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Somos ambidiestros, zigzagueantes y humanos
InfoporAnónimo8/31/2008

¿Quién sabe exactamente de qué se trata la sociedad humana? ¿Y sobre todo quién sabe de qué se trata la sociedad argentina? No somos fáciles. ¿O acaso alguien sabe por qué la sociedad tucumana , que ahora juzga al ex general Bussi por crímenes de lesa humanidad, oportunamente lo votó y eligió gobernador estando ya enterada de sus crímenes? Tampoco se sabe cómo en solo cuatro meses la Sociedad Rural, célebre por su pasado democráticamente incorrecto, se ganó a su favor a la sociedad argentina. Es raro que no nos parezca raro que la presidenta saliera lo más campante después de una conferencia de prensa donde debió responder a cientos de periodistas que la venían desafiando con sus estiletes sagaces. O la presidenta superó el examen como si nada, o los periodistas son pura bravata. Y si la presidenta les mintió en todo no lo demostraron en la sala. Debería saberse a esta altura que un periodista a solas consigue mejor información que actuando en manada. Y que un político resulta más permeable en el diálogo personal que ante el público. Si las conferencias de prensa son transmitidas públicamente y son aptas para todas las edades, es que nadie espera de ellas nada no apto para las conciencias respetables. Y está la pregunta: ¿ La sociedad cree realmente que el secretario de comercio Moreno es el responsable todopoderoso del destino argentino? ¿No se le ocurre que más gravitantes que él son las corporaciones y los intereses económicos? Por más que echen a patadas al chico que remarca los precios en la góndola, el champú va a costar más caro por la mano invisible del mercado. Moreno es el entretenimiento mediático que pretende simplificar la política económica al criterio de Billiken. También la sociedad del mundo tiene lo suyo. Por las fotografías de sus bebés a Angelina Jolie y Brad Pitt les pagan unos 14 millones de dólares que la bella pareja filantrópicamente donará a los pobres. Las fotos se propagarán por el mundo gracias a la demanda de la sociedad y justificarán la inversión con creces. Hay tantas vueltas para ayudar a los pobres, que si no fuera por las fotografías de los bebés no recibirían nada. ¿Alguien sabe por qué un jugador de fútbol, como Ariel Ortega, maltrecho psíquicamente y enfermo, en vez de ser protegido y obligado a curarse sería contratado por cifras millonarias para ejercer como deportista ? Menos se sabe por qué una pulsera electrónica que controla a los presos a distancia puede ser tan fácil de burlar, según dicen, y nadie hasta hoy se había dado cuenta. Hay gente que cree que si no hubiera criminales no habría crímenes. Y tiene razón. Pero hay. Si todos fuésemos buenos y decentes no habría policía. Si el mundo fuera justo no habría jueces. La sociedad urbana parece menos tensa después de la crisis político-agraria. Es como si se hubiera dado cuenta de que corrió más riesgos que el que pensaba y si seguía tirando de la cuerda en una de esas se le terminaba el shoppping. Por suerte todo se calmó antes de las vacaciones de invierno. Ahora, la imagen de los presidentes de Brasil, Venezuela y Argentina juntos, cae como un bálsamo. Hasta Chávez parece más relajado después de amigarse con el rey de España. Cuando los tres presidentes sudamericanos se estrechan las manos emplean las dos: la derecha y la izquierda. Las amontonan. Qué alivio. Porque de haber sido una sola, seguramente habría sido la derecha. Autor: Orlando Barone Fuente: http://www.continental.com.ar/noticias/645975.asp

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Si me permiten unas palabras.... I
ArteporAnónimo2/12/2009

De los personajes y sus descripciones Por las palabras piensa el hombre (o como decía Orfeo el can, por las palabras se confunde el hombre, complicando su existencia), y por constituir su lenguaje, el hombre se hace lo que es. ¿Qué sería del gordo, si no existiera la palabra que lo define?; ¿que tan triste sería la suerte del imprudente, si un semejante no hubiera atisbado la definición y la pronunciación correcta de la palabra "imprudencia"?. ¡Qué vacíos se verían los colores si el parlante ser no pudiera nombrarlos! El humano es humano desde que usó la razón, dicen algunos; yo digo que lo es desde que le dio una palabra a su raciocinio. De tal manera, en lo que a este bello mundo estético se refiere, bien sabe el lector avezado de la negligencia de adelantar un nombre a una descripción. Para el lector imaginativo, el verdadero destinatario universal de todo obra literaria, basta con leer las palabras impresas "Martin Pérez Arzuaga" para ver a un hombrecito petizo, calvo, de nariz recta y mejillas sonrosadas, saludable pero con cierta barriga cervecera que sus mas de cinco décadas se han encargado de ir formando. No importa que el autor arroje ulteriores adjetivos, abogando por los veintitrés años de Martín Pérez Arzuaga, su vikinga melena, nasal roto dos veces en sendas biabas barriales y sus casi dos metros de esbelta figura... De nada servirán los esfuerzos del escritor, que por apresurado dejó escabullir la verdadera fisonomía de Martín pérez Arzuaga junto con su nombre: la descripción fue dada con precipitación, y el lector realmente ducho y empedernido sabrá no dejarse amilanar y convencer. Sus sentidos intrínsecos no se adormecerán y durante toda la novela desecharán los embusteros calificativos que le son dados al personaje. ¿Quién es Marín Pérez Arzuaga, entonces? ¿Es quien el autor intenta a la fuerza que sea, o su verdadera fisonomía yace, en realidad, en la mente del lector, quien la descubrió precozmente al pronunciar su nombre? Ustedes y yo sabemos muy bien que Martín, ese calvo cincuentón, vive en la imaginación de quien está detrás de las páginas, y no de quien araña el papel. Fútiles serán los intentos del escritor por volver atrás: su personaje tiene una descripción propia con sólo dejar caer el velo de su nombre. Y tal es la fuerza de esta certeza, que si Martín apareciera en carne y hueso, certificando los adjetivos dispuestos por el escritor, el lector exclamaría ipso facto "¡Usted no es quien dice ser!", ¡y tendría razón, amigos, mucha razón! El inútil omnímodo se rebajará, intentará sobornar al receptor de su obra, hará lo imposible por volver atrás, por dar otra imagen a su personaje. Pero de nada servirán sus esfuerzos: el lector imaginativo es tan incorruptible como lo que él mismo imagina.

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Si me permiten unas palabras.... II
ArteporAnónimo2/12/2009

Desabróchense sus cinturones No basta con saber que el cielo es cielo; lo preestablecido carece de validez si no se lo cuestiona y critica, al menos. Pero el valor de las cosas se incrementa al volver a definirlas: sacar las propias conclusiones acerca del cielo, saber el porqué de su esencia, las mentiras de sus nubes y la fragilidad de sus puntos de vista. Juzgarlo, sacarlo de contexto; examinarlo. No basta con saber que el cielo es cielo; no alcanza con la comprensión superficial generacional transmitidas por palabras sin valor. La racionalidad -la humanidad- nos hace creadores y poseedores de lo que entendemos, pero no de lo que vemos ni aún menos de lo que aceptamos sumisamente. No basta con saber que el cielo es cielo; es necesario saber porqué lo es.

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"La foto salió movida", Julio Cortázar
"La foto salió movida", Julio Cortázar
ArteporAnónimo2/20/2009

Entre cronopios, famas y esperanzas, releí este cuento corto que me pareció de lo más sublime. LA FOTO SALIÓ MOVIDA Julio Cortázar Un cronopio va a abrir la puerta de calle, y al meter la mano en el bolsillo para sacar la llave lo que saca es una caja de fósforos, entonces este cronopio se aflige mucho y empieza a pensar que si en vez de la llave encuentra los fósforos, sería horrible que el mundo se hubiera desplazado de golpe, y a lo mejor si los fósforos están donde la llave, puede suceder que encuentre la billetera llena de fósforos, y la azucarera llena de dinero, y el piano lleno de azúcar, y la guía del teléfono llena de música, y el ropero lleno de abonados, y la cama llena de trajes, y los floreros llenos de sábanas, y los tranvías llenos de rosas, y los campos llenos de tranvías. Así es que este cronopio se aflige horriblemente y corre a mirarse al espejo, pero como el espejo esta algo ladeado lo que ve es el paragüero del zaguán, y sus presunciones se confirman y estalla en sollozos, cae de rodillas y junta sus manecitas no sabe para que. Los famas vecinos acuden a consolarlo, y también las esperanzas, pero pasan horas antes de que el cronopio salga de su desesperación y acepte una taza de té, que mira y examina mucho antes de beber, no vaya a pasar que en vez de una taza de té sea un hormiguero o un libro de Samuel Smiles.

