Abelardo, cansado de todo, ha decidido empezar el cambio, la revolución. He aquí su historia.
Es probable que supongas a Abelardo como un flaquito barbudo, remera gastada con alguna premisa zurdita, pantalones con el ruedo descocido y acompañado por un extraño olor, almizcle propio de la juventud, producto de la mixtura entre los aromas del cigarro barato y la cerveza con lavandina.
Pero no, la vida siempre nos sorprende, a veces con una paloma que nos soretea los pocos pelos que aún bailan al viento (o que se vuelan con el viento, si nos quedamos cortos de pegamento), otras veces, con un joven como Abelardo, pulcro y alineado, simple e inseguro, educado y amable. O como le decían sus amigos: puto y pelotudo.
El problema de Abelardo fue que su mente había alcanzado oscuros rincones del pensamiento metafísico, propios de un muchacho atormentado por una extraña sucesión de eventos que habían hecho de su vida una triste crónica del fracaso en el amor, matizada por abusos de sus pares, todo coronado por la sensación de ser parte del éter fugado de los confines del universo, que se ha extraviado y fue a parar en los resabios de la humanidad. Dicho de otra forma, Abelardo era un chico que no tenía novia, cagado a trompadas por los pibes piolas y al que no le daban ni pelota en su casa.
Se refugiaba en la filosofía barata de las letras de algunas bandas de rock, que a su vez trataban en vano de emular profundas acotaciones de grandes pensadores de su era (léase, por ejemplo, Andy Chango).
Así las cosas, nuestro entrañable personaje se encontraba ahora entre la espada y la pared, literalmente: estaba siendo asaltado en uno de los descampados del barrio. Abelardo ya no encontró consuelo en las letras del rock chabón, su mente, atrofiada por horas y horas tratando de comprender oraciones con estructuras gramaticales tan complicadas y enrevesadas como ésta misma, que a los fines prácticos podríanse haber construido en forma más inteligible y con vocablos de naturaleza ordinaria con objeto de agilizar la interpretación, muy comunes en los libros de filosofía que desde hacía pocos meses había empezado a robar de la biblioteca, no pudo hallar (su mente) una sola idea que justificara al universo tal cual era.
Abelardo estaba decidido, el pensamiento no existía más para él, y fue entonces cuando comenzó a inhalar thinner, bajo la premisa de que para que el pensamiento no existiera tampoco debían hacerlo las funciones cerebrales. En ese momento no se dio cuenta de la tremenda estupidez que irradiaba su accionar. Cabe destacar que Abelardo, en su reciente interés por la filosofía real, todavía no estaba familiarizado con Descartes y se regía por el lema: “Existo (mientras inhalo), luego pienso (mientras vuelo)”.
Las luchas entre las clases sociales, la corrupción institucionalizada, la contaminación, el mal manejo de los capitales, la avaricia y codicia de quienes gobernaban el país, y el hecho de que la entrada para Teen Angels subiera cada vez más su precio a pesar de estar hacía más de 1 año en cartelera, llevaron a Abelardo a replantearse sus creencias y religión, hasta convencerse de que sólo los budistas tienen la razón, y probablemente los musulmanes también.
Una vez que hubo abandonado todo credo, escuela de pensamiento y capacidad neuronal en algún reducto de la soledad, Abelardo se encontraba listo para la próxima etapa de su vida. Así fue como a lo largo de tres años se fue embebiendo de charlatanería anarco-socialista y se instruyó en las tácticas de la guerra de guerrillas en la selva, a pesar de no tener una selva a menos de 700 kilómetros a la redonda, “por si las moscas”.
Una vez completado el coco-wash, Abelardo estaba en condiciones de reincorporarse al mundo, o como lo llamaba su mentor del Partido: “el asqueroso hormiguero de langostas capitalistas, acosado por jaurías de cerdos y manadas de cuervos, donde además habita el proletariado esperando a ser liberado”.
Abelardo, cansado de todo, ha decidido empezar el cambio, la revolución.
Es probable que hayas visto a Abelardo, solía ser un puto pelotudo, hoy recorre las vías tomando cerveza con lavandina, convenciendo a otros muchachos de unírsele en la rebelión, mientras aspira thinner, tratando de ya no pensar más, no irá a ningún lado, los trenes lo llevan siempre al mismo lugar.
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