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alfluna5

Usuario (Uruguay)

Primer post: 1 feb 2010Último post: 8 dic 2017
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Cuento propio: Conversación en un bar
ArteporAnónimo1/4/2014

Shepard miró el canto amarillento de sus dedos mientras aplastaban el cigarrillo contra la boca del cenicero. Pensó en la primera vez que fumó, con doce años, en la casa de Carlos, su mejor amigo de la infancia. Sin saber por qué, recordó el temblor de su mano al sostener el Philip Morris, la mirada de desafío y evaluación de Carlos, la náusea invadiéndolo con la primera pitada, rebotando ásperamente en su garganta. Era verano, uno de esos veranos pegajosos de la infancia, de siestas truncas, doblegadas por la urgencia lúdica y transgresora que se apropiaba de los cuerpos adolescentes. Fumar era uno de los peldaños indispensables para ingresar al mundo adulto, y en aquella nebulosa tarde de enero o febrero de cuarenta años atrás él había dado ese paso. El tintineo de una cuchara contra el piso lo hizo volver desde sus pensamientos, sin lograr quitarle el retrogusto agridulce del paladar. Retorció la colilla hasta apagarla completamente, y miró la hora. Casi las diez y media. Habían quedado a las diez. Sintió mezclarse entre pecho y espalda sentimientos de frustración y de alivio. Resolvió esperar quince minutos más antes de llamarla. Nadia siempre llegaba tarde a todos lados, y esa es una de las costumbres que la gente conserva durante toda su vida. No la vio sino hasta que estuvo a pocos metros de distancia de su mesa, y no la reconoció hasta que sus miradas se cruzaron, deteniéndose una en la otra por un momento. Ella esbozó una palabra inaudible, acomodó instintivamente la cartera en su hombro, y caminó hacia él. Shepard se incorporó, metiendo la cara en una franja de sol que lo obligó a entornar los ojos. La mujer, sin dejar de mirarlo, dejó pasar a una pareja que iba saliendo, y se acercó dando unos últimos pasos lentos, casi teatrales. -Hola. La voz sonó un poco más áspera y desvaída que en su recuerdo, pero aun así reconocible. Shepard sintió que algo temblaba en su interior al escuchar el saludo. -Hola. Se sentaron en silencio. Durante un instante, que le pareció eterno, Shepard no supo qué hacer con las manos, mientras los ojos de la mujer no se apartaban de su cara. Apreció sin sorpresa el surco acentuado de algunas arrugas que doce años atrás eran sólo insinuaciones, amenazas de un futuro que entonces parecía muy lejano. La piel algo floja del cuello era otro signo del paciente trabajo del tiempo. Shepard se sacudió de encima un incipiente principio de angustia inclinando un poco el cuerpo hacia adelante, esforzándose por que su voz sonara lo más neutra posible. -¿Qué vas a tomar? -Un cortado está bien. -¿Algo para comer? -No.- un gesto de impaciencia relampagueó en los profundos ojos verdes. Shepard pidió dos cortados. Se sintió tentado a prender un cigarrillo, pero contuvo el impulso. Pensó decir algo para romper el hielo. -Estás muy bien. El tiempo no pasa para vos. Nadia permaneció inconmovible. -Gracias, pero no vine para escuchar tus halagos. Decí lo que tengas para decir. -Esperemos los cortados-dijo Shepard, en un intento por ganar tiempo. Había pasado varias noches en vela, desde que Nadia accedió a verlo, imaginando lo que diría en este momento, pero se sintió repentinamente inseguro, incapaz de expresar en palabras todo lo que tenía para decir. Después de unos minutos de incómodo silencio, llegó el mozo con el pedido. Shepard miró por la ventana, buscando una improbable inspiración en las caras de los transeúntes. “Ya está”, pensó. -¿Cómo está? Nadia introdujo la cuchara en el vaso y la giró durante algunos segundos antes de contestar. -Está bien. Con las típicas cosas de adolescentes. Rebelde, cuestionador, pero bien. Estudia, juega al fútbol, sale con los amigos. Es bueno. -Lo criaste bien. -Hice lo que pude, Luis.-otra vez la mirada de condena, verde mirada de agua encrespada y salina. -Escuchame Nadia...-”ya está”, se repitió. “Debería decirle que ya sé que no importa nada de lo que diga, que lo mío no tiene perdón. Debería decírselo, y decirle que yo siento lo mismo.” -Escuchame Nadia, yo quisiera explicarte muchas cosas... -No. No me interesa. No me interesa escucharte. Sólo explicame por qué apareciste. Por qué ahora te acordaste de que tenías un hijo. ¿Te vino el instinto paterno de golpe? ¿Te pegó el viejazo? La voz sonó cortante, con la punta de un iceberg de rabia contenida flotando entre las vocales. En la mesa más cercana, una anciana excesivamente maquillada miró a Nadia, con un gesto que Shepard identificó como lindero al deleite. “Tanto odio acumulado, día a día, durante doce años. Todavía no entiendo qué hace acá. Era el momento ideal para vengarse, para agarrarme con la guardia baja.” Shepard acarició el borde del vaso con el pulgar, acompañando la línea curva del vidrio. “Es una buena mujer, a pesar de todo. La podredumbre del rencor no pudo con ella.” -Me gustaría verlo.-levantó la vista, clavándola en sus ojos-Quiero verlo.-quiso decir algo más, agregar algo contundente, que la convenciera de su arrepentimiento. “Que me dé latigazos”, pensó absurdamente. Se negó a permitir que el temblor se extendiera más allá de su boca, a que sus palabras sonaran como una súplica. Calló. Ella se inclinó, como si quisiera tocarlo con su la punta de su odio. Pronunció cada una de las palabras como si hubiera estado esperando ese momento para decirlas, como si las hubiera guardado durante todos esos años en un baúl en el rincón más oscuro de un sótano , sumándolas día a día, cuidando de que no se perdiera ninguna, esperando el momento propicio para soltarlas en el aire rancio de ese bar. -Si por mí fuera, no lo verías nunca en tu puta vida. No lo merecés. No estuviste cuando más te necesitaba. ¿Vos sabés las veces que Matías lloró por su padre, por su abandono? ¿Tenés alguna idea? No, no la tenés porque no estabas ahí. Un puño sacudió la mesa acompañando las últimas palabras. Los vasos vibraron sobre la superficie nacarada. -Nadia… La mujer de la mesa cercana le dirigió una mirada cargada de reprobación. Otras cabezas giraron, observando la escena, expectantes. El puño permaneció pegado a la mesa durante unos instantes, tembloroso como un cachorro abandonado. Después, como obedeciendo a una orden inaudible, se abrió, retirándose. -Si por mí fuera. ¡No sé por qué tuviste que aparecer para cagarnos la vida! Ella se echó hacia atrás, recostándose contra el respaldo de la silla. Miró hacia la calle, dejó que la rabia drenara, recompuso la respiración. -La decisión final va a ser de él.-volvió a esgrimir la mirada condenatoria-Pero no te hagas ilusiones, te odia, quizás más que yo. De cualquier manera, tiene que saber que estás acá, que querés verlo. Que él decida, no puedo privarlo de ese derecho. Shepard inclinó la cabeza con sumisión. No podía decir si el miedo que le atenazaba el cuerpo era mayor que la alegría. Nadia se incorporó. Pareció, por un momento, que le daría al odio la oportunidad de decir algo más. Se contuvo, parpadeó de cara al sol, giró y se fue sin despedirse. Shepard permaneció en el bar unos minutos, inmóvil, con la mirada fija en la puerta por la cual ella había salido. Pidió la cuenta y al levantarse prendió un cigarrillo. Todavía, antes de irse, tuvo tiempo de lanzarle una mirada de desprecio a la vieja de la mesa de al lado.