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"De lo real maravilloso americano", Alejo Carpen
ArteporAnónimo10/29/2008

Alejo Carpentier (La Habana, 1904-París, 1980) De lo real maravilloso americano Là-bas tout n’est que luxe, calme et volupté. La ínvitación al viaje. Lo remoto. Lo distante, lo distinto. La langoureuse Asie et la brûllante Afrique de Baudelaire... Vengo de la República Popular China. He sido sensible a la nada ficticia belleza de Pekín, con sus casas negras, sus techos de tejas vitrificadas en un naranjo intenso donde retoza una fabulosa fauna doméstica de dragoncillos tutelares, de grifos encrespados, de graciosos penates zoológicos cuyos nombres ignoro; me he detenido, asombrado, ante las piedras montadas en pedestales, puestas a contemplación como objetos de arte, que se ofrecen en uno de los patios del Palacio de Verano: afirmación en hechos y presencia de una noción no figurativa del arte, ignorada por las declaraciones de principio de los artistas occidentales no figurativos, magnificación del ready-made de Marcel Duchamp, cántico de las texturas, de las proporciones fortuitas, defensa del derecho de elección qué tiene el artista, detector de realidades, sobre ciertas materias o materiales que, sin haber sido trabajados por la mano humana, surgen de su ámbito propio con una belleza original que es la belleza del universo. He admirado la sutileza arquitectónica, comedida y ligera, de Nankín; las fuertes murallas sino-medievales de Nang-Chang, orladas en blanco sobre la adusta oscuridad de las paredes de choque; me he confundido con las multitudes bulliciosas de Shanghai, gimnásticas y divertidas, viviendo en una ciudad de esquinas redondas (sic) que, por lo mismo, ignora la angularidad occidental de las esquinas. He visto, desde los malecones de la ciudad, durante horas, el paso de los sampanes de velamen cuadrado, y volando luego sobre el país, a muy baja altitud, he podido entender el papel enorme que las nieblas y neblinas, las brumas y nubes detenidas, desempeñan en la prodigiosa imaginería paisajista de los pintores chinos. También, contemplando los arrozales, viendo el trabajo de labradores vestidos de juncos trenzados, he entendido las funciones desempeñadas por el verde tierno, el rosado, el amarillo, los difuminos, en el arte chino. Y, sin embargo, a pesar de haber pasado horas frente a los puestos esquineros de agua caliente servida en vaso, de los mostradores de peces colorados y dedibujados a la vez por el movimiento encubridor de sus aletas levemente abanicadas; después de escuchar los cuentos de narradores de cuentos que no entiendo; después de haberme admirado ante la obra maestra, en belleza y proporciones, de una prodigiosa esfera armilar que, montada sobre cuatro dragones, combina portentosamente la armoniosa geometría de los astros con el encrespamiento heráldico de los monstruos telúricos, en el Museo de Pekín; después de visitar los viejos observatorios, erizados de aparatos singulares, pasmosos por una operación de mensuración sideral cuya trascendencia escapa a nuestras nociones keplerianas; después de haberme cobijado a la sombra fría de las grandes puertas, de la casi femenina Torre-Pagoda de Shanghai, enorme y tierna mazorca de ventanas y aleros punzantes, de haberme maravillado ante la relojera eficiencia de los teatros títeres, regreso hacia el poniente con una cierta melancolía. He visto cosas profundamente interesantes. Pero no estoy seguro de haberlas entendido. Para entenderlas realmente —y no con la aquiescencia del papanatas, del turista que en suma he sido— hubiese sido necesario conocer el idioma, tener nociones claras acerca de una de las culturas más antiguas del mundo: conocer las palabras claras del dragón y de la máscara. Me he divertido mucho, ciertamente, con las increíbles acrobacias de los autores de un teatro que, para el consumo de occidente, se califica de ópera, cuando no es sino la realización cimera de lo que ha querido conseguirse en el espectáculo total —obsesión generalmente insatisfecha de nuestros autores dramáticos, directores y escenógrafos—. Pero las acrobacias de quienes interpretaban óperas que jamás pensaron en ser óperas, sólo eran el complemento de una materia verbal que me es inaccesible de por vida. Dicen que Judith Gautier dominaba la lectura del idioma chino a la edad de veinte años. (No creo que “hablara el chino”, porque el chino no se habla, ya que el pequinés, por ejemplo, no es entendido a cien kilómetros de Pekín, ni tiene que ver con el pintoresco cantonés o el dialecto semimeridional de Shanghai, aunque la escritura sea la misma para todos los idiomas en presencia, elemento de inteligibilidad general). Pero, en cuanto a mí, sé que no me bastarían los años que me quedan de existencia para llegar a un entendimiento verdadero, cabal, de la cultura y de la civilización de China. Me falta, para ello, un entendimiento de los textos. De los textos que se inscriben en las estelas que sobre sus carapachos de piedra yerguen las enormes tortugas —símbolos de la longevidad, me dijeron— que pueblan, andando sin andar, tan antiguas que se les ignora la fecha de nacimiento, señoreando acequias y labrantíos, los aledaños de la gran ciudad de Pekín. 2 Vengo del Islam. Me he emocionado gratamente ante paisajes tan sosegados, tan deslindados por la mano del sembrador y la mano de las podadoras, tan ajeno a todo elemento vegetal superfluo —con la presencia de sus rosales y granados con algún surtidor por fondo— que pude evocar, ante ellos, la gracia de algunas de las mejores miniaturas persas, aunque, a la verdad, hallándome bastante lejos del Irán y sin saber, a ciencia cierta, si las miniaturas evocadas tenían mucho que ver con eso. Anduve por calles silenciosas, perdiéndome en laberintos de casas sin ventanas, escoltado por el fabuloso olor a grasa de carnero que es característico del Asia Central. Me admiré ante la diversidad de manifestaciones de un arte que sabe renovarse y jugar con las materias, con las texturas, venciendo el temible escollo de la prohibición —aún muy observada— de figurar la figura humana. Pensé que en eso de amar las texturas, los serenos equilibrios geométricos o los enrevesamientos sutiles, los artistas mahometanos daban muestras de una imaginación en la inventiva abstracta que sólo es comparable a la que puede contemplarse, yendo a México, en el pegueño y maravilloso patio del Templo de Mitla. (Para ellos el arte verdadero sigue siendo rigurosamente no figurativo, mantenido a una altanera distancia de donde se polemiza en torno a realismos harto manoseados...). Fin sensible a la esbeltez de los alminares, a la policromía de los mosaicos, a la potente sonoridad de las guzlas, al sabor milenario, precoránico, de los panes sin levadura, desprendidos por peso propio, al alcanzar su punto, del horno del tahonera. Volé sobre el mar de Aral, tan raro, tan extraño, en formas, colores y contornos, como el lago Baikal., aquel que me admira por sus complementos montañosos, sus rarezas zoológicas; por lo mucho que tal lugar remoto tiene común, en la extensión, la desmesura, la repetición —inacabable taigá, trasunto de nuestra selva; inacabable Ienissei, acrecido a cinco leguas de ancho (cito a Vsévolod Ivanov) por lluvias semejantes a las que acrecen algún Orinoco en las mismas cinco o seis leguas de sus desbordamientos... Pero, sin embargo, al regresar, me invadió la gran melancolía de quien quiso entender y entendió a medias. Para entender el Islam apenas entrevisto, me hubiese sido preciso conocer algún idioma allí hablado, tener noticias de algún antecedente literario (algo más consistente, desde luego, que el de los Rubayatas leídos en español, o de las andanzas de Aladino o de Simbad, o de las músicas de Thamar de Balakirev, o de Sheherezada o Antar de Rimski-Kórsakov...), de la filosofía, si es que la hubiese en verdadera función filosófica, de la gran literatura Gnómick de aquel vasto inundo donde ciertos principios atávicos siguen pesando sobre las mentes, aunque distintas contingencias políticas hayan quedado atrás. Pero quien quiso entender, entendió a medias, porque desconocía el idioma o los idiomas que allí se hablaban. Se enfrentaba, en las librerías, con tomos herméticos cuyos títulos se dibujaban en signos arcanos. Conocer esos signos hubiese sido mi deseo. Me sentía humillado ante una ignorancia que también era la del sánscrito o la del hebreo clásico —lenguas que, por lo demás, no se enseñaban en las universidades latinoamericanas de mi adolescencia, allí donde el mismo griego, el latín, eran mirados con desconfianza como