fuentes de trabajo en Texas mientras despide trabajadores en Argentina y ahorra en impuestos. La celebración de Macri, un caso sin precedentes. Encuentro con Trump, aval político sin garúa de dólares. Las industrias culturales se hacen oír. Consejos del apóstol Esteban Bullrich.
Hay momentos, flashes, en los que el presidente Mauricio Macri o su elenco se salen del libreto dando rienda suelta a su idiosincrasia. Son reveladores y cada vez más frecuentes. Una de las gemas de la semana pasada sucedió cuando Macri se refirió a los “abuelos” (mote erróneo que reduce a un rol a personas de cierta edad) y se fue empalagando con las risas cortesanas. Terminó explayándose sobre el (ab)uso de los canales porno en algunos centros de jubilados, delató a uno, con pelos y señales. Se ufanó de haber ordenado cortar el uso de esa señal de cable, como si fuera una hazaña. Siguió adelante un ratito, fue “Mauricio” sin ambages: un bon vivant millonario desde la cuna que denigra (sin percatarse siquiera) a los más humildes de cualquier edad y condición.
us panegiristas lo comparan con Pascal o lo describen como un hombre moderado, sereno, amante de los consensos… pero no hay caso. Ni bien abre la boca los desmiente, ni qué decir cuando toma decisiones.
Se repite, con buena dosis de razón, que Cambiemos gobierna para los ricos. Más refinado es el comentario que hizo tiempo atrás el sociólogo y académico Ernesto Semán: el actual es un Gobierno de clase. Una de sus características es negarlo “de boquilla” y confirmarlo a través de sus políticas públicas.
Parte de las coberturas de los medios dominantes sobre los viajes presidenciales expresan el “cambio cultural”. Recurrentes notas editadas en las secciones políticas parecen salidas de filiales insulsas de las revistas “Hola” o “Caras”. Mujeres periodistas se regodean comparando la vestimenta de la primera dama Juliana Awada versus la de las reinas o colegas con las que va topando, como Máxima de Holanda o Ivanna Trump. Se insinúa, tal vez, una nueva disciplina olímpica: competencia en el glamour femenino. Acaso alumbre otro medallero para Argentina en el noble mundo del buen vestir.
Houston, tenemos un problema: Que Techint instale una fábrica de caños sin costura (la especialidad de la casa, una manufactura-commodity) cerca de Houston es un hecho rotundo que casi hace ociosos los comentarios. Apenas vale la pena agregar otros datos.
La variante de la relocalización rompe una regla establecida: de ordinario el capital muda empresas a países con salarios “competitivos”, esto es más bajos o viles. La penuria aflige a Europa y es aprovechada por Marine Le Pen en sus recorridos de campaña por ciudades fantasmas o que enfilan para serlo.
La multinacional Techint lidera una innovación: gasta 1800 millones de dólares para dar conchabo a obreros con sueldos comparativamente elevados mientras desguarnece sus posiciones locales. Esto último, convengamos, un modo de decir, porque Techint es más multi que argentina, pero talla fuerte en la economía gauchesca y en la poderosa Asociación Empresaria Argentina (AEA). Paolo Rocca, uno de los contados capitanes de la industria que ha leído algunos libros, es un referente de los líderes patronales.
La planta de Techint en Campana languidece y despidió centenares de trabajadores el año pasado. El intendente, Sebastián Abella, la eximió de un impuesto local. Como la gracia estatal levantó protestas de los vecinos, la envolvió en una medida supuestamente general: protección a las empresas en crisis.
Usted se preguntará como puede estar en crisis un conglomerado que, en paralelo, invierte una fortuna en otras latitudes. Es pecar de ingenuo, porque en el capitalismo global (y el anterior también…) las sociedades comerciales esconden su identidad o la utilizan para evadir impuestos o responsabilidades. En jerga jurídica se llama “abuso de la identidad societaria” y debe ser sancionada… si las pescan los Gobiernos o tribunales que habitualmente las aúpan.
Esta columna no se adentrará en la sofisticada trama de Techint para evadir impuestos, jugar con la trasnacionalización y optimizar sus ganancias. La sede en Luxemburgo, una guarida fiscal bien enclavada, es solo una de ellas. Para quien quiera un análisis profundo y detallado se recomienda un trabajo del sociólogo Alejandro Gaggero. Se titula “Los efectos de la internacionalización y extranjerización de los grandes grupos empresarios argentinos”. Fue publicado por el Centro de Economía y Finanzas para el Desarrollo de Argentina (Cefidar).
Tejemanejes de ese jaez sirvieron a la gran banca trasnacional para gambetear la responsabilidad por el corralito en la Argentina. Si las sucursales sudacas estafaron a los ahorristas y quedaron desfondadas, ese no es nuestro problema, adujeron desde las casas matrices, sueltos de cuerpo. No fue una exclusividad argenta: en toda Europa tras la caída de Lehman Brothers el sistema político protegió al sector financiero y sus pillos más redomados. Allá lo llamaron “paracaídas de oro” para que los tahúres de guante blanco llegaran al suelo sin magullones. La caída libre de las personas que confiaron en ellos tuvo muy otro desenlace, ya se sabe.
https://www.pagina12.com.ar/34894-houston-tenemos-un-problema
Techint genera fuentes de trabajo en Texas mientras despide trabajadores en Argentina y ahorra en impuestos. La celebración de Macri, un caso sin precedentes. Encuentro con Trump, aval político sin garúa de dólares. Las industrias culturales se hacen oír. Consejos del apóstol Esteban Bullrich.