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Cuatro poemas propios
ArteporAnónimo1/31/2014

El columpio El columpio de tu vientre respira en la penumbra y yo faro recibiendo el oleaje de tu ombligo mientras mi boca llueve hojas tormentas cristalinas hilos líquidos que sostienen al mundo. Me llaman las campanas de tu pecho repiqueteantes tambores del deseo flechas erguidas salvajes territorios blasones triunfantes de tu cuerpo. La comarca curva de tus muslos violentos tibio laberinto donde la noche llora sus minutos sin entrar en nuestros besos flota brevemente, tiembla se pierde en un suspiro. Desolación Desolación en las terrazas tiritantes en las cuerdas matutinas que no saben no entienden sospechan tu ausencia de sandalias rotas en un cajón ignoto de chicles masticados de basura pudriéndose en la esquina mas allá de la cual llora una orquesta violines sin cuerdas destripando notas. Desamparo de las horas estériles de relojes en habitaciones vacías milagros que no acontecen manos expectantes carentes de la golosina de la caricia. Extrañarte es como respirar algo tan simple tan presente, ubicuo regular adaptable a mis risas absurdas mis horas de sueño mis defensas de lo que quiero ser extrañarte es como nacer cada segundo abrir los ojos al desengaño del mundo desconocido y triste juguete sin niño invierno sin Julio. Los poemas Hay poemas cortantes, de filos peligrosos que abren el Mar Rojo de la carne con su acero otros son como sábanas de seda un poco corrompidos pero fascinantes imbuidos del perfume de mil noches de lujuria los hay hoscos, desconfiados no abren sus flores a la mayoría esconden sus tesoros para mostrarlos a unos pocos que logran seducirlos hay poemas líquidos hechos de lágrimas o nostalgias caudalosos, refrescantes están los burlones, implacables, juguetones coloridos como globos de cumpleaños y los que dicen algo que ya había sido dicho y olvidado luz de astros milenarios muertos y brillantes cómplices, amigos que acuden a consolarnos en madrugadas inhóspitas cifras elementales de lo humano. Testamento Por la presente en pleno uso de mis escasas facultades mentales dicto testamento lego a los poetas mis atardeceres mis barcos de papel a los infantes a los amantes dejo mis promesas incumplidas que las víctimas se queden con mis ansias de justicia entréguese a los desesperados mi alegría mis esperas irán a los pacientes dejo mis Poe, mis Cortázar, mis Zitarrosa a los enamorados del arte destínense mis despojos mortales mi carroña taciturna a abonar un campo de lilas. Publíquese, archívese, olvídese.

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Texto propio: Los inundados
ArteporAnónimo2/5/2014

Agua. Vida. Muerte. Hay gente que gusta de la lluvia. Ven caer la lluvia y se llenan de ensoñaciones. Comparan a la lluvia con el amor y la melancolía. Para otros la lluvia es un insumo, calculan los milímetros necesarios para determinado volumen de cosecha, medido en toneladas o en dólares. Los taxistas nunca trabajan tanto como cuando llueve, como si las tormentas arrastraran los clientes hacia sus autos. Ellos corren, llevan, traen, exigen los motores, bajan y suben banderas, hablan sobre el clima y el fútbol con los clientes hasta enronquecer. En las avenidas brotan los vendedores de paraguas, escandalosos, voceando las virtudes de los varoniles elementos de mango curvo y terminados en punta, o la conveniencia del precio de los pequeños murciélagos acurrucados que, ni bien se desplieguen, serán despanzurrados por el primer viento fuerte que los embolse. Los farmacéuticos multiplican la venta de antigripales y analgésicos. Muchos tienen motivos para querer la lluvia, para recibirla con una sonrisa. Otros la amarán o la odiarán, dependiendo de las circunstancias, o incluso habrá a quienes le resulte indiferente. Pero nosotros, nosotros le tememos. Nosotros calculamos cuánto falta para que la lengua del río, engordado por la lluvia, llegue a nuestra puerta, nosotros miramos al cielo suplicando, no importa que creamos o no, que se detenga su llanto, nosotros maldecimos con el alma, la sangre y el cuerpo cuando la cortina gris no abre. Nosotros, los que perdemos todo cada cuatro o cinco años, los que nos negamos a dejar los despojos de nuestras casas hasta que nos obligan, los que salimos en los noticieros, que exhiben nuestra desgracia como trozos de carne en una vitrina, desplazando de la pantalla, por unos días, a los políticos, esos mismos que cada cinco años vienen y prometen, nos abrazan, reparten futuros venturosos de viviendas lejos de las crecidas, futuros que después nunca llegan, o que mueren ahogados bajo el aluvión gris interminable. Nosotros odiamos la lluvia.