cosas que un pragmatismo de nuevo cuño situaba entre los ociosos devaneos del intelecto. Tenía conciencia, sin embargo (habría de comprobarlo desde mi llegada a Bucarest) que para entender lenguas romances sólo necesita el latinoamericano una convivencia de pocas semanas. Así, frente a los signos ininteligibles que se me pintaban, cada mañana, en los titulares de periódicos locales, sentía como un descorazonamiento siempre renovado, pensando que no me bastarían los tiempos que me quedan de vida (¿qué representan veinte años de estudio para saber de algo?), para llegar a tener una visión de conjunto, fundamentada y universal, de lo que es la cultura islámica, en sus distintos fraccionamientos, modalidades, dispersiones geográficas, diferencias dialectales, etcétera. Me sentía minimizado por la grandeza cierta de lo que se me había revelado pero esa grandeza no me entregaba sus medidas exactas, sus voliciones auténticas. No me daba los medios de expresar a los míos, al regresar de tan dilatadas andanzas, lo que había de universal en sus raíces, presencia y transformaciones actuales. Pasa ello hubiese tenido que poseer ciertos conocimientos indispensables, ciertas claves, que, en mi caso, y en el caso de muchos otros, hubiesen requerido una especialización, una disciplina, de casi una vida entera. 3 Cuando, al regreso del largo viaje, me hallé en la Unión Soviética, la sensación de incapacidad de entendimiento se me alivió en grado sumo, a pesar de desconocer el idioma. La arquitectura magnífica, a la vez barroca, italiana, rusa, de Leningrado, me era grata antes de verla. Conocía esas columnas, conocía esos astrágalos, conocía esos arcos monumentales, abiertos en bloques de edificios, evocadores de Vitruvio y de Viñola, y acaso también del Piranesi, Rastrelli, el arquitecto italiano, había estado por ahí después de mucho pasearse por Roma. Las columnas rostrales que se alzaban junto al Nevá eran de mi propiedad, El Palacio de Invierno, hondamente azul y espumosamente blanco, con su neptuniano, acuático barroquismo, me hablaba por voces conocidas. Allá, más allá del agua, la Fortaleza de Pedro y Pablo se me perfilaba con domesticada silueta. Y esto no era todo: la Gran Catalina había sido amiga y protectora de Díderot. Potemkin había sido amigo de Miranda, el venezolano precursor de las independencias de América. Cimarosa vivió y compuso en Rusia. La Universidad de Moscú, además, lleva el nombre de Lomonósov, autor de una “Oda a la gran Aurora Boreal” que es una de las mejores realizaciones de cierta poesía del siglo xviii, cientificista, enciclopédico, que la vincula —más por el espíritu que por el estilo, desde luego— con Fontenelle y con Voltaire. Pushkin me hacía pensar en el “Boris” cuya deficiente versión francesa modifiqué, en lo eufónico musical, hace unos treinta años, a ruegos de un cantante que habría de interpretar el papel en el Teatro Colón de Buenos Aires. Turgueniev fue amigo de Flaubert (“el hombre más tonto que he conocido”, decía, admirativamente). Dostoievski me fue revelado por un ensayo de André Gide. Leí a Tolstoi, por vez primera, en una edición que de sus relatos hizo, hacia el año 1920, la Secretaría de Educación de México. Bien o mal traducido, los Cuadernos Filosóficos de Lenín me hablan de Heráclito, de Pitágoras, de Leucipo, y hasta del “idealista con quien uno se entiende mejor que con el materialista estúpido”. Una función del Bolshoi (con estatua ecuestre de Pedro el Grande, en el decorado) me sugiere la oportunidad de visitar las salas altas, terminales, del Museo del Ermitage. Allí me encuentro con Ida Rubinstein en un retrato raro, a la vez afectuoso y cruel, de Serov, también como Sergio de Diaghilev y también con Anna Pávlova que, hacia el año 1915 y regresando después de cada año a La Habana, reveló al cubano las técnicas trascendentales de la danza clásica. Más allá, de modo inesperado, me sale al paso una vasta exposición retrospectiva de Roerich, el escenógrafo y libretista de “La consagración de la primavera” de Stravinsky, cuya partitura puso en entredicho todos los principios composicionales de la música occidental... En Leningrado, en Moscú, volvía a encontrar, en la arquitectura, en la literaria, en el teatro, un universo perfectamente inteligible, inteligible por mis propias deficiencias en cuanto a los medios técnicos, mecánicos, de entender lo situado más allá de ciertas fronteras culturales. (Como difícil me fue en Pekín, un día, entender los razonamientos de un lama tibetano que pretendía identificar el tantrismo con el marxismo, o aquel inteligentísimo hombre del Africa que, en París, hace poco, me hablaba de ritos mágicos, tribales, en términos de materialismo histórico). Cada vez más se afirmaba la convicción de que la vida de un hombre basta apenas para conocer, entender, explicarse, la fracción del globo que le ha tocado en suerte habitar —aunque esta convicción no le exima de una inmensa curiosidad por ver lo que ocurre más allá de la línea de sus horizontes. Pero la curiosidad no es premiada, en muchos casos, con un cabal entendimiento. 4 No hay ciudad de Europa, creo yo, donde el drama de la reforma y de la contrarreforma se haya inscrito en vestigios más duraderos y elocuente que en Praga. Por un lado se alzan la dura y recia iglesia de Tyn, erizada de agujas, la capilla de Belén, con sus techumbres empinadas, vestidas de austeras pizarras medioevales, donde hubo de resonar un día la palabra vertical y tremebunda del maestro Juan Huss; por otro se abre el encrespado, envolvente, casi voluptuoso barroquismo de la iglesia de San Salvador del colegio Clementino, al cabo del puente Carlos, frente a las ojivas retadoras de la otra orilla, como un suntuoso escenario jesuítico —más tiene de teatro que de iglesia— poblado de santos y apóstoles, mártires y doctores, confundidos en una coreográfica concertación de estolas y de mitras —bronce sobre blanco, sombras sobre oro— pregonando la victoria momentánea del latín de Roma sobre el idioma popular, nacional, praguense, más que nada, de los salmos y cantos taboritas... Arriba, en la ciudadela, las ventanas de la Defenestración famosa; abajo, en la Mala Straná, el Palacio de Wallenstein, en cuya sala de audiencia dejó el último gran condottiero, esculpida en el cielo raso, toda la estrepitosa sinfonía de la Guerra de los Treinta Años, con una profusa figuración de cornetas, tambores y sacabuches, revueltos con los arneses, penachos y estandartes de las alegorías bélicas. Ahí puedo entender mejor a Schiller y el ánimo que lo llevó, en la primera parte de su trilogía famosa, a la hazaña insólita de escribir un drama sin protagonista, donde los personajes se llaman: “unos croatas”, “unos ulanes”, “un corneta”, “un recluta”, “un capuchino”, “un furriel”... Pero eso no es todo: si la reforma y la contrarreforma están presentes en las piedras de Praga, también nos hablan sus edificios y lugares de un pasado siempre suspendido entre los extremos polos de lo real y de lo irreal, de lo fantástico y lo comprobable, de la conseja y del hecho. Sabemos que Fausto, el alquimista, hace su primera aparición —¿imaginaria?— en la Praga donde las generaciones futuras habrían de palpar los instrumentos astronómicos, exactos o casi, de Tico Brahe, antes de visitar la casa del contemplador de estrellas llamado Juan Kepler, en tanto que los buscadores de la piedra filosofal, los preparadores del mercurio hermético, conservan su calle, todavía, con retortas y hornachas, en el burgo de Carlos el Grande. Mucho se evoca la leyenda del Golem, aquel autómata que un sabio rabino hacia trabajar en su provecho, en las cercanías del cementerio judío y de las soberbias sinagogas. Y lo más extraordinario es que el antiguo cementerio judío, con sus dramáticas estelas de los mil quinientos y seiscientos, paradas lado a lado, o una detrás de otra, en desorden, como puestas en almoneda —en un final de marzo que les iluminaba las inscripciones hebraicas con pinceladas de cierzo— conviven, en terreno de igualdad, con el angosto teatro Tylovo donde, cierto día de 1787, tuvo lugar el estreno del Don Juan de Mozart, obra fáustica, auto sacramental extrañadamente planteado por el genio en un siglo de las luces que para nada creía en convidados de piedra, aunque muy cerca le bailaban obispos y doctores de bronce en el suntuoso escenario teológico de la iglesia del Clementino. No hay piedra muda en Praga para el entendedor a medias palabras. Y, para ese entendedor surge, de cada bocacalle, la silueta queda, afelpada, sin sombra como el personaje, de Chamisso, presente en todas las contingencias, en