Hay momentos, flashes, en los que el presidente Mauricio Macri o su elenco se salen del libreto dando rienda suelta a su idiosincrasia. Son reveladores y cada vez más frecuentes. Una de las gemas de la semana pasada sucedió cuando Macri se refirió a los “abuelos” (mote erróneo que reduce a un rol a personas de cierta edad) y se fue empalagando con las risas cortesanas. Terminó explayándose sobre el (ab)uso de los canales porno en algunos centros de jubilados, delató a uno, con pelos y señales. Se ufanó de haber ordenado cortar el uso de esa señal de cable, como si fuera una hazaña. Siguió adelante un ratito, fue “Mauricio” sin ambages: un bon vivant millonario desde la cuna que denigra (sin percatarse siquiera) a los más humildes de cualquier edad y condición.
us panegiristas lo comparan con Pascal o lo describen como un hombre moderado, sereno, amante de los consensos… pero no hay caso. Ni bien abre la boca los desmiente, ni qué decir cuando toma decisiones.
Se repite, con buena dosis de razón, que Cambiemos gobierna para los ricos. Más refinado es el comentario que hizo tiempo atrás el sociólogo y académico Ernesto Semán: el actual es un Gobierno de clase. Una de sus características es negarlo “de boquilla” y confirmarlo a través de sus políticas públicas.
Parte de las coberturas de los medios dominantes sobre los viajes presidenciales expresan el “cambio cultural”. Recurrentes notas editadas en las secciones políticas parecen salidas de filiales insulsas de las revistas “Hola” o “Caras”. Mujeres periodistas se regodean comparando la vestimenta de la primera dama Juliana Awada versus la de las reinas o colegas con las que va topando, como Máxima de Holanda o Ivanna Trump. Se insinúa, tal vez, una nueva disciplina olímpica: competencia en el glamour femenino. Acaso alumbre otro medallero para Argentina en el noble mundo del buen vestir.
Houston, tenemos un problema: Que Techint instale una fábrica de caños sin costura (la especialidad de la casa, una manufactura-commodity) cerca de Houston es un hecho rotundo que casi hace ociosos los comentarios. Apenas vale la pena agregar otros datos.
La variante de la relocalización rompe una regla establecida: de ordinario el capital muda empresas a países con salarios “competitivos”, esto es más bajos o viles. La penuria aflige a Europa y es aprovechada por Marine Le Pen en sus recorridos de campaña por ciudades fantasmas o que enfilan para serlo.
La multinacional Techint lidera una innovación: gasta 1800 millones de dólares para dar conchabo a obreros con sueldos comparativamente elevados mientras desguarnece sus posiciones locales. Esto último, convengamos, un modo de decir, porque Techint es más multi que argentina, pero talla fuerte en la economía gauchesca y en la poderosa Asociación Empresaria Argentina (AEA). Paolo Rocca, uno de los contados capitanes de la industria que ha leído algunos libros, es un referente de los líderes patronales.
La planta de Techint en Campana languidece y despidió centenares de trabajadores el año pasado. El intendente, Sebastián Abella, la eximió de un impuesto local. Como la gracia estatal levantó protestas de los vecinos, la envolvió en una medida supuestamente general: protección a las empresas en crisis.
Usted se preguntará como puede estar en crisis un conglomerado que, en paralelo, invierte una fortuna en otras latitudes. Es pecar de ingenuo, porque en el capitalismo global (y el anterior también…) las sociedades comerciales esconden su identidad o la utilizan para evadir impuestos o responsabilidades. En jerga jurídica se llama “abuso de la identidad societaria” y debe ser sancionada… si las pescan los Gobiernos o tribunales que habitualmente las aúpan.
Esta columna no se adentrará en la sofisticada trama de Techint para evadir impuestos, jugar con la trasnacionalización y optimizar sus ganancias. La sede en Luxemburgo, una guarida fiscal bien enclavada, es solo una de ellas. Para quien quiera un análisis profundo y detallado se recomienda un trabajo del sociólogo Alejandro Gaggero. Se titula “Los efectos de la internacionalización y extranjerización de los grandes grupos empresarios argentinos”. Fue publicado por el Centro de Economía y Finanzas para el Desarrollo de Argentina (Cefidar).
Tejemanejes de ese jaez sirvieron a la gran banca trasnacional para gambetear la responsabilidad por el corralito en la Argentina. Si las sucursales sudacas estafaron a los ahorristas y quedaron desfondadas, ese no es nuestro problema, adujeron desde las casas matrices, sueltos de cuerpo. No fue una exclusividad argenta: en toda Europa tras la caída de Lehman Brothers el sistema político protegió al sector financiero y sus pillos más redomados. Allá lo llamaron “paracaídas de oro” para que los tahúres de guante blanco llegaran al suelo sin magullones. La caída libre de las personas que confiaron en ellos tuvo muy otro desenlace, ya se sabe.
https://www.pagina12.com.ar/34894-houston-tenemos-un-problema