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Alfredo Zitarrosa, a 25 años de su muerte.
Alfredo Zitarrosa, a 25 años de su muerte.
ArteporAnónimo1/18/2014

MONTEVIDEO 17 de enero ( EFE; AFP y UPI ), con la muerte del cantor Alfredo Zitarrosa, Uruguay pierde el símbolo de su canciòn en el mundo y a un luchador por la paz y la libertad en opinión de sus colegas y amigos. Alfredo Ziatarrosa Iribarne muriò hoy en Montevideo a los 53 años, vìctima de una peritonitis de causa intestinal, segùn el parte mèdico. Reconocido como uno de los màs importantes compositores e intèrpretes de la canciòn popular Latinoamericana, fue un hombre polifacético que cultivò la poesìa, el periodismo y la locución. Josè “ Pepe “ Guerra uno de los integrantes del dùo “ Los Olimareños “, que compartìo el exilio con Zitarrosa, afirmò que con su muerte “ Uruguay “ pierde el símbolo de la canciòn en el mundo “. Zitarrosa fue “ un maestro y abanderado de la generaciòn del 60 “ en la mùsica popular y es “ un clàsico que entrò en la historia de la musica Latinoamericana “ agregò Pepe Guerra. La asociación de la prensa uruguaya ( APU ) de la cual era socio el cantautor emitiò un comunicado afirmando que con Zitarrosa “ muere un hombre que fue luchador de la paz y la libertad del pueblo en sus horas màs difíciles.” Zitarrosa comenzò como locutor de radio en 1954 y poco después obtuvo su primer premio como poeta, en un concurso organizado por la Intendencia ( ayuntamiento ) de Montevideo. El cantante uruguayo viajò como periodista a Chile y Perù y a su regreso iniciò su carrera como autor e intèrprete de canciones nativas y populares que le dieron fama local, posteriormente en Amèrica Latina y durante su exilio con el règimen militar, reconocimiento mundial. Las primeras actuaciones internacionales de Zitarrosa tuvieron lugar en 1965 durante el tradicional Festival de Cosquìn ( Argentina ), donde conociò a Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui y a otras figuras de la canciòn latinoamericanas con quienes entablò una gran amistad. En la dècada de los 70, el cantautor fue distinguido con un premio a su trayectoria por el gobierno de Venezuela. Vinculado desde joven al partido comunista uruguayo ( PCU ) apoyò a la coalición de izquierda “ Frente amplio “ desde su creación, en 1971, actualmente la tercera fuerza polìtica del paìs. Tras el golpe militar de 1973 sus canciones fueron prohibidas por el règimen tantos en actos pùblicos como en emisoras, y debìo exiliarse en España y Mèxico durante ocho años. El 31 de marzo de 1984 Zitarrosa regresò a su paìs en medio de un gran jùbilo popular y fue el primer artista que volviò del exilio cuando el règimen militar estaba aùn en el poder. Una caravana por las primeras avenidas acompaño el retorno a Montevideo del cantautor, quièn ofreciò un recital a miles de admiradores en el estadio Centenario. Entre sus canciones destacan “ Milonga de ojos dorados “, “ En mi paìs “, “ Doña Soledad “, , “ Milonga para una niña “, “ Mire amigo “, “ El violìn de Becho “, y “ Sthefanie “, todas ellas èxitos internacionales. Su sensibilidad y humanismo lo llevaron a expresar sus sentimientos escribiendo poemas, en los que intentaba justificar lo que parece “ injustificable “, segùn apuntaba y describìa el llanto de un niño “ como el motor de mis rebeldìas “. En 1958 ganò el premio municipal de poesìa con su libro “ explicaciones “ siendo uno de los jurados el famoso escritor uruguayo Juan Carlos Onetti; hoy radicado en España. Su amigo y narrador Enrique Estràzulas otro grande de las letras uruguayas modernas describiò como alguien “ a medio camino entre el gaucho, y el orillero entre el estudiante rebelde y el puntero izquierdo, el pobre poeta del tìmido cuaderno inèdito, aquèl niño de màs de 30 años que se dedicò a cantar. Su extensa discografìa con màs de 25 elepès editados dejara para las futuras generaciones de uruguayos el recuerdo de una estupenda voz quizà algo “ triste “ como fue definido por crìticos extranjeros pero sobre todo el mensaje ìntimo que una guitarra y una canciòn puede màs que las armas de un ejèrcito para derrotar a una dictadura. En el exilio Zitarrosa compuso uno de sus mejores temas, “ Guitarra Negra “, considerado por la crìtica como su creación “ epica “ màs importante surgida en el periòdo 1973-83. Numerosas figuras de la cultura, la polìtica, sindicalistas y diplomàticos extranjeros han acudido al velatorio de Zitarrosa en el Teatro “ EL Galpòn “, de Montevideo, asì como miles de uruguayos de diversa clase social e incluso turistas. Segùn el parte mèdico Zitarrosa sufriò el domingo un infarto masivo de intestino delgado de origen venoso del que logrò recuperarse a pesar de ser intervenido quirúrgicamente y falleciò hoy debido a una peritonitis de causa intestinal. Hoy anduvo la muerte revisando los ruidos del teléfono, distintos bajo los dedos índices, las fotos, el termómetro, los muertos y los vivos, los pálidos fantasmas que me habitan, sus pies y manos múltiples, sus ojos y sus dientes, bajo sospecha de subversión... Y no halló nada... No pudo hallar a Batlle, ni a mi padre, ni a mi madre, ni a Marx, ni a Arístides, ni a Lenin, ni al príncipe Kropotkin, ni al Uruguay ni a nadie... ni a los muertos Fernández más recientes... A mí tampoco me encontró... Yo había tomado un ómnibus al Cerro e iba sentado al lado de la vida Fragmento de "Guitarra negra" “Porque la mariposa nace y no aprende nada hasta que muere en cualquier sitio, herida de muerte por su semana justa, por su tiempo preciso, por su sorbito de vida ya bebida...” Por morir, por vivir, porque la muerte es más fuerte que yo canté y viví en cada copla sangrada, querida, cantada, nacida y me fui... [/align "Zitarrosa es un hombre renacentista, atento a todo aquello que significa cambiar la vida”. Washington Benavídez “Un hombre y un artista con la magia de crear luz de donde sólo hay tinieblas" Saúl Ibargoyen “Fuera de la faz técnica, entonces, de este trabajo particular que es el cantar, aquella circunstancia feliz de “la comunicación” directa que ha de producirse entre un buen cantor y sus oyentes viene condicionada por el medio social en que se produce, y en su momento adquiere un carácter testimonial, tiene un significado cultural preciso:este cantor y esto que canta son un producto cultural aceptable para el medio”.Lo que es más, un cantor y su repertorio han de ser “necesarios”, o no sirven a sus fines. (Publicado en “Ya” en junio de 1970). “Una canción de protesta no es más necesaria que una canción de amor, si ésta es necesariamente más bella que la canción rebelde, mientras que la rebeldía se someta de buen grado –en tanto canción- al rigor de la norma estética .Aunque no han de confundirse “estética” y “estilo”, lo que cierto es que de todas maneras un cantante de “estilo” está más cerca que otro de lograr un hecho estético al cantar………………... “La canción popular, lo mismo que el idioma, es una “herramienta de trabajo”. Tan apta para su servicio específico como cualquier otra herramienta posible.¿Y cual es su utilidad? La de “comunicar” ciertos contenidos, en condiciones ideales de tránsito .Desde aquí hasta allá, el camino más corto es la línea recta. Si tal canción llena ese requisito, ya es un mensaje, tiene un destino inmediato. Si ese mensaje es “memorable”, es porque la poesía y la música trabajan a favor. Aunque ambas no sean ajenas al hombre .Bien al contrario, en la “perdurabilidad” posible de una canción, van implícitos todos los esfuerzos de la humanidad para ocupar ese lugar innominado, que yo le llamaría la gozosa certidumbre de ser un hombre entre los hombres. (Publicado en “Ya” julio l970).