debates que de la literatura trascienden a la política, de Franz Kafka, que, en su “intento de descripción de un combate” nos dio, sin quererla, acaso por medios metafóricos, indirectos, la más estupenda sensación de una atmósfera praguense vivida en sus misterios y posibilidades. Cuando en su Diario dice (en 1911) que se encuentra conmovido por una visión de escaleras situadas a la derecha del puente Cech, recibe “por una pequeña ventana triangular” (sólo en aquella ciudad asimétrica, donde se conjugan todas las ocurrencias de una arquitectura fantástica, puede haber una ventana triangular... ) toda la grada y la vigencia barroca de las escalinatas que ascienden hacia la ilustre ventana de la Defenestración... De Kafka, dando un salto al pasado, montando en una diligencia imaginaria, sin tiempo, llegamos a Leipzig, donde nos espera el órgano tras el cual Ana Magdalena descubriera, emocionada, la presencia tremebunda —tal la de un dragón inspirado— de Juan Sebastián, y recordamos que allí se cantaron, con muy pocas voces y orquestas mínimas, unas Pasiones que nos incumben muy directamente y que, desde hace dos siglos, no cesaron de crecer, de llenarse con un mayor número de figuras, de cruzar el Atlántico para alcanzar las riberas de América, por la partitura, la ejecución o el disco, sugiriendo a Héctor Villa-Lobos, por operación de sus allegros, la posibilidad de titular bacchianas unas composiciones inspiradas en el allegro —movimiento continuo, perpetum mobile— de las batucadas cariocas o bahianas... De Leipzig nos lleva la imaginaria diligencia, con su cochero que hace sonar una trompa muy conocida por Mozart y hasta por Mõrike, al Weimar de Goethe, en cuya casa nos esperan las monstruosas réplicas de esculturas griegas ejecutadas en dimensiones heroicas, dignas de alzarse en el ámbito de un templo, pero que el autor de Fausto colocó en habitaciones tan pequeñas que, en ellas, un tablero de ajedrez obligaría a los visitantes a soslayarse. Esas enormes divinidades griegas metidas de cabeza —porque de cabeza, están presentes en realidad— en las exiguas estancias de la casa de Weimar me recuerdan ciertas retóricas epónimas, muy usadas en América Latina, que son las de vestíbulos ministeriales presididos por estatuas de héroes que los hincha, amplía, eleva, “encumbra, a dos o tres tallas mayores que las que correspondieron a su cabal estatura humana, llegándose al absurdo de una República que se yergue en el capitolio de La Habana —con pechos de bronce que pesan toneladas— en una dimensión tan estúpidamente ciclópea que, a su lado, la pobre gigante de Kafka pasaría poco menos que inadvertida. 5 Vuelve el latinoamericano a lo suyo y empieza a entender muchas cosas. Descubre que, si el Quijote le pertenece de hecho y derecho, a través del Discurso a los cabreros aprendió palabras, en recuento de edades, que le vienen de Los trabajos y los días. Abre la gran crónica de Bernal Díaz del Castillo y se encuentra con el único libro de caballería real y fidedigno que se haya escrito —libro de caballeriza donde los hacedores de maleficios fueron teules visibles y palpables, auténticos los animales desconocidos, contempladas las ciudades ignotas, vistos los dragones en sus ríos y las montañas insólitas en sus nieves y humos. Bernal Díaz, sin sospecharlo, había superado las hazañas de Amadís de Gaula, Belianis de Grecia y Florismarte de Hircania. Había descubierto un mundo de monarcas coronados de plumas de aves verdes, de vegetaciones que se remontaban a los orígenes de la tierra, de manjares jamás probados, de bebidas sacadas del cacto y de la palma, sin darse cuenta aún que, en ese mundo, los acontecimientos que ocupan al hombre suelen cobrar un estilo propio en cuanto a la trayectoria de un mismo acontecer. Arrastra el latinoamericano una herencia de treinta siglos, pero, a pesar de una contemplación de hechos absurdos, a pesar de muchos pecados cometidos, debe reconocerse que su estilo se va afirmando a través de su historia, aunque a veces ese estilo puede engendrar verdaderos monstruos. Pero las compensaciones están presentes: puede un Melgarejo, tirano de Bolivia, hacer beber cubos de cerveza a su caballo Holofernes; del Mediterráneo caribe, en la misma época, surge un José Martí capaz de escribir uno de los mejores ensayos que, acerca de los pintores impresionistas franceses, hayan aparecido en cualquier idioma. Una América Central, poblada de analfabetos, produce un poeta —Rubén Darío— que transforma toda la poesía de expresión castellana. Hay también ahí quien, hace un siglo y medio, explicó los postulados filosóficos de la alienación a esclavos que llevaban tres semanas de manumisos. Hay ahí (no puede olvidarse a Simón Rodríguez) quien creó sistemas de educación inspirados en el Emilio, donde sólo se esperaba que los alumnos aprendieran a leer para ascender socialmente por virtud del entendimiento de los libros —que era como decir: de los códigos. Hay quien quiso desarrollar estrategias de guerra napoleónica con lanceros montados, sin monturas ni estribos, en el loma de su jameigos. Hay la prometida soledad de Bolívar en Santa Marta, las batallas libradas al arma blanca durante nueve horas en el paisaje lunar de los Andes, las torre de Tikal, los frescos rescatados a la selva de Bonanpak, el vigente enigma de Tihuanacu, la majestad del acrópolis de Monte Albán, la belleza abstracta —absolutamente abstracta— del Templo de Mitla, con sus variaciones sobre temas plásticos ajenos a todo empeño figurativo. La enumeración podría ser inacabable. Por ello diré que una primera noción de lo real maravilloso me vino a la mente calando, a fines del año 1943, tuve la suerte de poder visitar el reino de Henri Christophe —las ruinas tan poéticas, de Sans-Souci; la mole, imponentemente intacta a pesar de rayos y terremotos, de la Ciudadela La Ferrière— y de conocer la todavía normanda Ciudad del Cabo, el Cap Français de la antigua Colonia, donde una casa de larguísimos balcones conduce al palacio de cantería habitado antaño por Paulina Bonaparte. Mi encuentro con Paulina Bonaparte, ahí, tan lejos de Córcega, fue, para mí, como una revelación. Vi la posibilidad de establecer ciertos sincronismos posibles, americanos, recurrentes, por encima del tiempo, relacionando esto con aquello, el ayer con el presente. Vi la posibilidad de traer ciertas verdades europeas a las latitudes, que son nuestras actuando a contrapelo de quienes, viajando contra la trayectoria del sol, quisieron llevar verdades nuestras a donde, hace todavía treinta años, no había capacidad de entedimiento ni de medida para verlas en su justa dimensión. (Paulina Bonaparte fue, para mí, lazarillo y guía, tiento primero —a partir de la Venus de Canova— de los ensayos de indagación de los personajes que, como Bilaud-Varenne, Collot d’Herbois, Víctor Huges, habrían de animar mi “Siglo de las Luces”, visto en función de luces americanas.) Después de sentir el nada mentido sortilegio de las tierras de Haití, de haber hallado advertencias mágicas en los caminos rojos de la Meseta Central, de haber oído los tambores del Petro y del Rada, me vi llevado a acercar la maravillosa realidad recién vívida a la agotante pretensión de suscitar lo maravilloso que caracterizó ciertas literaturas europeas de estos últimos treinta años. Lo maravilloso, buscado a través de las viejos clisés de la selva de Brocelianda, de los caballeros de la mesa redonda, del encantador Merlín y del ciclo de Arturo. Lo maravilloso, pobremente sugerido por los oficios y deformidades de los personajes de feria —¿no se cansarán los jóvenes poetas franceses de los fenómenos y payasos de la fête foraine, de los que ya Rimbaud se había despedido en su Alquímia del Verbo? Lo maravilloso, obtenido con trucos de prestidigitación, reuniéndose objetos que para nada suelen encontrarse: la vieja y embustera historia del encuentro fortuito del paraguas y de la máquina de coser sobre una mesa de disección, generador de las cucharas de armiño, los caracoles en el taxi pluvioso, la cabeza de león en la pelvis de una viuda, de las exposiciones surrealistas. O, todavía, lo maravilloso literario: el rey de la Julieta de Sade, el supermacho de Jarry, el monje de Lewis, la utilería escalofriante de la novela negra inglesa: fantasmas, sacerdotes emparedados, licantropías, manos clavadas sobre la puerta de un castillo. Pero, a fuerza de querer suscitar lo maravilloso o todo trance, los taumaturgos se hacen burócratas. Invocando por medio de fórmulas consabidas que hacen de ciertas pinturas un monótono baratillo de relojes amelcochados, de maniquíes