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La escritura de los dioses: Jorge Debravo
ArteporAnónimo9/28/2013

Nació el 31 de enero de 1938 en Santa Cruz de Turrialba en Cartago, Costa Rica, bajo el nombre de Jorge Delio Bravo Brenes. Creció en una familia de campesinos humildes, trabajando desde niño a medio tiempo para poder ayudar a su familia. Aun así desde muy temprana edad mostró mucho entusiasmo por el estudio. La Historia narra sobre los primeros días del curso lectivo de 1952, cuando Joaquín Bravo se animó a llevar a su hijo de 14 años, Jorge Delio, ante la presencia de Teresita López de Albán, la joven directora y maestra de la Escuela Mixta de Santa Cruz de Turrialba, en Cartago. El jovencito había insistido mucho, y la educadora cartaginesa supo adivinar que aquel muchacho que nunca había ido a la escuela, pero que sabía leer y escribir autodidácticamente, era un diamante listo para pulir. Y ella lo pulió: lo ascendió por sus conocimientos a sexto grado, y después hasta gestionó una beca para que continuara los estudios secundarios. Cursó la segunda enseñanza en el Instituto Clodomiro Picado. Circunstancias económicas lo obligaron a dejar los estudios y buscar trabajo en la Caja Costarricense del Seguro Social (C.C.S.S.), a los 17 años. Es por ese periodo que comienza a publicar en el periódico El Turrialbeño en compañía de varios jóvenes de su tierra (entre los que se contaba Laureano Albán y Marco Aguilar). Tenía 21 años (1959) cuando se casó con Margarita Salazar. Ese mismo año fundó el Círculo de Poetas Turrialbeños. En 1960 y 1961 nacieron sus hijos Lucrecia y Raimundo, respectivamente. Ese año sus méritos como trabajador le permitieron ascender al puesto de inspector de la C.C.S.S. Dicho puesto requirió que primero se trasladara con su familia a San Isidro de El General y luego al Valle Central (Heredia y San José), donde fundó el Círculo de Poetas Costarricenses. Todas estas actividades literarias vinieron a refrescar la literatura costarricense, dando paso a lo que algunos llaman Periodo de Vanguardia Literaria. En 1965 termina, por fin, sus estudios de secundaria. Estudió periodismo por correspondencia y otros estudios de manera autodidacta. Leía constantemente sus libros favoritos de autores como Pablo Neruda, Vallejo, Amado Nervo, Miguel Hernández, Bécquer y Whitman. Jorge Debravo murió a los 29 años, el 4 de agosto de 1967, cuando viajaba en su motocicleta por asuntos de trabajo. Se dice que fue un conductor ebrio quien lo atropelló. El 31 de enero, día del nacimiento de Jorge Debravo, fue decretado en Costa Rica como el Día Nacional de la Poesía. Desvestido La noche, deseosa, apenumbrada, te quitó sin pensar las zapatillas... y -por sentirse blanca y alumbrada- desnudó blancamente tus rodillas. Luego -por diversión, sin decir nada- la noche se llevó tu blusa larga y te arrancó la falda ensimismada como una cosa tímida y amarga. Después te colocaste travesura: desnudaste tus pechos por ternura y -hablando de un amor vago, inconexo- porque sí y porque no, a medio reproche, desnudaste también, entre la noche la noche pequeñita de tu sexo. Parto Mujer, toda mi sangre está presente contigo en esa lucha que sostienes. Contigo está mi amor incandescente y en tu llanto y en tu duelo me contienes. Nunca en la vida estuve tan de prisa, tan lleno de relámpagos y ruegos, como ahora que ha muerto tu sonrisa y están con tu dolor todos tus llantos y fuegos. Nunca estuvo mi amor tan a tu lado, nunca como esta noche de tortura, cuando sufre mi amor crucificado en el mismo tablón de tu amargura! Hijos Por la hija que ríe estoy doliente, por el hijo que llora estoy en pena, porque los dos me han puesto la colmena del alma toda abierta y toda ardiente. Porque los dos han hecho que ese diente con que la vida muerde y envenena, me clave más veneno entre la vena y me vuelva el espanto incandescente. Porque los dos son chorros de esperanza. Porque los dos me pedirán mañana un mendrugo de paz que no se alcanza. Porque tendré que darles la campana de la muerte, del odio y la venganza. y nutrirles la voz con sangre humana. Resurrección Esta noche sedienta yo me he preguntado quién eres y quién eres. Porqué es triste tu carne como un leño apagado y porqué tienes llena la boca de alfileres. Y despacio, esta noche yo te he separado como un árbol de amor, de las demás mujeres, y haciendo de mi sangre un agua he bautizado con ella tus angustias y placeres. Y le he dicho a la muerte que no puede matarme! Y le he dicho a la vida que no puede vencerme! Y le he dicho a la tierra que si logra enterrarme, a donde ella me entierre tú irás a recogerme! Y le he dicho a la nada que si logra apagarme, tú, con tus grandes besos, volverás a encenderme! Hombre Soy hombre , he nacido, tengo piel y esperanza. Yo exijo, por lo tanto, que me dejen usarlas. No soy dios: soy un hombre (como decir un alga). Pero exijo calor en mis raíces, almuerzo en mis entrañas. No pido eternidades llenas de estrellas blancas. Pido ternura, cena, silencio, pan, casa... Soy hombre, es decir, animal con palabras. Y exijo, por lo tanto, que me dejen usarlas. Nocturno sin patria Yo no quiero un cuchillo en manos de la patria. Ni un cuchillo ni un rifle para nadie: la tierra es para todos, como el aire. Me gustaría tener manos enormes, violentas y salvajes, para arrancar fronteras una a una y dejar de frontera solo el aire. Que nadie tenga tierra como tiene traje: que todos tengan tierra como tienen el aire. Cogería las guerras de la punta y no dejaría una en el paisaje y abriría la tierra para todos como si fuera el aire... Que el aire no es de nadie, nadie, nadie... Y todos tienen su parcela de aire. Prevalecer Cuando el cielo os absorba las entrañas y quiera avergonzaros comparándose con el cielo animal de la mirada, volved los ojos hacia la infinitud que lleváis escondida debajo de los párpados. Volved los ojos hacia los ojos mismos. Con eso basta. Y cuando el viento os quiera avergonzar comparando sus manos infinitas con vuestras dos sencillas, tiernas manos, hundid las manos en el amor, echadlas a madurar en pura sangre humana. Echad las manos entre las manos mismas. Con eso basta. Este es mi amor Este es mi amor, hermanos, este esfuerzo denso, maduro, alto, estos dedos agónicos y este manojo de entusiasmo. Yo no os amo dormidos: Yo os amo combatiendo y trabajando, haciendo hachas deicidas, libertando. Amo lo que de dioses se os revela ante el miedo y el látigo, lo que suda, viviente y guerrillero, en el fondo del hueso americano, lo que es amor no siendo más que carne, lo que es lucha no siendo más que paso, lo que es fuego no siendo más que grito, lo que es hombre no siendo más que árbol. Profundidad He aprendido a mirar de una manera más viva: como si mis abuelos por mi sangre miraran; como si los futuros habitantes alzaran mis pestañas. Yo no miro la piel sino lo que en la piel es fuego y esperanza. Lo que aún en los muertos sigue nutriendo razas. Lo que es vida y es sangre tras la inmovilidad de las estatuas. link: http://www.youtube.com/watch?v=vUZNcELW7NY

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Cuento propio: Encuentro inesperado
ArteporAnónimo3/15/2014