de costurera, de vagos monumentos fálicos, lo maravilloso se queda en paraguas o langosta o máquina de coser, o lo que sea, sobre una mesa de disección, en el interior de un cuarto triste, en un desierto de rocas. Pobreza imaginativa, decía Unamuno, es aprenderse códigos de memoria. Y hoy existen códigos de lo fantástico, basados en el principio del burro devorado por un higo, propuesto por los Cantos de Maldoror como suprema inversión de la realidad, a los que debemos muchos “niños amenazados por ruiseñores”, o los “caballos devorando pájaros” de André Masson. Pero obsérvese que cuando André Masson quiso dibujar la selva de la isla de Martinica, con el increíble entrelazamiento de sus plantas y la obscena promiscuidad de ciertos frutos, la maravillosa verdad del asunto devoró al pintor, dejándolo poco menos que impotente frente al papel en blanco. Y tuvo que ser un pintor de América, el cubano Wilfredo Lam, quien nos enseñara la magia de la vegetación tropical, la desenfrenada creación de formas de nuestra naturaleza —con todas sus metamorfosis y simbiosis—, en cuadros monumentales de una expresión única en la pintura contemporánea. Ante la desconcertante pobreza imaginativa de un Tanguy, por ejemplo, que desde hace veinticinco años pinta las mismas larvas pétreas bajo el mismo cielo gris, me dan ganas de repetir una frase que enorgullecía a los surrealistas de la primera hornada: Vous qui ne voyez paz pensez à ceux qui voient. Hay todavía demasiados “adolescentes que hallan placer en violar los cadáveres de hermosas mujeres recién muertas” (Lautréamont), sin advertir que lo maravilloso estaría en violarlas vivas. Pero es que muchos se olvidan, con disfrazarse de magos a poco costo, que lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una inesperada alteración de la realidad (el milagro) de una revelación privilegiada de la realidad, de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad, de una ampliación de las escalas y categorías de la realidad, percibidas con particular intensidad en virtud de una exaltación del espíritu que lo conduce a un modo de “estado limite”. Para empezar, la sensación de lo maravilloso presupone una fe. Los que no creen en santos no pueden curarse con milagros de santos, ni los que no son Quijotes pueden meterse, en cuerpo, alma y bienes, en el mundo de Amadís de Gaula o Tirante el Blanco. Prodigiosamente fidedignas resultan ciertas frases de Rutilio en Los trabajos de Persiles y Segismunda, acerca de hombres transformados en lobos, porque en tiempos de Cervantes se creía en gentes aquejadas de manía lupina. Asimismo el viaje del personaje, desde Toscana a Noruega, sobre el manto de una bruja. Marco Polo admitía que ciertas aves volaran llevando elefantes entre las garras, y Lutero vio de frente al demonio a cuya cabeza arrojó un tintero. Víctor Hugo, tan explotado por los tenedores de libros de lo maravilloso, creía en aparecidos, porque estaba seguro de haber hablado, en Guernesey, con el fantasma de Leopoldina. A Van Gogh bastaba con tener fe en el Girasol, para fijar su revelación en una tela. De ahí que lo maravilloso invocado en el descreimiento —como lo hicieron los surrealistas durante tantos años— nunca fue sino una artimaña literaria, tan aburrida, al prolongarse, como cierta literatura onírica “arreglada”, ciertos elogios de la locura, de los que estamos muy de vuelta. No por ello va a darse la razón, desde luego, a determinados partidarios de un regreso a lo real —término que cobra, entonces, un significado gregariamente político—, que no hacen sino sustituir los trucos del prestidigitador por los lugares comunes del literato “enrolado” o el escatológico regodeo de ciertos existencialistas. Pero es indudable que hay escasa defensa para poetas y artistas que loan al sadismo sin practicarlo, admiran el supermacho por impotencia, invocan espectros sin creer que respondan a los ensalmos, y fundan sociedades secretas, sectas literarias, grupos vagamente filosóficos, con santos y señas y arcanos fines —nunca alcanzados—, sin ser capaces de concebir una mística válida ni de abandonar los más mezquinos hábitos para jugarse el alma sobre la temible carta de una fe. Esto se me hizo particularmente evidente durante mi permanencia en Haití, al hallarme en contacto cotidiano con algo que podríamos llamar lo real maravilloso. Pisaba yo una tierra donde millares de hombres ansiosos de libertad creyeron en los poderes licantrópicos de Mackandal, a punto de que esa fe colectiva produjera un milagro el día de su ejecución. Conocía ya la historia prodigiosa de Bouckman, el iniciado jamaiquino. Había estado en la Ciudadela La Ferrière, obra sin antecedentes arquitectónicos, únicamente anunciada por las Prisiones imaginarias del Piranesi. Había respirado la atmósfera creada por Henri Cristophe, monarca de increíbles empeños, mucho más sorprendente que todos los reyes crueles inventados por los surrealistas, muy afectos a tiranías imaginarias, aunque no padecidas. A cada paso hallaba lo real maravilloso. Pero pensaba, además, que esa presencia y vigencia de lo real maravilloso no era privilegio único do Haití, sino patrimonio de la América entera, donde todavía no se ha terminado de establecer, por ejemplo, un recuento de cosmogonías. Lo real maravilloso se encuentra a cada paso en las vidas de hombres que inscribieron fechas en la historia del continente y dejaron apellidos aún llevados: desde los buscadores de la fuente de la eterna juventud, de la áurea ciudad de Manoa, hasta ciertos rebeldes de la primera hora o ciertos héroes modernos de nuestras guerras de independencia de tan mitológica traza como la coronel Juana de Azurduy. Siempre me ha parecido significativo el hecho de que, en 1780, unos cuerdos españoles, salidos de Angostura, se lanzaron todavía a la busca de El Dorado, y que en días de la Revolución Francesa —¡vivan la Razón y el Ser Supremo!—, el compostelano Francisco Menéndez anduviera por tierras de Patagonia buscando la ciudad encantada de los Césares. Enfocando otro aspecto de la cuestión, veríamos que, así como en Europa occidental el folklore danzario, por ejemplo, ha perdido todo carácter mágico o invocatorio, rara es la danza colectiva, en América, que no encierre un hondo sentido ritual, creándose en torno a él todo un proceso inicíaco: tal los bailes de la santería cubana, o la prodigiosa versión negroide de la fiesta del Corpus, que aún puede verse en el pueblo de San Francisco de Yare, en Venezuela. Hay un momento, en el sexto canto del Maldoror, en que el héroe, perseguido por toda la policía del mundo, escapa a “un ejército de agentes y espías” adoptando el aspecto de animales diversos y haciendo uso de su don de transportarse instantáneamente a Pekín, Madrid o San Petersburgo. Esto es “literatura maravillosa” en pleno. Pero en América, donde no se ha escrito nada semejante, existió un Mackandal dotado de los mismos poderes por la fe de sus contemporáneos, y que alentó, con esa magia, una de las sublevaciones más dramáticas y extrañas de la historia. Maldoror —lo confiesa el mismo Ducasse— no pasaba de ser un “poético Rocambole”. De él sólo quedó una escuela literaria de vida efímera. De Mackandal el americano, en cambio, ha quedado toda una mitología, acompañada de himnos mágicos, conservados por todo un pueblo, que aún se cantan en las ceremonias del Voudou. (Hay por otra parte, una rara casualidad en el hecho de que Isidoro Ducasse, hombre que tuvo un excepcional instinto de lo fantástico-poético, hubiera nacido en América y se jactara tan enfáticamente, al final de uno de sus cantos, de ser Le Montevidéen). Y es que, por la virginidad del paisaje, por la formación, por la ontología, por la presencia fáustica del indio y del negro, por la revelación que constituyó su reciente descubrimiento, por los fecundos mestizajes que propició, América está muy lejos de haber agotado su caudal de mitologías. ¿Pero qué es la historia de América toda sino una crónica de lo real maravilloso? Notas Paso aquí el texto de la la primera edición de mi novela El reino de este mundo (1949) que no apareció en algunas ediciones, aunque hoy lo considero, salvo en algunos detalles, tan vigente como entonces. El surrealismo ha dejado de constituir, para nosotros, por proceso de imitación muy activo hace todavía quince años, una presencia erróneamente manejada. Pero nos queda lo real maravilloso de índole muy distinta, cada vez más palpable y discernible, que empieza a proliferar en la novelística de algunos novelistas jóvenes de nuestro continente. Véase Jacques Roumain, Le Sacrifice du Tambour Assoto (r).

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"La Marea", cuento propio
ArteporAnónimo8/28/2008

LA MAREA Quienes hayan caminado por la Avenida del Libertador de Merlo Bs. As. sabrán entenderme. El cordón. Pongo un pie en él y ya estoy dentro. Una vez más -no rutinaria o periódicamente, sino constantemente-, el gentío me empuja, entre sus ruidos, clamores sinsentido, chismorrerío barato, y ese resonante güiro perdido en el tempo que suena de fondo. Ya estoy en la vereda, tengo mi objetivo claro: recuerdo a dónde he de ir. Pero una vez en la avenida, incluso teniendo la meta final clara, me doy cuenta rápidamente que hay una clara contradicción en mi camino: evidentemente, en esta vereda las personas caminan en el sentido contrario al mío; es curioso, improbable incluso, pero para nada imposible. Así pues, aún oliendo la peste de los cánceres latentes del contrato social tácitamente impuesto y clamorosamente fallido que deambulan por las baldosas, intento alcanzar el cordón a mi derecha -que solía ser amarillo por principio, pero los pasos de nocturnos y misteriosos transeúntes a lo largo de años han descolorido hasta llegar al gris-, al que la masa no me deja llegar. ¡Dios Santo, estas gentes no saben caminar derecho, pero aún así votan cada cuatro años! No, no, me sacudo ese impropio pensamiento con sumo esfuerzo de filantropía. Me retuerzo contra esta ola de individuos que me empujan hacia atrás, instándome no a retroceder, sino al retroceso: la misma involución. Me debato fuertemente, pero aún así desisto de alcanzar el cordón a mi derecha: no me dejan cruzar la calle; está bien, tal vez tengan sus motivos, tal vez del otro lado sea peor. Mantengo en la mente en un ínfimo y lúcido momento mi meta, el punto hacia el que quiero ir. Camino dando saltitos entre la muchedumbre, que no contempla mi cara a pesar de ir en sentido contrario al mío. Yo tampoco me detengo a mirarlos a los ojos -aunque quizás no se los encuentre entre sus flequillos hacia un costado, sus piercings, sus anteojos de sol, y demás indispensable utilería-. El laberinto se complica; doblo, salto, ¡ay!, casi me caigo; giro, vuelvo a doblar, esquivo a esa señora abarrotada de artefactos que predica cuestiones seguramente importantísimas a su colega que mira hacia otro lado; salto y vuelvo a doblar. Y al final llego a la primera esquina: la avenida corta sus senderos de fango social, me libera brevemente de sus apretadísimas lianas pegajosas que me sujetan obligándome al retroceso al que intento negarme. La esquina, el puente hacia la jungla que sigue, esa jungla de masas que..., si, ya sabéis hacia dónde quieren arrastrarme. Pues bien, cruzo la calle felizmente, y, dejavu: el cordón, simétricamente -terroríficamente, impactante y alarmantemente- igual al anterior. Algo ha ocurrido, pues al mirar dificultosamente hacia adelante, veo el mismo gentío, a esa misma vieja que chismorrea con su desinteresada comadre envuelta en un revoltijo de bolsas, colores, bazofia pura. Esto no es normal..., no, no, sí lo es, pero qué estoy diciendo. Elevo una plegaria al cielo, y nuevamente me abalanzo a la pelea, esa lucha desaforada por alcanzar la siguiente esquina (tal vez la misma que la anterior, o bien quizás una nueva que al fin me libre de estas ataduras, de estas lianas que se me enredan en la bufanda, que me hacen trastabillar, que me empujan..., sí sí, vosotros sabéis a dónde.) Difícil rememorar mi objetivo entre tanto desacompasamiento de güiros saliendo de esos parlantes de una tienda de poco prestigio; me detengo, casi me traga la muchedumbre, salto para esquivar a un crío que correr jugando vaya a saber uno a qué nuevo juego, y en el aire recuerdo hacia dónde me dirigía yo. ¡Claro que sí! ¿Cómo olvidarlo si mi meta fue la causa misma de que me metiera yo en esa atolondrada plebe que camina en el sentido exactamente contrario al mío? Estúpido concepto "exactamente contrario", pues todos sabemos que en una avenida sólo hay dos sentidos claramente opuestos. No nos queda demasiada elección. Y mi elección está hecha. Durante una milésima de segundo, mis pensamientos divagan y me remontan a una voz de patinosas erres que me explicaba el peligro de andar acarreando relojes; el peligro de cargar cosas materiales, de esclavizar el alma a lo externo; y precisamente a mi izquierda me codea una mujerona para que la deje pasar delante: pase, señora, perdón por mis modales. Pero, ¡momento! Me descubro arrastrado por el gentío en el mismo sendero de ellos. ¿Han cambiado de parecer, van todos ahora hacia donde iba yo? ¡No, nada de eso! ¡Me han embaucado, fraude, distracción momentánea -traicionero subconsciente-, exijo venganza, dejadme voltear! A duras penas me doy vuelta, para no dejarme llevar..., sí, sí, no lo repetiré, ya lo sabéis. Observo con un poco de atención el rostro del siguiente sujeto que me empuja desconsideradamente para pasar en sentido opuesto al mío. Isaac Asimov le definiría como un robot: ni más ni menos, un robot: uniformidad no sólo estética, sino de pensamiento, actitud, y dirección. Un verdadero autómata. Algo confundido y repelido, sigo dando saltitos contra la corriente, y pensando lo menos posible, para no distraer mi mente de mis pasos, llego a la esquina, nueva o vieja, la misma o no, no lo sé, el hecho es que he llegado, así que merezco alguna felicitación. Bajo de la vereda rápidamente, antes de que a algún automóvil se le ocurra atropellarme por ir en sentido contrario al resto. Llego al nuevo cordón -llamémoslo "nuevo", seamos optimistas, pues todos los laberintos tienen alguna salida-, y lucho nuevamente contra la misma, la eterna, la uniforme, y la inconcebiblemente mayor en número: contra la marea. Espero que les haya gustado, no me satisface del todo mostrar lo que escribo, pero intenté esta vez abrirme un poco. Saludos.