Encuentro inesperado El sol se había puesto y el aire se enfriaba rápidamente. Se detuvo un momento para mirar hacia arriba, esperando casi oír el crujido del cielo bajo la presión del frío nocturno. Tuvo conciencia de tener miedo de volver al apartamento y enfrentarse al escándalo silencioso de la soledad, de odiarse por encender la televisión y poner cualquier programa sólo para romper el silencio y sus interrogantes. Miró la hora, sintiendo el peso de una duda rodando de canto en su conciencia, tambaleándose sin definir hacia donde caer. Esperó unos segundos más antes de amoldarse al guante de la resignación. La parada estaba atestada de gente con aspecto tan desamparado como el suyo, con la excepción de unas adolescentes que se reían mientras miraban algo en la pantalla de un celular. El ómnibus no pasó en hora y volvió a sentir la tentación de abandonarse en la noche, entrar a un bar, sentarse en una plaza a tratar de descifrar las guiñadas de las estrellas o caminar hasta hartarse. “Hace mucho frío”- pensó - “Después se complica con los ómnibus, y mañana el día es largo”. Cuando por fin llegó el ómnibus, la gente se arremolinó para subir. Una señora se precipitó delante del hombre, golpeándolo inadvertidamente con la cartera en la maniobra. Viajó parado en el medio, entre la señora del carterazo y las muchachas, que seguían riendo sin un motivo aparente. Se bajó a los veinte minutos, recorriendo la geografía desierta del barrio comercial, ya dormido a esa hora. Caminó por la vereda que los focos del alumbrado público iban tendiendo bajo sus pies, eludiendo los agujeros de las baldosas faltantes. Una música estridente sonaba en alguna parte, sin poder diluir la atmósfera de desolación que goteaba sobre la noche. Al pasar frente al portón de una fábrica escuchó una especie de gemido que lo llamaba desde el suelo. Se detuvo, intentando identificar el sonido. El lugar estaba mal iluminado, orlado de sombras espesas, por lo que se acercó para mirar. En una de las esquinas en que el hormigón se unía al plano semioxidado del portón metálico, una bolita de pelos lloraba acurrucada sobre un buzo apolillado. El perrito lo miró, con un gesto intrigado y temeroso. Los ojitos semicerrados cobraron vida, examinándolo, y simultáneamente se reanudaron los quejidos. El hombre le devolvió la mirada, sintiendo en el vientre el roce de pétalos de ternura enmohecidos. “No tiene comida. Hace mucho frío. No va a sobrevivir.” Dejó el bolso en el piso y levantó al perro por las axilas, sintiendo en las manos la tibieza del cuerpo diminuto, y los latidos enloquecidos golpeando por detrás del pelo color caoba. El perro se contorsionó entre sus manos, redoblando su llanto. “En el edificio no permiten mascotas, no puedo llevarlo. Además, trabajo todo el día, estaría solo todo el tiempo.” Lo acomodó nuevamente sobre la prenda rotosa, envolviéndolo para protegerlo del frío. Se acomodó el bolso en bandolera y empezó a caminar, con pasos dolorosos, escuchando la letanía cada vez más apagada de los gemidos al alejarse. Giró con cautela la llave de la puerta de calle, comprobando al entrar al hall que no había nadie. Un chillido emergió de dentro del bolso, estremeciéndolo. -Shhh, ¡callate, por Dios! Lo sacó y cerró su mano sobre el hocico, subiendo la escalera casi corriendo. El apartamento estaba helado. Prendió la calefacción e improvisó una cucha vaciando una caja de papeles y poniéndole adentro un buzo viejo. “Para que no extrañe”- pensó, con ironía. Sacó de la heladera unas rodajas de jamón y las picó, poniéndolas sobre un platillo de café. Una compotera se convirtió en tacho del agua. El perro comió y bebió con avidez. “Me va a cagar todo”- se dijo, preocupado - “Voy a tener que inventar algo”. Se sirvió un whisky y se sentó en el sofá, mirando a su huésped, ahora ocupado en mordisquear y babear la pernera de su pantalón. “Mañana pregunto en la fábrica, capaz que alguien lo quiere.” Sonrió al empecinamiento del cachorro. Ahora el llanto se había transformado en gruñidos juguetones. Comprobó que la soledad seguía allí, supurando como humedad de las paredes, ominosa, rodeándolo con sus anillos, pero que había algo nuevo en el aire, como una flor naciendo en el cemento, una cierta vibración tibia y confortable, ondulando en el rabo juguetón que no paraba de sacudirse.

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Cuento propio: Espiral
ArteporAnónimo9/28/2013