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Deje de mirarme las tetas, señor
Deje de mirarme las tetas, señor
ArteporAnónimo2/10/2009

DEJE DE MIRARME LAS TETAS, SEÑOR Charles Bukowsky Big Bart era el tío más salvaje del Oeste. Tenía la pistola más veloz del Oeste, y se había follado mayor variedad de mujeres que cualquier otro tío en el Oeste. No era aficionado a bañarse, ni a la mierda de toro, ni a discutir, ni a ser un segundón. También era guía de una caravana de emigrantes, y no había otro hombre de su edad que hubiese matado más indios, o follado más mujeres, o matado más hombres blancos. Big Bart era un tío grande y él lo sabía y todo el mundo lo sabía. Incluso sus pedos eran excepcionales, más sonoros que la campana de la cena; y estaba además muy bien dotado, un gran mango siempre tieso e infernal. Su deber consistía en llevar las carretas a través de la sabana sanas y salvas, fornicar con las mujeres, matar a unos cuantos hombres, y entonces volver al Este a por otra caravana. Tenía una barba negra, unos sucios orificios en la nariz, y unos radiantes dientes amarillentos. Acababa de metérsela a la joven esposa de Billy Joe, la estaba sacando los infiernos a martillazos de polla mientras obligaba a Billy Joe a observarlos. Obligaba a la chica a hablarle a su marido mientras lo hacían. Le obligaba a decir: -¡Ah, Billy Joe, todo este palo, este cuello de pavo me atraviesa desde el coño hasta la garganta, no puedo respirar, me ahoga! ¡Sálvame, Billy Joe! ¡No, Billy Joe, no me salves! ¡Aaah! Luego de que Big Bart se corriera, hizo que Billy Joe le lavara las partes y entonces salieron todos juntos a disfrutar de una espléndida cena a base de tocino, judías y galletas. Al día siguiente se encontraron con una carreta solitaria que atravesaba la pradera por sus propios medios. Un chico delgaducho, de unos dieciséis años, con un acné cosa mala, llevaba las riendas. Big Bart se acercó cabalgando. -¡Eh, chico! -dijo. El chico no contestó. -Te estoy hablando, chaval... -Chúpame el culo -dijo el chico. -Soy Big Bart. -Chúpame el culo. -¿Cómo te llamas, hijo? -Me llaman «El Niño». -Mira, Niño, no hay manera de que un hombre atraviese estas praderas con una sola carreta. -Yo pienso hacerlo. -Bueno, son tus pelotas, Niño -dijo Big Bart, y se dispuso a dar la vuelta a su caballo, cuando se abrieron las cortinas de la carreta y apareció esa mujercita, con unos pechos increíbles, un culo grande y bonito, y unos ojos como el cielo después de la lluvia. Dirigió su mirada hacia Big Bart, y el cuello de pavo se puso duro y chocó contra el torno de la silla de montar. -Por tu propio bien, Niño, vente con nosotros. -Que te den por el culo, viejo -dijo el chico-. No hago caso de avisos de viejos follamadres con los calzoncillos sucios. -He matado a hombres sólo porque me disgustaba su mirada. El Niño escupió al suelo. Entonces se incorporó y se rascó los cojones. -Mira, viejo, me aburres. Ahora desaparece de mi vista o te voy a convertir en una plasta de queso suizo. -Niño -dijo la chica asomándose por encima de él, saliéndosele una teta y poniendo cachondo al sol-. Niño, creo que este hombre tiene razón. No tenemos posibilidades contra esos cabronazos de indios si vamos solos. No seas gilipollas. Dile a este hombre que nos uniremos a ellos. -Nos uniremos -dijo el Niño. -¿Cómo se llama tu chica? -preguntó Big Bart. -Rocío de Miel -dijo el Niño. -Y deje de mirarme las tetas, señor -dijo Rocío de Miel - o le voy a sacar la mierda a hostias. Las cosas fueron bien por un tiempo. Hubo una escaramuza con los indios en Blueball Canyon. 37 indios muertos, uno prisionero. Sin bajas americanas. Big Bart le puso una argolla en la nariz... Era obvio que Big Bart se ponía cachondo con Rocío de Miel . No podía apartar sus ojos de ella. Ese culo, casi todo por culpa de ese culo. Una vez mirándola se cayó de su caballo y uno de los cocineros indios se puso a reír. Quedó un sólo cocinero indio. Un día Big Bart mandó al Niño con una partida de caza a matar algunos búfalos. Big Bart esperó hasta que desaparecieron de la vista y entonces se fue hacia la carreta del Niño. Subió por el sillín, apartó la cortina, y entró. Rocío de Miel estaba tumbada en el centro de la carreta masturbándose. -Cristo, nena -dijo Big Bart-. ¡No lo malgastes! -Lárgate de aquí -dijo Rocío de Miel sacando el dedo de su chocho y apuntando a Big Bart-. ¡Lárgate de aquí echando leches y déjame hacer mis cosas! -¡Tu hombre no te cuida lo suficiente, Rocío de Miel ! -Claro que me cuida, gilipollas, sólo que no tengo bastante. Lo único que ocurre es que después del período me pongo cachonda. -Escucha, nena... -¡Que te den por el culo! -Escucha, nena, contempla... Entonces sacó el gran martillo. Era púrpura, descapullado, infernal, y basculaba de un lado a otro como el péndulo de un gran reloj. Gotas de semen lubricante cayeron al suelo. Rocío de Miel no pudo apartar sus ojos de tal instrumento. Después de un rato dijo: -¡No me vas a meter esa condenada cosa dentro! -Dilo como si de verdad lo sintieras, Rocío de Miel . -¡NO VAS A METERME ESA CONDENADA COSA DENTRO! -¿Pero por qué? ¿Por qué? ¡Mírala! -¡La estoy mirando! -¿Pero por qué no la deseas? -Porque estoy enamorada del Niño. -¿Amor? -dijo Big Bart riéndose-. ¿Amor? ¡Eso es un cuento para idiotas! ¡Mira esta condenada estaca! ¡Puede matar de amor a cualquier hora! -Yo amo al Niño, Big Bart. -Y también está mi lengua -dijo Big Bart-. ¡La mejor lengua del Oeste! La sacó e hizo ejercicios gimnásticos con ella. -Yo amo al Niño -dijo Rocío de Miel . -Bueno, pues jódete -dijo Big Bart y de un salto se echó encima de ella. Era un trabajo de perros meter toda esa cosa, y cuando lo consiguió, Rocío de Miel gritó. Había dado unos siete caderazos entre los muslos de la chica, cuando se vio arrastrado rudamente hacia atrás. Era el Niño, de vuelta de la partida de caza. -Te trajimos tus búfalos, hijoputa. Ahora, si te subes los pantalones y sales afuera, arreglaremos el resto... -Soy la pistola más rápida del Oeste -dijo Big Bart. -Te haré un agujero tan grande, que el ojo de tu culo parecerá sólo un poro de la piel -dijo el Niño-. Vamos, acabemos de una vez. Estoy hambriento y quiero cenar. Cazar búfalos abre el apetito... Los hombres se sentaron alrededor del campo de tiro, observando. Había una tensa vibración en el aire. Las mujeres se quedaron en las carretas, rezando, masturbándose y bebiendo ginebra. Big Bart tenía 34 muescas en su pistola, y una fama infernal. El Niño no tenía ninguna muesca en su arma, pero tenía una confianza en sí mismo que Big Bart no había visto nunca en sus otros oponentes. Big Bart parecía el más nervioso de los dos. Se tomó un trago de whisky, bebiéndose la mitad de la botella, y entonces caminó hacia el Niño. -Mira, Niño... -¿Sí, hijoputa...? -Mira, quiero decir, ¿por qué te cabreas? -¡Te voy a volar las pelotas, viejo! -¿Pero por qué? -¡Estabas jodiendo con mi mujer, viejo! -Escucha, Niño, ¿es que no lo ves? Las mujeres juegan con un hombre detrás de otro. Sólo somos víctimas del mismo juego. -No quiero escuchar tu mierda, papá. ¡Ahora aléjate y prepárate a desenfundar! -Niño... -¡Aléjate y listo para disparar! Los hombres en el campo de fuego se levantaron. Una ligera brisa vino del Oeste oliendo a mierda de caballo. Alguien tosió. Las mujeres se agazaparon en las carretas, bebiendo ginebra, rezando y masturbándose. El crepúsculo caía. Big Bart y el Niño estaban separados 30 pasos. -Desenfunda tú, mierda seca -dijo el Niño-, desenfunda, viejo de mierda, sucio rijoso. Despacio, a través de las cortinas de una carreta, apareció una mujer con un rifle. Era Rocío de Miel . Se puso el rifle al hombro y lo apoyó en un barril. -Vamos, violador cornudo -dijo el Niño-. ¡DESENFUNDA! La mano de Big Bart bajó hacia su revolver. Sonó un disparo cortando el crepúsculo. Rocío de Miel bajó su rifle humeante y volvió a meterse en la carreta. El Niño estaba muerto en el suelo, con un agujero en la nuca. Big Bart enfundó su pistola sin usar y caminó hacia la carreta. La luna estaba ya alta.