El general Li recorrió el mapa con sus ojos otra vez, como si esa reiteración pudiera ayudarle a encontrar algo que estaba buscando pero que no podía precisar exactamente qué era. Detuvo el movimiento de su cabeza al percibir la línea de fichas negras a su izquierda, formando un semicírculo sobre la cuadrícula dibujada en el papel gastado. Contrajo las mandíbulas e infló las mejillas, adoptando una expresión casi cómica, que sin embargo sus subalternos sabían interpretar muy bien como totalmente alejada del buen humor. Levantó los ojos, encontrándose con la silenciosa presencia del Estado Mayor en pleno, que a su vez lo miraba en un racimo de caras cansadas y compungidas. Li movió la boca con fastidio para soltar unas palabras arenosas, sin dirigirse a ninguno de los presentes en particular. -¿Dónde está el general Yuan? Los oficiales bajaron los ojos, sin atreverse siquiera a respirar. -General Zei, ¿me puede decir porque no está aquí el general Yuan? El aludido respondió, con un temblor audible tiñéndole voz. -Fue tomado prisionero, señor. Él y lo que quedaba de la novena división. Li cerró los ojos un instante. Por primera vez en su larga carrera militar, se sintió derrotado. -Ese imbécil. ¡Le dije que no intentara sostener la posición, que iban a rodearlo! ¡Se lo dije! Los bramidos cesaron, Li volvió a mirar el mapa. El semicírculo de fichas oscuras permanecía inofensivo e inmóvil. Todos en esa habitación sabían que era mentira, que las fichas avanzaban en el campo de batalla, acercándose indefectiblemente, cerrando minuto a minuto el cerco. La batalla más decisiva de sus vidas estaba a punto de comenzar. -¡Nooo! ¡No, no, no, la puta madre! ¡Todo un ejército destruido, no te puedo creer, no te puedo creer!- Matías pateó una silla, que voló el corto trecho que la separaba de la pared del cuarto, quedando despatarrada sobre la alfombra. -Te tiene rodeado. Perdiste a Yuan, tu mejor general. Te quedan cincuenta mil hombres muertos de hambre, cansados. Si te rendís ahora podés salvar algo aunque sea. Matías, con la cara desfigurada de furia, miró a Gonzalo.. -¿Vos estás loco, rendirme ahora? Llevamos siete horas jugando, ¿y me venís a decir que me rinda? No, esto es a muerte. La ventana de chat se iluminó, mostrando un manojo de palabras incomprensibles, que Matías y Gonzalo adivinaban cargadas de burla y desafío. -Noruego de mierda, yo te voy a dar a vos. Matías tecleó un breve “fuck you”, esperando enardecer a su enemigo e inducirlo a cometer una imprudencia. -Esto lo doy vuelta, vas a ver. ¿Queda Coca? Gonzalo sirvió un vaso, acercándoselo a su amigo. -Alcanzame el frasco. Matías aprovechó que su retaguardia, reorganizada, estaba conteniendo al enemigo momentáneamente, para orinar en el frasco que Gonzalo le alcanzó. Untó sus manos con alcohol en gel, las sacudió para secarlas, y retomó los controles de la consola. -Voy a desviarme, veinte quilómetros adelante hay una ciudad. La saqueo y organizo una defensa ahí. De repente, surgiendo detrás de una colina, dejando petrificados por la sorpresa a los dos amigos, los estandartes negros del ejército enemigo asomaron, acercándose con parsimonia. Matías tomó aire. La batalla decisiva iba a comenzar. Pablo pestañeó dos veces, permaneciendo inmóvil en su postura, sentado con las piernas abiertas, los codos apoyados en ellas, y los dedos de las manos entrelazados. -¿Y termina así? ¿No sabemos si Matías gana o pierde el juego? Álvaro lo miró a su vez, como esperando que completara la pregunta, o la explicara. -Sí. Es un final abierto. ¿Sabés lo que es? -Sí, sé lo que es un final abierto. Es como dejar el cuento inconcluso. -Deja en manos del lector imaginar o interpretar el final. Es un recurso que si se usa bien le da mucha fuerza al texto. -¿Y tu preferencia por un final así tendrá algo que ver con tu miedo a tomar decisiones importantes, decisiones que cambien esa incomodidad de la que me hablaste la sesión pasada? Una vez más, Álvaro se preguntó qué estaba haciendo ahí. -No tiene nada que ver, a veces escribo finales abiertos y a veces cerrados. No estoy acá para que analice mis textos, se lo conté porque usted me lo pidió. -¿No te parece que en tus textos podés encontrar claves o respuestas para ciertas cosas que no te animás a expresar abiertamente y que encuentran una vía de escape de esa manera? Álvaro calló, cansado y fastidiado. En el fondo, sabía que Pablo tenía razón, pero no necesitaba pagar setecientos pesos la hora para que le dijeran algo que ya sabía. Pablo se incorporó, pestañeando nuevamente tras el brillo de los cristales de sus modernos lentes. -Dejémoslo por acá por hoy. Alvaro estrechó su mano, y sin soltarla dijo: -¿Sabe qué, doctor?-deliberadamente enfatizó la palabra doctor-; usted también desempeña un papel en una historia de la cual ignora el principio y el final, y que no puede alcanzar con sus técnicas ni sus manuales. Usted y yo, en cierto punto, nos movemos en un mismo plano, que se superpone y se entrelaza con otros, formando un entramado que no podemos ver ni interpretar, que sólo alguien fuera de esta habitación, de este edificio, de este mundo, sería capaz de descifrar. No supo por qué dijo lo que dijo, como si algo o alguien distinto de su voluntad hubiera puesto esas palabras en su boca. Entonces, sin decir nada más, dio media vuelta y salió del consultorio.

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¿Tirate un qué? Tirate un poema.
ArteporAnónimo10/23/2012

Tarde de temporal en Montevideo, ideal para aprontarse un amargo y postear unos poemitas en Taringa. Ploc El crepitar menguado en un estanque de una piedra perdida, como todas igual a cualquier otra y diferente ajena de traición y de impostura. Palpita una verdad en el reflejo del rizo de la onda decreciente verdad imperceptible, mentirosa que muere en un susurro, lentamente. Eterno retorno No se puede volver, ha sido dicho se puede construir en el recuerdo en sueños de nostalgia yo me pierdo mecido por las olas del capricho. Quisiera retornar a aquellos puertos de una tarde lluviosa de verano de aquel beso furtivo, de una mano que hoy pueblan la comarca de los muertos. Nací para morir, y voy muriendo el tiempo me desangra, me devora soy llama que se va desvaneciendo. El eterno retorno del pasado dulce tortura de lo irreversible que viene a devolver lo que ha robado. Dualidad ¿Y si el temblor y los tiranos, y si el cuadrado de los catetos, y si las paralelas? ¿Y si soplar y hacer botellas, y si las mayorías, y si la distancia entre dos rectas? ¿Y si la masa y la energía, el que observa el objeto, el fusil y la rosa? ¿Y si el círculo y el centro el prólogo y la coma tu recuerdo y mis días? Advertencia Debo decirte, vida de mi vida que renuncio a vivir encadenado a la libertad de no tenerte. Abjuro mi ateísmo me declaro creyente de tu piel de tu silencio. Te advierto, que te conste no soy el hombre de tus sueños me rindo a la locura de soñarte durmiente del cobijo de tu cielo no juro nada más que sólo amarte. Ínfimo Presencia sin nombre que se cierne flotando en la noche horrorizada el beso de una boca ensangrentada un grito desprendido desde el sueño. Me pierdo de mi mismo en la tormenta cercado de amenazas en los flancos carroña que devora el universo las fauces del cielo destrozando. No puede contener al enemigo la absurda resistencia de mi carne de nada servirán mis emboscadas tan sólo el amor podrá salvarme. Ábaco Un grano de arena bailando en el viento dos gotas de sangre bajando y subiendo tres días de espera deseando y temiendo los cuatro jinetes que llegan al pueblo cinco letras mudas sin luz y sin sueño seis ciegos de noche entrando al infierno siete besos largos que ya son recuerdo ocho niños grises corriendo entre muertos nueve menos cuarto me pierdo el estreno cero voy a darte y quedate el vuelto.