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"No se Culpe a Nadie", Julio Cortázar
ArteporAnónimo9/2/2008

NO SE CULPE A NADIE El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguirá hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como un calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera, pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas. por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que reanudó la tarea, y que ha hecho la tonteria de meter la cabeza en una de las mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano tendria que salir fácilmente pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna de las dos manos aunque en cambio parecería que la cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul. Por suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire al frío de afuera, por lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello del pulóver por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa manera la cara sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede hacer es seguir abriéndose paso respirando a fondo y dejando escapar el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la manga del pulóver, y además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estará impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano por fuera del pulóver está en contacto con el aire frío de la habitación es como un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier pulóver tirando enérgicamente hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahi arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello a una de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y que en cambio su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridiculo renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse, aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano izqulerda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar que la ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver, sunque su mano izquierda le duela cads vez más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pulóver arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente por las piernas en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo, arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda, quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fria, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos. ------------------------------------------------------------------ Que pedazo de Cuento. ¡Qué pedazo de cuento!, así, bien en criollo. Un frío recorre la espina ante el horror de los sucesos, la fantasía tan real, tan propia, tan perdida dentro de un pulóver azul... Desde que lo leí, los abrigos en la oscuridad delante de un espejo se conviertieron en uno de los más aterradores laberintos para mí. Espero que les haya gustado!

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Si la Vida te da limones: ¿Cómo estar de novio con una mu
HumorporAnónimo8/5/2008

Si la Vida te da limones: ¿Cómo estar de novio con una muñeca inflable y ser feliz? Buenas buenas queridas y queridos viandantes, ¿Cómo les va? Hoy nos volvemos a encontrar para una nueva clase de la Cátedra de Estudios Sociales de la Universidad de Massachusetts (o un nuevo texto de humor, como prefieran decirle). muñeca inflable Hace tiempo ya lanzamos la Serie: Si la Vida te da Limones, donde revisamos las siguientes circunstancias de la vida a la que hay que ponerle el pecho y seguir adelante en pos de la felicidad: 1- Cómo ser cornudo y feliz 2- Cómo ser gobernado y feliz 3- Cómo ser feo y feliz 4- Cómo ser loser y feliz 5- Cómo llegar mal al verano y feliz 6- Cómo pasar San Valentín solo y ser feliz 7- Cómo ser celoso y ser feliz 8- Cómo ser un completo inútil y ser feliz 9- Cómo ser onanista y feliz Hoy, en una nueva entrega de la Serie Si la Vida te da limones, a sabiendas que habrá muchas ocasiones en que lo que imaginábamos para nosotros y nuestra cruel realidad no es un espejo, sino un mero espejismo del quizás, del qué hubiera pasado si y del "uy... en qué encrucijada erré el camino?" Esos son los momentos en los que hay que recurrir a una gran entereza mental, física y psicológica para continuar buscando la felicidad con toda fuerza y vigor y sin dejar que algún que otro revés se nos interponga. Es por eso que hoy, queridos y queridas viandantes trataremos el tema: Si la Vida te da limones: ¿Cómo estar de novio con una muñeca inflable y ser feliz? 1. Concientícese Si su principal fuente de cariño proviene de un ser de hule extraído de una caja que le dejó el cartero entre risas y usted firmó a las apuradas con un comentario como "Hay una despedida de soltero de uno de los muchachos de la oficina", usted está de novio con una muñeca inflable. Mientras antes lo asuma, más rápido lo digerirá y más pronto podrá ser una persona feliz. 2. Aproveche las estadísticas La gran mayoría de las personas que están en pareja (con un ser humano de carne y hueso) aún no han encontrado el amor de sus vidas y se la pasan renegando intentando salvar parejas que no debieran ser. Usted no está ocupado en esos menesteres, ya que su "novia" no le hace ninguno de tales planteos. 3. No se preocupe por temperaturas corporales No recibirá quejas si sus manos están muy frías o si el aire acondicionado está demasiado alto. Ella no tendrá ni la cola, ni la nariz ni los pies fríos, y ya que estamos, tampoco le robarán las frazadas. 4. Siéntase importante Cómprese un modelo como el de la foto para poder imaginarse que se la está empomando a la Presidenta y usted pueda sentirse un hombre poderoso. Aclaración: Apúrese. Es un modelo muy solicitado y hay lista de espera. Se ve que hay muchos que quieren mandársela a guardar a doña Cristina Fernández de Kirchner. 5. Despreocúpese de funciones corporales Ella no tiene menstruación, período, regla ni como prefieran llamarlo. A ella no le duele la cabeza, no va al baño, y está siempre dispuesta. Además, y por si fuera poco no se queja de sus ronquidos ni otros epítetos nocturnos más sureños. 6. Cumpla todas sus fantasías Ella no es pudorosa y se prende en cualquier fantasía que usted le proponga, nunca lo histeriqueará ni se hará rogar y no se enojará si le erra al talle del disfraz de colegiala, enfermera, secretaria o lo que prefiera. Si su novia es una muñeca inflable, es lo que se dice "Muy gauchita", y no es fácil encontrar humanas con tales características. Es más, ya que está, cómprese una segunda muñeca y realice ese ménage à trois que tanto soñó. 7. Disfrute sus hobbies Como ella es tan calladita y no estorba, bien puede dedicarse a realizar la rutina que más le plazca, por lo tanto, puede destinar tantas horas del día como quiera a jugar con la nueva Playstation o la Xbox. Puede pasarse el día actualizando su bitácora personal, su flog o coleccionar estampillas si quiere. Ella lo esperará con los brazos abiertos... literalmente. 8. No tendrá conflictos familiares Si su novia es una muñeca inflable lo más importante que eso significa es que usted ¡NO TENDRÁ SUEGRA! O si la tiene qué conflicto podrá llegar a tener si su suegra es una tetina de mamadera y su suegro un muñeco G.I. Joe. 9. Puede ir a navegar tranquilo Ella lo salvará si sufren un naufragio. Sólo deberá gritar: ¡¡¡¡Las muñecas inflables y los niños primero!!!! 10. Alégrese de estar de novio con una muñeca inflable Siga este razonamiento: Si usted está de novio con una muñeca inflable gastó entre 200 y 2000 dólares y nada más; no tendrá costos de cenas afuera, salidas al cine, teatro, hotel, preservativos, etcétera. Estará a la larga ahorrando. Si usted está de novio con una muñeca inflable estará seguro que ella no le finge ni le miente, con lo que logrará ganar horas de sueño. Si usted está de novio con una muñeca inflable y de repente quiere empezar a ver otra muñeca inflable o una mujer de carne y hueso, se ahorrará horas de practicar la manera de dejarla frente al espejo, ni tendrá que cometer el cobarde acto de obligarla a que lo deje siendo un pelmazo. Si usted está de novio con una muñeca inflable y quiere irse de viaje, no le ocupará todo el maletero del coche con sus pertenencias, sólo un pequeño rincón en una cajita será suficiente. (Ah... y como todo producto que se vende por televisión, ella entra debajo de la cama). Espero que les haya gustado!!! Fuente_:: http://atencionviandante.com.ar/ Salud!

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