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Cuento propio: Crónica de una capitulación
ArteporAnónimo4/12/2014

Estábamos rodeados por la respiración acechante de la noche, que amenazaba con tragar nuestros cuerpos en un repentino bostezo de oscuridad. Estábamos tristes, manchados de tristezas diferentes. Vos por no poder quererme, y yo por quererte demasiado. Sentada en la cama, olvidada de tu cuerpo, de la noche y de mí, enumerabas los por qué no, sin prisa, soltándolos desordenadamente en el espacio entre nosotros. Sobre la mesa de luz, desamparadas, las copas manchadas de carmín tanino y la botella de Cabernet Sauvignon semivacía también te escuchaban, más tristes quizás que nosotros. Yo buscaba razones que pudieran alinearse de mi lado, sabiendo de antemano la inutilidad de las razones. Agitaba débilmente la bandera de la fe, negando, no por convencimiento, sino por miedo al miedo. No quería resignarme a escuchar en silencio el golpe seco del martillo sobre la lápida de nuestras ilusiones. Era una de esas noches, que después se volverían más frecuentes, en que nos había fallado el conjuro de la piel arrebatada, de las palabras sucias, de los cuerpos sudorosos irrumpiendo en la frontera de todo lo que nos separaba. En el éxtasis del regocijo pasajero nos encontrábamos brevemente, y denodados luchábamos para encontrar la extenuación y rendirnos al sueño antes de volver a sentir la distancia entre nosotros, antes de volver a extrañar los puentes imposibles, que ni siquiera habían sido dinamitados porque nunca habíamos logrado construirlos. Esa vez algo pasó, una palabra o un silencio, algo que nos sustrajo de la ceremonia de los cuerpos celebrándose y nos puso frente a frente con lo que no queríamos, pero que no podíamos evitar. El sábado había muerto sin que nos diéramos cuenta, y su fantasma flotaba fresco en la marea de la noche. Tus ojos me miraron, tu tristeza rabiosa me miró, interpelándome, cargada de reproches hacia mi insuficiencia para comprenderte, para anticiparme a tus necesidades y contener entre mis brazos los ríspidos caprichos de tu soledad. Nuestros cuerpos se acercaron, luchando por romper la membrana invisible pero tenaz que los separaba. Mis manos recogieron de tu espalda los estertores del llanto, desbordantes de congoja nocturna. Quise que ese abrazo fuera eterno, de alguna forma lo fue, lo es. Entonces llegaron las palabras de capitulación. Como un general que, antes de rendir la plaza, acorralado y exhausto, solicita clemencia para los prisioneros y atención para los heridos, así yo te pedí que, pasara lo que pasara, me prometieras que siempre íbamos a ser amigos. Ahí nuestras tristezas se tocaron, se rodearon en un cortejo mutuo, reconociéndose, pero sin llegar a comprenderse. Yo también lloré entre tus brazos, no por mí, no por nosotros, sino por el pobre amor errante, que, herido de un tajo incurable, pero no inmediatamente mortal, se internaba indefenso en el laberinto de una agonía larga y oscura.

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Cuento propio: la pecera
ArteporAnónimo3/31/2010

El tipo estaba ahí parado, en una esquina anónima de una ciudad desconocida de un país extraño. Llevaba un bolso atravesado en bandolera, un teléfono celular descompuesto en una mano y una bolsa conteniendo agua y un pececito rojo en la otra. Miró el teléfono con un gesto de resignación y se lo guardó en el bolsillo de la campera. Caminó de cara al decreciente sol escuchando los abruptos sonidos que ocasionalmente dejaba caer algún transeúnte. -Puto idioma-se dijo, mientras miraba a una estatua viviente que posaba muda entre los ruidos amontonados de la tarde , inmune a la glaciar indiferencia de la gente. Se quedó unos segundos mirando los movimientos robotizados, tratando de medir el grado de alienación del momento, el suyo, el del artista, el del mundo. Dejó una moneda y siguió caminando. Sentía el balanceo del agua más allá de sus dedos, le parecía sentir que el pez aumentaba de peso cada segundo, alimentado tal vez por su impaciencia. Al llegar a la siguiente esquina se paró frente al infaltable, pulcro y discreto tacho de basura de todas las esquinas. Se paró frente a él al tiempo que levantaba la bolsa.Giró la cabeza para comprobar si alguien lo miraba. levantó la tapa y la bolsa cayó con ruido a papeles viejos. El pez lo miró sentencioso. Después de una hora de caminar sin rumbo fijo se encontró frente a un edificio oxidado y triste. Reconoció la palabra accommodations y entró. Por dentro era más deprimente aún, con paredes donde se superponían restos de pintura descascarada, telas de araña y humedades. Dejó el bolso en la habitación y salió otra vez a la calle. Al rato vovió con una botella de vodka y un balde. Se tiró en la cama sin desvestirse y tomó un trago largo, disfrutando el calor áspero en la garganta. Despertó empapado de oscuridad, sintiendo en el flanco la dureza de la botella vacía. Caminó a tientas, escuchando de pronto el ruido de su pecho golpeando contra el filo de la bañera, sintiendo el crujido en la rodilla, mojándose la cara con el agua derramada. Como pudo se paró y tanteando encontró la llave de la luz. El dolor apenas lo dejaba respirar. El balde sollozante había parado de rodar. A pocos pasos, un espasmo rojo se iba aquietando. Tomó al pez por la cola y lo puso en el balde, llenándolo de agua hasta la mitad. Se sintió observado mientras orinaba, se sintió observado al volver a la cama. Se durmió a pesar del dolor, imaginando la mirada inmóvil, la boca abierta, el batir silencioso de las aletas. Como pudo se hizo entender por el recepcionista, ayudado por el gesto universal de desplegar un billete verde frente a su cara para facilitar las cosas. Estuvo en el teléfono unos cinco minutos; mientras hablaba veía a través de las ventanas sucias el vaivén de la ciudad, ruidoso, monótono, nervioso. Colgó y volvió a su habitación, caminando con dificultad. No le llevó mucho tiempo dejar el bolso pronto. Al entrar al baño se topó con la negra silueta del balde reposando en el piso. Se asomó contemplando la basurita roja que flotaba contra el fondo negro. Metió un dedo presionando un poco contra el escurridizo cuerpo, que escapó por un costado. Se quedó mirándolo unos segundos. Volvió a juntar sus cosas. Se cruzó la correa del bolso dejándolo recostado contra la cadera, mientras miraba alrededor para ver si se había olvidado de algo. Abrió la puerta y cruzó el umbral. Entoces paró, giró ciento ochenta grados y volvió a entrar al baño. Vació el balde en el inodoro y tiró de la cadena. Vió formarse y desaparecer el breve remolino, caminó hacia la puerta y se fué sin mirar atrás.

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